ELO – El Cuentacuentos – Parte II
proviene de la parte I
Autor en trance: M. Furlock

***

“Me llamo Cañas, y suelo trabajar con la Defensa cuando no estoy explorando las corrientes o fabricando alguna mejora para los globos. Ka para los amigos.”

Nos dimos la mano. No me presenté, resultaba obvio que todos sabían quien era yo. Fue más agradable la vida de cuentacuentos, anónima y llena de historias que terminaban cuando yo decía basta.

“¿Tienes algún apodo, como el mío?” Cañas me miró de reojo, mientras se volvió para ajustar una de las cuerdas del envoltorio. “Ya comienza la humedad, será conveniente que subamos un poco por encima de los 300 metros.”

“Mis amigos me llamaban Cece antes de la Gran Guerra. Me sonará raro ahora.”

Cañas asintió. “¿Has notado como el aire ha vuelto a bajar de humedad? Algo hay a los 300 metros de altura que regula la humedad. Es como una capa que no vemos. Me pregunto si ya estaba antes de las Sombras Baúl.”

Efectivamente el aire volvió a secar la piel, y se respiraba mejor. Estaba haciendo un aire y temperatura magníficas.

“¿Cuánto tiempo vamos a estar viajando en el globo?”

Viendo las pocas provisiones que la barquilla guardaba en sus cestos colgados por fuera, ya me contestaban a la pregunta.

“¿Tienes alguna cita en algún lugar?” Cañas se rió con ganas al ver mi expresión.

“Relájate hombre, que vamos a tener mucho tiempo para conocernos, y espero sinceramente que te pueda contar todo lo que tenemos preparado, y que deberías saber.”

Echó un último vistazo a los dos relojes que colgaban del cuerpo metálico que era la botella de gas, calculó algunas distancias y se sentó, invitándome a hacer lo mismo.

Abrió dos botellas de cerveza, me las pasó, luego dos para el y me dijo, mientras chocábamos las cuatro bellezas a medio camino, que hoy bebían cuatro en este globo, aunque en la barquilla solo encontrarían a dos si cayéramos.

No sabía si reírme o volver a las preocupaciones, pero el tipo empezó a cautivarme, ya que parecía tener todo el tiempo del mundo para explicarme algo que de entrada ya parecía un pequeño imposible. Éramos dos, por muchas botellas que quisiera abrir Cañas.

Bebimos largos tragos, que me sentaron de maravilla. Cañas sacó dos bocadillos, me los tendió y luego también se sacó dos para el. “Todos de sheitán con tomate y hierbabuena, cuidado que llenan.”

Parecía que lo de los cuatro le era en serio.

***

El tercer día, Campocorso sintió un cambio en el aire. No en el aire que le envolvía, o que le llegaba de frente, sino del aire que estaba debajo de el, cerca de las copas de los árboles.

¡Cómo había vuelto a crecer la vegetación en tan pocos años! En menos de veinte estaban reconquistando áreas tan vastos, que había cruzado más de 1200 kilómetros sin ver un solo claro de considerables dimensiones. Pero ahora, esas copas se movían de una forma que hablaban de viento en contra, mientras que el lo tenía a favor.

Decidió bajar para inspeccionar lo que estaba ocurriendo, después de comprobar que tenía suficiente gas para hacer esta maniobra una docena de veces más sin comprometer la ruta de vuelo.

***

Cuando estaba a tan solo cien metros de las copas de los árboles, el movimiento cesó. Volvió a subir, pero el movimiento de las copas no se volvió a producir. Eso no le gustó nada a Campocorso. Viendo el tamaño de ese movimiento, decidió que si había que enfrentarse a eso, que no conocía, primero tendría que estudiarlo mejor.

Volvió a subir a los 300 metros y empezó a concentrarse en la capa superior del bosque con mirada mecánica, observando cuadrantes, relacionando su velocidad con lo que veía producirse abajo. A las tres horas estaba seguro de que algo le estaba siguiendo con facilidad, tanta que ocasionaba olas de aire en su avance, y la mayoría del tiempo estaban delante de el.

Pero no podía ver a nadie, ni a nada.

Comenzó a replantearse la situación. Ahora, estaba a 14 días de ventaja de cualquier humano que le siguiera, pero lo que estaba moviéndose debajo de el, no podía ganarse con la velocleta.

Tenía que averiguar más sobre su perseguidor o perseguidores. No podía ser que a última hora le saliera la naturaleza con alguna mutación. No es que no fuera posible, pero significaría que naturaleza y humanos estaban trabajando tan estrechamente juntos, que … no quería pensarlo.

Si Campocorso había aprendido algo en la lucha contra la naturaleza, era que se adaptaría tarde o temprano a todo. Pero era lenta, y cuando le seguía los pasos, el ya había evolucionado también. Las clonaciones de recambio cada 300 a 500 años le daban el doble de ventaja, o más.

Fuese lo que fuese lo que le estaba siguiendo, tendría una desventaja de al menos 300 años.

Se preguntaba si su nuevo enemigo sabría nadar.

***

Los dos band’aker tomaron con parsimonia la curva que ofrecía el camino, cuando delante de ellos los árboles se inclinaron pero sólo en sus copas y un viento que nunca habían sentido pasó por encima de ellos a gran velocidad.

“¿Pero tus has visto lo que hemos visto, pare?” El band’aker más joven se rascó la cabeza, mientras que el más viejo olisqueaba el aire.

“¿Y tu has visto lo que no hemos visto, pare?” le contestó apuntando a su lengua y nariz.

“Hmmmh, déjame oler…”… y comenzaba a saborear el aire.

“Vaya, hoy nadie va a trabajar.” El más viejo comprendió que su compadre había olfateado lo mismo que el.

“Iban más veloces que el viejo. ¿El doble?” El más joven se cambió el saco de hombro, y siguieron en dirección al poblado band’aker.

“¿De verdad crees que el viejo tenía 120 años?”

“No, creo que tiene más. Lo que le sigue tiene toda la edad de este planeta.” El más viejo se cargó el saco sobre sus hombros y le pasó el zacho al joven. “Venga, vamos a darnos prisa, que esta es la señal que los band’aker hemos esperado en los últimos años.

“¿Pero… tu has visto lo que hemos visto, pare?” El band’aker joven siguió negando con la cabeza, mientras empezaron a ir un poco menos despacio.

“Si, y ya podrá pedalear el viejo. En cuanto se dé cuenta se le acabarán las risotadas.”

El joven miró seriamente a su compadre. “Oli, ese hombre era muy malo, lo has visto tú también?”

El viejo asintió.

“Lo que le sigue es mucho peor. No tiene maldad ninguna.”

“Ahhh.”, dijo el joven y asintió con gravedad. Eso sí que era malo. Eso era Naturaleza pura. Ni las Sombras Baúl la tocaban, y anda que no eran cabronas infalibles.

***

Kolooooookokokoooooookolo …. Gokk, gokkk, gokkkkk…. Kolooooookokokoooooookolo ….

