ELO – Karma Brescida
Proviene de la parte II
Autor en trance: M. Furlock

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Langfeldt me dejó en el aeródromo con una sonrisa que no hacía presagiar nada bueno. Aunque se había comportado con cierta discreción, no paró de intentar acercarse. Me deseó suerte y que le mandara una postal, lo que ya casi firmaba que no iba a ser un viaje fácil.

El viaje en el biplano duró muchas horas. Aterrizamos en tres aeropuertos antes de llegar al destino, aunque esa palabra no encajaba del todo con las pistas en plena selva, pistas de tierra sin señalizar y una caseta – invariablemente una construida con cuatro chapas –  que resultaba ser la torre de control, sin nadie dentro, aunque con al menos cincuenta o tipos apoyándose contra ella con pintas nada sugerentes para proponerse preguntarles por el hotel más próximo.

Pensé que Henrik había exagerado con sus medidas para protegerme de la persecucción mediática, o que me quería impresionar con sus contactos. ¿O era Langfeldt que buscaba vengarse de Henrik maltratando a la amiga que le había encomendado este?

Me entretuve con intentar imaginarme quien era cada cual en el avión. Lo hice primero por aburrimiento, porque espesas nubes cubrieron durante la primera parte del viaje la selva y mi gozo de disfrutar de vistas espectáculares a menor altura que en un jet comercial de los grandes se tornó en frustración. Las nubes de África eran como las nubes de cualquier otro lugar de la Tierra, con el agravante de estar bajísimas en estos momentos.

Identifiqué cuatro grupos en el avión. A cada uno les encontré un mote. Por ejemplo allí estaban los terroristas, tipos con barbas, descuidados y unos turbantes que parecían contener almacenes enteros de armamento. Luego los mafiosos, que llevaban trajes europeos elegantes y caros, como si en vez de bajarse en plena selva iban a una reunión de banqueros en Londres, seguramente para compartir botines. Estában también los agentes secretos, hombres y mujeres que vestían con ropas europeas, pero menos formales y sin que se supiera exactamente a que se dedicaban, y los turistas, un grupo que era con creces el peor de los tres, porque no paraban de dar la nota aparte de ser lo peor que se le puede echar un país si quiere crecer en paz y de forma sostenible.

En la primera parada se bajaron los turistas, lo que me sorprendió. Hubiera apostado que fuesen los demás, o alguno de los demás grupos. “Estos malditos contrabandistas, cada día más atrevidos.” me dijo una señora inglesa que no entraba en mis grupos, porque la había bautizado como la Christie y que ella sería quien al final del vuelo revelaría la identidad del asesino.

Me quité el cinturón y me giré para, con las rodillas en el asiento, pudiera entablar mejor una conversación que empezó a interesarme.  Además la mujer tenía un acento gracioso que me intrigaba.

Hicimos las presentaciones y ahondé en lo que había dicho.

“¿Contrabandistas? Hubiera jurado que eran turistas.” y volvimos a mirar afuera para contemplar como el grupo de… tenían que ser turistas … se encaró en la pista con algunos de los holgazanes entorno a la caseta número uno de tres que iba a poder contemplar en el viaje.

“Ya ve señorita Breshita. Eso se llama haber perdido el rumbo. Estos viajan en grupos, no porque sean turistas, sino porque en cada vuelo se juntan enseguida. Llevan las mismas camisas, los mismos pantalones, los mismos zapatos… todo que enseguida se compran para asemejarse a los demás y sin darse cuenta que se les ve a mil leguas de distancia llegar. Es un descaro, no sé adónde vamos a llegar en este país que no tiene fronteras salvo en el mapa.”

Miré el mapa que tenía abierto en el asiento de al lado. Langfeldt me dijo que había reservado dos plazas y que bajo ningún concepto permitiera a nadie sentarse a mi lado.
“Aunque le diga que va a parir el monstruo del Lago Ness, usted como si nada. Si no me hace caso, no me hago responsable que llegue a su destino. No permita que nadie se sienta con usted.” Ese Langfeldt tampoco parecía tener rumbo alguno ya.

“Con cuatro horas de vuelo ya habremos salido del país de todas formas.” No sabía que decirle, porque tenía esa manía de cerrar las frases sin esperar contestación.

“No señorita Brequisa, ¿o era Brequis? … es que suena como la comida de mi perrita, ay mi perrita que estará esperando a su mamá … pero que estoy diciendo, ah si, ahora me acuerdo, aún no hemos salido del país. Esta primera parada es de la ruta de diamantes. En cuanto aterricemos de nuevo si estarémos en otro país, pero ya le digo que esto aquí no es así tampoco. No hay fronteras, solo intereses.”

Comencé a abandonar la idea de que Langfeldt se había querido lucir, o que Henrik me quería impresionar. Opté por la opción de la venganza, porque había que tener cara para meterme en un avión que iba a hacer la ruta de los pueblos.

Le pregunté por los demás pasajeros, repentinamente intrigada si al menos habría acertado con los demás.

Miró y me dijo que quedaban tres grupos. Uno, los terroristas que se iban a bajar en la siguiente aeródromo en medio de la selva del Sudan, otro el de los mafiosos que se bajaría en la segunda parada también del Sudán, pero que seguramente iban para Ángola y no querían llegar por aire, y el tercero, el de los agentes del gobierno, que no se bajaban nunca del avión que ella supiera, aunque sospechaba que lo harían sin ser vistos. Se rió ante su propio chiste.

Me la quedé mirando sin saber que decir. Tenía la mente en blanco, porque o bien la viejecita quería tener una viaje a costa mía, o aquí salvo los contrabandistas que ahora lo eran porque sabía reconocerlos, los demás eran lo que mostraban casi con total claridad. Me parecía un chiste y comencé a reírme, tarde pero luego sin apenas poder parar.

La Christie se fijó en mi risa y sonrió. Pero al ver que yo seguía destornillándome de la risa, se le puso la cara seria.

“¿No estará pensando en que estaba hablando en broma, no?”

Se me cortó la risa en seco. La pregunta era suficientemente seria, pero los ojos enfadados dejában sin mácula de broma su análisis anterior.

“Esto.. perdone, pero yo pensé lo mismo en cuanto los vi. ¿Cómo puede ser así? Parece un chiste, porque si aquí se buscara a un terrorista, enseguida se le encuentra entonces. No digo que usted se inventa las cosas, ni que me mienta porque sea una turista tonta más… pero hágase cargo señora, que esto es ridículo. Ningún mafioso se declararía como mafioso con tanta claridad.”

Me miró y vi que estaba intentando tomar esa decisión de si seguir perdiendo el tiempo conmigo o volver a su libro, que seguramente le era más provechoso viendo lo tonta que debi parecerle.

“¿Y en su país no se ve lo mismo? Yo diría que sí.

Hace unos años estuve en la capital suya y vi a los mafiosos, a los del gobierno, a los contrabandistas y terroristas. Puede que los últimos menos, pero tampoco es que tengan ustedes las granjas que tenemos aquí.

Son fácilmente reconocibles en todas las partes del mundo, además de acabar siempre juntos. No pueden evitarlo, cada grupo se aisla poco a poco de los demás, se hacen diferentes a la normalidad, y luego se juntan porque se sienten atraidos por lo mismo diferente, ya sabe, la novedad que ya conocen y encajan porque se hicieron novedosos entre los demás. Siempre ha sido así, y siempre será así.”

Me dejé caer suavemente hacía atrás, hasta que el siguiente asiento, ahora vacío, me ofreció resistencia suficiente para quedarme apoyado en su respaldo. Agatha, que se llamaba Julie, tenía razón. Me costó verlo, pero poco a poco comprendí que si los había reconocido en el avión, era porque los vi todos los días de mi vida. ¿Y a los contrabandistas por qué los confundi con turistas? … hasta que caí en la cuenta que un turista era un contrabandista en mayúsculas, pero que a nadie se le ocurría decirlo. La verdad, ahora que lo pensaba, siempre había localizado al grupo de contrabandistas en las ciudades en las que estudié o trabajé. Vestían llamativamente. Todos estaban metidos en suficientes delitos como para no dejarles respirar durante años de sentencias. Incluso se jactaban de ser constantemente perseguidos.

Cuando Julie vio que me tomaba en serio las cosas y que era capaz de pensar, se animó y me contó más cosas que no le gustaban para nada de África, que como descubrí era el “país”.  “Todas esa fronteras, todos esos nombres europeos de países… todo esto es ridículo. Lo que hay son grupos étnicos, como mucho. Todo se reduce después a minúsculas agrupaciones. Espero que termine pronto la era de los países, que es que llega a ser inaguantable. ¿Qué hara un arbusto, si la mitad de el está en uno y la otra en otro país? Crecer. ¿Qué hará si le pintan la frontera encima, si se la restriegan o incluso monten la caseta de paso fronterizo de turno en medio de la nada, pero encima suyo? Morir. Eso es lo que ocurre en el país. Que han pintado tantas fronteras y han montado tantas ‘cosas de los países’ que los que viven dentro de ellos apenas les queda para poder respirar.”

Me levanté y busqué con medio cuerpo por encima del respaldo del asiento en mi mochila dos bocadillos. Le ofrecí uno.

“¿Los ha preparado usted?”

Negué y lo rechazó, abriendo una maleta que parecía de madera. Eché un segundo vistazo. ¡Era de madera!

“No coma lo que le han preparado en alguna tienda. Nuestros estómagos no están para todo lo que acaba entre loncha y loncha. ¿Quiere probar un estofado irlandés?”

Ahora supe localizar el orígen de ese divertido inglés, que en realidad era inglés de una irlandesa. Le dije que me había tenido en jaque con eso y sonrió mientras repartío de sus reservas. Luego me pidió los bocadillos, les quitó el embutido y queso, peló la corteza y solo dejó las partes blancas interiores, mientras que el resto se fue a una bolsa de basura que ya tenía preparada colgando del asiento.

