Saga: ELO
El Cuentacuentos
Autor en trance: M. Furlock

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EL CUENTACUENTOS

El dilema de los prisioneros del pasado

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“Los cuentacuentos recuperaron el espacio que habían perdido antes de la Gran Guerra. Un auditorio que se entregaba durante media hora a un cuentacuentos tenía tema de debate, sueños y distracción asegurada durante meses. Nada había sido capaz de conseguir eso mismo. Ni siquiera una película, salvo si contaba con un presupuesto que hubiera significado el fin del hambre en algún país olvidado. Quizás por ello se olvidaban las películas. Porque en su gran mayoría no se acordaban de nadie.”

Ahmed Eme [La evolución psíquica de los cuentacuentos al debate], Foro Apertura, San Dehli, octubre 2977

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“Los imperialistas intentaron adecuarse a las nuevas circunstancias pero fracasaron, porque la política genética y de selección de sus miembros les había conducido a todo lo contrario. Fueron incapaces de amoldarse a los demás en profundidad.”

Mainz Kan Sotates, [Freud, armero de los muladís], Hammu / Nueva Málaga, octubre 2888

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-Tan pronto como me metí en el agujero, me encontré en una especie de tobogán –le dije al almotacén abriendo los brazos para expresar la sorpresa que había sentido en aquellos momentos pasados– Era un túnel oscuro. No me apetecía averiguar a dónde llevaba, pero de repente escuché el maldito siseo de la Sombra Baúl de nuevo, y pensé que, estando de esa guisa, con medio cuerpo fuera del agujero, sería un blanco perfecto para esa maldita cosa.

El almotacén me miraba fascinado por la historia que le estaba contando. Su cara formaba en cada una de mis pausas  –admito que muy teatrales– ese óvalo que presenta la cara de un niño a punto de conocer un gran secreto, donde la frente, los ojos, la nariz y el mentón se convierten en una clara petición de una limosna de ilusión. Mi historia lo había seducido hasta tal punto que casi no respiraba, pendiente de cada una de mis palabras.

-Así que… –imité con mi mano el movimiento del deslizamiento por un tobogán invisible–  me dejé caer hacía delante… y ya estaba bajando a una velocidad vertiginosa. Me golpeé varias veces en la cabeza con lo que me parecieron raíces y rocas. Debí perder unos instantes el conocimiento, porque lo que recuerdo después fue cómo braceaba para salir a la superficie de una especie de lago.

El almotacén se agarraba con la mano izquierda a la mesa de mediciones y comprobaciones de alimentos secos. Los nudillos se le estaban poniendo blancos ante la  creciente tensión que mi relato le hacía sentir. Su rostro rechoncho empezaba a adquirir por momentos un tono encarnado.

-Bueno, amigo, eso es todo por hoy  –le dije haciendo mi típico saludo, que daba por finalizada la correspondiente entrega del cuento.

El almotacén giró los ojos y resopló, signos evidentes de su deseo de que continuara la historia, aunque finalmente se calmó y se resignó. Con un gruñido, sacó el sello por debajo de la camisa sudada y lo estampó de mala gana sobre mi cartilla de cuentacuentos.

-Hasta la semana que viene, almotacén Lingolar –le dije. Pero el almotacén no me despidió como siempre sino que, tras mirar rápidamente en todas direcciones y comprobar que no había nadie en la tienda, me agarró del brazo.

Pensé entonces que sabía lo que iba a suceder. Un extra… El almotacén no tenía suficiente. Me pasaba constantemente. Era un cuentacuentos muy bueno. Mis historias eran las mejores.

-¿Alguna vez le han hecho un encargo…? –el almotacén se interrumpió, buscando probablemente en algún lugar inexplorado de Olobanda[1] el resto de la frase–  Un, no sé cómo decírselo.  Un… ya sabe, uno de estos… ­–se quedó mirándome con una expresión de complicidad que yo ni esperaba, ni comprendía.

-Claro que sí –le dije.

No entendía nada, pero no encontré otra salida que hablar. Quizás mis palabras despertarían a las suyas y así me enteraría por fin de lo que quería de mí

-No eres el primero. Ni serás el último. No hay que sentir vergüenza ­–añadí, adornando mis palabras con la bendita sonrisa de quienes saben guardar secretos. Era la cara estándar para estos casos.

El almotacén no reaccionó como yo esperaba. Empezó a mirarme con cierta repugnancia, torciendo el gesto como si mi persona desprendiera un olor nauseabundo.

-No creo que me haya comprendido. Creo que será mejor que se vaya y no vuelva nunca más ­–me dijo racheando la voz.

Me quedé frío. Evidentemente, allí ninguno de los dos entendía al otro.

-Verá almotacén, si usted no se explica adecuadamente, tampoco pretenda comprender las respuestas que vienen en socorro de su timidez o desconfianza­ –le espeté, molesto con la desconcertante situación.

El cambio en el tamaño de las pupilas del almotacén denotaban que, no sabía aún por qué, mi persona había vuelto a ganar el dominio sobre el comerciante.

Ahora o nunca, pensé, sin saber quien lo pensaba en mí o por mí. Suéltelo almotacén –le dije– Conmigo sus necesidades estarán a salvo de su propia tiranía.

Me oía como si estuviera fuera de mí. Yo no solía actuar así, a sabiendas de que, mientras uno cuenta cuentos, su vida era un cuento. Más allá de ese cuento, empezaba un mundo en el que yo no tenía ya el más mínimo interés, y mucho menos, confianza. Mi refugio eran mis cuentos. Eran más reales que mi propia vida. Pero ahora, algo en mí había reaccionado con fuerza, se había despertado y buscaba precisamente lo que durante muchos años había evitado a toda costa.

El almotacén, en la misma línea, interpretó mi mirada erróneamente. Pareció encontrar en la expresión de mis ojos aquello que buscaba exactamente. Eso, o una capacidad hipnótica propia que yo mismo desconocía se había desplegado milagrosa y repentinamente ante el hombre. No lo sé, pero puedo asegurar que nunca olvidaré el encargo del almotacén Pedro Lingolar. Nunca.

-Es un disfraz estupendo ese aspecto y esas formas de cuentacuentos pirata  –me dijo, aparentemente liberado de sus recelos ante mi persona–  Por un momento he pensado que me había equivocado de contacto. Tuve mis dudas durante las primeras semanas… pero sus palabras han despejado cualquier suspicacia. Ya no albergo ninguna incertidumbre. Lléveme a una de esas reuniones, por favor… Presénteme en la sociedad.

Le miré fijamente. Mi mirada de desconfianza sólo se debía a que no tenía ni la más remota idea de lo que me estaba hablando ese loco.

-No me lo haga más difícil hombre… –me suplicó–  Prométame al menos que en la próxima reunión les hablará de mí a los demás.

El almotacén volvió a interpretar erróneamente mi silencio.

-Sí, sí. Ya sé que debo contar con candidatos para ser admitido –me decía nervioso–  Los tengo. Mire, aquí tengo la lista ya hecha.

Sacó un cuaderno. Lo abrió y me mostró una larga lista  de nombres.

-Todos servimos a la causa… y le juro que estos nombres son reales, r-e-al-e-s –pronunció lentamente, sin dejar de mirarme.

Ahora lo miraba fijamente, en un intento desesperado de aparentar ser quien, desde luego, no era. El almotacén se había equivocado completamente de hombre. Me había tomado por un reclutador de imperialistas.

Los nombres correspondían a un grupo local de imperialistas. Esos hombres guardaban tecnología y anhelaban el regreso de la realeza. Ni la Gran Guerra había acabado del todo con ellos.

-Hasta la semana que viene, almotacén  ­–le dije mientras empujaba su brazo con la lista debajo de la mesa, justo para evitar que el band’aker que entraba en esos instantes por la puerta del negocio pudiese ver el cuaderno– Interesante encargo para una historia. Veré lo que puedo hacer.

El almotacén me guiñó un ojo, no sin añadir en voz alta varios gruñidos de aparente insatisfacción, además de ‘estoy perdiendo el tiempo con cuentos aburridos’.

Salí del almacén y anduve por las calles sin rumbo fijo. Sólo cuando estuve lo suficientemente lejos, empecé a liberarme del nerviosismo que el almotacén y su encargo me habían provocado. Respiré profundamente. Sin duda, mi vida iba a cambiar. Yo no tenía nada que ver con el reclutamiento de imperialistas. Debía encaminarme directamente al gremio de sabios locales, denunciarle y acabar con la célula y sus sueños de tronos perdidos. Pero había un detalle en todo esto, que me cerraba ese camino, al menos de momento. El tercer nombre de la lista me era familiar. En realidad, familiar, en este caso, era el adjetivo más exacto con el que se podía calificar ese nombre de la lista y su relación conmigo. Era el nombre de mi padre. Lo había encontrado, después de más de veinte años dando a toda mi familia por muerta.

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[1] Olobanda: todo aquello que está a más de tres kilómetros de una banda o ruta de banda.  Naturaleza sin intervención humana.

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Busqué refugio en una de las terrazas de los comedores comunitarios. Necesitaba ordenar mis pensamientos. A estas horas, la plaza central de la caravanseraí de San Dehli estaba hirviendo de actividad, y desde lo alto de las terrazas era fácil ver, sin ser visto. No me sentía cómodo en ese papel de espía. Pero ahora era mejor permanecer en el anonimato.

Comencé a sentirme un poco más tranquilo tras saborear unas cuantas tapas, y tomar dos cervezas de fuerte sabor a especias locales, que mejor hubieran adornado las tapas, todo sea dicho. Quería tener la cabeza fría para afrontar esta delicada situación. Pensaba por un lado que quizás el nombre que había visto en la lista del almotacén no fuera el de mi padre. Quién sabe. Tal vez fuera posible que hubiera otra persona ajena a mí con ese nombre. Al mismo tiempo, no podía evitar alejar esos tranquilizadores pensamientos, repitiéndome que ese nombre lo usaba él como un apodo, uno de los muchos que solía usar como la combinación secreta de una caja fuerte. La letras y el significado del nombre escrito en la lista del almotacén jugaba con su nombre y apellidos como sólo lo podría hacer mi padre.

Pero bueno, he visto alaminas borrachas cantando opera. Después de eso, todo es posible y más en este mundo ­–pensé mientras bebía con sorbos cautelosos la tercera jarra de cerveza con la que un comensal me había obsequiado.

Ya me habían informado que los sandïes o sandehlianos, naturales de San Dehli, eran muy generosos con los visitantes. Este sandï puso la cerveza en la mesa y sus amables palabras de bienvenida e invitación se cortaron en seco al ver mi apurada expresión de espía pillado. Se disculpó y se fue pensando por qué me había molestado tanto su presencia. Incluso miró disimuladamente su cara, al pasar ante uno de los espejos de la sala, para ver si todo estaba bien. Yo había empezado a ver la cara de mi padre en cualquiera. Además no era capaz de disimular mi turbación. Tenía pues motivos más que suficientes para averiguar si aquel tipo de la lista era o no mi progenitor.

No podía haber muchos orfebres en la caravanseraí. Me levanté tras dejar más de media cerveza en el vaso y busqué los tomos de gremios en la sala de registro.  Una vez más me tropecé con la fatídica combinación de sonidos, de letras, saltando sobre mis neuronas. Reduciéndolas a polvo.

Di un vistazo al mapa de la misma sala, y entonces supe que estaba a menos de cinco minutos de poder averiguar si me estaba engañando a mi mismo o si, por el contrario, había encontrado a mi padre. Un paseo corto que, no obstante,  se me hizo con mucho el más largo que había recorrido en mi vida.

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¿Qué se puede decir de un padre que no dudó en participar en la represión de la raza humana? ¿Qué se puede decir de aquel que contempló a su mujer, a sus hijos y a sus nietos como parte de lo que tenía que destruir? ¿Qué de aquel que, para salvarse, no dudó en entregar a estos y otros tantos seres a una muerte segura y agónica?

Llevaba toda la vida sin encontrar una respuesta posible. Llevaba toda la vida escondiéndome, mas bien, de esa respuesta. Era mi padre. Los apenas dos kilómetros de distancia entre la oficina de registro y la tienda del orfebre tampoco me iban a ofrecer ahora una respuesta satisfactoria. A cada metro que mis piernas, a pesar de mi vacilación, de mi miedo, de mi rabia, lograban avanzar, crecía esa turba de sentimientos que, ingenuamente, pensé erradicados, desaparecidos o resueltos alguna vez.

Ahora era orfebre. Qué propio de él dedicarse al oro. Ese metal era lo único que respetaba. Todo lo demás lo utilizaba para acumular y amasar más y más. Cobra en oro, y paga con la basura que no es oro, era uno de sus lemas favoritos. Me lo repetía hasta la extenuación, en un intento de que lo aprendiera como fuera. Así me pretendió enseñar. Así me educó. Pero sólo consiguió aumentar mi pena y mi dolor por él, por sus víctimas y, por ende, por mí mismo.

Nos dominaba a todos. Su capacidad de hacer dependiente a los demás no conocía límites. Tanto le daba someter a una familia, a los amigos, a las empresas o a ciudades enteras. Una vez que había obtenido lo que deseaba, apretaba las tuercas. El oro es huidizo, hijo, hay que darle la vuelta a todos los paños miles de veces, así saldrá hasta la última pepita minúscula. Así con todo. Los paños eran las vidas de los demás, pero eso era un detalle que no tenía importancia en la ética de mi padre.

Primero lo amé, luego, lo temí y, desde el temor, empecé a odiarle. Estuve a punto de asesinarle unas cien veces. Pero eso no era ni horrible, ni siquiera insólito. Les ocurrió igual a todos a los que controlaba. Nadie lo consiguió. Nunca nadie fue capaz de llevar a cabo ninguna acción digna de mencionarse contra él, salvo en una ocasión en la que consiguieron  estamparle dos o tres docenas huevos podridos en plena calle. Hasta en la única foto que se publicó durante las primeras horas del incidente, tenía semblante de estar dominando a las cáscaras de esos huevos que le corrían por todo el cuerpo. Aquella fotografía tardó en desaparecer menos de lo que él tardó en limpiarse, cómo no. Acto seguido despidió a todos los que no cumplieron su máxima de publicar lo que él decía o aprobaba. Pude hacerme con ella y guardé en mi cartera esa única fotografía de mi padre, la única que obtuvo un espacio mínimo para poder amarle desde ese odio frustrante, ineficaz y tormentoso.