Kolooooookokokoooooookolo …. Gokk, gokkk, gokkkkk…. Kolooooookokokoooooookolo ….

El infrasonido se extendió por el bosque, llamando a todos a acudir. Y acudieron.

Kolooooookokokoooooookolo …. Gokk, gokkk, gokkkkk…. Kolooooookokokoooooookolo ….

Kolooooookokokoooooookolo …. Gokk, gokkk, gokkkkk…. Kolooooookokokoooooookolo ….

Pasaron casi 400 por encima de los band’aker. Eran 2.000 cuando el alienígena los detectó. No importaba que los localizara, alguna vez tendría que bajar y se verían las caras.

***

“Lo que te contaré primero es que he conocido en los últimos años a casi todas las personas que han significado algo para ti. Déjame decirte ahora, que Tatiana está viva, y que te manda saludos y agradecimiento.”

Ka no reparó en mis reacciones, sino que comenzó a contar lo que yo había vivido, pero desde la perspectiva de la Defensa en cuyo equipo se encontraba el. Me enteré de las trampas dispuestas para que mi padre tuviera nuevamente una salida, y que nadie saliera herido de esa situación.

“Mira, has de disculpar la paliza que te dieron, pero son del grupo que cree que perdemos el tiempo contigo, aunque ellos tampoco tengan otra opción de alternativa.

Son buenas personas, que han luchado mucho y muy duramente, mientras que tú eres para ellos un inconsciente, un viva la vida que no sabe nada de lo que está ocurriendo, ni le interesa, ni le importa. Se olvidan a menudo que ahora ya no existen las redes que nos permitían informar al población. Ahora no podemos mantener información actualizada en un instante, sino que dependemos de comunicaciones y transmisiones mucho más lentas. Seguro que entiendes de eso, que te ibas a graduar en filología, pero claro, luego… en fin, no hablemos de ti, sino de tu … “, le costó decir la palabra, “padre.”

“No es mi padre, es un monstruo. No sé como me ha podido engendrar a mi, no tengo nada de el, absolutamente nada. Para mi es el monstruo a secas, así que tu mismo, no te cortes.”

Cañas tomó un traguito chico de la cerveza, saboreando el líquido áspero de la zona que estábamos dejando atrás.

“Pues te voy a adelantar una cosa para que estés un poco más tranquilo esta noche. Tu padre no te ha engendrado. No eres hijo de el, sino de la señora y del señor Mackbat. No sé si les llegaste a conocer en tu infancia, porque tu madre biológica intentaba al máximo que no os vieran juntos jamás. Mackbat de todas formas lo intentó muchas veces.”

Me quedé paralizado. Claro que conocía a Mackbat. Un señor de mediana edad, exquisitamente vestido, que me saludaba en el autobús al campus, que tomé durante el tiempo de la mayor rebeldía contra mi padre. Le llegué a apreciar, aunque no tuve nunca una impresión lo suficiente fuerte de esos encuentros como para acordarme de el más que cuando le veía.

“Ya. Mackbat era precavido. Sabía que a ti no te faltaría nunca nada, lo único que le preocupaba era que el monstruo te llegaría a matar, como lo hizo con muchos de sus hijos.”

“Si, mató a mi otro hermano, lo empujó al suicidio. A mi madre también. Mi otro hermano se volvió majareta.”

“Sí”, asintió Cañas. “Pero no me refiero a los hijos que tu conoces, sino a los hijos que otras parejas, igual que los Mackbat, tuvieron que entregarle, gente que pensó que el monstruo les mataría si se opusieran. Gente que invariablemente temía por sus hijos, y los buscaba para mantener un mínimo de contacto, aunque fuese visual y a lo lejos. Gente que fue a decenas de entierros. Los que se negaban, no a los de sus hijos, sino a los suyos propios.”

No le comprendí.

Me miró y me dijo que mi padre debió tener como mínimo 6.000 años, aunque sospechaban que tenía muchos más. Que le había dado tiempo a ser muchas de las figuras que estaban en nuestros libros de historia de antes de la Gran Guerra, y que uno de sus mayores pasatiempos era medir la fuerza de la Naturaleza en sus propios hijos, aunque fuesen de encargo. Un encargo con cadenas perpetuas y sufrimiento incluidos.

***

A cualquiera descubrir que tenía un nuevo enemigo pegado a la solapa en un momento crítico de una misión lo habría dejado medio aturdido.

A Campocorso le encantó. Si su raza se caracterizaba por algo, era por el grandísimo aburrimiento que sentían.

La clonación les había dado la vida eterna en este planeta, una de esas llaves que abrían las puertas a la dominación sobre las razas bajo el yugo de la vida y la muerte. Un camino automático a la dominación, uno de muchos, pero el que mayor facilidad albergaba.

No se tomaba esta conquista a lo simple, sino que se recreaba en oleadas de conquistas para no tener que administrar después, ni para lamentar haber destruido lo que posiblemente era imprescindible.

Sí, en su planeta natal habían vivido esta lección, enfureciendo la naturaleza más allá de lo imaginable.

En este, esa furia también se presentaba, pero lenta y con muchas generaciones de humanos de retraso. Aquí no habían utilizado las tácticas burdas, sino que cada oleada mermaba la energía vital del planeta un poco más. Así, sus reacciones no tendrían toda esa capacidad de respuesta que sí tenía en su propio mundo, aunque lo de propio se extendía al menos en su caso, a dos mundos.

Este nuevo enemigo invisible le recordó a aquello que pasó con los chinos. Maldita raza humana los chinos, que después de acabar unificados bajo el reinado de uno de los emperadores que había negociado hasta la saciedad con Campocorso y su corte, se rebelaron contra la ocupación alienígena.

No lo esperaban. No podían esperarse que los chinos negociaban con ellos por delante, y por detrás se prepararon para destruirlos. Ninguna raza humana había llegado tan lejos en la comprensión de los hechos que esta.

Ahora, con apenas quince minutos para llegar a la costa, Campocorso recordó como los vieron construir ese muro. Primero una base, luego otra encima, y finalmente levantando muchos metros con una mezcla de tierra, estiércol y hierbajos secos cuando no usaban barro, tierra y paja, lo que resultó la mezcla perfecta.

Los observaron, y no fue hasta 200 años después que se dieron cuenta que los chinos habían aislado las ondas de influencia con esas simples construcciones, que defendían con apuntar a las amenazantes nubes de nómadas que solían hacer sus incursiones en los años de mayores sequías.

No se dio cuenta ni el, ni nadie de su equipo. Los chinos tan duros negociantes como siempre, y cuando llegaron las cosechadoras del espacio, quedaron inservibles al abducir un porcentaje muy alto de energía de la naturaleza en los humanos que recogían las extractoras.

Fue un desastre, en el que perdieron casi todas las naves que quedaron varadas sobre las casi 3.000 pirámides que servían de punto de recarga.