“Aquí no coma nada que no esté pelado, y si lo pela usted, mucho mejor. No beba agua de ninguna fuente pública, ni se le ocurra. No beba agua en los restaurantes, y si ha de beber, que contenga alcohol. Si le ofrecen bolsitas de agua, rechácelas. Ni muriéndose de sed se le pase por la cabeza tomarse un traguito, porque le entrará una diarréa que le dejará fuera de combate durante semanas. Si, si. No me mire así. Nairobi no es África, Kenia no es África por dónde usted haya pasado. Hágame caso señorita Briksia. ¡Qué apellido más sueco que tiene, con lo latina que parece! Será como mi caso, que todos creen que soy inglesa, y luego resulta que soy todo lo contrario, irlandesa. De padres irlandeses, y de abuelos irlandeses. Mi bisabuelo… “

Agatha Christie me llamó por al menos treinta apellidos diferentes durante las siguientes horas de despegues, vuelos, y aterrizajes. Se bajó en el último aeródromo, detrás de los ‘agentes del gobierno’, pero cuando quise salir con ella, el piloto negó con la cabeza y me dijo que yo me bajaría en la próxima, que lo mío no era un vuelo de ruta.

¿Qué no era un vuelo de ruta? Julie me miró con repentinas sospechas en los ojos, pero que le iba a poder explicar si ni siquiera sabía ahora mismo dónde habíamos aterrizado, ni dónde más tenía que ir hasta poder bajarme del avión. Nos despedimos, y sentí ganas de seguirla.

“¿Y cuando llegaremos?”

El capitán se volvió a meter en la cabina sin decirme nada. Subí los hombros, me di la vuelta y contemplé el avión vacío, las sillas y pasillo central llenos de bolsas de todo tipo, envoltorios y botellas que durante el vuelo podían pasar de un lado a otro como si estuvieran vivas, jugando al escondíte debajo de los asientos.

Escuché como desconectaron los motores definitivamente y mi frustración llegó a darle un puntapie a una bolsa que casi me hizo caer al volver a mi asiento. Me recorrió un dolor fuerte la pierna y maldije a los terroristas, a los mafiosos, a los contrabandistas y agentes del gobierno, a Montoro, Henrik, Langfeldt y añadí algo sobre sus madres que mejor no repetir. El capitán volvió a abrir la puerta de la cabina, sacó su cabeza lo suficiente para hacerse una idea de lo que estaba pasando, y al verme agarrando el pie saltando sobre la otra pierna en su dirección, volvió a meterse dentro. Escuché como giró la cerradura.

“¡Idiotas!”, pero ya ni gritaba. Me había dado en el mismo dedo que aún se estaba intentando recuperar de la última aventura de futbolista campestre.

Con la cara compungida del dolor que gracias al rápido masaje iba menguando, volví hacía la bolsa que apenas se había movido cuando tendría que haber salido volando.

La saqué por debajo del asiento y me sorprendí al constatar que no contenía basura o papeles, sino una caja de zapatos grande.

La abrí y mi corazón se fue al suelo por debajo del avión. Había un animalito dentro, al parecer muerto. Un suricato, con la lengua fuera y los ojos abiertos.

Empezó a moverse, pero no para más que moverse al sentir oxígeno. Estaba en las últimas.

El capitán de la nave intentó no abrirme la puerta cuando le dije que me tenía que dar inmediatamente el botiquin del avión, que tenía una urgencia médica que atender. Aporré la puerta, pero salvo sentirme como quien quiere salir de una cárcel, los que estaban detrás me ignoraban.

***

Cinco minutos más tarde le inyecté suero al bichito. El capitán y su copiloto no paraban de deshacerse en atenciones.

Cuando salí tres horas más tarde del avión, en esa última parada reservada para mi, contemplé el extinctor de incendios que  habia dejado encrustado en la puerta a la cabina de los pilotos como primera medida de luchar por la vida del bichito. Me pregunté dónde había sacado las fuerzas para semejante barbaridad.

Me llevaron mi saco de ropa y mochila hasta el todoterreno que esperaba a pocos metros en la pista, una que ya ni contaba con caseta de planchas de metal. Apenas daba para que aterrizaramos, como pude comprobar para mi cada vez mayor irritación. Pero me daba igual. Tenía suero para dos días, y si el bichito no tenía otras complicaciones, estaba salvado. Ahora acurrucado entre mis pechos en su cunita improvisada con una camiseta atada a mi cuello, ya parecía descansar en vez de irse.

Quise pagar el destrozo de la cabina, pero ni el piloto y tampoco el copiloto querían aceptar el dinero. Les vinieron en ayuda los tres holgazanes que rondaban el todoterreno algo destartalado. Hablaron entre ellos, los pilotos con un miedo reverencial y pronto vi que también los tres nuevos captaron que conmigo las cosas podían ponerse malas en cualquier momento.

Fue mucho más tarde, ya a casi doscientos kilómetros, cuando descubrí que si hubieran encontrado el suricato muerto en el avión, poco más y no vuelven a subirse a el. No comprendí muy bien la causa, porque cuando pregunté a los tres si esos animalitos eran como fetiche o simbólicos de alguna fuerza, negaron con las cabezas, pero tampoco me lo querian aclarar nada más allá de eso.

Mis nuevos guias eran tres hombres jóvenes, con caras que jugaban con tres expresiones. La chulería, que era la pose con la que me habían recibido, la de estar acojonados, que era la mirada con la que habían descubierto el animalito y su historia, y la de no verme, que era la tercera y que me acompañó durante esas primeras horas de travesía con el 4×4.

Sólo el más delgado de los tres se había presentado. Hablaban un inglés malísimo, mezclado con francés e italiano que daba la sensación de estar hablando con varios a la vez, aunque sólo uno hubiera abierta la boca.

Eché de menos el avión. Al menos había tenido espacio. Ahora tenía el asiento de atrás de un todoterreno, mucho más duro e incómodo, mientras que los tres estaban sentados delante.

No paraban para cambiar de conductor, sino que el que conducía aguantaba el volante, mientras que el que iba a ocupar su puesto pisaba el pedal del gas y parecían estar muy acostumbrados a esas locuras de cambiarse en plena marcha porque eran cambios fluidos y sin que ellos repararan en la pericia que se requería para hacerlo como lo lograban con pasmosa facilidad.

Atendí cada media hora al bichito, con inyecciones mínimas subcutáneas de suero. Apenas reaccionaba, pero su piel ya volvía con más velocidad a su sitio en cuanto se dejaba de estirar. La temperatura también parecía haberse normalizado, aunque no sabía que temperatura corporal tenían los suricatos cuando estaban en perfectas condiciones físicas.

Intenté darle un poco de agua por la boca, pero rechazó mis acercamientos tan pronto sintiera algo acercándose a su boquita fina, minúscula. Al menos ya volvía a tener color en la lengua y la boca estaba húmeda.

Finalmente y después de horas paramos. Salí para estirarme las piernas y pensé que sería buen momento para comer, pero para mi sorpresa solo salió el conductor último, Luis creí recordar, y comenzó a llenar el depósito con un bidón que vació por completo, luego de coger otro y repetir la operación.

¿Qué pretendían estos? ¿Llegar de un tirón a Camerún? No, eso no lo iba a permitir. Me maldije por no haberme buscado yo misma unos vuelos hasta el hospital de Yang. Esto ya se estaba saliendo de madre. ¿Pero qué les pasaba a toda esa gente que iba conociendo? ¿No había ni uno capaz de pensar un poco en los demás?

***

La culpa era mía. Todas esas mujeres que había conocido que manejaban sus asuntos con facilidad, y de ninguna aprendí. Sebastiana, con su infinita paciencia y fe, mis colegas del trabajo con sus vidas tal como las querían, incluso la irlandesa que a los ochenta  y cinco años se montaba en aviones entre pasajeros que no le iban a cambiar sus planes jamás.

Pero yo, yo como siempre no tenía más planes que llegar de un punto a otro sin darme cuenta de que había camino, y mucho. Camino que no sabía rellenar, camino que no sabía dominar. Jugaban conmigo todo lo que querían, esa era la verdad. La culpa era mía.

Luis se volvió a subir al coche y esperaron dentro a que me dignara a hacer lo mismo. Lo hubiera hecho, normalmente lo hubiera hecho. Pero no pude. No quería quedarme, no quería subir, no quería volver, no quería llegar. Lo que quería era poder descansar, comer algo y luego seguir, a un ritmo mucho más lento y pausado. No me importaba tardar dos días más o cinco. Allá ellos si les habían pagado o pagaban un fijo, y que ahora corrían para ganarlo en el menos tiempo posible.

No había tenido ese pensamiento cuando se me encendió la bombilla. Era una simple de cuestión de dinero.

“Ehh, vosotros. Luis, Paco y Pico o como os llamáis. Vamos a parar aquí, que ya estoy harta. HARTA, ¿me lees los labios niño?”

Me había puesto al lado de la ventanilla del copiloto. Los tres me miraban como faldas de acordeón puestas en curva y extendidas. Caras sorprendidas, la típica mirada de los hombres que saben muy bien que se han olvidado durante horas de la mujer que llevaban arrastrando por los pelos.

Luis negó con la cabeza. “Aquí no paramos”.

Me subió el calor por la cara… una calor… y me empecé a sentir incómoda, como quien hace cosas raras, pero me mantuve firme. “¿Qué no paramos aquí? ¿Y que estamos haciendo, si no es estar parados ya?”

El inglés de Luis, ni de sus colegas llegó a tanto, pero si comprendían perfectamente que yo me mantenía en la mía.

“Señorita, es peligroso parar aquí más de diez minutos.”

Me lo quedé mirando al que creí recordar que llamaban los otros dos Pike o Pikel, o Pikool.

“¿Y qué hay tan peligroso aquí salvo que si paramos os cuesta lo mismo y ganéis lo mismo? Ya sé el peligro que hay cuando lo dicen los hombres. Ninguno. Lo que pretendéis es que lleguemos al destino en dos días, y os habrán pagado por una semana. ¿Me equivoco?”