Mamá murió de pena y de locura. Mis hermanos se suicidaron, uno física y otro psíquicamente. La ciudad que gobernaba fue la primera de una larga lista en registrar un anormal número de muertes por las epidemias creadas en laboratorios. ¿Y él? Cada día más sonriente en medio del infierno que había creado y en el que ya no se veía más que reflejos de su poder aplicado o por aplicar. Este hombre,  responsable junto a unos cuantos más como él del sufrimiento humano in extremis era al que yo llamaba padre.

Al doblar la esquina y tener el taller del orfebre a la vista, supe que le iba a estrangular con mis propias manos. Esta vez no iba a dudar. Me juré no volver a sentir ni el más mínimo resto de amor o admiración por aquel ser. Se habían acabado los días de Campocorso, o como quisiera llamarse. Le quedaban de vida sólo los cien pasos que me separaban de la entrada.

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El orfebre no levantó la vista cuando se abrió la puerta. Apenas lo consiguió cuando notó que los pasos de la persona que había entrado en el taller, no eran de quien venía con buenas intenciones. Pero ya fue tarde. Un tremendo golpe en la cara lo derribó. Cayó hacia atrás, arrastrado la silla con el peso de su cuerpo y llevándose con él todos los utensilios de la mesa, sus piezas e instrumentos de orfebre. El atacante levantó, aparentemente sin esfuerzo, la pesada mesa de mármol y se la estampó sobre la cabeza.

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Aquí lo tenía delante de mí, inconsciente, con una herida en la frente que sangraba con abundancia. Lo miré fijamente, con mucha atención. Era mi padre. Era él. Tenía un rostro ligeramente diferente. Parecía más joven. Estaba  lleno de sangre. Pero era mi padre.

Cuando entré en el taller y le vi esa calva inconfundible, estallé sobre él antes de que pudiera levantar la vista. La barra de hierro saltó desde un estante a mis manos. El primer golpe en el mismo movimiento. Otro golpe con toda mi furia y mi fuerza.

Este segundo golpe, dado con una mesa de mármol que nunca supe cómo fui capaz de levantar, me dejé exhausto y temblando, con mis riñones enviando punzadas de dolor a todo mi cuerpo, de la adrenalina que estaba siendo bombeada a la sangre. Me hervía el cuerpo entero y si no hubiese sido por la repentina entrada de una señora en el taller, hubiera acabado con su vida ahí mismo. Porque mi padre no estaba aún muerto. A pesar de la violencia de los golpes. Hacía falta mucho más para acabar con él.

Huí por la parte de atrás de la orfebrería, mientras escuchaba los gritos de la señora alertando a todo el vecindario. Salté la tapia del patio, crucé corriendo una especie de corral y acabé en la calle paralela a la del taller de mi padre. Conocía esa calle, era la del almacén de mi cliente. El almotacén imperialista. No me lo pensé dos veces y me metí en su tienda. Había numerosos clientes mirando el género y haciéndole preguntas todos a la vez, pero en cuanto el almotacén me vio entrar, dejó de atenderlos y se acercó a mí con un nerviosismo mal disimulado.

-Aquí no podemos hablar, espéreme en mi casa. Está en la planta alta. Aquí tiene la llave. Suba por la escalera que está al fondo de ese pasillo.

Me entregó una llave que guardaba en el bolsillo de la chaqueta, y me empujó literalmente hacía la parte posterior del almacén. Subí las escaleras y abrí la puerta metálica para adentrarme en una especie de despacho. Cerré la puerta y me acerqué con cuidado a las ventanas, que daban a la calle, justo encima de la entrada del almacén, y a pocos metros del corral que acababa de atravesar. Aún no se veía a nadie. Eso era una buena señal. Sólo me había visto la señora que entró en el taller, pero estaba demasiado lejos como para haber visto más que una sombra corriendo a contraluz por un pasillo.
Me sequé el sudor y, por segunda vez en este día, traté de calmar el río alocado de mis pensamientos, miedos y emociones. Pero no pude.

Saqué la barra de hierro que aún llevaba dentro de la chaqueta y la miré. Debía ser parte de alguna antigualla que mi padre estaba restaurando. Al filo se habían adherido sangre, pelos y trocitos de carne que reconocí, hasta en ese estado, como mis enemigos. Eran parte de aquel abominable ser que había dejado inconsciente a pocos metros de donde ahora me encontraba. Dejé la barra de hierro encima de un mueble, detrás del dintel de ornamentación. Luego lo pensé mejor y la volví a meter entre mi brazo y mi cuerpo. Tendría que encontrarle un lugar mejor para hacerla desaparecer.

Si al salir por primera vez hacía unas pocas horas de este lugar, había pensado que no podía acudir a los coros o sabios de la caravanseraí para denunciar a mi propio padre, ahora deseaba haberlo hecho. Aún podía ir, porque a buen seguro mi padre iba a recuperarse de mis golpes, demasiado pocos para acabar con un monstruo como él. Incluso en el mejor de los casos,  si muriese, podía ir. Entre un millón de supervivientes, todos sin excepción desearían estar en mi lugar para devolverle parte del dolor que infligió.

Cuando había tomado la decisión de despedirme del almotacén e ir derechito al coro para interponer las denuncias, reparé en la estantería de libros que mi cliente se había hecho instalar entre los ventanales. Había algo que atraía poderosamente mi atención, por lo que me volví a acercar a las ventanas cautelosamente. Seguía la calle sin más movimiento de lo normal y me concentré en mirar de cerca cada uno de los libros de la estantería. No encontré nada especial, ningún título ni mínimamente sugerente. El almotacén era un viejo verde, pero no daba para más su biblioteca. Tomé uno de los libros al azar, pero no fui capaz de sacarlo de su sitio. No eran libros, sino lomos de libros que simulaban una librería. El colmo de la incultura. El descubrimiento me hizo cambiar de idea. Había habido un lugar en el mundo cuyas paredes se llenaron con este tipo de artículos decorativos. Libros de verdad, pero quien los había hecho colocar, los trataba como si fueran exactamente iguales a esos bloques de cartón reforzado. La biblioteca de mi casa, de la casa que compartí con mi padre.  No pude dejar de preguntarme entonces si mi padre quizás había alcanzado otra vez, de nuevo, su capacidad para  controlarlo todo, en este nuevo mundo, en esta caravanseraí. ¿Podría mi padre haber vuelto a reproducir su sistema de vida anterior a la Gran Guerra y haber extendido sus tentáculos a los órganos de gobierno de la caravanseraí? La duda me dejó helado.

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El Yishe Mazanec le cosió la herida al orfebre y después aplicó un vendaje de contención.

-Has tenido mucho suerte, Donaldo –le dijo casi en un susurro para no molestarlo–  Aún así, vamos a tener que estarte vigilando durante unos días, porque no descarto una conmoción profunda. Espero que no se haya producido ninguna otra consecuencia. A tu edad estos golpes no traen nada bueno. No, no me contestes. Has de descansar y recuperarte. Lo dicho: te vamos a tener en la estación de vigilancia durante al menos tres días.

El orfebre cerró los ojos. En su maltrecha cabeza flotaban todo tipo de imágenes. Era incapaz de articular, ni de formular un pensamiento coherente. Sentía un intenso dolor en la parte trasera de la cabeza, por dónde la furia del segundo golpe había buscado salida antes de golpearse duramente contra el suelo, ya inconsciente.

Mazanec le observó. No le daba más que unos días de vida. El golpe tenía que haber producido derrames internos. Las reacciones oculares, los canales Qí, así como el pulso, mostraban extrema debilidad y el típico movimiento retráctil de la vida. Tenía claro que quien había golpeado al orfebre, quiso, sin duda alguna, matarle. La visera que utilizaba para que no le molestase la luz procedente de los ventanales del taller, evitó lo peor. Pero aún así, el hombre se estaba muriendo. Mazanec salió de la habitación, apesadumbrado.

En el pasillo esperaban los dos emisarios del coro local de la caravanseraí. Tomaron nota del estado del orfebre y preguntaron al Yishe si había podido averiguar algo sobre la identidad del agresor. El Yishe les indicó que no era el momento para hacerle ninguna pregunta al paciente. Se encontraba en estado crítico.

-Señores, lamento decirles que las posibilidades de recuperación de Donaldo Campocorso son mínimas –añadió para evitar cualquier intento de entrevistar al malherido. Los dos emisarios no mostraron más que comprensión y diligencia.

Andreas Mazanec se encaminó a su consulta, lamentando no poder disponer de una tecnología, aunque fuera mínima, para saber exactamente lo que el golpe había producido en su paciente. Echaba de menos hasta el más simple de los aparatos de rayos x, ahora tan imposibles como cualquier otro aparato eléctrico. La cirugía avanzada había dejado prácticamente de existir, quedando reservada a intervenciones menores. Una operación a cráneo abierto para eliminar un coágulo era impensable en la mayoría de los casos. Aún hoy, después de esos largos años de recuperación de la humanidad, sentía un odio profundo contra quienes habían atentado contra su propia especie. Provocaron y truncaron una vía de evolución, pero los herederos más inmediatos no iban a poder olvidar las posibilidades y facilidades que esa evolución tecnológica brindó. Mazanec no dudaba de que la actual evolución del ser humano, después de la Gran Guerra, superaba con creces el estado de barbarie en el que los imperialistas tornaron la humanidad hasta la llegada de las Sombras Baúl. Pero en casos como de su amigo Donaldo, deseaba poder ponerle las manos encima a uno de estos desalmados, que en su momento no dudaron en esclavizar a todo un planeta,  plantándole cara a la evolución de su especie y por ende, a todo el universo entero.

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Pasaron tres noches, en las que el orfebre siempre parecía estar al borde de la muerte, pero, en el último momento, lograba restablecer ese contacto mínimo con el mundo que aseguraba la supervivencia. El Yishe no se separó nunca por mucho tiempo de la cama del viejo, salvo para descansar unas horas.

Al cuarto día, el orfebre abrió los ojos y reconoció a su amigo Andreas. Al quinto día, pudo articular algunas palabras y, a la semana, estaba sentado en la cama, con todas las aprendices a Yishe entregadas a sus artes de convertir cualquier baratija en un magnífico y espectacular tesoro, gracias a su maestría en el diseño de joyas.
Por la noche, Mazanec le dio el alta personalmente, y le acompañó a su casa. Dos voluntarios vigilaban la entrada. Otros dos se habían aposentado en el patio interior. No había más accesos a la casa, por tanto, el atacante no lo iba a tener fácil para seguir adelante con el plan de matar a Donaldo. Aún así, Mazanec seguía preocupado por su amigo.

-Tendrás que esperar unas dos o tres semanas hasta que podemos estar completamente seguros de que te has recuperado del todo. No debes salir a la calle hasta el mes que viene. Evita el sol, salvo el de la tarde, que es menos dañino. Toma. Mira lo que he encontrado en la tienda de Froina –le dijo sonriendo y le tendió una visera nueva – Te hará falta. En cuanto puedas volver al taller, tendrás acumulado mucho trabajo.

Su amigo anciano no le contestó. Parecía que por ahora no tenía muchas ganas de hablar del taller. Todo cuanto podía recordarle aquel mal trago lo rechazaba con indiferencia.

Pobre hombre. Aún debe quedarle el miedo al atacante.  Ojalá lo encuentren de una vez y podamos volver a vivir en paz –pensó Mazanec mientras se despedía de su amigo.

Pero el anciano no tenía ningún miedo al atacante. Aunque a su joven amigo médico le podía parecer un anciano incapaz de matar una mosca, Donaldo, aunque era mucho más viejo de lo que creía el médico, no era en absoluto miedoso, ni, por supuesto, inofensivo. En realidad, ya se estaba preparando para el siguiente ataque, pues tenía la certeza de que iba a llegar.  Nadie golpeaba de esa manera, si no era para acabar un trabajo empezado o encargado. Él lo sabia por experiencia. Así pues, le estaría esperando. Siempre supo que, en algún momento, algún día, aparecería esa visita no deseada. Alguien que querría y, novedad, se atrevería a matarlo. O por lo menos a intentarlo en condiciones. Donaldo realmente no hablaba porque la rabia lo había dejado mudo. La rabia por haberse dejado absorber por este ridículo mundo de sonrisas y libertades de todo tipo. En condiciones normales… pero ya era tarde para lamentaciones. Sólo lo consolaba el hecho de que su atacante no había acudido a ningún coro para denunciarle. Eso, y la inmediatez de la acción, cerraban el círculo de posibles agresores a muy pocos en el mundo. Muy, muy pocos, teniendo en cuenta que casi todos habían sucumbido durante la Gran Guerra.

Él hubiera notado vigilancia previa, por discreta que fuera. Incluso hubiera percibido una mirada accidental por las ventanas que daban al taller. No la hubo. Ni un aviso. El modo de actuar de su atacante mostraba que sabía quién era, que lo había reconocido por algún dato, y no por haberle visto la cara. Intuía que su agresor le conocía perfectamente. Debía ser alguien muy cercano. Si lo era, también sería tan culpable como él seguramente.

Donaldo se permitió la primera sonrisa cuando cerró la puerta de entrada de su vivienda. No pintaba tan mal la cosa. Podía eliminar al atacante la próxima vez que lo intentara y con esto se cerraría el caso. Era improbable que hubiese otro más. El resto de los supervivientes no podría nunca reconocerlo. La cirugía plástica que le habían practicado en el búnker, durante la Invasión, no era profunda, aunque muy bien realizada. Una pequeña obra de arte. Fueron dos años de meticuloso trabajo. Tampoco había mucho más que hacer ahí abajo, pensó con otra sonrisa, ésta algo más sarcástica. Al menos, al cirujano le había ahorrado el paro en el que ahora se encontraría si estuviera vivo, pero él siempre había preferido no dejar cabos sueltos. Eso sabía muy bien su atacante. Por eso fue a matar y no a negociar. Su fallo lo había colocado en una delicada posición. Estaba un poco más cerca de quedar bajo su control, consecuencia lógica de cualquier intento de negociación con él.