Un simple muro entonces, uno que levantaron en 12 años, con una longitud que hasta a ellos les daba de que pensar, sin que se dieran cuenta como funcionaba. Era tan simple, que se escapó a la inteligencia de quienes dominaban el espacio.

Pero funcionó. Las ondas chocaban contra el muro en su punto más bajo, y la tierra compactada en los muros modulaba toda la onda.

Sí, las ondas pasaban, de otra forma lo hubieran visto enseguida en los equipos de emisión. Pasaban pero eran inocentes. En vez de anular la creatividad y la fuerza de voluntad, cambiaron otros parámetros en los genes.

Fueron atacados en su central en el desierto. Una carnicería, y tuvieron que escaparse en un volador tubo los pocos supervivientes de su raza.

No iba a olvidar ese momento, en que estaban a unos 200 metros de altura sobre los edificios en llamas, y con esa horda de chinos sobre sus caballos persiguiéndoles día y noche, hasta que llegaron al mar. Las pocas chalupas que salieron de los puertos nunca dieron con ellos.

Ahora tampoco había nada que podía navegar más aprisa que el sobre las aguas. Al igual que los chinos, también estos nuevos enemigos que hasta ahora habían sabido quedar ocultos, estaban condenados a mirar hacía el cielo, viendo como una vez más se acercaba con total seguridad una oleada, mientras que él se alejaría de su vista.

Era de tontos mostrarse. Una tontería que la naturaleza de este planeta cometió una y otra vez. Nunca averiguaría porque lo hacía, pero siempre la dejaba al descubierto, y el poco tiempo que ganaba con ello, lo aplastaba después la siguiente oleada, la siguiente fase de engorde, y la siguiente de recolección y cosecha de sus frutos.

Era fácil ahora, que la naturaleza ya no podía comunicarse con todos sus seres, con estos dañados en los genes y mentes.

Era fácil trasladarse de un campo de siembra a otro, de un continente a otro.

De Bimbetka a Ur, de Ur a Caral, de Caral a Mesopotamia, de Mesopotamia a Egipto, de Egipto a Gobi, y entonces de Gobi a Grecia, a Roma, a Londres…

Todavía escuchaba esos gritos de frustración inimaginable de las miles de gargantas de jinetes que descargaban sus rifles y flechas contra ellos, inalacanzables ya para semejantes armas.

Con los chinos terminó el poder usar las pirámides. Llegaron a todos los rincones del mundo para prevenir de ese poder. Destruyeron todas las cúpulas que adornaban las construcciones de piedra tan características de su planeta, la forma perfecta para la defensa contra la naturaleza de su hogar.

Era una lástima que las Sombras Baúl les habían quitado la cosecha de China prevista entre el 2015 y 2019. Habrían pagado su osadía 2000 años más tarde, con billones de chinos abducidos, chinos enfermos, infectados y débiles, incapaces de resistirse a una extractora a pleno rendimiento.

Ya podía ver el mar. Dentro de pocos minutos sus acompañantes invisibles iban a tener que volver a gritar, si tenían bocas.

***

“¿Padre, porque tenemos que morir todos?”

El niño le miró con ojos que no comprendían nada. Tampoco había mucho que comprender. En este mundo se comprendía todo, menos lo que iba a pasar de un momento a otro.

“Hijo, en realidad no lo sé. Pero sé que es injusto, y que tendrá su repercusión en quien nos aniquilará.”

Pero con esas palabras no resolvió la pregunta de su vástago, que a sus ocho años de edad no sabía muy bien lo que era morir, pero que se había agarrado ya a la vida con demasiadas fuerzas como para soltarse por las buenas.

¿Y quién no?

***

Fue en la última asamblea en la que su contacto con los alienígenas, que se las daban de un pueblo del norte, les anunció que algo había fallado en las negociaciones, y que se tenían que preparar para una larga y cruenta guerra.

No era comprensible. El pueblo de Ur era pacífico y había establecido una convivencia entre humanos que posiblemente no había conocido la Tierra en toda su historia. Un pueblo avanzado en los sistemas arquitectónicos, la tecnología de la construcción de artefactos de todo tipo, la investigación de los elementos, la capacidad de curar y prevenir enfermedades, heridas e incluso de operaciones. Eran la respuesta a esas enfermedades que desde hacía poco no dejaban de amenazar a los pueblos de la Tierra.

Su ciudad principal contaba con un tercio del espacio dedicado a las escuelas. Con cada generación de alumnos que pasaba por ellas, aumentaba la esperanza de vida en un año o dos. No se tenía que morir tantas veces para conseguir lo mismo.

Ahora todo iba a quedar destruido a escombros.

La asamblea decidió que era hora de investigar en artefactos para la defensa, pero ante el poderío que esa tribu alienígena dejaba entrever, tendrían que tener como mínimo diez generaciones dedicadas única e exclusivamente a la investigación, las pruebas y los fracasos. Nadie pensó que iban a tener más que unos días.

“¿Pero nosotros que les hemos hecho a estos guaranags?”

“Nada hijo, es algo que solo ellos comprenden, se escapa a lo que tu o yo podemos haber hecho.”

Su hijo salió corriendo del patio, en dirección a la playa. No le siguió. Cada uno tenía que encontrar ahora su particular entrada al infierno que se iba a desatar.

***

Campocorso, quien en esos días se hacía llamar Guaranag por los terrícolas, volvió a estudiar el mapa genético que resultaba de los análisis. Era mucho peor de lo que habían esperado. Los humanos estaban progresando desde la última incursión, y lo hacían a velocidad preocupante.

“No tardarán más que 500 años en alcanzar o superar nuestro nivel. Quizá no tecnológico, pero sí en su unión entre sí. Es difícil saber en que se convertirían si no interrumpimos ahora mismo esa línea.”

Con lo bien que iban las cosas, con lo dócil que había parecido esta naturaleza. Y ahora esto. Pero por mucho que estudiara los resultados de las pruebas, no le surgió otra solución que la de exterminarlos cuanto antes mejor.

Pusieron sus ojos en Ur después de las primeras extracciones, en suelo de lo que se iba a llamar India alguna vez. Eran extracciones difíciles, casi de uno por uno. Las extractoras se saturaban y reventaban. Estos humanos eran demasiado unidos para ser procesados individualmente.

Así dieron con Ur, desplazándose por el planeta en busca de otras acumulaciones de humanos, quizá algo más fáciles de llevarse. Se maravillaron ante la ciudad que estos humanos habían construido con sus medios tan rudimentarios, basándose en aprovechar la fuerza de la naturaleza en todos sus actos, movimientos y pensamientos. Una tecnología que daba resultados increíbles.

Instalaron dos torres de modificación de frecuencia natural en las cercanías de la ciudad, y se fueron a explorar los demás continentes. Tenían unos trescientos años por delante hasta que llegaría la siguiente generación de extractoras, ya mejor adaptadas a los irreverentes humanos, trescientos años que únicamente tenían que dedicar a instalar torres de modificación de frecuencia entorno a las poblaciones más densas, engordar el número de individuos al máximo y observar como las recolectoras se hicieran con la cosecha.