Había pronunciado despacio mis frases y sabía que me habían comprendido perfectamente.

“Suba señorita, que será mejor que buscarnos un problema aquí.”

Me di la vuelta y comencé a andar en la dirección contraria a la marcha. Que se largaran, ya estaba en ese punto en el que no podía seguir hablando. El calor estaba anulando mi coordinación de los pensamientos y me avergonzaba de estar así, que se me podía notar que no estaba precisamente en mis cabales ya.

Dieron marcha atrás y me obligaron a subir al todoterreno. Con suavidad, pero firmeza que no dejaba escapatoria. Cerraron la puerta con el Pikol ahora sentado conmigo atrás, y nos fuimos.

“De acuerdo. Ahora por la fuerza. No creo que el mundo tenga futuro con sus hombres haciendo lo mismo por dónde aterrices, Karma. Insensibles egoístas. Seguro que estos tres luego llegan a sus casas para contar como asustaron a la tonta turista. Seguro que su mujer les lleva el plato caliente a la mesa y seguro que agachan las cabezas cuando oyen sus madres llamarles.”

La primera bala rompió el cristal del conductor, pasó entre el y yo, y se buscó salida al romper el cristal al lado de Pikol. La segunda y tercera silbaron desviadas por la carrocería.

Me agaché, estúpidamente tarde pero en un acto de reflejo. Grité como una loca, pero todos estaban gritando y mientras gritábamos al menos estábamos vivos. Luis pisó a fondo y nos fuimos de verdad, con el turbocompresor del todoterreno aullando y a saltos por la pista irregular hasta que llegamos a estar fuera del alcance de quien nos seguia disparando.

Luis levantó el pie del gas, hasta volver a una velocidad que no iba a dejarnos con el eje partido o volcados. No se calmaban, hablaban muy alto, con voces que me recordaban más a los alemanes de las películas que a africanos canturreando el idioma de su zona.

Yo preferí llorar y sólo la cabecita del suricato que buscaba por primera vez salir de su cueva de seguridad me sacó de mi estado de shock y de nervios dándome latigazos. “Ay mi niño, que se ha asustado. Venga, otra inyección que te dará mama y pronto podrás valerte por ti mismo.” Aún sollozando busqué en mi mochila el suero y cuando le inyecté sus microdósis, volvió a quedarse dormido.

No había sentido que los tres dejaran de hablar. Levanté la vista, y Pikol y Pakol me miraban hondamente impresionados, mientras que Luis no paraba de observarme en el retrovisor.

“¿Y a vosotros que os pasa? ¿Y qué coño de excursión es esta dónde les disparan a los que paran en el camino?  ¿Y qué carajo es esto de todas formas, qué hago yo aquí?”

Sabía muy bien dónde estaba. También que el camino tenía que ser peligroso por la fuerza. Eso me decía la voz interior que siempre me dejaba en medio de misteriosas afirmaciones que no ayudaban en nada, o que incluso me deprimían aún más.

***

Muy entrada la noche llegamos al primer poblado que había visto en todo el camino recorrido hasta ese momento. No volvieron a hablarme, ni a hablar entre ellos durante el trayecto, y cuando me bajé hasta me abrieron la puerta, me llevaron la mochila y el saco de ropa que me había comprado en la misma tienda pensando que sería el modo más fácil de cargar con el peso en el viaje. Acerté, al menos con la estúpida bolsa acerté.

Me mostraron una cabaña, entré y estaba vacía salvo una cama hecha de mil restos de cama, y un colchón que no era más que una plancha de madera con una manta encima.

Me senté, puse al bichito sobre la cama en su nido sin que se moviera siquiera en su sueño profundo de recuperación, me puse la cabeza entre las manos y volví a llorar.

Levanté la vista al escuchar un ruido un poco más tarde, y vi a cuatro cinco cabezas que se asomaban por la puerta para verme.

¡Para ver la turista, para ver la novedad! Me puse en pie de un grito y les dije que se largaran, que me dejaran en paz, que se fueran a mirar a las turistas en las copas de los árboles y que no bajaran nunca más, que al próximo que metiera su cabeza en mi vida lo mataría.

Se escucharon unas voces afuera y las cabezas que no habían desaparecido ya, dejaron de decorar la entrada, tapada con una alfombra o estor grueso.

A los pocos segundos entró una señora, no sin antes llamar desde fuera con un “señorita, señorita” en varios idiomas para asegurarse no acabar bajo mis gritos como los niños, porque ahora me di cuenta de que habían sido niños, niños curiosos.

“¿Necesita algo? ¿Cenar con la familia las que frutas calientes? ¿Larribar un poco para acondicionar el flaco?”

La mujer lo intentó de mil maneras, pero no la comprendí. Finalmente tuve que reirme. Las frases eran hilarantes, y no había forma de saber que me quería decir exactamente.

Apunté al bichito, que ella no habia visto y le pedi leche. No es que fuera la mejor forma de alimentarlo, pero tenía que empezar a atreverme. De suero no iba a vivir eternamente.

Ella miró sorprendidísima al suricato enano entre los pliegues de mi camiseta-cuna, luego me volvió a mirar y negando con la cabeza me dijo algo como “rapida sin las soles de ayer para makribit o no la digamos”, asentí y ella feliz salió corriendo de la choza.

No sabía que me estaba pasando. No gritaba, y menos a los niños.  No solía llorar desde habia dejado la universidad. Tenía la cabeza como un bombo, me picaba el cuerpo y temblaba ligeramente. ¿Me había puesto enferma? ¿Una hiperreacción a las vacunas? ¿Me estaba volviendo loca?

***

La mujer volvió a los veinte minutos, acompañada de dos niñas. Estaba claro que habían gastado diez minutos en intentar que las niñas tuvieran un aspecto diferente. Tenían toda la pinta de haber pasado por ochenta abuelas con la manía de alisar el pelo y limpiar la cara como lo hacían ellas, y solo ellas.

Las niñas que no osaban mirarme, pero se morían de ganas de ver al suricato, trajeron boles con arroz o mijo. No podía distinguirlo en la penumbra. A la luz le costaba dejar que la noche se hiciera cargo del terreno, y los tonos resultantes de ese tira y afloja más largo de lo normal cansaban los ojos más de lo que hacía ese mismo sol cuando regaba sin piedad a estas tierras.

La mujer me mostró unos boles enanos, en los que habia unas cremas o pasta y no paraba de señalar al suricato con la mano libre. Olí lo que llevaban los cuenquitos y me pareció de muy fuerte olor, demasiado fuerte para ese bichito.

Que brutos eran. Negué con la cabeza y volví a pedirle leche, ahora ya mostrándole un pecho mío, y como si saliera líquido. Ella sonrió, pero en su turno de réplica volvió a levantar un cuenquito tras otro, hasta que metió un dedo en uno de ellos y se puso la crema como color de labios, sacó su lengua y chupaba. Volvió a sonreírme y a señalar al suricato.

Pensé que quizá… y me unté un poquíto de la salsa pastosa en el dedo meñique, abrí el nido y busqué de acercarle al pobrecito el dedo para que al menos me diera una indicación mínima si le estaba llegando vida o muerte.

Hincó el los dientes con tal fuerza en mi dedo, que no grité de milagro, ni comencé a intentar quitarme la rata de encima porque fueron muchos años de criar hámsteres de niña.

Aguanté el dolor, alegre de sentir la fuerza de vida del pequeño, y que ahora las cosas iban a cambiar para el. Después de unos segundos, soltó mi dedo. No le podia ver bien, la noche ya se cobraba la corta distancia, pero noté que estaba chupando mi dedo, entre salsa y seguramente sangre con ahínco.

Le puse el cuenco, pero no le hizo el menor caso, por lo que volví a untarme el dedo, y el volvió a morderme, pero ya no con la misma fuerza, sino con más cuidado. Los colmillos no penetraron en la carne, aunque sí tiraban de la piel. Mientras me chupaba el nuevo dedo que había entrado en su nido, me miré el otro, que parecía estar sangrando con fuerza. La mujer rio y volvió a salir de la choza, mientras que las niñas, con los ojos como platos repasaban mi dedo en alto o el agujero del nido en el que mi otra mano recibía pequeños mordiscos y lametazos.

Se comió los tres boles pequeños. Comprendí que eran exactamente para eso, para un dedo de salsa. Como las tazitas que también habían pasado por mi vida cuando niña, pero más resistentes y con formas irregulares.

Volvió la mujer y me tiró de la manga para que le siguiera. No me apetecía mucho, de hecho no me fiaba de las niñas, ni de los niños. La choza no tenía puerta, y hasta un perro podía entrar a cobrarse una víctima fácil. Tampoco pensé que sería buena idea llevarmelo ahora, recién comido. No sabía que hacer. Cada vez menos de hecho, desde hacía unas semanas. Toda mi resuelta profesionalidad y seguridad había quedado en nada, las provisiones de manejar las situaciones, las energías civilizadas, se me estaban quedando en cero.

La mujer salió con las niñas y la noche del poblado parecía instalarse en su ausencia. Me acurruqué al lado del bichito, rodeando la camiseta con un brazo por si acaso viniera algún bicho más grande a comerselo y quedé dormida al instante.

***

Desperté con el cuerpo aún en medio de un sueño plomizo. Mi primera mirada por el bichito me despertó del todo, porque no estaba. Intenté levantarme, pero no pude. Estaba paralizada de cabeza a los pies. Entraba una luz extraña por la ventana abierta de la choza, un agujero con otro felpudo sirviendo de cierre, ahora enrollado hacía arriba.

Sentí pánico. Primero por el bichito, después por mi y cuando por debajo del estor de la puerta se deslizó una gigantesca serpiente en dirección afuera, por los demás. Pero segúia incapaz de mover un solo dedo. ¿Me había mordido la serpiente?