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Mis ojos no podían despegarse de la falsa librería de cartón piedra del despacho del almotacén. Tampoco podía obviar su significado simbólico de decorado. Sólo la llegada del hombre me sacó de mis tortuosos pensamientos. Entró acelerado y sudoroso. Era un tipo humilde. Se notaba en que, al pasar de una habitación a otra, no llegaba a abrir completamente la puerta. Sólo dejaba el hueco suficiente para poder pasar. Aunque, con los años, algunas puertas las tuvo que abrir del todo. La buena vida se le había instalado hacía tiempo en la prominente barriga y el abultado culo del almotacén, Yhustiño Lingular.

-No esperaba su regreso tan pronto, aunque es buena señal, ¿no?  –dijo a modo de saludo y se afanó en ofrecerme una de las sillas frente a su mesa de despacho.

Preferí quedarme de pié y ejercer, desde lo alto, la ceremonia de mentiras y contramentiras. Como ya sabía que mis silencios le hacían hablar más que mis palabras, probé con una mirada desdeñosa. Surtió efecto inmediato.

-Me tiene que perdonar, soy demasiado bocazas. Sí los grandes de entre nosotros no lograron nunca un contacto como éste… Pero así ha sido toda mi vida. De casualidad en casualidad. ¿Sabe a qué me dedicaba antes de la Gran Invasión? Trabajaba en la administración, en temas de cultura ¿Y antes de eso? ¡De ayudante en una hermandad!

Siguió enumerando distintas profesiones y cargos, hasta que, en uno de los pocos instantes en que me miró a los ojos,  reparó en mi severa mirada. Eso lo hizo callar. Si me quería vender el cuento de que era el chico gordo con más suerte del planeta, lo iba a tener mal conmigo. Bien podían ser ciertos todos esos cargos y trabajos, pero también estaba claro que los había alcanzado gracias a otras artes, aquellas que la Gran Invasión había desterrado afortunadamente casi por completo. El almotacén era un bicho, y de los malos. Pero era cobarde. Eso le había salvado la vida hasta ahora. Los imperialistas del tres al cuarto eran así, cobardes, previsibles y siempre anhelando poder obtener algún título nobiliario, aunque fuese clavado entre las nalgas.

Se instaló un incómodo silencio en la habitación, mientras que en la calle no se notaba ningún sonido fuera de lo normal. Con cada minuto que pasaba, se alejaba más y más la posibilidad de que alguien del coro o de las autoridades de la caravanseraí se presentara.

El almotacén no era de fiar, pero juraría ante cualquiera que yo había estado en su casa a la hora del ataque a mi padre. Incluso podría pensar que la suerte estaba de su lado, porque conociendo a mi progenitor, si se conocían, seguro que habría tratado muy mal al almotacén.

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-Hijo, tipos como éste –me dijo, señalando al señor que se había acercado para saludarle en la fiesta– son lo peor que te puedes echar a la cara.

Me quedé helado y no sabía dónde meterme. Mi padre solía aprovechar su poder para enseñarme cómo es realmente cada cual en este circo, según sus propias palabras. Le gustaba degradar en mi presencia al primero que se ponía por delante alguien. Lo hacía con el menor de sus esfuerzos. Yo en cambio nunca me acostumbraba a estas escenas penosas. Aquel señor, se puso blanco advirtiendo demasiado tarde que había elegido el peor momento posible para promocionarse.

-Obsérvalo. Viene a la fiesta de la mano de un homosexual con tendencia a coleccionar chaperos que le hace de intermediario, porque él mismo no se atreve a buscar sexo directamente. Luego, estos chaperos se le suben a la chepa… –empezó a reírse a carcajadas, mientras le daba golpes al señor que no sabía si reír o llorar–  Finalmente, uno de estos desechos de la sociedad aparece en mi fiesta, intentando codearse con lo mejor de esta ciudad bendita a orillas del río más grande que ha parido esta nación de hombres libres. No te dejes engañar por el traje, ni por ese cuerpo inofensivo. Si estuvieras en la calle, sin dinero, sin trabajo, sin techo, ya estarías chupando la polla de su amigo y durante semanas no podrías ir a cagar sin echar sangre, hijo.

Se hizo un silencio abismal. Primero se abrió una grieta infranqueable entre el señor y mi padre, que seguía con su mano sobre uno de los hombros del hombre que parecía sentir la garra de un oso a punto de arrancarle un trozo del cuerpo. Después, ese silencio invadió el suelo, agrietándolo con hendiduras que evitaban que los invitados pudiesen seguir en sus conversaciones.

-Es a eso a lo que te dedicas, ¿no, tontito?  –le preguntó pero sin esperar respuesta me señaló con su mano libre.

-Dime, experto de ojetes  ¿cuanto te rendiría un jovenzuelo tan apuesto, tan fino y con la piel tan tersa en las primeras noches?  –como el hombre no se atrevía siquiera a abrir la boca, abrió las grietas en toda la fiesta hasta profundidades irreconciliables.

-¡Que me contestes, hijo de la gran puta!

Nadie dudaba de que cada una de las palabras de mi padre eran ciertas. Mi padre no necesitaba mentir. Era tan poderoso que podía decir la verdad. Aquel desgraciado empezó a llorar, pero no se atrevió a zafarse de la mano de mi padre.

-¿Ves hijo? –dijo y se agachó lo suficiente para que pudimos estar los dos a la misma altura de ojos–  Así son en realidad. Basura. Gente que vive a costa de los demás, gente que no tiene fuerza, ni estilo, ni carácter. Débiles. Jamás te asocies con un débil, porque será tu ruina.

Se levantó y mirando al hombre desde sus más de dos metros de estatura le dijo algo, con la mirada puesta en un lugar a miles de kilómetros. El señor menguó instantáneamente y mi padre aprovechó para darle un golpe terrible en la espalda a modo de amigo y reírse a carcajadas sonoras de nuevo.

La señal para que siguiera la fiesta. La señal para que se largara el hombre de la ciudad y no volviera nunca más. La señal para que aquel que le había llevado a la fiesta se esfumara también y para siempre. Los últimos avisos de mi padre eran en el mejor de los casos esas carcajadas, que nunca variaban.

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Observé al almotacén y supe que mi padre lo había humillado. Podía verlo en sus maneras, en esos ademanes de constante frustración. Ésa era la prueba del resultado de la obra de la mente despiadada de mi padre. Además, el almotacén encajaba perfectamente en las estructuras ‘de personal prescindible en cualquier momento‘ que mi padre solía hacer crecer y alimentar con peones de este tipo.

-Venga a la fiesta tradicional de los band’aker este fin de semana. Vista de manera informal, pero utilice tonos oscuros. Le observarán durante estos días y durante la fiesta, y según… Pero lo que pueda ser o no ser, pasar o no pasar, recuerde, no está en mis manos.

El almotacén gimió y casi se arrodilla ante mí. Pasé a su lado y sin mirarle llené la habitación con una sigilosa frase.

-No hable con nadie, porque me enviarían a cortarle la lengua para empezar. Y estoy harto de sangre por hoy.

Cerré la puerta detrás de mí, y me permití el lujo de apoyarme unos instantes en la pared del pasillo. Sabía que el almotacén estaría aún de rodillas, al otro lado de la puerta, pero ahora apoyándose con las manos en el suelo. De aquí a un minuto cambiaría y se volvería un hombre lleno de confianza en si mismo, hasta la fiesta al menos. Se estaría viendo ya como miembro de la corte, viendo el sueño de su vida cumplido. Iba a ser alguien en su enfermiza idea de sociedad arcaica, destrozada hacía más de veinte años por las Sombras Baúl.

Me sentí algo mejor. Había empezado a mover los peones como lo solía hacer mi padre. Pero con una ficha suya. Hijo, aprovecha primero las fuerzas del contrario, serías tonto si no lo hicieras. Las tuyas, siempre en segundo lugar. Vale Papi, como tu digas, papaíto.

Necesitaba tiempo. Con dos o tres días, el plan que se estaba fraguando en mi atormentada mente podía resultar. Si no me cazaban antes, o alguna sombra baúl se cobrara mi ira.

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Andrés Daza, qadi de la caravanseraí de San Dehli, llegó a la conclusión de que estaba obligado hacer vigilar la casa del orfebre con algunos efectivos más que los cuatro voluntarios inicialmente adscritos para ello. Por muchas vueltas que le daba al caso, tenía demasiados indicios de presencia imperialista. Un crimen como el que había ocurrido sólo se producía en determinadas situaciones. Su instinto le decía que no estaban ante el ataque de algún loco o ante un accidente desgraciado. Además, después de estudiar la documentación de los registros referente al orfebre, comprendió que no estaba ante un miembro más de la sociedad emergente de la caravanseraí, sino que se trataba de un hombre con un pasado claramente vinculado con los imperialistas. No era por tanto sorprendente que le atacaran, ya que había sido llevado a la caravanseraí por un defensor de imperialistas, con todos los visos de haber actuado como testigo en un coro de caso imperialista.

Cuando estudió la trascripción del coro celebrado unos ocho años atrás en otra caravanseraí a miles de kilómetros de distancia de San Dehli, apreció que efectivamente Donaldo Campocorso vivía la vida de un testigo que había escapado por los pelos de ser una de las últimas víctimas del holocausto imperial. Daza hizo llamar a un grupo de dehlianos exploradores, les expuso la temática y, cuando el último de estos hombres,  salió de la sala de reuniones del edificio del coro, se encaminó a la casa de Campocorso. Era hora de que el buen hombre supiera que no iba a estar solo ante la amenaza que se cernía sobre él.

Los exploradores se repartieron el trabajo de vigilancia y de investigación en grupos de  tres. Los cuatro grupos resultantes empezaron con sus tareas, cuando quedaban pocos días para la fiesta anual band’aker. Todos coincidieron en que el día o la noche de la fiesta iban a ser la jornada elegida por el agresor para su segundo intento. Era un momento idóneo porque no iba a haber posibilidad de vigilar la casa con facilidad. La avalancha de gente desbordaría todo tipo de dispositivo de vigilancia. El ruido y el alboroto que habría hasta las altas horas de la madrugada, favorecería cualquier acto violento a la sombra de tanta actividad desenfrenada.

El grupo que fue al taller del orfebre a una inspección exhaustiva del lugar determinó que el atacante debía medir un metro ochenta aproximadamente, también dedujeron que no era excesivamente fuerte, pero que, en cambio, contaba con una técnica excelente, posiblemente una instrucción en artes marciales o militares.  Otro grupo se ocupó de un rastreo minucioso de la zona, por todos los locales, despachos y almacenes cercanos. Descubrieron que el atacante había salido saltando la tapia a una calle paralela, y que luego, o bien había entrado en el almacén del almotacén Lingular, o bien había salido por el callejón estrecho que hacía esquina con el mismo.

El almotacén recibió al grupo con el nerviosismo que le solía caracterizar y ese servilismo que pertenecía a otras épocas. Les dijo que, desde el ataque, no había podido conciliar el sueño. Cada vez que oía a alguien entrar por la puerta, sentía cómo se le erizaban los pelos de la nuca. Los exploradores notaron en el sudor del hombre discordancias y acidez, pero era patente que un sujeto así no iba a ser capaz de esconder a un agresor. Además, les ofreció enseguida que pasaran a revisar la casa si lo consideraban necesario, cuando le dijeron que ese agresor al que tanto temía bien podía estar escondido aún en alguna parte. No encontraron nada, y dieron por válida la ruta de escape por el callejón adyacente.

El tercer grupo estudió las listas de llegada en el registro, y se hizo con la lista de voluntarios que prestaron sus servicios durante los últimos quince días antes del crimen en la zona.

El cuarto grupo vigiló la casa desde un edifico que estaba frente a la misma. El qadi había avisado a la víctima de ello, y las cortinas de la planta primera permanecían abiertas, permitiendo una visión casi completa de las dos habitaciones.

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Donaldo despidió al juez expresándole nuevamente su agradecimiento por sus desvelos.

-Usted lo que tiene que hacer ahora, por imposible que le parezca, es descansar. Estaré pendiente de este asunto durante todo el tiempo que haga falta, y hay varios grupos de voluntarios encargados de la vigilancia e investigación –insistió– Descanse Campocorso. Recupere sus fuerzas. Antes de lo que se lo imagina, habremos atrapado a ese violento. Puede que para las fiestas del fin de semana ya esté a buen recaudo y todos podamos respirar aliviados.

El qadi no se creía sus propias palabras sobre la detención del criminal, pero era mejor animar al pobre orfebre, que se mostraba muy vulnerable. Campocorso había recibido un golpe muy fuerte y se le notaba ausente y desorientado. Los quince minutos de visita le habían dejado temblando. No, lo mejor era poner al mal tiempo buena cara, eso era lo mínimo.

Cuando el juez se hubo perdido entre la muchedumbre de la calle, Donaldo cerró la puerta sin echar ningún vistazo en busca de sus protectores y vigilantes. Los voluntarios, incluso los exploradores, carecían de entrenamiento para abarcar este caso, y, con toda seguridad, ni siquiera llegarían a ver al agresor si este llegara hasta su casa. Para Donaldo la solución a todos los males era precisamente que el agresor llegara a entrar en su casa, y que nadie lo viera. Ésa era la solución que más le atraía, aunque tampoco desdeñaba otras.

Donaldo bajó al sótano. Convenía comenzar a revisar mapas, desempolvar viejas amistades y poner en marcha un asunto que llevaba esperando los últimos diez años. No tardarían en llegar aquellos que entonces lo sacaron de las profundidades de la tierra. Quién sabe, quizás estos ya habían entendido que nunca lo debieron desenterrar de aquel agujero. Esta vez no serían tan amables con él.

Diez años de paciente espera casi le habían hecho olvidar quién era. La vida en esta caravanseraí le había adormilado lo suficiente para estar a punto de dejarse matar. Pero ya se acabó.

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A los dieciséis años, la mayor parte de mi vida se desarrollaba en el college. Participaba en todas las actividades posibles, con tal de estar lejos de mi padre. No lo soportaba. La inicial guerra soterrada había dado lugar a una cruenta guerra abierta entre los dos que se estaba convirtiendo en un juego muy peligroso.

Para fastidiarlo, me forjé una identidad completamente diferente a la que él tenía prevista para mí. Salí a reventones de la implacable y atosigante cápsula en la que encerró mi destino inamoviblemente impuesto. Así, del college no volvió nunca más ese chico obediente y perfecto. De un plumazo acabé para siempre con el futuro indiscutible de la saga familiar. No me lo perdonaría nunca.