Resultó que el planeta no colaboró en nada. No los atacó, pero aparte de las grandes masas en el continente que algún día sería la India, o la propia Ur, no había grupos magnos.

Acumulaciones de más de 3000 individuos eran un hallazgo, cuando las recolectoras comenzaban a funcionar a pleno rendimiento con 30.000 abducciones por día. Había mucho trabajo por delante, principalmente en darle prisa a esta naturaleza en reproducirse en un número cada vez mayor de humanos.

Cuando volvieron a Ur e hicieron los análisis, recibieron la primera bofetada hiriente en sus cuerpos clonados al estilo humano. El cambio de frecuencia no había afectado a los de las ciudades, y los que estaban en el campo no eran abducibles bajo ningún concepto.

Ni siquiera aquellos que estaban muriendo de extraños tumores que los emisores de onda en la cercanía les provocaba. La naturaleza de este planeta no soltaba sus hijos, ni cuando esos eran desechos.

¿Eran inmunes a esa tecnología? Campocorso-Guaranag no lo vio así. No iba a ser fácil, eso era todo. Comparado con la naturaleza que les esperaba en casa con las fauces siempre abiertas, esto era como el jardín posterior de una finca con naturaleza artificial en su planeta. Aquí podía andar entre árboles sin que le decapitaran a la primera.

Pero estos de Ur iban a demasiada velocidad para el gusto de el de su especie. 500 años no eran nada, y si ahora sin representar ninguna amenaza para ellos ya eran capaces de defenderse con total naturalidad, no quería saber que tipo de bestias les perseguirían dentro de 1000 años por este globo verde y azul en medio del espacio.

Ya cometieron una vez ese error en su propio planeta, el de dejarle un respiro a la naturaleza. Esta tomó ventaja y nunca más la soltó.

No, aquí iban a terminar pronto con esta genética, demasiado perfecta para los gustos de los amos del universo, aunque eran amos de un planeta que les tenía arrinconados en cincuenta y ocho mil pirámides desde hacía más de once mil años, y en el otro, ni siquiera eran capaces de extraer más que manualmente a lo que necesitaban a paladas de naves recolectoras para vencer.

***

El niño corrió hacía la playa, en la que había crecido. Ur tenía hermosas playas, selva abundante y ríos que desembocaban como dedos de cristal en los cinco valles.

El sabía que no iba a morir, porque el agua se lo había dicho. Quiso salvar a sus hermanos, padres, amigos… pero el agua le dijo que ellos se tenían que salvar como el se iba a salvar, confiando.

El niño confiaba. Hablaba con el agua desde que tuvo consciencia en el vientre de su madre. Cómo no iba a confiar.

***

Los demás también podían hablar con el agua, pero aún no habían superado el cambio de frecuencia. Pocos de Ur eran capaces de confiar plenamente en la Naturaleza, algo que empezó a ocurrir unos 100 años atrás, y que a cada año se hacía más y más notable.

Aún así, no relacionaron esa evolución con algo que no fuera de la propia Naturaleza. Ella obraba en ellos, ellos obraban en ella. No podían percibir el cambio, hasta que cortó una pequeña, ínfima parte de la confianza, que por entonces no era confianza, sino ligazón entre seres con distintos grados de evolución.

La mayoría murió ahogada, porque estaban en sus casas o durmiendo. Los pocos que sintieron la ola venir, murieron porque se agarraban a troncos o armarios, subieron a barcos o se pertrecharon con flotadores.

La ola vino y levantó al niño que mantuvo boca y ojos cerrados, encogido como en el vientre de la madre, retornando al vientre de la gran madre. Sintió que el agua le elevó primero cubriéndolo y después escupiéndolo. No abrió los ojos, sólo escuchaba al agua decirle entre gritos que no lo hiciera, que no hiciera más que ser una pelota sobre las olas, esas pelotas que siempre volvían a las playas una vez que pasaron los días de su viaje accidentado por el río.

No fueron días, sino poco más de tres horas cuando ya no escuchaba el agua gritar, cuando volvió a la calma, y el flotaba en medio de una nada que descubrió cuando abrió finalmente los ojos. El agua no hablaba, el agua lloraba. Lloraba por todos que había matado. Por todos que no pudo salvar. Por el mundo que tendría que despertarse con unos amos que nada sabían de la Naturaleza.

***

Desecharon los métodos de bombardeo de superficie. Era demasiado arriesgado, ya que aquella raza alienígena que les había llevado los primeros humanos, seguramente había perecido por un ataque de un enemigo mayor que rondaba por estos sistemas. O no, pero al menos durante los próximos mil años no iban a usar bombas de superficie.

“Un tsunami. Es lo mejor. Se ahogarán todos y así no corremos ningún riesgo. Coloquen cuarenta bombas nucleares a 300 kilómetros de la costa, en estos puntos, aquí y aquí”, mientras apuntaba con la mano unos puntos en el mapa.

Los oficiales se miraron sorprendidos. Si, era un sistema eficaz de aniquilación, pero también iba a agredir gravemente a la naturaleza del planeta.

“No señores, es ella que ya nos está agrediendo. Llevamos decenios aquí y que hemos enviado a casa? Nada más que unos 15.000 humanos. Ella no suelta a sus vástagos, así que vamos a tenerle que enseñar lo que le va a costar si no colabora.”

No tenía todos los apoyos que hubiera querido ver. Así que, cuando se levantó la ola después de hundirse parte de la placa tectónica del suelo marino, también se levantó su mano con ordenes de ejecución por alta traición.

Aquí no iba a pasar lo mismo que en su planeta. Aquí se iban a hacer las cosas a su manera.

Se inundó Ur y las aguas tardaron casi cuarenta años en volver a sus cauces, dejando atrás una estepa desértica, en la que difícilmente se volvería a levantar ninguna cultura durante los próximos milenios.

No importaba, había mucho espacio para trabajar. Esta vez no esperando a que los humanos fuesen colaboradores, sino oprimiéndolos directamente. La era de los dioses había comenzado en la Tierra.

***

Campocorso miró hacía abajo estudiando con concentración la ola invisible sobre el bosque, una ola que se movía un poco por detrás de el ahora. Ya estaban oliendo el agua, y que no avanzaran tan alegremente le decía casi todo.

Por precaución siguió mirando, pero tan pronto que pasó la línea de playa, con lo último siendo su sombra que saludara a sus perseguidores, perdió todo interés. No sabían nadar. Fin de la historia. La naturaleza había jugado su última carta.

No escuchó ese rugir de voces. La naturaleza estaba perdiendo. En cambio sus carcajadas llenaban el aire, mientras volvió a acelerar la globocleta al máximo. De aquí cinco horas estaría sobre el destino, y nadie iba a ser capaz ya de seguirle más.

***

Kolooooookokokoooooookolo …. Gokk, gokkk, gokkkkk…. Kolooooookokokoooooookolo ….