Pasé del pánico al absoluto caos en mi mente. La choza se deformó hasta querer aprisionarme, la ventana se hizo tan pequeña que sólo un chorro de luz quedaba iluminando la pared en frente, y dónde antes la puerta ofrecía la seguridad de no quedar atrapado, ahora varios hombres con aspecto fiero y semidesnudos me cerraban el paso, sin darse cuenta de que entre sus pies se movía una serpiente, enrollándose en uno, para después pasar a otro sin dejar de sisear y sacar su lengua viperina.

***

“Karma, corre, que ha llegado tu padre.” Mi madre gritaba desde la cocina y dejé de jugar con desgana. Estaba haciendole vestidos a los hámsteres, que no paraban de morderme en los dedos para quejarse de lo mal que lo hacía. Corrí escaleras abajo, chupándome los dedos para que mi padre no viera la sangre.

***

Henrik entró por la puerta de la choza con un ramo de flores y una sonrisa que no pensé que iba a agradecerle tanto. Cogí las flores, y el se sentó en la cama a mis pies diciéndome que iba a ir a la universidad. Miré las flores, que eran preciosas y mientras buscaba con la mirada el florero del salón, reparé en que caían gotas de agua de las mismas. Miré la sábana blanca y me horroricé al ver que eran gotas de espesa sangre, que brotaban de mis manos y dedos heridos por los tallos llenos de pinchos.

***

Salí de la choza porque la serpiente se había vuelto a meter y los guerreros ya no estaban bailando delante de la puerta. Corrí hasta la plaza central, o lo que parecía que lo era y llamaba a todos para que me ayudarán a quitar la serpiente de mi choza. No salió nadie, todos seguían durmiendo tranquilamente. Entonces ví que otras serpientes estaban entrando y saliendo por debajo de los estores.

***

Corrí por la selva para escaparme del lugar, de las serpientes y los guerreros que se comían serpientes y suricatos por un camino iluminado de bombillas de feria, pero que estaban enroscados en el suelo a cada lado del camino. El suricato estaba corriendo delante mia, mostrándome las bombillas de color azul con aprobación, levantando la cola ante los de color rojo, e insultando a las amarillas directamente, incluso rompiéndolas con pequeños boles que les tiraba expertamente.

***

“¿Cuántas veces te tengo que decir que no juegues con las cosas de mamá?” Mi madre no reparaba en mi llanto, seguia y seguia gritándome hasta que me dejé caer al suelo. Si yo… si yo.. si yo sólo quería coger las tijeras para cortar el vestido de hámster que con las mías que no cortaban más que papel y con dificultad se estaban enfadando…

***

El suricato se levantó sobre sus minúsculas patitas y se enfrentó a las tres serpientes más cercanas, cuyas cabezas eran más grandes que el.

Quise correr para socorrerle, pero los guerreros se ponían en medio, bailando esa danza de ahora estoy, ahora no estoy, ahora soy, ahora soy otro, ahora hay espacio, ahora lo ocupo yo.

Escuché la lucha entre el suricato y las serpientes, me dejé caer al suelo para arrastrarme entre las cada vez más numerosas piernas y pies saltando y no paraba de oir los chillidos del bichito en su lucha contra titanes.

***

Me desperté en la cama, rodeada a considerable y respetuosa distancia por medio pueblo, al menos así debió de parecerme como es lógico si en una choza de diez metros cuadrados que eran redondos se acumularan treinta personas sin tocar la cama que casi todo el espacio ocupaba.

Luis y los hermanos Pikolin con verdadero pánico en la mirada. Los demás como si vieran un fantasma. Les quise decir que seguramente había una serpiente, y que me ayudaran, pero lo que sentí era que esa serpiente estaba justo detrás de mi cabeza, moviéndose ahora despacio.

Cerré los ojos de nuevo. La serpiente se acercó a mi oreja y su lengua viperina me golpeo suavemente en el colgante. Cuando se deslizó por parte de mi cuello pensé que debería de ser una bicha terrible, porque hasta tenía pelos.

***

¿Pelos? Las serpientes no tenían pelos. Abrí los ojos y vi al suricato buscando el lugar de su nido desaparecido entre mis pechos. “Ay mi niño, que estás bien, oohhh, gracias, gracias.. oh, que pesadilla he tenido, uff… tendrá hambre mi chiquitin.”

Pero no quiso saber nada de mi, sino que exigía con rascar de pata el nido, que pensó seguramente apareciera tan pronto encontrara el el lugar adecuado, o lo descubriera debajo del nido que era mi piel.

Entonces reparé en que medio pueblo seguía en la choza, y que no mostraban señales de salir de su trance o silencio. Ya me daba igual. Todo era tan surrealista, que seguramente seguía soñando. Busqué con la mano debajo de la cama a la camiseta nido, y toqué la piel de lo que era sin duda alguna una serpiente. Por poco aplasto al bichito al saltar de la cama y ponerme dónde los demás con un salto.

Pero ya estaba muerta. Grande, aunque ahora así no más que todos los cadáveres, que tenían todos siempre el mismo tamaño. Era la vida que llenaba la sangre para que pareciera una u otra cosa.

***

Escucharon mis gritos y llegaron corriendo, como me contó la mujer del jefe del poblado, hermano de Simón. Encendieron las luces, porque todas las chozas tenían instalación eléctrica, y me vieron pegando patadas y golpes al aire, mientras que debajo de la cama se había desatado una feroz lucha entre el suricato y la serpiente, con el resultado posterior de suricato ha desayunado, serpiente cero.

“¿Pero porqué tenéis unas chozas así de peligrosas? Es que no puedo comprender este lugar, y me refiero a todo el país, a toda África. Es una tras otra. ¿Estáis locos todos? ¿Y los niños? ¿Cuántos niños perdéis por mordedura de serpientes?”

La señora, de buen ver y con un inglés más que aceptable cuyas lagunas rellenaba con paciencia y palabras mucho más bonitas que aquellas que tocarían, negó con la cabeza. “No tenemos apenas mordeduras de serpientes. Además esa serpiente no es propia de esta zona, y si te fijas, es imposible que entren en las casas.”

Ahora a la luz del día, ví que las chozas tenía puertas por fuera, y que las ventanas estaban rodeadas de pequeñas cajas que podían pasar por mosquiteras demasiado grandes. No comprendí su utilidad, si con una tela de mosquitera entre un marco hubiera sido suficiente. Se lo mencioné a la mujer, y ella me dijo que las cajas no servían únicamente para un fin, sino para muchos.

“¿Y porqué no habéis intervenido? Seguro que sabéis tratar serpientes como yo saco una mosca de mi casa. ¿Y esas caras, que además seguís teniendo aunque estéis disimulando?” Yo seguia enfadada y tenía que hacerme aire.

“Esa serpiente era de las peores que hay. No hay salvación si muerde, incluso el veneno por si solo ya es tan ácido que se quema el camino hacía la sangre. Alguien te quiso matar, y en nuestro pueblo no ha habido algo así en muchos años. No es que no estemos acostumbrados a los asesinos, porque vivimos rodeados de ellos, pero aquí en el poblado no habían osado entrar jamás. Es una señal, eso no lo puede comprender, no?”

La miré y le dije que sí, pero que no. Ella asintió y negó con la cabeza. Luego pareció tomar una decisión y me preguntó dónde exactamente había encontrado al suricato y en que circunstancias, pero que antes de contarle, esperara a que llegara Simón, que era el más listo de las familias.

Vio mi mirada despectiva y negó con la cabeza, repentinamente enfadada. “Esto es muy serio, usted no sabe nada de África, por favor respetenos, ya que bien podríamos echarle del pueblo sin más. No somos lo que piensa, ni siquiera ve como somos. Si me tomo la libertad de explicarle esto y lo que sigue, es porque aquello que usted no ve si lo vemos nosotros. Este es nuestro mundo, y si quiere seguir con vida, colaborará con el aunque ni siquiera sabe dónde está.”

Llegó Simón que me saludó con su mirada de chulería, para luego atender junto a la mujer de su hermano la historia del suricato desde el puntapie contra la caja hasta mi llegada al poblado, disparos incluidos.

Me hicieron algunas preguntas concretas, como por ejemplo con quienes había estado, dónde estaban sentados quienes en el avión, que aspecto tenía cada uno, cuando había dejado mi equipaje que estaba junto al de los demás en la parte atrás del avión sin vigilancia, quien había visto pasar hacia esa zona… junto a preguntas como querer saber que temperatura hacía en el avión cuando le había dado la patada a la caja o si en general hacía calor o más bien frío, si en algún momento había sentido ganas de dejarlo todo, de volverme y al menos cien más que llegaron a ser cada vez más surrealistas y me pusieron nerviosa.

¿Qué pregunta era esa de querer saber desde cuando no tenía el periodo? ¿Y de qué servia contestarlo si luego Simón no fue informado con la correspondiente traducción?

“Doctora, a usted le han envenenado en las últimas semanas. ¿No se dio cuenta de eso?”

Me quedé boquiabierta. “¿Envenenada yo? Pero si esto es rid…”. No seguí. Empecé a revisar la historia desde que había empezado mis vacaciones, último día en que yo era yo, Karma Brescida, neurocirujana y con creces ante mis ojos la mujer del año en muchos aspectos. Cuando yo me quería, cuando yo me levantaba contenta y feliz, cuando yo era yo.

Volví a verme despertarme así en el hotel rural, pero ya no volví a verme despertar así a partir de conocer a Henrik.

Les miré y vieron que había dado con el responsable.

“En sus venas fluye un veneno poderoso. No le mata, pero le impide volver a ser como era. Lleva muchos años con ese veneno en su sangre y alma, pero hace poco le dieron una dósis alta. Si no es por salvar al suricato, usted estaría muerta ahora, o moriría dentro de unas semanas si aquello de la serpiente hubiera fallado. Comprénda que estamos asustados, porque la magia nunca es buena en ninguna ocasión. Recurrir a ella significa guerra. Usted doctora tiene un enemigo con mucha magia, pero es tanto como lo que usted produce sin saber.”