Un día, en el almuerzo familiar,  en pleno verano, aparecí vestido con una piel de oso. Sudaba como sólo se suda cuando se es joven y uno está pleno de todo. Me picaban horriblemente los pelos del abrigo. Las partes de piel sin pelo se me pegaban al cuerpo desnudo debajo. Pero aguantaba sin que se me notara en ningún momento ninguna incomodidad. Sólo el sudor que me brotaba como una fuente desde las entrañas.

Mi padre me miró desde su privilegiada posición de presidencia de la larga mesa. Le devolví su mirada con el desafío preparado. Mi madre, o lo que quedaba de ella, se levantó a sabiendas de que era mejor dejarnos solos. Mis hermanos, que se debatían entre el miedo y la excitación ante un nuevo combate entre su héroe y el villano, abandonaron el comedor, ante la insistencia de la cocinera y el mayordomo, que fueron alertados por mi madre.

Después de que se cerrara la puerta, se instaló en la habitación el silencio. Inmediatamente, empecé a sentir frío. Siempre me dejaban solo con él. Nunca ni mi madre ni mis hermanos me acompañaron para hacerle frente. Estaba solo. Siempre había estado solo.

Mi padre empezó a sonreír, a sabiendas que una vez más había ganado tres cuartos de la batalla antes incluso de comenzar la misma. Odiaba esa sonrisa, casi más que esa carcajada suya que aplicaba como un grito ancestral de victoria ante todo lo que podía usar para expresar su inmenso poder sobre los demás, con más ahínco aún.

Me senté en mi sitio, al otro lado de la mesa. Al otro lado del universo de un padre tirano, enorme y poderoso. Frente al coloso. Empecé a comer la sopa, sin dejar de mirarlo en ningún momento. Estaba totalmente concentrado en el más mínimo de sus movimientos. Esta vez no iba a acabar con la cara en la sopa o con una silla impactando en mi estúpida expresión de rebelde. Ningún cuchillo iba a volar hoy en mi dirección sin que lo viera venir. A medida que vaciaba el plato, buscando el pan con el tacto del ciego sobre la mesa hasta dar con él, rompiéndolo con una mano y sin pestañar, mi padre se iba recostando lentamente hacía atrás. Tardó el mismo tiempo en reclinarse que yo en terminar la sopa. Ni un instante más. Intentaba sincronizarse con mis más íntimos movimientos, siguiendo la táctica del luchador experimentado. El maestro que busca vivir el ritmo del alumno para descubrir la desarmonía y romperle las costillas por atreverse a cuestionar la fuerza del superior.

-¿Qué hay de segundo, padre? –le pregunté al apurar la sopa.

Mi postura, aún semiagachado sobre el plato y con la cabeza ligeramente adelantada, se parecía demasiado al perro apaleado que no aún se creía que le hubieran dejado saborear las sobras con tanta libertad, con tanta paz.

-Asado, hijo –me dijo amablemente­– ¿Lo hago servir o prefieres que bajen la temperatura de la sala antes para que no te de un mareo?

Tanta amabilidad y relax. Se sentía vencedor absoluto. Estaba jugando conmigo, porque sabía el final. No dejé que sus carantoñas del padre ligeramente divertido ante las ocurrencias de su hijo me descentraran.

-¿Asado de hijo? Sí, por favor –le dije sonriente–  Es el plato favorito de esta familia. Cómo no voy a desearlo todos los días. Lástima que sólo lo sirvan aquí una vez al día. Quizás acabaríamos antes si se sirviera a todas horas ¿Soy yo o esta casa necesita nuevos aires?

Me sentí en la gloria. Le había disparado una descarga completa en toda la cara. Pude ver cómo ese músculo algo traidor cerca de la yugular comenzó a palpitar por su cuenta. Diana.

-No hijo. Ya no asamos a los niños… Al menos, no a los propios.

A una señal que activaba en el pequeño cuadro de mando de su silla, entraron los sirvientes para retirar los platos y servir el segundo plato. Mi padre les ordenó que fuera yo quien hiciera los honores del corte inicial. No me lo podía creer. Finalmente reconocía mi valía. La ceremonia del primer corte la llevaba a cabo el cabeza de familia, o quienes estuvieran a su altura. No le perdí de vista de todas formas y tuvo que ser el mayordomo quien temblando como un sauce llorón en pleno invierno me pasara el cuchillo. Pesaba mucho, pero aún así no dejé de mirar el iris mismo de los ojos del monstruo que tenía delante.

Mi padre sonreía plácidamente. Cuando mi cerebro alerta comprendió que me apremiaba a levantar la tapa de la fuente de plata, intentó mandar rápidamente una orden a mis manos para evitarlo. Llegó tarde. Mis manos ya levantaban la tapa de la fuente dejando a la vista el asado. En la fuente de plata yacía mi pequeño cachorro de oso. En una operación difícil y despiadada, habían logrado dejar la cabeza intacta, a diferencia del resto del cuerpo que aparecía perfectamente asado. El animal me miraba con ojos glaseados desde la lejana distancia que sólo conocen los que miran al ojo del amado en su lecho de muerte.  Allí, en ese momento, se me rompió el corazón para siempre.

Salté sobre la mesa y corrí en la dirección de mi padre con el cuchillo, destrozando a mi paso la vajilla. Oí la carcajada de mi padre, y lo siguiente que recuerdo fue otro salto más sobre la mesa, un correr aún más rápido y los trozos de vajilla saltando a mi alrededor debido a los impactos ciegos de mis zancadas. Después, un último brinco violento y feroz que impulsó un vuelo final con la hoja del cuchillo de caza en ambas manos extendidas abriendo  hueco en el aire. La hoja del cuchillo iba directa a cortarle la yugular a mi padre. Volví a oír, en medio de ese salto, la carcajada de mi padre, pero no tenía más ojos que para la gruesa vena que latía en su cuello.

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Me desperté en una de las celdas del sótano. Después de acostumbrarme a la poca luz que se filtraba por las rendijas de la puerta de seguridad, comprendí que no iba a salir de ahí si no me comía lo que me acompañaba en las profundidades de la casa. Salí a los cuatro días, después de que los lacayos habían comprobado que había comido hasta el último trozo de mi cachorro, aquel hermano que murió por mi culpa.

No volví a hablarle a mi padre, ni a mirarlo siquiera. Me daba igual. Perdí el rastro de los trozos despedidos de mi corazón al masticar el corazón de mi cachorro. A partir de entonces no sentí nada más que vacío.

Cuando llegaron las Sombras Baúl y destrozaron el imperio de mi padre, me refugié en un bosque muy alejado de mi casa, subido a un árbol, muy parecido a aquel otro árbol,  que hacía muchos años, me había servido de refugio y cama improvisada. Aquella noche perdida ya en la memoria  pude conjurar el miedo que siempre arrasaba, gracias al dulce abrazo de un  pequeño cachorro de oso que mi padre había traído de una cacería, y que estaba tan asustado como yo.

Al día siguiente de abrazarlo, de amarlo, de encontrar un amigo de verdad, lo habían matado y congelado. Ahora lo sabía, entonces pensé que había vuelto con su papá y mamá.

Cuando veas que tu enemigo ama a algo, llévatelo. Siempre habrá un momento idóneo para abrirle en canal con el sufrimiento, especialmente cuando cree que te puede atacar sin más. Ya lo comprenderás hijo, algún día.

No, no asaban a sus propios hijos. Asaban a los de los demás.

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Daza se reunió la noche anterior a la fiesta band’aker con los exploradores y dos de los voluntarios del coro. También invitó al yishe Mazanec, y a dos amigos de la infancia, ambos poderosos psicos, que llevaban toda la semana rastreando la población. El qadi se sentía desbordado por el asunto. Presentía que nada era casual, y que se estaban enfrentando no a un violento, sino a una pared gris de engaños y tácticas que superaban con creces a una sociedad que delegaba la violencia y el juicio de ésta en las Sombras Baúl. En esta sociedad, simplemente no había violentos, pues mucho antes de que sus planes se materializaran, con el mero pensamiento, aparecía alguna Sombra Baúl que destruía a cualquiera que tuviera el más mínimo deseo de hacer el mal al prójimo. El hecho de que en esta ocasión no sucediera lo habitual, denotaba fuerzas que seguramente estaban jugando con ellos. La otra alternativa, igualmente nada halagüeña, era que esto era algo a lo que no se habían enfrentado nunca. Todos los demás estaban de acuerdo con esas primeras conclusiones, salvo Randolf, uno de sus amigos psicos que, además era un matemático excelente y que, en los pocos años que llevaba residiendo en la caravanseraí, se había hecho conocido y querido por su capacidad de resolver problemas de todo tipo.

-No dejaría de lado la posibilidad de que se trata de un Muladí atacando a un Imperialista. Es ése el único caso que conocemos, en el que las Sombras Baúl no reaccionan… Al menos, no durante el combate entre esos dos extremos ­–dedujo Randolf–  No obstante, no tiene explicación que, una vez fallido el ataque, las Sombras Baúl no hicieran aparición para encargarse de rematar la faena. No encaja. Las Sombras Baúl no fallan.

Los otros volvieron a asentir. Si el orfebre era un testigo protegido, bien podría ser uno de los pocos imperialistas que abjuraron de su energía destructiva, lo que explicaría que las Sombras Baúl no se hubieran fijado en él. Pero incluso así, nunca la conversión solía ser total y, normalmente, el imperialista, o perecía bajo el ataque del muladí fuera de sí, o era víctima de un ataque de Sombra Baúl inmediatamente posterior.

Aunque la evidencia descargaba al orfebre de toda culpabilidad, ninguno de los presentes se fiaba de las apariencias, porque eran tan excepcionales que, a la fuerza, tenían que tener gran parte de su origen en el propio Campocorso.

-¿Cuándo cree que llegará el defensor de imperialista?

La pregunta de Daza, dirigida a uno de los voluntarios, Francisco Leiva, los sacó momentáneamente de estos pensamientos.

-Está a dos semanas de viaje pero, con los pasos cerrados, puede que no llegue hasta dentro de un mes.

Leiva negó con la cabeza al oír entre los murmullos de los exploradores la siguiente afirmación.

-No hay ningún defensor al sur de la caravanseraí. Desde hace más de diez años, no hemos tenido ningún caso en toda la banda sur. Ya no quedan imperialistas.

-O han sabido dar con un método para evitar a las Sombras Baúl –añadió Dees– Todo este asunto huele a imperialista que da náuseas. Qadi Daza, ¿cómo podemos estar seguros de que este orfebre es quien dice ser? ¿No sería posible que se infiltrara en nuestra comunidad conchabado con quien le trajo?

Daza miró al explorador Dees.

-Pensé en esta posibilidad también, pero al comprobar quien había venido en persona para asegurarse de que Campocorso estuviera en un lugar seguro, dejé de seguir en esa dirección.

Daza buscó en el expediente las hojas del registro especial, con la firma de quien acompañaba al orfebre.

Dees miró la hoja, y luego la pasó en silencio al siguiente. No, por ese lado no había duda.

-¿Entonces será quien vendrá también en esta ocasión? –preguntó Dees.

-Sí –contestó Daza, quien no parecía estar muy entusiasmado con la idea. Los defensores de imperialistas nunca le habían parecido una visita agradable, salvo si venían de vacaciones. En todo caso, ese nombre ilustre no era simplemente un defensor de imperialistas, sino toda una institución en la banda.

-Vamos a tener unos meses complicados. No creo que vayamos a ser capaces de evitar que el atacante vuelva a probar suerte. Lo más normal será que el atacante se salga con la suya, ya que nuestra sociedad ha perdido muchos reflejos y la práctica de la defensa. En el caso de que sea así, presentar estos resultados a la defensa de imperialistas nos va a costar caro –siguió diciendo Dees. El voluntario del coro miraba las puntas de sus zapatos, algo apartado de la mesa.

-¿Y si nos encerramos varios con Campocorso en una casa con una sola entrada y salida? No creo que ningún atacante pueda con diez, veinte o treinta voluntarios –prosiguió. Dees había dejado claro desde el inicio que la vigilancia y contra vigilancia era una invitación al fracaso, y que prefería tener a Campocorso rodeado de protección, y en un lugar que podían controlar mucho más fácilmente.

El Qadi no estaba de acuerdo.

-No, eso simplemente aumentaría el número de víctimas. El atacante es indetectable para los psicos. No le atacan las Sombras Baúl y los golpes que dio al viejo fueron uno de saludo y otro para matarlo. Entrar, golpear, salir y desaparecer. ¿Conoce a alguien en esta comunidad capaz de hacer eso? No, claro que no –argumentó Daza– Podemos probar de hacer lo que dices, Dees, pero no quisiera yo tener un estacato baúl sobre alguna plaza de esta caravanseraí. Las consecuencias serían desastrosas.

Ciertamente, los defensores nos han dejado un verdadero problema –prosiguió Dees–  No tenemos más que un expediente secreto de protección de testigos y dos notas breves. Nada que nos pueda ayudar ahora en lo más mínimo. Si el testigo es tan importante para que, muchos años después del coro en su defensa o de la defensa de un imperialista, alguien atente contra él con la habilidad increíble de reírse de las Sombras Baúl, no es un tema que debamos resolver nosotros. Debemos dejar que esos locos se maten entre ellos, si quieren, y que la comunidad no se vea expuesta a peligros que ni le van, ni le vienen.

Se escucharon algunas voces favorables. También el qadi estaba asintiendo.

– Nunca ningún asunto de imperialistas acaba bien para los demás –interrumpió Leiva–Así sucedía siempre con ellos hasta que los exterminaron las Sombras Baúl. No saben interactuar con la sociedad si no es destruyéndola. Si ese atacante se quiere cobrar su víctima, que lo haga, pero que no tenga que sufrir ningún inocente. Nuestra única función en este asunto debería ser proteger a nuestra gente. Ellos son inocentes y no tienen nada que ver con las guerras intestinas no resultas del pasado.

-¿Entonces estamos de acuerdo en que mantendremos vigilancia y contravigilancia? ¿Sin traslado del testigo a una zona que se pueda controlar y defender mejor? –Daza no había esperado otra cosa de la reunión, aunque deseara que no acabara de esta manera.

Todos asintieron.