Kolooooookokokoooooookolo …. Gokk, gokkk, gokkkkk…. Kolooooookokokoooooookolo

Kolooooookokokoooooookolo …. Gokk, gokkk, gokkkkk…. Kolooooookokokoooooookolo ….

Kolooooookokokoooooookolo …. Gokk, gokkk, gokkkkk…. Kolooooookokokoooooookolo

Eran miles, y llegaban más a cada kolookokokookolo que emitían los que estaban sobre las copas de los árboles cerca de la playa.

Hasta que tuvieron que bajar a la playa y comenzar a ocuparla toda y después el bosque hasta que finalmente llegó el nexo.

Kolok se metió en las aguas, que le saludaron como aquella primera vez, como todas las veces, aunque Kolok ya no se acordaría de ninguna.

Empezó a acurrucarse sobre la superficie del agua, y dejó que esta le llevara hasta su destino, como seis mil años antes, como hacía cincuenta mil años, y como hacía un millón de años.

Para que seguir hacía atrás, cuando Kolok está delante de todo.

***

La Defensa de imperialistas observó los globos distanciarse lentamente entre sí. La pericia de sus pilotos, la carga o el tamaño iban a hacer del racimo que se había elevado en San Dehli una línea de puntos en las próximas horas, una caravana de globos aerostáticos como pocas que había visto el planeta.

No se engañaba con sus propias palabras ante el coro ciudadano de la caravanseraí que durante diez años había hecho suyo a un monstruo sin saberlo, no por voluntad propia precisamente. Los reproches que la Defensa tuvo que escuchar antes de partir no iban a cesar tan fácilmente en su memoria.

Se acordó de la primera travesía que había hecho entre esas dos caravanserais, con Campocorso, entonces Runfield, a bordo de un globo muy parecido al que ahora quedaba atrás y dejaba atrás entre muchos otros. Entonces no viajaron más que Campocorso, y el piloto con ella. Fueron casi tres semanas de vuelo, con dos más que se repartían entre conseguir gas para el globo, y alimentos y agua para sus ocupantes.

No pegó ojo en esas semanas. Campocorso-Runfield hizo su papel, y los demás también. El piloto, a la vuelta le comentó una y otra vez que seguía costándole tener que aceptar quien había debajo de la piel del amable anciano. Lo mismo ocurría ahora con los sandehlianos, pero ya despertarían del trance y se darían cuenta cuan cerca habían estado de acabar bajo la planificación del monstruo.

“¿Crees que volverán a ser una caravanseraí como la que eran?”

El piloto, que tenía los binoculares pegados desde hacía una hora para intentar comprender quienes iban a estar en que posición durante ese trayecto, el más largo que se podía hacer entre dos caravanserais en la Tierra, negó con un dedo de la mano que levantó un momento del agarre de los prismáticos.

“Nunca. Han perdido la fe en las Sombras Baúl. Han estado a punto de matar a un inocente y nunca más habrá Muladíes en San Dehli, si son oriundos de la plaza. Ni siquiera importa si nuestra misión tiene el éxito que todos deseamos.

Están profundamente avergonzados, y hay testigos que no se han quedado. Creerán que todo el planeta sabrá de aquí muy poco lo que a punto estuvieron de hacer. Esto tendrá repercusiones más allá de lo que por ahora creen haber pasado.”

La defensa sintió la culpabilidad ganar espacio en su visión del mundo. Aquella decisión suya, diez años atrás. Aquella visión, aquel sueño, aquella visita que no olvidaría jamás y luego diez años de seguir sin poder pegar ojo. Ójala el monstruo hubiese atacado entonces, pero aún era débil y o bien hubiera muerto, o activado lo que para entonces posiblemente hubiera acabado con más de la mitad de los supervivientes de la Gran Invasión.

El tiempo le había dado la razón. Ahora, tan solo diez años más tarde las cosechadoras de los alienígenas no podían hacerle daño ya a la humanidad. Campocorso las activaría, pero eso lo haría para ganar un transporte, para lograr escapar. Envenenaría los pozos del agua de la vida y después se vengaría aún más, ya fuese una vez salido del los cinturones de Sombras Baúl en la estratosfera de la Tierra, o mil años más tarde, en cuanto volviera con miles de naves llenas de nuevos opresores.

Era poco el precio que habían pagado los sandehlianos. Era poquísimo el que iban a pagar durante los siguientes años.

El pasado de Campocorso nunca había hablado de diez años de inactividad. Todas las ciudades que había ocupado, incluso aquellas que simplemente había aniquilado con su paso por ellas, se hubieran cambiado gustosamente por esa caravanseraí, la primera y más antigua de la humanidad aunque no llevará más de 40 años viendo salir el sol por detrás de los cinturones de Sombras Baúl.

Se cambiarían, si eso fuese posible, sin pensárselo. Incluso a sabiendas de lo que en San Dehli todos ignoraban.

Cualquiera de ellas. Mil años más de existencia frente a lo que ellas sufrieron, algunas durante miles de años. Claro que se cambiarían. ¿Pero eso iba a ser consuelo una vez que los sandehlianos supieran que Campocorso volvería con todas las tropas?

¿Iban a ser capaces de comprender que el fin de la batalla milenaria tan desigual se desarrollaría 300 o 400 años más tarde, a la llegada de Campocorso a su planeta?

¿O iban a caer en la dependencia de esperar que mil años después de su primera estancia en su preciosa caravanseraí haría la aparición desde los cielos con la memoria tan fresca como si todo hubiera pasado unas horas antes?

No tendrían seguridad hasta mil años más tarde, cuando o bien la Tierra iba a vivir un ataque alienígena brutal, o su ausencia hablara del éxito.

¿Por una vez habría paz, o sería el miedo al invasor que volvería a coronarlo, incluso en su ausencia que pintaba como eterna, pero que llegaría a terminar?

La defensa miró hacía abajo y las copas de los árboles le devolvieron la misma mirada que diez años antes.

***

Ka se había quedado dormido, dejándome en ese espacio de la soledad que parece imposible con dos humanos tan cercanos físicamente. Yo era experto en esos espacios, que lograba crear incluso en un ascensor atestado.

Hubo un tiempo en mi vida, en esos años de deambular por el planeta en plenas crisis y espasmos de fiebre de la sociedad enferma, en los que pensé que había superado lo peor que había experimentado. El planeta, la sociedad, como yo, y eso llegué a pensar en serio, teníamos una oportunidad.

Dejé de ver la televisión, quité la radio, ignoré la prensa escrita y el día en que el proveedor de internet volvió a estafarme una cantidad enorme de dinero por servicios que no daba ni de lejos, también me olvidé de esa red que para entonces llamábamos la red de redes, y en la que teníamos depositadas todas nuestras esperanzas.

Pobres ilusos, porque no había nada en la Tierra que no estuviera en las manos deformes pero firmes de los monarcas e imperialistas, y ahora como había llegado a saber, de alienígenas encima de los mismos tirando de los hilos o incluso, como era el caso de mi padre, conviviendo en primera línea de batalla porque si no, se aburrían en su granja particular llamada Tierra.