“¿Yo produciendo magia? Será blanca en todo caso. Pero qué magia ni bobadas. Todo esto está sacado totalmente de quicio. ¿No será que ha sido un accidente el tema de la serpiente y que están intentando evitar males mayores con ese teatro de magia? ¿No ven adónde todas esas tonterías les han llevado vivir y bajo que circunstancias? ¿Cuándo va a parar esta farsa de jugar con las personas como si fueramos ganado, solo porque soy blanca?”

Me miraron. No había hecho falta la traducción, porque era el tono de mi voz que lo decía todo. Poco a poco escuché mis propias palabras. ¿Pero qué me estaba pasando?

La mujer se sentó a mi lado y me abrazó. Antes de que pudiera irrumpir en llanto me dijo que le contara de nuevo y despacio los sueños que habia tenido. Así lo hice, y ella y Simón comenzaron a dibujar cada uno un círculo en el suelo, ella con el pie, y el con la mano, ensimismados.

Era como si intentaran salir del círculo que habian dibujado, yendo adelante y atrás, pasando por el centro o no, saltando a la comba por dentro del círculo con los caminos, creando estrellas, pero cuyas vórtices nunca traspasaron sus respectivos circulos.

Terminé y de nuevo antes de que me pudiera dar otro ataque, la mujer me apretó fuertemente en el cuello, relajándome la musculatura que ya había vuelto a contraerse para la siguiente carga contra lo que fuese.

Hablaron entre ellos, se quedaron asintiendo, negando, asintiendo… hasta que Simón abrió sus ojos con la alegría de quien lo ve claro, infectando con ella a la mujer. Volvieron a dibujar en los círculos, ahora con Simón repetiendo al parecer mis sueños con sus palabras, y en un determinado punto en vez de volver, salió su mano y el pié de la mujer del círculo respectivo.

Se miraron con el brillo y sonrisa del triunfo y chocaron al estilo NBA sus manos libres.

“Hasta en eso se parecen a ridículos consumidores que todo lo hacen como lo hacen los europeos. Magia Negra, circulillos ridículos en la tierra y poses para impresionarme, para luego canasta de tres y choque de manos. Pero no se dan cuenta lo transparentes que son ustedes a la hora de embaucar?”

Un nuevo apretón y gemí al darme cuenta de lo que había sacado a relucir.

“Simón, enseñale nuestro saludo que se practica aquí desde hace unos tres mil años”

Simón cogió una mano mía y me mostró un saludo de manos, complejo pero relativamente fácil de repetir. Parecía estar compuesto por tres o cuatro saludos que me sonaban vagamente. Me dijo que el choque de manos no era americano, sino que habían empezado a celebrar así los primeros jugadores negros, luego lo simplificaron al máximo a medida que el juego evolucionaba hacía dejar cada vez menos espacio para la celebración.

“Mire, ese saludo completo es así.” Y delante mía ví como se saludaban dos manos con una virtuosidad y elegancia, destreza y complicidad que hacía imposible que después de un saludo así se enfrentasen en serio.

“Simón ha resuelto una parte del enigma, doctora. Pero antes de que se lo cuente yo, vamos a dejar clara una cosa.” Simón se levantó, me saludó con una sonrisa de amigo que hasta ahora no había creído posible en el.

Un nuevo apretón, que ahogó el intento de mofarme de su pose y me acercó a comprender aunque fuese de lejos, que aquí había que escuchar y aprender para salvarse.

“La magia negra no existe. Sólo existe la magia. Los que hablan de magia negra son los que no saben, y los que hablan de magia blanca los que solo reflejan lo que quieren que se sepa. Pero magia solo hay una, se practique como se practique. Unos con los ojos, otros con las manos, unos con las palabras, otros con la cabeza, unos con el corazón y muchos con la piel y la viva voz. No se deje seducir por la magia, doctora. Nunca, o traerá la desgracia sobre sus descendientes.”

Otra apretón y fue capaz de preguntarle en voz relativamente calmada. “¿Y si la magia entra en tu vida, que haces?”

Otro apretón. Y otro.

“Haces como si te controlara, dejas que te controle, y en el momento en que te quiera morder, aprovechas que esté al descubierto para envenenarla a ella.”

Otro apretón. No comprendí. Más apretones, y pensé que podía algún día comprenderlo.

“Quiero que paren esos ataques, me estoy volviendo loca. ¿Me podéis quitar eso, ese veneno? ¿Hay algún hospital dónde podamos acudir?”

“No, no podemos acudir a ningún hospital, porque ese veneno viene de tu cabeza, se mete en el cuerpo, se acumula y luego vuelve a tu cabeza atacando quien fue un momento antes.

Se come a si mismo constantemente. Los doctores de los hospitales no lo detectarían, pero te drogarían para que no sufrieras tanto. ¿Quieres que te droguemos? Porque otra solución no hay, doctora. Te costaría la vida.”

El apretón era constante. Tenía garras de hierro en vez de dos. Pero el dolor me gustaba, me relajaba y mantenía lejos a los ataques cada vez más virulentos.

“Si te quitamos el veneno, que además no supiera yo como, dejarías de servir a quien se lo ha mezclado con tu sangre. Es un veneno lento, que estaba pensado para hacer de ti lo que a partir de ahora serás dentro de cuatro o cinco días, quizá una semana o dos máximo. Estaba diseñado para que llegaras en muy malas condiciones a algún punto, alguna circunstancia. Si no llegas así, quien sea te matará.

Simón lo resolvió. Tienes dos enemigos importantes y son grandes, muy grandes. Uno te usará para algo en el próximo futuro, y otro te quiere ver muerta ya. Aún así, ambos son casi iguales, y ambos han aportado veneno en ti. No, no me cuentes nada. Ya sabemos demasiado aquí, y vamos a dejar el poblado tan pronto te hayas marchado. Tus enemigos son poderosos, y si tu, que no comprendes nada ya estás como estás, menos nos querrán a nosotros estos a los que te estás enfrentando.

Tienes que seguir con el veneno, doctora y cuidarte de que sigas conectada a la Madre, porque el suricato no es una casualidad que te salvó la vida, sino la conexión con la Madre, y la Madre misma. Nunca he visto a un suricato acabar con una serpiente de ese tamaño, y menos solo, y menos debajo de una cama dónde no tiene ventaja alguna, y menos medio muerto como llegó, y muchísimo menos siendo un cachorro aún. Lo dicen tus sueños, lo dice el sueño que vivimos en la casa, lo dice todo que transpiras, doctora. Esa conexión con la Madre es lo que nos salvará a todos de tus enemigos, pero el veneno ha de seguir para llevarte dónde alguien ya te estará esperando.”

“Ya no basta el dolor del cuello, me sube de nuevo, ya no…” Me costaba, pero intenté avisarla de que iba a morder de un momento a otro sin querer.

La mujer volvió al trato formal, como saliéndose de mi cabeza definitivamente.

“Eso es porque llevo un tiempo sin apretarle,doctora. Mire mis manos, no están dónde usted las siente, pero nunca más se irán hasta que usted esté delante del monstruo que la quiere tener así de inhumana. En ese momento mi presión desaparecerá, pero hasta entonces al menos podrá recuperarse mínimamente.

Ya sabrá cuando llegue el momento para meterse en la piel que preparó la magia para su amo.”

Era cierto. Podía sentir como me seguía apretando. Poco a poco mi mente se aclaró. El veneno dejaba de autoalimentarse. Empecé a respirar hondo y me abrazó de nuevo, diciéndome que lo estaba haciendo muy bien.

“Pero tendrá que olvidarnos, doctora. Podrá planificar lo que quiera, y Luis, Michel y Simón le llevarán hasta su destino. No le quedará apenas consciencia de haber pasado por aquí. ¿Lo comprende, no?”

Asentí. No había sido mi intención de mezclarles en nada. “Pero permítidme poder pensar durante unas horas. Me tengo que preparar muy bien, porque esta operación va a resultar ser la más complicada que me haya atrevido a llevar a cabo.”

“No, unas horas no. Un día o dos. Por ahora no pasará nada, y si usted sigue podremos volver dentro de un tiempo todos a nuestras casas sin temor. Pase lo que pase.”

***

“¿Pedrito, te quieres venir con mamá o te vas a quedar con estas niñas malas?” Miré las niñas, esperando que no supieran nada de mi idioma, aunque era obvio que pensaban que les estaba presentando a Pedrito.

Pedrito me miró a mi, luego a las niñas. Luego a mi, luego a las niñas. Cuando llegó la cuarta vuelta de movimientos abruptos de cabeza, nos echamos a reir las tres. Pedrito se metió dentro de mi camiseta para sacar solo su cabecita y volver al juego de miradas de un lado a otro.

“Bueno Pedrito, veo que has abandonado pronto a tu mamaita por otras… en fin, que se le va a hacer. Aquí te cuidarán muy bien, te tienen un gran respeto. Yo, como todas las mamás te voy a echar de menos, en falta y …  y … joder que voy a llorar… “ Fue para la cama y cogí la camiseta para acercarme al suricato y darle besitos. Enseguida me mordió el dedo con un grito que me devolvió a la cruda realidad de que Pedrito ahora era Pedrito y que fuera coñas.

Aún así, con el dedo otra vez sangrando, le miré hasta que también el se quedó fijo mirándome. Uno o dos segundos… vernos… y luego volvió a ser suricato alias El Pedrito de las Serpientes, alias Pedrito el bebé.

Sabía que no iba a volver a verle, pero que eso no era malo. Su vida no tenía el destino de acompañarme más que un trecho en el que su presencia fue crucial, y esperé que para ambos.

Las niñas se hicieron cargo de el, y ante mi estupefacción se comportó manso de forma inmediata, dejándose tocar sin morder a ninguna mano. Niños jugando, niños entre ellos.

Miré el saco de ropa del que había salido la serpiente. Le dejé a Pedrito unas cuantas camisetas con mi olor, a sabiendas de que después de jugar, se daría cuenta de que mamá ya no estaba, pero que había dejado suficientes nidos como para no echarme de menos.