-Bien, pues todos a sus puestos –ordenó– Prosigamos con la tarea de descubrir la identidad del atacante. El ataque se producirá con casi total seguridad durante las fiestas band’aker. Esto es una ventaja para nosotros. Al menos, con el planteamiento actual. Quienes participen en las fiestas, estarán seguros. La casa del orfebre está lejos de los escenarios y en cuanto las primeras actuaciones empiecen, cerraremos al menos una de las calles de acceso. Eso minimizará el número de visitantes cerca de la zona de peligro. ¿Tienen claros los procedimientos?

De nuevo todos asintieron. El qadi los despidió, pero Dees se había quedado atrás y, en vez de salir último, cerró la puerta del despacho de Daza.

-¿Me daría usted permiso para quedarme con el orfebre en su casa? –insistió Dees– He leído mucho sobre los imperialistas y he aprendido algunas técnicas de artes marciales. Debo medir un poco más que el atacante, y estoy en forma…

Daza no le dejó terminar.

-Nuestra obligación es proteger a cualquiera que esté en peligro, lo sabes bien. Campocorso es un habitante de esta caravanseraí, un honorable miembro, y estamos muy preocupados en que no le suceda nada. Aún así, ese hombre ha cambiado mucho desde el golpe. Ya sé que nadie permanecería igual que antes. Ha librado una dura batalla con la muerte. Pero el orfebre parece esperar al atacante con más ansias que las que pone el propio agresor en atacarlo a él. No sé qué vieron los defensores y los psicos del coro de ese caso hace años en Los Tréboles en ese hombre, pero el rostro que mostró el orfebre entonces, no tiene nada que ver con el de ahora. Debes mantenerte a una distancia prudente. Esto nos supera con creces.

Dees aseguró al qadi que así sería. No obstante, ya fuera, en las calles de la caravanseraí, pensó que no era bueno mostrar señales de debilidad, aparte de que le molestaba sobremanera esa dependencia de las Sombras Baúl, en las que todos delegaban el trabajo de eliminar el mal de la tierra. Esta vez, no obstante, las Sombras no actuaban. Quizás esa fuera la ocasión propicia para salir a la palestra y hacer el trabajo que el ser humano había hecho durante tanto tiempo. Bien podía ser que ésta fuese una de las grandes oportunidades para poner en práctica el sentido de la justicia. En este asunto estaban todos asustados y no sabían qué hacer. Todos menos uno. El yishe no había dicho nada. Se encaminó a la casa del doctor, a sabiendas de que se fraguaba una alianza mínima para defender al orfebre, que sospechoso o no, había sido víctima de una brutal paliza, y que ahora ni siquiera contaba con seguridad suficiente, pues la propia la autoridad se la negaba. Era un asunto que podía acabar mucho peor precisamente. No se podía dejar solo a un anciano indefenso, pensó enfadado Dees.

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No volví a ser una amenaza para mi padre. Desde aquel fatídico día, rehusé toda posibilidad de que alguna vez volviera a poner en peligro a quienes amaba o me amaban. Si mi padre se hubiera percatado de que yo había hecho algún movimiento en su contra, a buen seguro, seguiría cortando asados, cada vez más horrendos, cada vez más profundos, de mi corazón carbonizado.

Pasó el tiempo y terminé el colegio. Acabé en una oficina de una empresa cuyo nombre ni siquiera podía recordar. Me convertí en un poeta rebelde, en el jovencito Frankenstein de las emociones, un payaso bien avenido pero incapaz de hacer absolutamente nada que no fuera resistirme a la más mínima intención de tener algún éxito, ya que incluso eso podía ser una amenaza.

Fracasé, primero a sabiendas, deseándolo, queriéndolo, buscando el hueco del error, aunque intentando que no se me notara. Más tarde lo hice con ahínco, cuando ya tenía fama de metepatas y meacamas.

Cuando cumplí la mayoría de edad, mi padre me regaló una preciosa sonrisa, al ver a su hijo más estúpido pasándoselo de fábula con barcos teledirigidos, aunque no fuera capaz de sacarlos de la bahía artificial, en el lago artificial, en el mini-océano artificial que había hecho construir el viejo para su prole años antes, con tal de evitar que se tuvieran que mezclar con los demás niños de la vida real.

Llegué a tal perfección, que ni siquiera me acordaba de que sabía hacer las cosas bien. Me metí en la piel del idiota, del subnormal profundo, del tipo imprevisible, del destructor patán, del destructor inconsciente, del niño que no quería crecer y, como pronto se vio, que no podía crecer. Me convertí en un fantoche para el que era un logro atarse los zapatos sin olvidarse de que había dos.

Aprendí a amar con dolor, siempre a la espera de que el amor terminara en una tragedia, enamorado de la tragedia, amando a la tragedia, necesitándola, pidiendo ser violado, agredido, engañado, torturado, vilipendiado y expatriado de cualquier territorio del amor.

Volví a ver a mi padre cuando me dijeron que  estaba en las últimas. Le visité. Le pedí enseguida algo de dinero prestado. Le conté que había ganado el torneo local de badminton, que ahora iba a promocionarme en el deporte, que las cosas no podían ir mejor. El sabía que había quedado descalificado del torneo, que mi mujer me había echado de casa y que trabajaba algunas tardes en un bar que era el centro de distribución de la droga del municipio. Me llevó a la estación de tren y ésa fue la última vez que le vi en persona. En el andén, perdido. Con cara de no comprender cómo le podía haber salido tan mal este hijo, que no parecía suyo, y que estaba totalmente fuera de órbita. El tren se puso en marcha y, cuando ya no le pude distinguir en la lejanía, cuando ya me separaban de él muchos kilómetros y estuve seguro de que nadie me iba a descubrir, comencé a llorar por todos estos años que no habíamos estado juntos. Eso pensé. Tan lejos había llegado a la negación de la verdad y de la realidad, que estaba convencido de que lloraba por mi padre, cuando realmente lo estaba haciendo por mí. Por el increíble esfuerzo de haber sobrevivido a su infierno y a su locura. Por el increíble esfuerzo de haber sobrevivido a una sociedad enferma. Por el increíble esfuerzo de haber sobrevivido a un corazón y a un cerebro privilegiados.

Llegué a mi destino, bajé del tren y tardé veinte años en volver a la superficie. Ésa era la profundidad en la que me había sumergido para que no me pudiera causar daño.

Cuando por fin volví a la sociedad, con el corazón tembloroso en mi pecho aún oprimido, cayó la gran crisis sobre la humanidad y, poco tiempo después, las Sombras Baúl se encargaron de incinerar un mundo que yo apenas había conocido. Al terminar la Gran Guerra, no sólo había comprendido quién era yo, sino que sabía que mi supervivencia era un directo resultado de todo lo que había aprendido en la oscuridad en la que había crecido.

Las Sombras Baúl me parecían fieles y amables compañeras en el viscoso mar negro del olvido. Fue así como empecé a contar cuentos. Construyendo puentes desde unos abismos que nadie conocía, hacía mundos que nadie reconocía ni recordaba. Rellené mi pasado con el futuro de los demás, y ellos tomaban de mi vacío la inspiración necesaria para seguir llenando el espacio con su ilusión. Pero jamás hubiera pensado que aquel monstruo, mi padre, era mucho más monstruoso de lo que demostró haber sido siempre. Descubrí que no sólo había vivido los veinte años que yo permanecí en un mundo de tinieblas, sino que también sobrevivió a la Gran Guerra, y además veinte años más, como si el tiempo no tuviera nada que hacer con él. Recordaba que ya en el colegio mis compañeros me decían aquello de que tu padre no puede tener 60 años, si parece más joven que el mío. Lo vi cuando mi golpe por poco le revienta la cabeza en aquel  humilde local de orfebre donde ahora se refugiaba. Ese hombre era alguien que se hacía pasar por padre, por orfebre, por ministro, por empresario, y por mil cosas, suplantándolas todas. No era ninguno de sus personajes y era todos ¿Qué podía ser ese ser realmente?

Ahora, con los recuerdos nítidos, mientras paseaba por las calles de San Dehli, contando cuentos a uno y a otro cliente, ya con un plan en mi cabeza, me parecía increíble que nadie se hubiera dado cuenta, ni siquiera yo, su hijo, y comprendí que el poder puede expandirse hasta tal punto de que el miedo nuble la vista de todos, absolutamente de todos los que no están en su centro matemático y físico. Mi padre, que era un monstruo, representó ese centro entonces, y aquí, a la vista de todos, seguía ejerciendo ese poder impunemente, porque nadie reparaba en que este hombre no envejecía. Era un anciano con aspecto de hombre joven. Estaba fuerte y sano. Tenía una agilidad de atleta ¿Nadie percibía esa contradicción? Me pregunté cuantos años tendría realmente. ¿150? ¿200?  Recordé entonces algo que sucedió hace ya mucho tiempo.

El monstruo había firmado un convenio con un presidente africano, y mi madre disfrutaba conversando con las mujeres que llevaba en el séquito. Agradecidas por su simpatía y hospitalidad, las africanas le regalaron a mi madre un estilete de madera, una hermosa obra de arte. Ella, a sabiendas que no podía quedárselo, -el monstruo se lo tenía terminantemente prohibido-  lo rechazó. Aún así, las damas se las arreglaron para dejarle el regalo en la mesa, con la nota correspondiente y los agradecimientos por la velada que habían pasado. El monstruo encontró la caja. Tenía ese instinto de saber que algo que contravenía su sistema estaba cerca. Sacó el estilete y lo rompió en dos, ante la mirada estupefacta de mi madre. En ese momento, hubo una pequeña explosión, y de los trozos rotos del estilete, emergió una especie de humo gris. Mi padre  –el monstruo más que nunca en ese momento–  comenzó a gritar y a gesticular, mientras hablaba en un idioma tan extraño y raro, que parecía que se le había deformado la boca para poder articularlo y pronunciar esas palabras-sonidos.

Mucho más tarde, en un viaje a Egipto, conocí a un hombre que sabía hacer los mismos sonidos que había escuchado entonces, aunque con muy poca armonía o gracia.

-Claro que suena raro. Es un idioma muy antiguo. Es el idioma de los faraones. Ellos hablaban con la garganta y la nariz.

Ya. África siempre le había mostrado los dientes a mi padre. Los mataba a miles, y aún así siempre volvían a hacerle frente. No eran como yo era entonces, un muerto en vida, sino como yo era ahora, un instrumento vivo en manos de la naturaleza. Yo era ahora el último estilete de una serie de muchos. Paseaba por San Dehli con la sonrisa de quien busca clientes, con un cuento que con creces superaba todo lo que había podido extraer de los infiernos, y con un plan que a cada paso se afianzaba en su victoria.

Llevaba toda la vida matando a ese monstruo, incluso cuando ya no permití en mi mismo la más mínima sublevación ni un halo de pensamiento siquiera en esa dirección. Mis cuentos tenían tanto éxito, porque en cada uno moría mi padre, la bestia, la inconmensurable y monstruosa bestia. Iba a poder aplicarle el cuento finalmente a él. Iba a saber de qué era capaz ese hijo suyo al que nunca quiso.

xxx

Me llevaron delante del coro por la noche, para evitar que los habitantes de San Dehli tuvieran más emociones que soportar. Nadie reconoció al violento entre el grupo de voluntarios que me llevaban. Parecía una pandilla en busca de diversión. La poca luz reinante dio anonimato a mi detención.

La casa comunitaria del coro tenía una sola sala, donde el coro se sentaba en una grada en forma de semicírculo. Quien apelara al coro, o fuera llevado delante del mismo, quedaba a unos metros del centro de ese semicírculo, en una silla, o de pié. Mis guardias me dejaron en el lugar, rodeado de velas, para que se me pudiera ver bien. En el coro, cada miembro estaba iluminado igualmente por velas. No resultaba difícil, una vez acostumbrada la vista, poder ver bien a cada uno de ellos. A la derecha estaba la defensa de imperialistas, una zona ahora vacía. El defensor no había llegado. Esto sólo significaba que se produciría una confrontación entre mi padre y yo, con el coro intentando captar el máximo de este encuentro. La mayoría de los miembros eran psicos, y estos tenían la palabra final en caso de duda.

Mi padre, con un aparatoso vendaje en la cabeza, miraba al vacío desde una ridícula silla de ruedas. Lo miré. Se había hecho operar el rostro, ahora podía verlo claramente. Nadie salvo yo le habría reconocido. Pero yo era su hijo.

Me ignoraba, después de haber mostrado un gran dolor de padre al verme entrar. Los psicos lo habían registrado, pero no hacía falta serlo para leer los gestos compungidos de un padre, cuyo hijo le había intentado asesinar.

El qadi, un tal Daza, me observó con cautela. Le flanqueaban varios exploradores, fácilmente distinguibles por su particular vestimenta. También estaba aquel tipo alto que se había llevado la peor parte anoche. Me miró con odio abierto, con ganas de estrangularme a la mínimo ocasión que se presentara. No se lo podía recriminar. Buenas razones tenía.

-Señor cuentacuentos, díganos su verdadero nombre –el qadi rompió el espeso silencio con una voz de barítono que no se esperaba de su figura menuda.

-Mi nombre es Frederick Randsfeld, qadi Daza –dije.

“Verá señor, y perdone que no sepa como empezar, pero esta situación nos tiene enormemente preocupados. Lo que ha pasado aquí y hasta ahora, como comprenderá usted, nos impide poder esperar a que llegue la defensa de imperialistas.”

Sí, asentí con un gesto abatido. “Comprendo qadi, pero se equivocan conmigo. Yo no soy imperialista.”

Los psicos me sondearon, y no fueron capaces de emitir un mensaje claro al qadi.

“Si usted bloquea el acceso a su psique, me contesta también, señor Cuentacuentos.”

Le miré, intentando averiguar hasta que punto me estaba tomando el pelo. Yo no me resistía a que me sondearan. Me giré hacía el coro del todo, y apunté a mi cabeza. “Adelante, sondéenme. Yo no soy imperialista.”

De nuevo, los del coro negaban entre sí, y luego negaron con gestos claros de bloqueo cuando el qadi les interpeló por una respuesta.

“No estamos aquí para que se siga divirtiendo a nuestra costa. Hoy ha atraído a cinco siseantes (*), que por suerte pura no han hecho más que consumir dos farolas de aceite.

O comienza a colaborar, o le entregaremos al pueblo mañana por la mañana, y que se tenga que producir lo que todos aquí intentamos evitar: que le linchen, señor.”

No me lo podía creer. ¿Había apostado toda mi táctica a que los psicos podían leer en mi la verdad, y ahora resultaba que no eran capaces de hacer lo que todo psico era capaz de hacer?