Una buena mañana, en busca de la nicotina que mataba pero daba un respiro al cerebro por cada calada de oxígeno robado a la vida, me fijé en un titular y no pude siquiera pedir el tabaco a la estanquera.

“¿Lo de siempre, guapo?”

Ni siquiera escuché lo que me estaba diciendo. Me había fijado en un titular que me parecía la estocada final a la humanidad. Era increíble, pero se repetía en todos los periódicos en primera plana, lo que hablaba de la maquinaria de los imperialistas en plena marcha, que ya por entonces los llamábamos así.

Me volví hacía el mostrador, observé un paquete de tabaco, luego la cara de la estanquera constipada, después a la dueña que no paraba de quejarse de la inseguridad reinante, su perra que solía saludar, y no sabía que estaba haciendo en ese lugar que además ni reconocía.

¿Saben lo que es el surrealismo? Es una realidad que se extiende sobre la realidad, una distorsión de la misma, el sur del realismo, el sur de la realidad, como si esa tuviera un hipotético centro desde el que parten los hijos de ella en las cuatro direcciones del viento. Surrealismo, irrealismo, hiperrealismo, y la mentira directa, la de decir que el cielo es azul porque el mar lo es, la de la realidad, la que es de sangre azul cuando en realidad brota tan roja como la de los demás.

Pude sentir los cuatro vientos de la realidad, más que nunca real de realeza, de monarcas e imperialistas en unos pocos al ver el titular que no dejaba lugar a dudas de quien había otorgado el premio, de quien los otorgaba desde siempre, y de quien ahora difundía lo que el mundo se tendría que tragar, porque así se hacía cuando hablaba el amo.

Habían dado el premio nóbel de la paz, que a partir de ese día se escribió en letras minúsculas, a un presidente de gobierno que no era nadie, que no conocía nadie y que habían colocado como a todos los presidentes colocaban. Se lo habían dado, no por lo que había hecho por la humanidad, según decían, sino por lo que iba a hacer. El colmo de los cuatro vientos del realismo, de la realidad. Cuatro vientos soplando en todo el planeta, haciendo imposible tener un día claro para pensar, por muy despejado que estuviese.

Salí del estanco y me fue imposible centrarme en los siguientes pasos. Repulsa, odio, rabia, bochorno, vergüenza propia y ajena me recorrieron. Quería explotar, pero lo que hizo mi alma o corazón, mente o médula fue hacerme reír, incluso hasta llegar a tener que volverme a casa casi corriendo porque mis conciudadanos me miraban con preocupación, mientras que los vientos de la realeza gobernante del planeta les dejaban ciegos, sordos, mudos, enfermos y condenados.

El carnicero de la esquina, con el local vacío en un sábado por la mañana, cuando debería hacer el mejor negocio de la semana, me lo dijo con palabras claras.

“Oh, a mi que me den un millón de dólares por lo que voy a hacer. Cuando quieran.”

Con eso dejó constancia cual era la opinión de todos, porque ese hombre reflejaba las opiniones de los demás o se quedaba sin temas de que hablar. Si a esa hora tan temprana ya cortaba a cachos la noticia, y con la tienda vacía rezumando oleadas de crisis económicas, sanitarias y presión constante hasta la extenuación de la administración voraz y necesitada de pagar los sueldos de decenas de miles que no hacían más que eso… no quería yo saber lo que pensaría la comunidad por la tarde.

En mi apresurado camino a casa, entre carcajadas que jugaban al escondite conmigo y mis pasos para salir en cualquier momento de volver a ver la mentira más gorda puesta en titulares, comprendí que se habían convertido en el hazmerreír de la población, y que en vez de hacer sólidas las opciones del engaño, se habían excedido con sus toques de pintores ineptos.

El cuadro que presentaban ya no era surrealista. Era infantil, de los que producen inexpertos cuando manipulan grandes obras de arte, que acaban en la inexistencia de estilos, en la penumbra de la luz sin genio. Era una estafa como una casa, y todos, absolutamente todos la veían.

Comprendí que se había cerrado por fin un círculo. Los que eran como mi padre se aburrían aplicando planes que no podían funcionar jamás. El grado de mentira que se puede admitir en una falsificación es cero, y la mitad de la verdad funcionó mientras que nadie se tuviera que fijar en las sandeces que habían hecho de esa verdad.

Con la marioneta del presidente y ese premio nóbel haciéndolo definitivamente un payaso ridículo, les daba dos años, a lo sumo tres para desintegrarse en su totalidad, y me pareció ver como todos los toques y modificaciones que habían excretado sobre el lienzo comenzaban a licuarse, creando las primeras capas en forma de ríos de opresión visible corriendo hacía abajo, hacía esos infiernos que tanto procuraban extender sobre nosotros.

Estaban perdiendo la contienda, y lo hacían porque habían llegado demasiado lejos en su estupidez, dejando caer las máscaras no por voluntad propia, sino por el esfuerzo de sus propias manos que se habían vuelto autónomas ya, muy superiores a sus cerebros que no producían más que la huida hacía delante, hacía ese trono que tanto deseaban ocupar para siempre, y del que nunca se habían bajado.

Se habían vuelto locos, y debajo de sus asquerosas pintadas aparecían las obras de los genios, sepultados para que nunca se opusieran visiblemente en su camino.

Ahora no obstante, en ese globo cuyos sonidos hablaban de un mundo arcaíco, comprendí que mi padre no formaba parte de esos títeres, sino que era el titiritero mayor. Que tenía previsto perfectamente a ese presidente, como a cualquier tema que iba a estallarle al poder en su cara. Porque no era el poder de mi padre que iba a estar amenazado por el caos, sino el poder inexistente de sus lacayos.

***

Los band’aker de Wok – Lugal, una caravanseraí de paso sin apenas habitantes pero una comunidad band’aker de al menos treinta mil agricultores, estaban eufóricos.

Hacía horas que los emisarios y mensajeros habían salido, a pie, en velocletas o globos. La noticia era con creces la mejor que se podía dar, aunque bien anunciaba una guerra cruenta, una batalla que no se sabía se empezaba después de tanto tiempo, si estaba a la mitad, o si realmente se iba a terminar ahora.

La filosofía band’aker se basó en los primeros años en encontrar un camino de convivencia entre todos los seres, un poder extraer alimento de la Naturaleza sin que esa tuviera que reaccionar en contra. Después de resolver con relativa facilidad ese paso, los band’aker procuraban actuar de colchón entre la Naturaleza y las caravanserais.

Amortiguaban los intercambios entre esas nuevas ciudades, sus ciudadanos y la Naturaleza, y viceversa. Eran agentes dobles, intermediarios para ambos bandos. Lentos, muy lentos para el gusto de los caranvanseres, flexibles para lo que la Naturaleza podía sentir de ellos, y eso último era lo que en verdad importaba.