Salí antes de que me pillara de nuevo la llorera. Nunca pensé que podía llegar a querer a un animalito con tanta intensidad.

***

El suricato Pedrito que había sido cazado y vendido, para después casi morir asfixiado y desnutrido en una caja de cartón, se erigió sobre sus patitas, saltó de la mano de la niña y corrió hasta la entrada de la cueva gigantesca.

Vio como su gran madre de siempre de pie se subió a una cueva que se podía mover. Sabía que no la volvería a ver y emitio un sonido de tristeza, un silbido fino de despedida.

La gran madre no lo oyó, pero La Gran Madre le dijo que la volvería a ver, que una vida no daba para estar con todos a la vez.

El suricato Pedrito, que no era Pedrito sino Pedrita, emitió otro silbido. Luego otro. Se terminaba la aventura de las cuevas gigantes, los siempre de pie y servir a los demás. Tocaba encontrar lugares de suricatos, aunque echaría de menos que le trajeran la comida al nido.

***

Seguimos la ruta durante unos días, y al estar a una jornada escasa de la ciudad que albergaba el hospital, decidí que había llegado el momento de olvidar. Mientras que la bola de hierbas se deshizo en mi boca como un caramelo que llevaba demasiado tiempo calentando y recalentándose, miré a los tres amigos deseando que por una vez en este viaje se aclarara todo, y que se acabara esa pesadilla.

“Llegaremos, nos despedimos y os vais a casa. Os he dejado suficiente dinero para aguantar largos meses sin tener que aceptar ningún encargo y ni se os ocurra devolvermelo en cuanto yo ya no recuerde nada. Os echaré de menos, y mira que al principio os quería matar. Os echaré de menos a todos,  así que tened cuidado conmigo durante el resto del viaje, porque quien yo no soy no es ni segura, ni de fiar. Ni siquiera ahora lo soy, así que… largaros en cuanto podeís.”

Sentí un ligero mareo, como una fibrilación de las púpilas, incontrolable.

***

Michel asintió, Simón se reía, y Luis negaba con la cabeza, mientras aplaudia.

No me podía creer que estos tres seguían así de tontos después de tanto viaje juntos. Al menos llevábamos una semana dando tumbos por pistas y poblados, que pasaban delante de mi memoria como imágenes furtivas que eran. Nada interesante salvo siempre lo mismo.

Y esa comida que dejaba un sabor extraño en la boca. No me acordaba de la última, ni relacionaba ese sabor con nada que había comido en las últimas horas. ¡Qué más daba! Ni siquiera eso me sacaba de una rutina que comenzaba a sobrar.  ¿Por qué quería yo ahora comer caramelos?

Sí, era de agradecer eso de conocer a África de cerca, pero ya era suficiente. Menos mal que mañana llegaríamos dónde Yang y terminaría esta afable, pero insulsa compañía de unos adolescentes que simplemente no habían tenido la suerte de nacer en un lugar mejor.

“Ahora que estamos terminando el viaje, porqué no me contéis de dónde venís vosotros tres.”

Volvieron a hablar los tres a la vez, cada uno contando la misma historia, pero eso porque lo sospechaba yo, ya que eran tres pueblos distintos según el caso que se hacía al quien hablaba.

“Vale, basta. No os entendéis ni entre vosotros, no me extraña. Venga a dormir, que mañana nos daremos un tute fuerte y os presento al doctor Yang. A ver si podemos cambiar un poco vuestra trayectoria. Por cierto, muy rico el caramelo. ¿Hay más?”

Los tres se miraron cuando la doctora se había quedado dormida y asintieron entre ellos aliviados. Encontraron el dinero, y lo volvieron a meter en el cinturón que llevaba la doctora. No pensaban a dejarla abandonada en ningún lugar.

“Vosotros os vais a cuidar de estar siempre cerca de ella. Cuando la cosa se ponga mala de verdad, a distancia considerable. La próxima serpiente será tan grande que os podéis parecer al suricato, y no es nuestra lucha. Tened mucho cuidado, pero sin dejarla sola jamás.”

Lo que ordenan las madres, se hace y punto.

***

Yang recibió a sus hombres de confianza a la hora convenida en su despacho, que estaba lleno de mesas que servían de zonas de proyectos improvisados. Apenas quedaba espacio para los siete, y Ngunyeng se quedó sorprendido. Nunca había visto a un chino de tan alto rango meterse tan a fondo en los asuntos bajo su mando. ¿O tenía que ver con que ya llevaba muchos años fuera del país?

Los demás en cambio sabían que hacer y con cuidado cada uno levantaba un tocho de papeles para sentarse en el hueco que quedaba, aguantando sobre las rodillas los documentos sin mezclarlos y con sumo cuidado de acordarse como los habían encontrado. Ngunyeng se quedó de pie, casi paralizado ante el atrevimiento de esa gente.

El doctor no parecía reparar en ello, salvo en que sus miradas exijían un cuidadoso manejo de lo que se tocaba. ¿África volvía blanda a los altos cargos chinos? Se le iluminó la cara cuando comprendió que el doctor simplemente tapaba su verdadera forma. Si, eso tenía que ser. Era adrede, una finta, un espectáculo para ojos con malas intenciones detrás. Ngunyeng se relajó, e imitando a los demás apartó unos documentos para coger sitio en la mesa que tenía al lado.. El doctor le sonrió y le hizo un guiño lo que le reforzó en lo que había pensado. Yang actuaba, mucho más allá de lo que dejaba entrever.

“Bueno, vamos a darle la bienvenida al señor Sun Ngunyeng, que ha venido para traernos piezas de recambio, material clínico y fungibles, aparte – eso espero – de una tonelada de extractos de todo tipo.”

Ngunyeng sonrió avergonzado, asintió con la cabeza para contestar a la pregunta soslayada del doctor y en un inglés forzado se presentó como mecánico experto en las máquinas que estaban por montar.

Los demás sonrieron, pero cuando terminó la frase, comenzaron a reír con insistencia. El doctor apenas se aguantaba una carcajada. Ngunyeng no comprendió, pero antes de que todos acabaran riéndose a pecho partido, dijo que era hora de mostrarle al recién llegado las instalaciones que tantos meses le habían esperado.

En el camino hablaron entre ellos, en tres idiomas que no eran del dominio de Ngunyeng, pero ya más serios. Se notaba que eran un buen equipo, y que el doctor se había ganado la confianza de sus hombres a pulso. No sabían en Beijing lo bien que iba el proyecto.

“Ngunyeng, mire este señor, el señor Makana’ler, se encarga de coordinar a los universitarios. Empezó aquí con nosotros en eso, así que si ve algo que no está bien hecho, no se lo tenga en cuenta. Salvo un excelente dominio del inglés de libros de instrucciones, no tenía formación en estos asuntos, comprenderá que si le instruye un poco, se puede convertir en una excelente ayuda para usted.”

El hombre se acercó por la izuierda a Ngunyeng y el doctor, ocupando el espacio que otro había dejado para que pudiesen hablar los tres mientras avanzaban por los últimos metros de las zonas administrativas. Era alto, unos 30 años, aunque le costaba a Ngunyeng taxar la edad de un africano. Le extendió la mano, que Ngunyeng aceptó inmediatamente, acompañando el saludo con unas reverencias rápidas que por poco acaban con todos en el suelo porque los que iban detrás no esperaban el parón. Se lo tomaban a risas, el doctor incluido.

“Señor Ngunyeng, le ruego que no practique en África las reverencias, porque aquí hay que cuidar mucho más la espalda de lo que se puede imaginar.” Ahora sí explotaban todos en carcajadas, que resonaban altas y fuertes en el pasillo haciendo que algunos enfermeros asomaran las cabezas por las habitaciones destinadas al papeleo administrativo del hospital.

Cuando vieron que el recién llegado no comprendía muy bien a que se refería el doctor, visiblemente confuso ante el relax que se había instalado, Yang le cogió de un hombro y abrió la puerta doble que separaba el edificio administrativo del nuevo ala. Bastó un pequeño empujón, y los resortes pneumáticos hicieron el resto del trabajo, dejando la sala a la vista.

Ngunyeng dejó caer la mandíbula y de nuevo se llenó su entorno de carcajadas, ahora reflejadas por paredes pulcramente alicatadas, máquinas relucientes montadas en un sistema de cadena que nunca antes había visto, y con al menos veinte operarios trabajando a destajo para darle de comer a esa línea de producción que no paraba de llenar cajas y cajas de frascos en su punto de salida.

“¿Pero… pero???… ¿¿Pero…”. Ngunyeng tartamudeaba, aparte de que se había quedado pegado al suelo en la misma entrada. Las puertas neumáticas volvían una y otra vez a la posición de abiertas, ya que interrumpía con su cuerpo el haz de infrarrojos que anunciaba que el acceso estaba bloqueado.

“Pase Ngunyeng, o quemará el bloqueo de las puertas, jaja…” El doctor se arrastró sala adentro, y se quedaron delante de la selladora, que estaba escupiendo frascos sellados con machacona eficacia.

“Verá, hemos tenido que empezar sin usted, pero ahora que está seguro que nos podrá resolver los problemas que este montaje ocasiona. Ya le contarán estos señores los problemas que tenemos. Recuerde, ninguno sabía lo que estaba haciendo, y lo que ve es el resultado de un trabajo colosal de muchas, muchísimas personas. Tenga piedad con ellos, hicieron lo mejor que pudieron, y seguro que en su empresa estarán encantados con saber que ahora tienen un equipo de montaje en el corazón de África. Instrúyalos, ya que el trabajo está hecho, pero usted podrá hacer uno mucho más importante con ellos durante los próximos meses. Les puede dar un futuro.”

El doctor le miró con seriedad, y Ngunyeng volvió a las reverencias, causando gritos de ‘Cuidado, la selladora’.