“Qadi Daza, le aseguro que es así. Búsquen a Tatiana Bormel, quien le dirá que es lo que vio cuando me sondeó sobre lo mismo. Búsquela, qadi, es mi primera testigo de defensa que nombro.”

Pero no hizo falta que la buscaran. Una señora se levantó entre los miembros del coro, y reconocí a Tatiana. Había acudido.

Tatiana bajó con pasos cada vez más inseguros hasta el centro, apuntándome con la  mano extendida cuando cayó cuan larga era al suelo.

Hubo unos gritos, y Daza y los exploradores, aparte de un tipo que no sabía dónde le había visto antes, se ocupaban en reanimar a la mujer. Quise acercarme en el primer momento, pero las caras de pocos amigos de mis guardias, de repente en círculo entorno mío, me quitaron esa posibilidad.

El hombre que no sabía yo ubicar, le tomó el pulso de la psico, luego habló en voz baja con el qadi cuya cara acabó en terror.

“Llévenselo a la casa comunitaria de la barriada Salama, evacuen todo el barrio antes, y no permitan que salga de ese lugar. Hasta aquí hemos llegado. Además de imperialista, psico violento. No sé lo que me impide matarle aquí mismo, salvo que es del pueblo la decisión, no de uno solo.”

El Qadi estaba fuera de sí. Mi padre la viva imagen del orfebre aterrorizado ante lo que el asesino había hecho. Los psicos sin poder hablar, ni moverse del shock de sentir la muerte de su compañera.

Cerré los ojos, negué con la cabeza, porque no podía haber salido peor lo que me había parecido el mejor de los planes para acabar con el monstruo, al que ni siquiera le había arañado esta vez. Parecía una pesadilla, la pesadilla después de cada enfrentamiento a mi padre.

[* nombre que se da a las Sombras Baúl cuando atacan, debido al sonido que su velocidad causa]

***

Campocorso se felicitó por la velocidad con la que había terminado con la partida.

El que su hijo fuese tan torpe de revelar enseguida su fuente de defensa, era típico de ese patán. Que llegara a golpearle en la tienda fue un milagro que se produce una vez cada mil millones de hijos así de transparentes y estúpidos.

Su hijo. No se lo podía creer. Tantos años, y finalmente había llegado el golpe que tanto había costado preparar. Que ridiculez de gasto y resultado, que estúpido plan, que nula su efectividad.

¿Con una sola testigo de refuerzo? Típico de los patanes, que creen que el poder se centra en el delito, cuando lo que hace es centrarse en delinquir constantemente, a cada bocanada de aire que expulsaba.

Fue fácil matarla. Usó el propio poder de los psicos, tan cercano a poder ser un arma que se convertía en arma en su presencia. Pero que la tonta extendiera además el brazo en dirección a su hijo, casi le hizo reír. Tan cómicamente perfecta salió la escena, que por poco la echa a perder con una carcajada.

Ya se reiría más tarde, sentenció mientras mantenía fija la cara de terror, unos ojos que no podían despegarse de la cara de su hijo, un verdadero monstruo que estaba fuera de control matando a inocentes.

Se felicitó por lo oportuno que había sido provocar la pelea en el callejón, la dosis justa de desactivar la protección para que llegaran algunas sombras baúl, aunque lógicamente tarde para localizar a la energía negativa.

Se llevaron dos farolas por delante, y mejor no podía haberle salido la jugada, quizá la única con cierto peligro para el mismo.

No, en esta sala no había nadie que podía presentarle batalla, ni mínimamente. Se sintió desilusionado. Este mundo no dejaba de perder, y además parecía pedir que sacara el látigo, de rodillas y rezando hacía arriba.

La única persona que podía relacionar estos ahora demasiados datos no iba a llegar hasta dentro de dos semanas o tres. Esa figura sí que había estado cerca de descubrirlo, pero luego perdió el interés. Aún así, fuesen psicos o qadis, yishe-médicos o exploradores, eran poco más que confetti en las fiestas de Campocorso, se celebraran dónde se celebraran.

Registró con satisfacción como se llevaron a esa cosa de su hijo, cosa por tonto, no por monstruo que eso era para el público, la única concesión que tenía que hacer y esa le dolió. Por una vez prestarían más atención a este aborto que en toda su vida de inútil.

Miró de soslayo en su dirección, aún consternado para los demás, para comprobar que este ya no decía nada, y en su cara estaba escrito que ni siquiera comprendía lo que había pasado. Podía olvidarse de el, acabaría en pedazos dentro de pocas horas. El rito, ese rito que iba contra el, acabaría con un inocente de película, tan inocente que parecía malísimo, y tan inocente que iba a dejar a estos pueblerinos para siempre sin futuro ni esperanza.

Era hora de dejar este lugar atrás. Diez años de una sola finta, para dar el golpe definitivo y cuando ya nadie se lo esperaba. Bueno, algunos sí, pero… ahora estaban de camino, yendo a rebufo de los acontecimientos.

Campocorso se preguntó cuanto tiempo iba a tardar la defensa de imperialistas en llegar a descubrir que el iba a volver al lugar dónde se habían encontrado por primera vez. Seguramente al encontrar el pueblo entero de luto, sería la mejor pista para dejar.  E iban a estar de luto, después de atraer a las Sombras Baúl sobre ellos en el linchamiento.

Aquí le quedaban unas horas, además con el beneplácito de todos, seguramente aliviados al perderlo de vista. Había culpas con las que nadie quería convivir. O con víctimas de esas culpas que no encajaban en ningún otro lugar que en el del crimen perpetrado.

***

Me llevaron a la casa comunitaria, un salón inmenso y dos despachos pequeños que servían de casetas de guardia para los voluntarios improvisadas para la ocasión.

Sentado en medio de la sala, me quedaba esperar al día siguiente. Las mil preguntas que pensé resolver en el coro, se habían convertido en veinte mil.

Me quedaban unas pocas horas, porque antes del mediodía iba a decidir la población que hacer con el imperialista, y algún muladí saldría enseguida.

Era terrible. Mi padre no sólo había salido de una trampa perfecta, sino que yo puse la mía en la suya y mi atrapó como a un principiante. Estaba condenado, y esta vez sería la última vez que saliera de una celda.

Fracasado de nuevo, con otro plan de los míos, uno en el que visité a la psico de mayor prestigio de la comunidad, le abrí mi mente y me hizo todas esas preguntas que ahora el coro no iba a escuchar jamás.

Con la idea simple de prevenirme contra ese poder psico de mi padre de tapar la emisión de los demás, no había logrado más que matar a una bellísima persona, otra que amé por unas horas, porque fue quien se puso a mi lado, quién murió por eso y por mi, a quien mató mi padre para herirme aún más profundamente.

Con ese tonto del almotacén que cogieron en medio de la fiesta band’aker, cuando el voluntario se acercó y consiguiera que el pobre idiota le contestase con un “estoy preparado para ser miembro de vuestra organización”.

Cuya lista luego destrozó mi padre al mostrar a que se dedicaban, que no era otra cosa que catalogar artículos imperialistas que debían ser retirados cuanto antes de la caravanseraí. ¡Ellos eran los defensores autoproclamados, un club que lógicamente no fundó mi padre, pero que sin el jamás hubiera existido!

O aquel tipo que quería agradar a mi padre, ya fuese por razones de humanidad o interés, y que fue perfecto para que encontrara las notas para el qadi. Luego le dieron una paliza, justo cuando detuvieron al almotacén a la salida de la fiesta. Una pelea sin sentido, pero que atrajo a Sombras Baúl, la peor amenaza del humano salvo el mismo, a gracias a el mismo.

¿Cómo no podía haber visto antes que mi padre tenía cincuenta vías de escape dónde yo acababa de entrar?

Me quería abofetear una y otra vez. ¿En qué había estado pensado yo cuando tracé ese plan? ¿Había estado borracho? ¿O era yo realmente así de estúpido?

Las notas al Qadi, la lista, el almotacén, la relación familiar… nada sirvió, porque mi padre había llegado de mano de quien no desconfiarían jamás, alguien que tendría que haber estado actuando en mi defensa, alguien que iba a llegar cuando de mi quedaran trozos, si no los habrían quemado para entonces.

Me tumbé en el suelo, y miré al techo difuso entre las sombras y la oscuridad.

Todo había pasado tan rápido, que me parecía imposible. Maldije la única oportunidad fallida, aquella en la que un poco más de peso en mi golpe tendría que haber acabado con el monstruo.

Yo no quería morir así, abandonado, incomprendido, violado y vilipendiado hasta la médula. No me parecía lo correcto, pero no quedaba salida ya.

Cerré los ojos, pensando que jamás llegaría a dormir con esa tensión, agarrándome a cada segundo de vida que me quedara, por muy aburrido que fuese el entorno.

Me despertó la voz de uno de los voluntarios. Me giré, y le vi a considerable distancia indicándome que había que salir. Ya era de día, y la luz entraba a raudales por los ventanales abiertos. Afuera se escuchaba el tumulto.

Y dije que no, que conmigo no iban a tener esa fiesta. Antes tendrían que sacarme a palos.

Así lo hicieron. Tampoco en esa ocasión apareció ninguna sombra baúl. Quedó certificado que yo era un imperialista, porque los guardias me pegaban con brutalidad y en silencio, mucho más violencia de la cuenta, y sin que ninguno se convirtiese en muladí.

Me levanté cuando pude, intentando que entraran en razones. Violencia como esta requería la aparición del muladí en al menos uno de ellos.

Contestaron mis balbuceos desde la boca sangrante con más golpes. No querían comprender. No podían.

Eran muñecos teledirigidos de mi padre, a estas alturas tan lejos de esta caravanseraí como riéndose con esa carcajada suya, que pensé escuchar en medio de la lluvia de golpes.

***

La defensa de imperialistas se presentó a primera hora de la mañana en la casa del qadi, que les abrió la puerta somnoliento y aún con mucha necesidad de recuperar energías.

Dos horas más tarde, el qadi corrió delante de la defensa hasta el barrio, para intentar evitar una de las mayores tragedias que podía vivir la caravanseraí de San Dehli en su historia.

No servían los gritos de la defensa, indicándole que llegaría tarde. Daza corrió como nunca, horrorizado ante lo que podía pasar en cualquier instante.

***

Caí bajo el umbral de la entrada, y me llegó como una brisa fuerte el odio de los reunidos en la plaza.

La humanidad había desterrado la violencia de sus sociedades, pero con los imperialistas no había forma de evitar lo inevitable. Me llegó caliente, de gargantas secas de gritar, de ojos abiertos en busca de ceguera.

Me quedé de rodillas, incapaz de levantar la vista, aunque todos los imperialistas lo hacían en esos últimos momentos en los que miraban de frente al ‘gentío, la chusma’ como decían tan repetidamente en sus últimos discursos. Y esa era la señal para que la jauría se lanzara sobre lo que no tenía descripción, salvo imperialista.

Miré mis rodillas, mis manos y lloré, no ya únicamente de miedo y dolor, de injusticia o traición, engaño o complot sufrido, sino por ellos, por todos ellos que iban a cometer un crimen que no dejaría a muladíes abandonando la caravanseraí para iniciar una nueva vida.

No habría esa vez aquellas y aquellos que mataran en nombre de los demás, llevándose la carga. Nadie, ninguno de ellos se convertiría en muladí, pero eso no lo descubrirían hasta haberme matado y despedazado, o al revés.

Entonces despertarían del Blutrausch, se mirarían las manos, bocas y ropas ensangrentadas. Comprenderían que el siseo estaba destinado a ellos. Que las manchas eran de pruebas irrefutables, y no de justicia.

También yo comprendí. Mi padre se estaba vengando del pueblo que osó dudar de su papel, y su venganza era terrible, porque condenaba a todos. La caravanseraí más ilustre y más antigua de la banda iba a morir de aquí pocos segundos, o minutos.

Había fracasado. Era nuevamente responsable de matar a quienes me amaban, y esta vez los mataba porque me harían trizas de un momento a otro.

Nadie en este mundo era tan retorcido como mi padre, que a partir de ahora se haría llamar por otro apellido, prosiguiendo en su tarea de acabar con la humanidad, o bien desde dentro de los humanos, o incluso personalmente, algo que llevaba con la maestría de quien domina para siempre.

***

“Ante todo les ruego que acepten mis más sinceras disculpas. Les he fallado, les hemos fallado.

Su caravanseraí se puso en peligro, pero algún día se comprenderá porque defendemos a los imperialistas, y que límites son los nuestros. No tuve otro remedio que dejar a Campocorso con ustedes.”

La defensa de imperialistas dejó que los congregados a la reunión tuvieran su momento de recapitular las últimas horas de horror vividas. Sabía que tenía toda la culpa, y que la tenía que asumir.

“Salí oficialmente de Los Tréboles hará una semana, y como saben no iba a llegar a tiempo. Mis notas o mensajes no les habrían llegado si hubieran contenido respuestas que ahora les doy, pero que hace una semana les hubieran permitido decidir adecuadamente.

Les mandé una confirmación de llegada, lo máximo que podía hacerse en aquellos momentos. Todo lo demás hubiera alertado al monstruo.

En realidad, les tengo que confesar que no estuve nunca tan alejado de esta caravanseraí en los últimos meses, máxime cuando sabíamos que el hijo de Campocorso iba a llegar finalmente a San Dehli. Si no hemos intervenido antes, era para proteger a toda la humanidad, aunque eso signifique que les hemos puesto en peligro no una, sino dos veces.

“¿Por qué íbamos a confiar más en usted, si mañana hemos de enterrar a Tatiana?”

La voz había salido a la espalda de la defensa, que se giró y sin buscar a quien podía haber sido el valiente, dijo con toda tranquilidad que Tatiana no estaba muerta, sino que la mujer que hacía de Tatiana era en realidad la conocida actriz de transformación múltiple Lola Valencia, consumada maestra de adoptar el rol que el público más pedía en cada momento.

“Campocorso es tan poderoso como psico, que puede anular los deseos de todos ustedes, los psicos incluidos y dominar cualquier situación.

Lola estaba preparada, entrenada por Tatiana, e instruida por mi para hacer su papel.

Cuando sintió ganas de levantarse, lo hizo, y luego improvisó a medida que sentía los deseos del público, en este caso los de Campocorso. El resto fue contar con la colaboración del yishe Mazanec, certificando la muerte en el sitio.