Mientras que las caravanserais y la banda no llegaran a tener fuerza para provocar directamente a la Naturaleza, había un camino posible y después de estos largos años de trabajo era visible, se andaba sobre el con paz y tranquilidad. Eso último lo ensanchaba y lo hizo cómodo para casi todos.

El mundo seguía separándose entre aquellos que comprendían y sentían la Naturaleza, y otros que no tenían tiempo para ello, que no querían, o que desconfiaban abiertamente de ella. De los que atentaban con violencia contra ella, se encargaban las Sombras Baúl, y de quienes podían representar el caldo de incipientes destructores, sólo el tiempo, las generaciones y esa misma paz podían encargarse. Para que hubiese de eso, los band’aker se pusieron en medio, entorno a la banda, delante de cada caravanseraí, fuese grande o pequeña.

También eran los band’aker quienes conservaban con exasperante parsimonia para los no band’aker determinadas creencias, que aunque bien documentadas, en un mundo sin conexiones inmediatas tardaban demasiado tiempo en ser vistas como otra cosa que un extraño dogma puéril.

Los primeros band’aker, por ejemplo. Ya eran mitos vivientes, con el grueso del grupo de Sherpa Carmichael en la explanada que albergaría la caravanseraí Los Tréboles, con los grupos de los demás combatientes diseminados por toda la banda. O las enseñanzas de la Victoria Imposible, sin olvidar los principios básicos de ser band’aker.

Muchos de los habitantes de las caravanserais les echaban en cara esa dependencia, que tendría por ahora tintes de mesiánica, pero iba a ser en realidad el caldo más peligroso de cultivo, desembocando con casi total seguridad en una nueva fe, con sus estructuras y lideres, con sus símbolos y santos. No gustaba para nada que los band’aker asintieran, pero luego no hicieran más que doblar los esfuerzos en el sentido contrario.

Aunque no hubiese líder band’aker en ninguna comunidad, aunque no hubiese misas ni reuniones de culto hacía nadie más que ellos mismos en sus fiestas, celebrando cosechas o avances, era notable que el ritmo band’aker a nivel planetario era el único que pulsaba igual para todos los band’aker, mientras que las caravanserais producían de todo, con una variedad que hubiera dejado pálido a cualquiera sólo cincuenta años antes.

Para los caravanseres, los band’aker y a pesar de ser prácticamente quienes habían asegurado un mínimo de futuro, se estaban quedando atrás. Lo que peor llevaban no obstante eran las profecías, aquellos mamotretos que la Victoria Imposible produjo y que en su momento también hicieron su labor necesaria pero ahora resultaban en galimatías cada vez menos comprensibles.

Para los caravanseres, la educación de las futuras generaciones no podía basarse en profecías, sino que estas o bien se adaptaban a los tiempos actuales, o tendrían que empezar a desaparecer de los estudios. Como no, los band’aker asentían, pero al día siguiente entraba en la caravanserai de turno cada viajero con un tomo de las profecías bajo el brazo, amablemente entregado por voluntarios de la comunidad, sonrientes y pacientes a cada lado de la banda.

Era imposible que la humanidad llegara a superar sus diferencias en tan pocas generaciones, eso lo sabían todos. Si no fuese por la presencia de las Sombras Baúl, con total seguridad hubiera sido una pesadilla sobrevivir los ataques de las mismas.

Lo que ahora era equilibrio, se basaba en la administración de la justicia, en un control de todos, imperceptible, pero inmediatamente tangible en el momento de sobrepasar los límites de un cerebro en paz. La violencia quedó desterrada de dar esos pasos, eso era todo.

***

Cuando los dos band’aker vieron lo que vieron, sabían que se estaban viendo a ellos mismos en medio de una de las profecías.

Una que se pensó que se cumpliría mucho antes, pero que año tras año de su ausencia no había hecho otra cosa que poner en la picota a los libros de la Victoria Imposible.

***

[Enseñanzas de la Victoria Imposible / Sobre el cerebro]

(Libro segundo / capítulo 1099) “El cerebro sólo tiene una opción, que es volver a la unidad. Puede que en su momento tuviera que renunciar a ver todas las interpretaciones posibles, centrarse en una y hacer de ella arma para seguir sobreviviendo, pero hasta que no llegue a la excelencia de todas las dimensiones de la imaginación, no será más que un lastre, un protector en desuso que consume la total capacidad energética de su portador y del entorno.”

[Enseñanzas de la Victoria Imposible  /  Sobre el cerebro]

(Libro segundo / capítulo 1422) “No hay armas en el mundo, hasta que no se de uso a alguna cosa de ese mundo para la violencia. Saberlo es condenar a los cerebros a bajarse del trono. Toda arma conserva la consciencia de quien era antes de ser utilizada. Los cerebros, si se les recuerda sus facilidades para la destrucción, volverán a destruir (L1/418), y si se les recuerda sus dimensiones, volverán a ser uno más entre iguales.”

[Enseñanzas de la Victoria Imposible / Sobre el cerebro]

(Libro primero / capítulo 418) “Ese día se anunciará en los cielos con el Más Viejo entre Sombras Baúl y sus dominios. Será visible para todos. Se jactará de su poder y le acompañarán los vientos del secreto.”

***

Después de dos semanas de vuelo, con ocasionales paradas para el reabastecimiento de gas y provisiones, podía contemplar de nuevo mi vida desde una perspectiva distinta.

Quedaban pequeñas las crueldades que había experimentado en mi propia carne y alma de manos de la bestia. No me podía imaginar que eso, que inicialmente estaba destinado a hacerme la vida más soportable, me doblegara bajo su peso.

“Cecé, esto te ocurrirá cada vez que cambies de perspectiva. El cerebro está acostumbrado a funcionar con las experiencias adquiridas que ha adquirido con lo que quiso ver. Al cambiar de perspectiva, toda la experiencia volverá a generarse, como un duplicado pero totalmente distinta. El cerebro no puede con esto. Es contrario a su concepción, la de hacer lo mejor de una situación. Así, y durante tiempo, se agarra a ser un esclavo, una victima, un perseguido, un héroe o lo que fue en su interpretación hasta que llegó el nuevo punto de vista. Debes de comprenderlo, o al menos aceptarlo porque no hay otra forma que esa, al menos no que yo sepa.”

Cañas dejó de llamarse Cañas al segundo día y pasó a ser Ka para mi. Estaba en todo, como el factor K, un factor de no existir se habría que inventar. Ka de kaos, de kariñoso, de kapaz, de killer, de karma, de konocimientos, de kuración, de kiskilloso y con estas no había rozado ni el diez por cien de habilidades y fondo que ofrecía este hombre. No era un simple gondolero de globos aerostáticos como quiso presentarse, sino un preparador que parecía haber estudiado toda su vida para atenderme a mi, su primer y único alumno.

“Eso es como leer un libro cuando eres niño. No te enteras del 90 por cien, y si es mucho, son las tapas que te atraen y que recuerdas. Luego de adolescente vuelves a leer el mismo libro, pero resulta que ahora comprendes algunas cosas, la tapa ya no es tan importante como antes, y el contenido comienza a hacer su recorrido en ti.”