Ngunyeng había comprendido. El doctor no había seguido el proyecto de la central, sino que había ampliado la farsa hasta hacerla realidad. Aquí simplemente tenía que haber simulado estar abandonado por las autoridades, incapaz de poder hacer algo en medio de la nada, pero hizo algo mejor. Aprovechó lo que tenía a mano y montó no una tapadera, sino un mundo nuevo para toda esa gente.

Lo vio en los ojos del doctor, cuando este le había mirado pronunciando la última frase antes de marcharse a carcajada mal aguantada por la puerta.

La mirada de hierro de los Yang, la mirada-de-montaña de Sheingen.

Puso manos a la obra enseguida. Cuando había revisado todo el montaje con sus nuevos alumnos, se preguntó como no podían haberse dado cuenta de tantas mejoras en las fábricas dónde se diseñaban estos trastos. Lo que habían hecho aquí era sentido común, imaginación dónde faltaban los medios, y la suerte del principiante quizá. Tres inversiones sin tener que pedir autorización de gasto a nadie.

Les felicitó sinceramente. Dijo que había que empezar con aumentar el nivel de enfriamento de al menos cinco sectores, porque sino de aquí una semana o dos griparían a los motores de paso. “¿Dónde están los sistemas de refrigeración para estos motores?” preguntó.

Le enseñaron las piezas y módulos que les habían ‘sobrado’. Ahora era hora para Ngunyeng de reírse a carcajadas. Si es que faltaban piezas que el había pensado notar funcionando. Esto era de locos, pero ya comenzó a gustarle.

***

Por la noche visitó al doctor y le habló con franqueza, dejando de simular. Contrario a las órdenes, le informó del ataque rebelde que de un momento a otro iba a caer sobre el hospital, de la evolución de la situación en Pretoria y Europa y que si quería salvar algo de todo este increíble esfuerzo, era hora de cambiar de estratégia.

Yang le agradecío esa inusual reacción. “¿Por qué lo hace, Ngunyeng?”

El hombre enjuto le contestó que esas eran razones personales que no venían al caso, y que prefería callar.

Yang se acercó a la ventana y le invitó a seguirle mientras salió de ella para tantear en la oscuridad sobre el tejado.  Cuando los dos estaban sentados en el metal aún caliente de una viga revestida, preguntó a Ngunyeng si no había algo más que debería saber, ahora que habían empezado a mostrar las cartas.

Si, había algo más. Tenía también órdenes de eliminar a una doctora que estaba a punto de llegar, a una orden específica de la central.

Yang suspiró y notó que Ngunyeng ya no tenía nada más que contar. Dejó de apretarle psíquicamente, aunque esa presión ya no había hecho falta de todas formas. Ngunyeng estaba de su lado, porque su genética se inclinaba de esa forma naturalmente.

“¿Mi hermano, el señor de Sheingen?”

Ngunyeng dijo que no llegaba tan alto. Recibía órdenes de un tipo llamado Anwoo So.

“Bueno, ese es la sombra de mi hermano. ¿Qué sabe de los rebeldes?”

Ngunyeng le explicó que eran mercenarios de Uganda, que el propio gobierno chino había estimulado para que lanzaran un ataque sobre el hospital. Armamento ligero y armas blancas. Poco entrenados en combate, pero brutos y con experiencia amplia en salvajadas.

“Ngunyeng, usted no puede saberlo, pero tengo una misión oficial, otra inoficial y una tercera, que es exclusivamente mía. Las dos primeras las conoce. La oficial, la de lograr llegar hasta Pretoria y recuperar lo que nunca debimos perder. La inoficial, la de impulsar con todas mis fuerzas los proyectos que esa vía militar nos abre para acciones humanitarias.

Pero le voy a hablar de la tercera, que es la verdadera para mi hermano, para mi, y para el mundo entero. Si quiere, me deja ahora y aquí en el tejado, y se va a su habitación, y a partir de eso usted puede volver al mundo que ha dejado atrás al salir por la ventana conmigo. Si se queda, no volverá a el. ¿Tiene familia en China?”

El hombre negó lentamente con la cabeza, y cuando quedó claro que no se iba a levantar, Yang le explicó.

***

Trinidad estaba exultante. Se habían deshecho de los gorilas que los de Montoro habían contratado, y ahora iban en un todoterreno cómodo y espacioso que conducía Andrea con increíble pericia.

“La verdad, señora ministra, yo no soy azafata. Soy piloto de carreras, entre otras cosas, pero ya sabe, el olimpo es de los hombres.”

Trinidad estaba segura de que era de las mejores. Movía el coloso sobre la carretera como si fuera un deportivo. Al principio se asustó de las maniobras, pero enseguida notó que los que iban inseguros eran los demás. Andrea era una caja de sorpresas, cada cual más excitante y agradable.

“Eso se acabó, cielo. Ya has visto las caras al del avión y del comité de recepción. Ni con gorrra, ni sin ella, y por mucho músculo que infla el hombre llega dónde hay que llegar. Eso sólo está reservado a las mujeres, aunque la mayoría prefiere ser dominada y hace todo lo posible para que así siga siendo siempre.”

Andrea asintió. De eso sabía mucho. No había tenido que luchar primero contra su padre, porque su madre le decía que papá eso, papá lo otro, y después contra su madre, porque no había sido papá, sino papá instigado contra ella. Su madre había lanzado primero a su padre contra los proyectos de su hija, y después se lanzó ella misma al ataque, con las mil y vil caras de la extorsión emocional.

“A los hombres hay que machacarlos constantemente. Son animalitos de ejercicio, que si no reciben su dosis diaria se vuelven insoportables. Las neuronas les dan vueltas en la cabeza y ese sonido les vuelve locos cuando se fijan en el. Es un bien que se les hace, y verlo de otra manera es una tontería y perdida de tiempo. Ahora que tienen el planeta destrozado, ni siquiera se dan cuenta de que es así, que no son capaces de nada, y que la culpa la tiene ese sistema de mamaita-hijito-mamaita que no saben interrumpir. Ellos, porque son básicos, y ellas porque lo tienen fácil, da igual el infierno que vivan.”

“¿Fácil? ¿A que se refiere, señora ministra?” Otro conductor africano que se echaba a un lado cuando vio aparecer de la nada el monstruo comiéndole el maletero o algo más.

Trinidad suspiró. Esa mentira del sufrimiento de las madres por sus hijos, esa farsa de las lamentaciones. Quien se lamentaba era porque no había hecho bien las cosas, y esa era la dura y brutal verdad. Si tu hijo se convierte en drogadicto, tu parte llevaste mamaíta. Si tu hijo se convirtió en bomba reventando a decenas, tu parte llevaste mamaíta, tu mirar a un lado suplió lo que tendrías que haber hecho. No mamaíta, no era reñirle al hijo, que eso es lo que hace eterna la situación de mamaitas riñendo. Era coger el fúsil, la pistola, el cuchillo o el veneno y acabar con el que le comía el coco a tu niño, matarlo bien matado y así eliminar definitivamente la amenaza a los de tu especie. Hija puta imbécil.

Andrea se quedó impresionada por la subida de tono final de Trinidad, que expresaba un odio visceral. La ministra ni siquiera se había dado cuenta de que había hablado en voz alta para terminar gritando. Miraba fijamente a la carretera, con la cabeza en otro lugar, los ojos encendidos y respirando entrecortadamente.

“Si cielo, esas mamaítas cobardes, miles de millones de cobardes que no han sido capaces de defender a sus hijos jamás. Así se hicieron los hijos, totalmente expuestos, incapaces de luchar sin apoyo, el néctar que ninguna madre quiere soltar porque el suyo está seco y duro como el cuarzo. Las mujeres,  Andreita, las mujeres no tienen corazón, la mayoría lo que tiene es un espejo que refleja el sufrimiento que ellas mismas han dejado entrar, que ellas mismas han provocado y siguen alimentando. Ellas, esas que se llaman madres y que creen que con parir ya han cumplido,  igual que ellos que con tal de correrse y dejarlas preñadas a las que pueden ya creen que han llegado al cupo de lo que pide la Naturaleza de sus hijos.”

Andrea pasó entre dos coches con tan poco espacio que se llevó los espejos de estos por delante. Encogió los hombros, murmuró una disculpa, pero Trinidad ni siquiera reparaba en lo que podía estar en el camino. No hubiera visto un ovni ni con letrero e indicador apuntandole.

“Imagínatela, hija, imagínatela cuando suena el teléfono, ella se alisa su delantal en la cocina o deja caer la laca de uñas con una maldición, contesta, escucha la noticia “terrible” y acto seguido apareces tu a su lado en plan fantasma y le dices que no ponga esa cara, que sobra el melodrama, porque ya sabes que va a decidir por lo fácil, que se lo va a pasar bomba y que va a traicionar a todos, empezando por ella, luego a su hijo, luego a su marido, luego a los vecinos, la comunidad, el país y a todo el planeta. Te miraría, con esa expresión de ver una loca delante suya que la está insultando en un momento de máxima tensión y dolor, que ha salido de algún infierno para volverla loca en su miseria repentina e inesperada.”

Andrea se imaginó la escena y pensó que desde luego sería así.

“Pero claro, no duraría ni cinco segundos y ya estaría llamando a la mejor amiga, pero aquella que desde luego no haría nada más que intentar ligarse dos años más tarde al marido destrozado, y durante estos dos años defenderla como una portavoz abducida. Se llegará la amiga, y le llorará… y después se montará en el coche, con esa resolución de madre afectada pero que va a coger el timón y arreglar las cosas, con esas pintas de ir descuidada, a medio hacer de todo, ocupada hasta arriba pero enfrentándose.

Entrará en la comisaría, hablará con gravedad con el comisario que le hablará con gravedad a ella, pagará fianzas, se llevará a su hijo y en todo ese tiempo sólo cuidaría de quedar libre y limpia de culpas, aunque se las está echando sobre ella constantemente, sea cual sea el formato, sean cuales sean sus palabras.

En casa se encargará de extender la miseria sobre los demás, sobre los muebles, sobre los días y noches, mientras que su hijo estará en su habitación y se preguntará si meterse otro chut, si dejarlo, si salir corriendo, si matarse o cometer algo aún más sonoro, que sumará a toda la comunidad en años de letargo y aflicción.