Nadie se fijó en el ‘cadáver’ cuando se lo llevaron los voluntarios, que forman parte de nuestros equipos, y Campocorso estaba demasiado ocupado en controlar a los psicos como para prestarle la más mínima atención a quien pensó haber eliminado. Es muy buena actriz esa mujer, no me sorprende que haya sido capaz de morir… casi de verdad.”

“¿Y cómo sabían que Campocorso reaccionaría así?”

“No lo sabíamos. Estábamos preparados para muchas formas de combate de Campocorso, una de ellas era que le gustaba ganar explosivamente, sin dejar respiro al contrario.

Tatiana iba a ser nombrada enseguida por Frederik, ya que Campocorso no iba a permitir que este se saliera con la suya.

Era el primer señuelo y lo cogió al vuelo, casi tan rápido que los pasos inseguros de Lola parecían un montaje demasiado obvio. Campocorso en cambio quedó extasiado. La Valencia es la mejor, porque captó exactamente lo que ese monstruo quería ver pasar.”

El coro, los asistentes, los exploradores y demás reunidos comenzaron a hablar en voz alta entre ellos. La defensa se retiró de la luz central, y espero pacientemente en un banco que habían dejado a su disposición.

“Antes de ocuparnos con lo que ha ocurrido aquí y su significado, permítanme indicarles en que circunstancias conocí al imperialista, y cuales fueron las razones de llevarlo hasta esta caravanseraí.

El imperialista Campocorso no me engañó en ningún momento. Tuve que seguir un juego, que le alejara de pensar en mi como amenaza, y me convirtiera en su herramienta.

Runfield, como se hacía llamar cuando nos conocimos, buscaba una salida de una trampa, y yo se lo podía ofrecer. Era la oportunidad única que ha tenido esta humanidad a la hora de vencer los planes de los alienígenas, y la tomé.”

La sala llenó con sonido, voces y algunos gritos ocuparon el espacio que esas palabras abrieron. Los psicos no obstante, asintieron. La defensa estaba diciendo la pura verdad. San Dehli se había visto implicado en una desenlace de un combate que la humanidad seguía desarrollando, pero del que no habían sospechado más que en contadas ocasiones.

Ahora, y de primera mano les llegaba la confirmación que la Gran Guerra había terminado, pero que la Guerra Eterna seguía existiendo.

“Debiéramos matarle un millón de veces, pero vivo nos conduciría tarde o temprano a la central, desde la que podría activar la flota de recogida.

No nos interesa esa parte, porque la flota es inservible para nuestros usos o fines, pero sí daríamos con el mecanismo que impide que las aguas se purifiquen. Sigue habiendo un mecanismo alienígena en nuestro mundo que sigue funcionando, y estamos obligados a encontrarlo y destruirlo.”

No se escuchó esta vez ningún sonido, salvo algún que otro carraspeo de aquellos que aún tenían la garganta seca de los gritos en la plaza.

“Campocorso se fue de la caravanseraí hará una hora, y a estas alturas está camino a esa central. Le sigue un ejército del que ha oído hablar, y que cree que yo represento. Eso es precisamente lo que necesitamos, que este monstruo siga creyendo que quien le persigue o conoce sea yo, o cualquier otro humano.”

“¿Y quién le sigue entonces?” La voz procedía de un explorador que levantó la mano.

“No lo puedo decir, pero los psicos lo pueden sondear.” La defensa se volvió hacía los psicos, que enseguida retiraron sus tentáculos. Sus caras eran poemas, pero afirmaban que sería un ejército el que le seguiría o estaba siguiendo.

“¿Cómo se ha librado este tipo de las Sombras Baúl y los psicos durante tanto tiempo?¿Es un Beelepoc o un psico mutante?”

La defensa dejó que su mirada se posara sobre los psicos. “Campocorso no es un Beelepoc, y tampoco un psico mutante. Ni siquiera es humano.”

La congregación se hizo aire con una explosión de voces, gritos y ruidos. En cuanto vieron que los psicos, igual de sorprendidos en el primer momento comenzaban a asentir, volvieron a calmarse, aunque tuvieron que pasar varios minutos hasta que el último era capaz de quedarse en silencio. ¡Alienígenas! Campocorso era un alienígena! Había vivido entre ellos, habían estado en contacto con el, y no pudieron verlo!

“Lleva un dispositivo alienígena que aísla su psique y que le permite mostrar a sondeos psico lo que quiera que se vea.”

“¿Son los mismos que negociaban con los imperialistas antes de la Gran Guerra?”

La defensa asintió. “Sí, los mismos que llevan miles de años recogiendo su cosecha. Pero el es el último. Es el tirano.”

De nuevo la sala se llenó de murmullos, amenazas, y gritos ya rozando la violencia. La defensa rogó a los psicos para que controlaran la situación. Estos a su vez se centraron en los más exaltados, para procurarles calma y comprensión.

“No voy a poder seguir hablando, si ustedes no se calman. Aquí y entre nosotros sí que cuenta la ley de las Sombras Baúl.”

“¿Y su hijo? ¿No es también un reptil si es su hijo?”

“No, Frederik es humano. Nació de padre y madre humanos, en la Tierra. Campocorso utiliza nuestras costumbres como perfectas tapaderas. Creemos que es el administrador máximo de los alienígenas en Tierra, y que el ataque de Sombras Baúl los cogió a estos también por sorpresa.

A el le encontramos en un sistema de aislamiento subterráneo, del que no podía salir sino que tenía que esperar a que alguien entrara desde fuera. Estuvo diez años en esas instalaciones, una muestra de que fuera no quedaba nadie de los suyos, porque le hubieran rescatado antes.

Es posible que el ataque de las Sombras Baúl se produjera justo en el momento de iniciarse la recogida, y que no solo nuestra exacerbada dependencia a la electricidad actuara como señuelo en la galaxia, sino también el gran número de abducciones que una flota de recogida produce.

Puede incluso que fuesen los propios alienígenas los que hicieron acudir a las Sombras Baúl, para acabar con el resto de la humanidad, con aquellos que no podían dominar, los inservibles para la abducción. Un error de cálculo, y se presentaron antes. Puede que algún día lo averigüemos, puede que nunca.”

“¿Qué ocurrirá si Campocorso logra activar la flota de recogida? ¿No deberíamos matarlo ya, ahora que aún podemos?”

La defensa negó con la cabeza. “A Campocorso no se le puede matar así como así. Lo que logró su hijo en la tienda fue una casualidad que nunca más se producirá. Le teníamos tan bien adormecido, que le sorprendió incluso el atacante inexperto. Pero eso no volverá a ocurrir. Aún sin su tecnología, el alienígena es con creces más rápido y resistente que nosotros.”

“¿Y ese ejército, por qué no le ataca?”

“No le atacará hasta que no haya revelado la ubicación de la maquinaria que amenaza a este planeta. Puede que después tampoco.”

“¿Y si vienen las naves?”

La defensa sonrió. “Si vienen las naves, no podrán llevarse a nadie. Sus mecanismos de abducción requieren que estemos en un cierto nivel de enfermedad, desorden mental, falta de ánimo, creatividad y alegría. El estado en el que nos dejaron los imperialistas antes de la Gran Invasión. O el estado en el que dejaron la humanidad una y otra vez preparando el terreno para sus aliados alienígenas.”

¿Y?”

“Que si lograran pasar los anillos Sombras Baúl, que es dudable porque se basan en sistemas de fusión y eléctricos, no abducirían a nadie. Para esas naves cosechadoras sería como para un agricultor que se encuentra con el campo lleno de trigo, pero sin espigas.

No sirven esas naves para abducirnos. Tendrían que construir nuevas.”

“¿Entonces estaría incluso bien que intentaran abducirnos, no? Si quedasen destruidas, nos quitaríamos un peso de encima. Quien sabe quien pueda encontrarse con ellas en el espacio y sumar uno más uno.”

La defensa asintió.

“¿Por qué no viaja usted detrás de Campocorso, en vez de perder el tiempo aquí explicándonos algo que también hubiéramos aceptado de otro de su equipo?”

La defensa sonrió y se levantó del banco.

“Seguro que conocen la fábula del conejo y la tortuga. A mi siempre me llaman tortuga y soy extremadamente lenta. Soy un caracol. El caracol humano y el alienígena… ¿Quién creen ustedes llegará antes a la meta? Campocorso es inalcanzable cuando se pone a correr, pero tiene un problema.”

Los tenía totalmente pendiente de sus labios. La defensa lo podía sentir.

“Los hijos de la Naturaleza, que no aceptan a que haya padres, ni madres más que ella. Le entretendrán una y otra vez. Sólo así se producirá una oportunidad, quizá la única, de abatirle en cuanto sea posible, que ya es una eternidad para la sociedad humana.”

***

“¡Levanta la mirada, asesino! Míranos a nuestros ojos, a los ojos de los verdugos, a los ojos de tus victimas que por los nuestros te observan y que nunca olvidarán!”

Gritos, cada vez peores y más doloridos como dolorosos.

“¡Vas a morir como el primer imperialista cobarde! ¡Hasta muerto quedarás como la peor artimaña entre criminales! ¡Míranos a la cara, cobarde!”

Escuché unos pasos detrás de mí. Ahora los guardias, que seguramente estaban hartos de que me resistía al final que me había que tocar. ¿Qué iban a hacer, golpearme de nuevo, echarme a la multitud?

“¡Valiente cabrón, que levantes la cara para que te la podamos ver todos!”

Era el voluntario que me había golpeado con más saña. Me cogió la cabeza por los pelos y quiso levantarme la cara a la fuerza.

“¿Pero…”… y escuché un golpe seco y luego otro golpe más fuerte, cuando el tipo impactó sobre el suelo delante de mi. Dos manos me cogieron por debajo de las axilas y me arrastraron hacía atrás, entramos en el edificio comunitario y cerraron la puerta principal desde dentro.

Volvieron a cogerme, esta vez de mejor forma, y comenzamos a correr en dirección contraria, cruzando la gran sala en diagonal hasta llegar a una puerta auxiliar de salida. La abrieron, y afuera me cogieron enseguida otros brazos fuertes, más gente que corría hacía varios edificios, cinco grupos que arrastraban también a alguien, entrando en alguna de las casas o almacenes.

Quise preguntar algo, pero tenía suficiente con no caerme, que aún estaba dolido de los golpes, pero poco a poco podía correr por mi propia cuenta. Entramos y salimos de diversas casas, hasta que casi volvimos al punto de salida, quedándonos en un almacén fácil de defender, al que accedimos por la puerta trasera que atrancaron.

Afuera se había congregado una multitud entorno al edificio de mi último noche, cuyo número y histerismo hizo sonreír a mis liberadores.

“¿Me lo explica alguien?”

Uno de los hombres me miró con negativa acompañando el movimiento de cabeza. “Ya habrá momento, ahora a callar.”

Llegaron los exploradores y comenzaron a buscar pistas en el suelo pisoteado por cientos. Siguieron algunas pistas, pero pronto descubrieron que les habían dejado demasiadas para averiguar ahora cual de las rutas habían tomado los que se habían llevado al imperialista.

El pueblo rugía del enfado y cabreo que les había entrado y miré preocupado hacía el cielo. Energías así de negativas, sin imperialista de por en medio, … esto podía acabar fatal para los sandehlianos.

Llegó el qadi, seguido por una figura que me recordaba a alguien, pero no por el semblante que a la distancia que estaba, no podía ver. Era la forma de andar, característica de alguien había conocido hacía muchos años, pero ahora no recordaba quien había sido exactamente.

Poco a poco se calmó el personal, la plaza comenzó a liberarse de energías negativas, y quienes escuchaban al qadi, bajaban las cabezas y se fueron totalmente anulados.

“Bien, ahora ya lo saben. Esperemos dos horas como mínimo, o a la señal de la defensa para salir de aquí.” Los otros dos hombres asintieron, sin perder de vista el entorno.

“¿Saben el qué? Ya ha pasado lo peor, no? ¿Podéis explicarme lo que está ocurriendo?”
Los hombres negaron con las cabezas. “Más tarde. Todo a su debido tiempo. Acabas de volver a nacer, deja de llenarte estas primeras horas de vida con tu histerismo. Estate un poco agradecido por haber sobrevivido.”

Me quedé pasmado. No es que no estuviera agradecido, pero sentía cierta animadversión que no me gustaba. “¿Histerismo? ¿Cómo estaría usted ahora si hubiera estado en mi papel de hace unos minutos?”

El hombre se giró por completo para mirarme a la cara. Lo hizo lentamente, al igual como pronunció su respuesta.

“Por poco acabas con miles de años de trabajo y sacrificios que no te puedes ni imaginar.

Sí, no me mires así. Tu que entraste en la tienda y quisiste matar a tu padre. Si tu plan hubiera salido, habrías condenado a toda la humanidad. ¿Acaso crees que no te pegamos tan a gusto cuando éramos tus guardias para disimular? No, ni se te ocurra contestarme. Si estás aquí, es porque nada ha terminado, y si me alegra algo en esta historia, es que tú vas a volver a primera línea y la verdad, no doy ni una hora de fiesta por ti.”

Siguió mirándome, y tuve la sensación de que me hubiera noqueado si algo más que nada buscara abandonar mi boca.

“Así me gusta. Calladito y aprendiendo. Límpiate la cara, das pena y no te llevaré así ante la Defensa. Espero que prefieras ser tú quien se lava, y no creas que yo lo tenga que hacer por ti, niñato.”

Se volvió, para escudriñar la plaza. Yo no comprendía nada. ¿Niñato? ¿Miles de años? Esos estaban tan locos como mi padre.

Bueno, al menos estaba vivo, y parecía que no me había roto ningún hueso. Pensé en la psico que mi padre había matado, ella no podía decir lo mismo.

Tatiana me había acogido como a un hijo. Me sondeó dónde los psicos no solían llegar siquiera, porque confiaba en mi plenamente. Me liberó en pocas horas de años de sufrimiento, años que no podía comunicar a nadie en su contenido, ni siquiera describir el contenido con un título. Ella me sacó toda la basura.

Ahora estaba muerta, por mi culpa. No podía quedarme en San Dehli, había inflingido demasiado dolor a esa gente.

No podía hacer nada que reemplazara una vida. Nada salvo esperar que mis liberadores no fuesen nuevos captores, y que nos fuéramos de la caravanseraí cuanto antes.