Hizo una pausa, porque una vibración de la ‘góndola’ como llamamos entre nosotros la cesta del globo, le distrajo momentáneamente. Yo siempre había pensado que el aire era vacío, pero después de estas semanas me parecía estar entre aguas mil.

“Vuelves al libro a los 30 y es otro. Vuelves a el a los 90, y es otro. Si te lo hubieras leído cada día, nunca habría sido el mismo. Cuanto menos tiempo pasa entre lectura y lectura, menos novedades producirá el encuentro. ¿Cuántas veces has leído el libro de tu vida, Cecé?

Tres, cuatro veces quizá. Eso es lo que te ocurre ahora Cecé. Que has vuelto a abrir el libro por la primera página y ese niño que estaba en ella ahora es otro, ese adolescente no concuerda en casi nada con lo que fue en anteriores lecturas de las siguientes páginas, y el final ha cambiado también. Es fácil leer sobre otros, es un esfuerzo de titán revisar las experiencias propias bajo una nueva luz.”

Comprendí que nunca había habido ese niño que yo vi. No era un niño débil cuyo padre le torturó hasta dejarlo para el chatarrero de almas. No era ese adolescente rebelde, histérico e histriónico, alejado de la corriente de los demás. Nunca fue ese idiota casi babeante que se salvó de la quema. No hubo ese joven que se libró de sus ataduras.

El libro había cambiado. Los textos que veía ahora no me daban paz, de hecho nunca me las habían dado. Tenía razón Ka en lo que decía. Me costaba poder verme de otra forma a la que había llegado. Me resistía a dejar el concepto de yo que tenía de mi. Por penoso que fuese. Me había hecho sobrevivir, lo quería, no quería condenarle a la desaparición.

“La Naturaleza, Cecé… no exige a su conjunto que se mate para avanzar. La Naturaleza son billones de billones de billones de puntos de vista diferentes sobre lo mismo. Es el cerebro que se niega a aceptarlo, pero en cuanto hayas leído el libro de tu vida unas cincuenta veces, hasta tu cerebro comenzará a comprender que ese es el mayor de los juegos y retos. Tiene que aprender a dejar de controlar y volver a ser registro y memoria inmediata. Tiene que volver a su estado antes de servir como arma. Eso cuesta, pero se consigue.”

No estaba yo seguro de que Ka conociera mi cerebro tan bien como yo. No iba a costar, eso no impresionaba a mi cerebro. Se lo hice saber a Ka y coseché una sonrisa burlona.

“Sólo has de observar a tu padre.

Tiene un solo punto de vista de todo que no ha cambiado en miles de años. Es lucha y destrucción pura, incapaz de parar más que para coger aire, y aún así, incluso en ese momento, estará tramando.

No ha habido forma ni formas para convencerle en los últimos 6.000 años o más para que cambie de punto de vista, aunque fuese en los mínimos. Ese, querido Cecé, ese o eso sí que es un cerebro que no tiene vuelta atrás. Mantiene su programación contra natura y como no puede ser de otra forma, se entretiene en su tremenda soledad de un solo punto de vista en combatir esa natura, esa naturaleza.

En cambio quienes leen el libro de sus vidas, cambian a más puntos de vista por cada lectura que se atrevan a hacer. Eso les permite estar con muchos, comprenderlos, sentir como ellos, tener afinidad, repulsa o sentir por, con o en contra de los demás. Es un abanico, dónde el arma existe, pero ya no es la única voz que habla. Las demás se mezclan con ella, la corroen, la hacen inservible incluso. No la destruyen, sino que la transforman de nuevo en lo que era antes de servir de arma.”

“¿En qué se transforma esa arma que todos llevamos dentro, Ka?”

Ka me vio esa esperanza en la mirada, pero no se dejó abducir por ella.

“Eso depende. Nunca es la misma cosa, cada humano ha desarrollado un arma distinta, porque el aburrimiento lleva a la diversificación, y los resultados de usar las armas a la división de diseños. Unos descubren que son excelentes tejedores de telas, otros de sueños y en medio hay una ancha cadena montañosa con miles de miles de cosas que nacieron de sus fuentes. La pregunta no es en que se transforma, sino como se transforma después sin parar.”

Ka negó con la cabeza cuando quise hacer ademán de preguntar en ese silencio que se extendió a partir de su última frase entre el aire algo caluroso de la jornada.

Ese era territorio prohibido y no era a primera vez que había chocado contra ese repentino muro de puertas cerradas. Ahora ya comprendía que Ka nunca me iba a dar pistas en la dirección de mi propia percepción de mi. El libro de la vida de cada uno era de cada uno, aunque podía compartirlo con los demás leyendo en cualquier punto e incluso del revés.

Ka no iba a desvelarme el futuro, aunque lo tuvieran ensayado durante años, aunque supieran hasta el más mínimo detalle de lo que iba a ocurrir. Eso lo hubiera cuajado, como el limón a la leche. Lo que fuese eso en mi, tenía que averiguarlo yo solo, si quería que el arma dejara de repetir sus disparos a tientas y ciegas.

“Vuelve a leer el libro de tu vida. Mañana, por ejemplo. Verás que habrá otro indicio de quien eres, de quien fuiste, de quien quieres ser, de quien serás, de quien te habrás que olvidar o transformar. No sirve empujar, no sirve querer correr. Es un proceso natural, que una vez iniciado, se acelera imperceptiblemente.”

Ka volvió a hablarme de lo que habíamos sentido en el aire durante la mañana. Estaba empedernido en hacer de mi un piloto de globos de primera, aunque bien sabía yo que las clases rellenaban las horas en las que mi cerebro se hubiera cortocircuitado si no se le habría dado retos y conocimientos que absorber.

“Hay cuatro esperanzas para el día de mañana, Cecé.”, y así me había dejado las cosas claras desde el primer bocadillo.

“Una es la Naturaleza, otra es el plan de la Naturaleza, otra es la banda, y tu, tú eres la cuarta. Todos los hijos de la bestia lo fueron. Esperanzas de la misma bestia a encontrarse con la Naturaleza en igualdad de condiciones.

La bestia, no empero no es capaz de cambiar de punto de vista y no descubrió que capaba a sus hijos mucho antes de que esos pudieran tener la más mínima posibilidad de acabar con el aburrimiento de siempre vencer.

Los capaba sin verlo jamás, porque es su cerebro que le hace ver lo que tiene que ver y punto. Tu en cambio eres el primero que se recuperará de su impotencia. En un mundo dónde el poder de un solo punto lo abarca todo, el que se introduzca una variación, por mínima que sea, significa transformación.

Puede que hoy no me comprendas, pero quiero dejarte claro que cuando lleguemos al destino, tu serás esa variación, y con toda seguridad encontrarás una vía para llegar hasta la bestia. O también, puedes bajarte de este globo en la próxima parada y yo prosigo con los demás, arrastrados por tres esperanzas que no dudarán en proseguir.”

***

continúa en la parte III