En la plaza empezaron a inflar globos. No se veía a los sandehlianos de siempre pasear por el barrio, y los que acarreaban con las barquillas, cuerdas y telas de envoltorio de los globos eran del  mismo equipo que mis liberadores. Esto era mucho más grande de lo que me había imaginado.

Cuando todos los globos estaban empezando a tirar de sus plataformas y cestos, el tipo que no me tenía simpatías me hizo la señal de salir. Me subieron al primer globo y tuve que agacharme dentro del cesto.

Después de unos minutos sin más movimiento que el ocasional tropezar de la barquilla con el suelo, escuché unas ordenes, y nos elevamos con el piloto aumentando la proporción de gas en el interior del globo. Enseguida cerró la apertura, y me animó a que asomara la cabeza. Me sonreía y pensé que no iban a tirarme ahora por la borda, después de tanto esfuerzo para salvarme.

Estábamos a unos quince metros de altura, empezando a ser arrastrados por el viento suave en dirección olo-banda. El piloto volvió a abrir la conexión con el interior de la envoltura, metió más gas y volvió a cerrar. “Vamos a viajar a unos 300 metros de altura, es la mejor altura en este mundo tan raro que nos ha tocado vivir, amigo.”

Le miré de reojo. Un hombre enjuto, fibroso y con un moreno que no parecía posible. Se fijó en mi mirada y rió. “Piloto de globo, amigo. El bronceado no nos lo quita nadie.”

Sonreí. Fue mi primera sonrisa de verdad desde que había visto el nombre de mi padre en aquella maldita lista.

***

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Los dos band’aker levantaron la cabeza cuando escucharon las carcajadas de alguien en el cielo. A lo lejos y a bastante altura vieron como se acercaba una globocleta a una velocidad inusual. Quien fuese quien pedaleara, debió tener las fuerzas de al menos cinco hombres.

Cuando les sobrepasó, vieron que una cabeza de un hombre de edad avanzaba les observaba por encima de la carcasa. No se lo podían creer. El viejo podía haber participado en las carreras llevándose todas las victorias, pero si le quedaban dientes serían postizos.

“¿Has visto esto?” se digno a decir finalmente uno de ellos, masticando una brizna de hierba y siguiendo con la vista a la globocleta que se perdía en la lejanía como una bala a velocidad lenta para ella.

El otro volvió a darle con el zacho a la tierra, pero no lo sacó de ahí. Volvió a erguirse, con una mano en la espalda, la otra apoyada en el mango de la herramienta.

“¿Este viejo no es de por aquí, no?” dijo, mientras se masajeaba los riñones.

Los band’aker hablaban así, no tocaban nunca el meollo de una cuestión peliaguda a la primera. Podían pasarse horas intercambiando acercamientos banales, obvios o incluso torpes, hasta que uno de ellos saltara sobre el problema, arrastrando a los demás.

“En una carrera, los demás llegarían con cinco vueltas de retraso.” El primero miró al zacho clavado en la tierra.

El otro no dijo nada, pero asintió.

“A mi que vamos a tener que avisar de esto. Tiene pinta de imperialista la cosa.”

El otro sacó el zacho de la tierra, lo limpió cuidadosamente de restos de la tierra (Tierra) fértil y se lo colgó sobre el hombro.

“Este tiene al menos cincuenta años más que yo”, comentó a su compadre band’aker, que cerró el saco de semillas, cargándoselo a la espalda.

“Dirás más que yo, porque no creo que este llega a los 120”. Era el más joven, y no paraba de aprovechar la ocasión para restregárselo al otro.

“¿Sólo 90? Tú no sabes nada de miradas de viejos.”

Los dos se encaminaron pausadamente hacía la aldea band’aker. Tenían noticias. Una buena forma de dar por terminada la jornada, de todas formas muy pesada a estas horas del día.

“¿Pero tus has visto lo que hemos visto, pare?”, volvió a escucharse cuando se perdieron detrás de la primera curva.

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Campocorso se reía al viento.

¡Cómo volaban estos patanes antes con sus aviones de combate y helicópteros, pensando que habían alcanzado un grado de evolución! Cuando le invitaron a subirse a uno de ellos, se negó rotundamente. Sin antigrav, estos trastos por el menor fallo caían como el plomo, o se desintegraban directamente en el aire. Ya era suficiente con tener que viajar en aviones relativamente grandes, y las pocas veces que tuvo que hacerlo, eran los pocos momentos en su estancia en este lugar que había temido por su vida.

Ahora, al igual que entonces, Campocorso tenía cinco jugadas más por cada salida que ese mundo buscaba o encontraba a la dominación. Entonces, eran ellos volando y tirándose bombas, y el haciendo engordar y enfermar a quienes se creían la cúspide de la creación comandando a las tropas.

Ahora volaba en lo que este mundo podía producir como medio transporte. Un globo. Se moría de la risa. Eso eran los humanos, unas hormigas sin absolutamente nada si no contaban con la energía eléctrica. Habían vuelto a antes de los negocios con las razas alienígenas. Estaban a cero en tecnología. Estaban acabados.

Sí, muy loables esos intentos de conservarse en medio de la naturaleza, pero esa iba a corroerlos de todas todas. El lo sabía de la experiencia de su propio planeta, dónde una sola planta podía matar a cincuenta, cien o incluso mil de los suyos.

Aquí no eran móviles, por eso era tan hermoso este lugar. Porque aún no andaban esas asesinas, acabando con absolutamente todo que se le pusiera por delante.

Cuando la otra raza alienígena descubrió la Tierra, a los suyos se les abrió el cielo. Trajeron de regalo exótico a cinco humanos, y estos se escaparon en la misma fiesta para el coordinador planetario.

Para estupor de todos, saltaron las vallas de protección eléctricas, que los guardias desactivaron en el último momento, de lo contrario hubieran acabado como vincohormigas sobre un tizón.

Algunos cayeron inconscientes cuando vieron que las piezas de la Tierra  corrían hacía los árboles, y después entre ellos, sin que estos hicieran el más mínimo intento de atacarlos. O no los percibieron, o eran de los suyos.

Comenzó la gran segunda rebelión contra la Naturaleza de su propio planeta, un plan que tardaron miles de años en poner en práctica, pero que finalmente les llevó hasta el planeta que había producido a esos seres. Una rebelión difícil entre los suyos, una rebelión que sin el jamás se hubiera producido.

Los primeros humanos que llegaron a su planeta natal fueron seguidos por otros, y cada 500 años, cien más, cien menos según el momento, llegaba un nuevo cargamento. Una nueva inyección para que la clonación les llegara a producir la cadena de ADN adecuada para poder enfrentarse a la Naturaleza propia de su planeta en igualdad de condiciones, o mejor aún, no tener que enfrentarse nunca más a ella, sino dominarla directamente.

Así pasaron las cosechadoras por la Tierra, y ellos dejándoles maquinaria para ir cerrándole el grifo a la Naturaleza de ese planeta. Al mismo tiempo, aumentaron poco a poco la dependencia hacía objetos, y en los últimos siglos, comenzaron a introducir la electricidad y la fusión atómica.

Los humanos que colaboraban con ellos pensaban que esos tesoros valían su precio, que no era otro que 500 millones de humanos en la última gran entrega, entre 1945 y 1960. Al final fueron 1.200 millones, pero los humanos ni siquiera podían saber cuantos eran, tan degenerada tenían ya la genética, que les aislaba en vez de unirlos.

Se reía una vez más, aunque levantara el puño al cielo contra las malditas Sombras Baúl que habían llegado justo en el momento de la última recogida. El momento de la cosecha definitiva, porque ya funcionaba el sistema de clonación perfectamente.

Habían pasado 6000 años, pero para quienes vivían para siempre con los debidos cuidados, el tiempo no tenía ese peso más que estrujaba a los demás. Una clonación que además enseguida se probó en la Tierra, para estar seguros de poder estar en ambos planetas, sin que ninguna de las dos naturalezas pudiera detectarlos o defenestrarlos nunca más.

Bueno, ahora faltarían los 3.000 millones de humanos que estarían viajando de vuelta a su planeta, si no hubiese sido por las Sombras Baúl, que se cargaron al menos 5.000 millones, atraídos por la electricidad.

Estúpidos humanos, que no eran capaces de vivir ya sin ella y la usaban para cualquier cosa. Se habían pasado con el deterioro genético, pero no había vuelta atrás. Además, que cayeran las Sombras Baúl sobre la Tierra en el mismo año de la recolecta última… eso era típico de un universo imposible. Ya averiguaría quien las había llevado al planeta, que la casualidad no entraba en la mente de Campocorso.

Para eso además había que dejarlo atrás, no sin antes incinerarlo por completo. Un proyecto fallido en el último momento. Tardaría casi 700 años en volver, pero volvería cuando aún estarían los escollos humeantes. Volverían a por ellos, por los más resistentes que ya habrían comenzado de nuevo. Tantos miles de años aquí, que no iban a hacer nada que no supiera el mil años antes de que levantaran la mano. Repeticiones para el, invento, novedad y descubrimiento para ellos.

Estos humanos estúpidos, que después de los primeros 3000 años en su planeta resultaban tan previsibles, que no pudo resistirse a explotarlos directamente, a acelerar el proceso el mismo.

Suspiró al pensar en esos primeros 500 años en los que sólo estudiaba al hombre y su planeta, y que fueron años en los que incluso sintió admiración por algunos.

Pero después de los siguientes 1500 años, ya no quedaban esos hombres, ni mujeres. Lo que había era la genética ya manipulada, los primeros tóxicos, desconexión del agua del pulso universal, radiación y lo que las naves podían producir entorno al planeta hasta que dejaban de funcionar.

Volvió a reírse a carcajadas cuando se acordó de un artículo justo antes de la Gran Guerra, en un periódico en el que los científicos avisaban de que había ‘basura espacial’.

Ningún ser humano se preguntó como podía ser eso posible, porque para que hubiese basura espacial de tanta magnitud, forzosamente tendría que flotar en el espacio más metal que la Tierra jamás había producido.

Pobres idiotas, cuando comprobaron con sus satélites que el espacio estaba lleno de cascos rotos de naves, ruinas que llevaban miles de años en todo tipo de órbitas. Millones de naves, las últimas generaciones autoreproductoras. Callaron todo lo que vieron y filmaron, a sabiendas que se desataría el pánico en el planeta al saber que el espacio exterior era una gigantesca fábrica de destrucción, dedicada a hostigar sin piedad.

Ahora mismo habría como poco treinta mil naves relucientes esperando su señal. Una señal que no quiso dar antes de estar seguro de que no podían seguirle llegando a tiempo.

Este planeta se estaba revolviendo en su tumba contra su enemigo real, y lo podía sentir, pero ahora, a una velocidad que le llevaría en cinco días al destino, cuando los demás no llegarían antes de un mes, le estaba preparando la estocada final.

Aquella vez en la que quedó atrapado por el ataque de Sombras Baúl en el labirinto subacuático fue el único momento en que la naturaleza de este planeta hubiera podido ganar, y eso hasta que llegara la siguiente expedición, 300 años más tarde, con millones de naves llenas de la otra naturaleza y su raza. Pero le rescataron los propios humanos.

Ahora no tenía ya más opciones. Sus mejores cazadores estaban en el punto más alejado posible de la central, hasta ahí los había maniobrado, Durante tantos años aguantó la farsa hasta que se produjo el asalto final sobre el, tan previsibles eran. Tan fácil de llevarlos a todos a una esquina del tablero, mientras que la partida se decidía en la otra, la opuesta.

Ahora estaban allí. Con piernas humanas en globocletas, dándole a los pedales y teniendo que repostar energías, dormir y estirarse. El en cambio ya no necesitaba dormir, ni comer, ni estirar las piernas. Su raza había superado eso hacía mucho tiempo. Si tenía estómago, era para seguir contando con un sistema auxiliar, además de que en este planeta hubiera sido imposible pasar desapercibido sin tragar comida, algo que era considerado obsceno en su mundo.

No, se equivocaron. Pensaban que estaban cazando, pero en realidad sólo los llevó lo más lejos posible, adormilándolos al máximo. Tanto, que casi tuvieron éxito con enviarle a su hijo.

Una jugada maestra, dentro de parámetros de retrasados mentales como los humanos.

Casi funcionó, por esa fue maestra. Por el resto le volvió a hacer reír a carcajadas, mientras divisaba a dos tipos trabajando en la tierra. Los miró por encima del borde, y pensó que con puntería se les podría dar de comer a esas bocas abiertas como a los pájaros en un nido.

‘¡Menudo par de idiotas!’, pero al mismo tiempo sabía que estos no iban a ser abducidos jamás. Los que trabajaban la tierra, por alguna razón no podían ser abducidos, incluso cuando sus genes estaban clínicamente agotados.

Ya fue casi de noche, cuando vio a un hombre correr por una ladera montaña abajo. Parecía huir de el, lo que le llamó mucho la atención. Tendría que haberle visto venir, pero eso no era factible, al menos no con tanta antelación. El hombre había aparecido en una garganta de la zona montañosa que estaba sobrevolando con los últimos rayos del sol, por tanto tenía el campo de visión limitado. Cuando Campocorso le vio, ya corría.

Se centró en la voluntad del tipo, y este cuando se percató de que estaban intentando manipularle psíquicamente, saltó al vacío.

Campocorso sacó inmediatamente los tentáculos mentales del cuerpo en caída libre. ¿Qué quería proteger con su muerte?

Giró las aletas de cola y dio una vuelta por encima del lugar. El cuerpo del hombre yacía sobre las rocas del fondo de la garganta, minúsculo desde la altura en que estaba Campocorso. No veía nada más, aunque sus ojos eran capaces de entrar hasta en los niveles de infrarrojo. La vegetación era demasiado densa, si alguien se escondía pegado al suelo, se escaparía de esa mirada penetrante.

Dudó, e inició una segunda vuelta, pedaleando muy poco para percibir la naturaleza del planeta más que sus propias energías.

No había nada que podía distinguir a esta altura, aparte de los olores fuertes del bosque, que ahora eran tenues aromas mezclados con el olor del viento, más húmedo y con un toque a nieve.

Finalmente prosiguió con el trayecto. No tenía que gastar su ventaja en algo que de todas formas ya no hacía falta aprender.

Este planeta estaba agotado, incluso en su rejuvenecido rostro de anciano.

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(Continúa en la parte II)