Pero ella, la mamaíta estará endiosada por todas las demás. Ella la luchadora, ella la que tiene que cargar ahora con todo, ella que… bla, bla, bla, hasta la vomitera de insulsos melodramas, el refugio de las cobardes, el reino de las traidoras a los de su propia especie, el puti club de las mujeres, dónde el polvo te lo pegas tu misma cuando entonas la primera lamentación en vez de gritar de placer.”

Dos policías se subieron a sus motos al ver pasar el todoterreno con dos ruedas encima de la acera para adelantar por la derecha a unos camiones que no paraban de hacer sonar las trompetas.

“Si, la vida fácil. En vez de levantarse aquella vez de desatascar el baño y encontrar esa jeringuilla, en vez de salir de casa con los guantes aún llenos de mierda y orina, con los rulos en la cabeza y colgando en la cara sudorosa, en vez de entrar en ese antro dónde tu hijo se va cada fin de semana y clavarle al camello los restos de su mercancía en un ojo hasta reventarle el cerebro con un golpe final contra la cánula, hundiéndoselo antes de que vuelva a hundirselo otra vez en las venas de su hijo.

Pero no, la hija puta se sentará detrás del volante para ir a la comisaria. Hundirá las vidas de todos porque eso es más fácil que defender la vida que pusieron en el mundo. ¿Y sabes porqué? Porque hace doscientos años vivían casi el doble los hombres que las mujeres. Ahora mira, se ha invertido la cosa. Las mujeres viven más tiempo. Esas hijas de puta ni siquiera se enteran de que están muertas y que han matado a toda la especie con su cobardía.”

Andrea miró en el retrovisor y constató que los policias iban a hacerles preguntas.

“¿Desea hablar con estos señores, señora ministra?”

“¿Qué?” Trinidad Pava salió de su trance y miró atrás en su asiento. “¿Y estos capullos de dónde salen ahora? No, no me apetece. Tal como estoy me los cargo y yo no soy violenta.”

Andrea suspiró aliviada. Había temido lo que la ministra soltó incluso en la contestación antes de volverse a ese mundo al que Andrea nunca había tenido acceso.

“Dales esquinazo, que tenemos que hablar de cosas de mujeres, de mujeres de verdad.”

“A sus órdenes, señora ministra. Se me agarre al cinturón señora ministra dentro de cinco, cuatro, tres, dos, uno… ahora….” y frenó en seco. Los dos motoristas, casi pegados se comieron el todoterreno cayendo de sus motos. Andrea, al sentir el golpe doble y sin mirar por el retrovisor, volvió a acelerar para dejar atrás la escena.

“Vamos a tener que cambiar de coche, señora ministra. Este tiene dos bollos. ¿Alguna sugerencia?”

“Voy a hacer una llamada. Dime tú el coche que quieres.”

Andrea sonrió. “Pues uno más rápido que este, así evito tener que recurrir a la táctica de los bollos porque no nos alcanzarán jamás.”

Media hora más tarde salieron de un concesionario local que no se podía creer que había vendido su coche más caro de toda la historia en plena crisis cuando precisamente esa jugada de exponerlo le había arruinado.

Como buen musulmán, agradeció a Alá el haberle tenido en cuenta, mientras cumplia con la otra parte del trato, que era incinerar el todoterreno que le habían dejado ‘en depósito del nunca jamás’, como le había dicho la chica más joven con una sonrisa que le hizo olvidar querer conocerla mejor.

Se podía ser negro, se podía ser musulmán, vivir en Johannesburgo y vender coches de lujo a blancos tan corruptos o más que uno… pero no se podía dejar de cumplir a señoritas de ese calibre. Olían a peligro que supo que nunca más se iría como esos olores que arruinaban un local. No, no se iría ni de la sala de exposición, ni de su vida si no hacía exactamente lo que se le había dicho.

***

Andrea dio varias vueltas por la zona industrial, probando el vehículo a velocidad de tortuga. Los pocos coches que circulaban a esas horas por la zona le dedicaban conciertos de bobinazos, pero Andrea tenía los ojos semicerrados escuchando al motor que vibraba primero con todo tipo de sonidos entremezclados, para después de media hora sonar como una lejana melodía de un barco pesquero.

Trinidad no interrumpió a Andrea para nada, fascinada de lo que estaba haciendo. Habían dado con el coche que ella había pedido, no el primero, sino el de la lista que enseguida los capullos de Montoro mandaron desde Europa. Esa niña. Ya iría aprendiendo a pedir primero lo mejor, que daba la casualidad que eso se encontraba antes.

Estaba entrenando el motor, y lo hacía en segunda marcha, con ligeros toques de gas, un poco de forzar la dirección asistida y ocasionales frenazos, que les hacían parecer dos novatas con el carnet sacado de pura chiripa.

“Increíble”, dijo Trinidad cuando finalmente Andrea asintió y comenzó a subir las revoluciones del motor. Brameaba como una fiera sacada de los infiernos, para después entonar aullidos de lobos-osos, y finalmente entrar en la zona de turbina dónde el sonido ya es casi únicamente un recuerdo en medio de la parafernalia.

Los dos coches a cada lado en el semaforo no arrancaron cuando Andrea puso primera y salió con suavidad, cambiando enseguida a segunda y tercera, pero sin sobrepasar el límite de velocidad. “Jiji, estos se han quedado sordos”, murmuró con sonrisa picara y relajándose por primera vez desde que habían salido del avión. “Gracias Trini, digo señora ministra, poder conducir esta maravilla es el mejor regalo que me han hecho nunca.” Los dos coches del semaforo todavía estaban parados. Debieron de pensar que sus coches habían explotado.

Con un coche. Esa chiquilla iba a tener que aprender un montón, pero seguro que lo haría como alumna aventajada. Que increíble suerte de tropezar con ella justo en el momento en que la necesitaba. Se necesitaban.

“¿Y con este no va haber bollos?” Miró medio al cielo, medio dónde sea para expresar que con la frase no era suficiente provocación, que quería ver lo que podía costar un millón y medio de euros.

“No se agarre al cinturón, pero cruce las manos delante del pecho en cinco, cuatro, tres , dos, uno …¡AHORA! … y alguien gigantesco le dio un puntapie por detrás al todoterreno para lanzarlo haciendo que la carretera se estrechara como dos puertas que se cerraban eternamente pero cada vez más cerca de tragarles.

“Bueno, está aún por mejorar, pero creo que vale su dinero, ¿no le parece señora ministra?”

Andrea había reducido desde la octava hasta la quinta en movimientos rápidos del cambio de marchas semi-mecánico. El motor lloraba a distancia, pero aún así el cuentakilómetros marcaba una velocidad prohibitiva fuera de circuitos de carrera.

No, no habría más bollos. Andreíta era una joya que sabía manejar a joyas.

“Rumbo a Pretoria, dónde va estar nuestra primera y última meta. Pero tranquila, luego nos daremos un garbeo por dónde quieras, que nuestro jefe no es tan idiota como los idiotas que trabajan para el. Elimina a los que algún día puedan desear ser como el, pero a ti y a mi, nos dará mucha vidilla antes de intentarlo.”

“A sus órdenes, señora ministra.” Andrea saludó militarmente, sin apartar al vista de la carretera. “Vamos a darle utilidad al GPS, señora ministra. Por cierto, este es cifrado, así que… si tiene coordenadas, las puede poner usted misma.”

“No gracias hija, yo paso de estos trastos. Dónde tenemos que llegar es aquí y le leyó la dirección del móvil que había abierto. Andrea la tecleó en el navegador y enseguida le marcó distancia, tiempo de llegada y sugerencias de rutas.

“Además, voy a tener que contarte unas cuantas cosas, porque sino no sabrás reaccionar. Espero que no te pese, hija, pero es necesario.”

Andrea encendió los faros del todoterreno, reguló intensidad e inclinación de haces desde el mando minúsculo ubicado en el salpicadero e hizo crujir el cuello con unos movimientos expertos de quien estaba preparado para la carrera, aunque llevara ya horas a todo gas.

“Adelante señora ministra, intentaré estar a las alturas de la misión.”

Trinidad se rió y redujo la distancia entre las dos en un repentino impulso de tener que darle un beso a esta chiquilla que no paraba de endulzarle la vida.

“Esa es mi niña. Pues escucha bien, porque lo que te voy a contar nos salvará a las dos.
¿Te acuerdas del cuento de Caperucita Roja, Andrea?”

“¿No me estará insinuando que usted  señora ministra es la abuela y yo caperucita, y que le vamos a llenarle la barriguita del pobre lobito con piedras para luego hacerle ver que el pozo es un lugar idóneo para pasar a la historia? Pero que cabronas. ¿La abuela esa no sería por casualidad una abuela suya en la Suecía de los hermanos Grimm, no?”

Andrea, Andrea y Andrea. Trinidad cerró los ojos y en vez de dejarse llevar por una tremenda carcajada que hubiera deshecho esa tensión que Andrea hacía vibrar una y otra vez con total normalidad entre las dos, la saboreó. Era mala Andrea, muy mala. Pero que requetemala.

***

Andrea dio varias vueltas por la zona industrial, probando el vehículo a velocidad de tortuga. Los pocos coches que circulaban a esas horas por la zona le dedicaban conciertos de bobinazos, pero Andrea tenía los ojos semicerrados escuchando al motor que vibraba primero con todo tipo de sonidos entremezclados, para después de media hora sonar como una lejana melodía de un barco pesquero. Trinidad no interrumpió a Andrea para nada, fascinada de lo que estaba haciendo. Habían dado con el coche que ella había pedido, no el primero, sino el de la lista que enseguida los capullos de Montoro mandaron desde Europa. Esa niña. Ya iría aprendiendo a pedir primero lo mejor, que daba la casualidad que eso se encontraba antes.

Estaba entrenando el motor, y lo hacía en segunda marcha, con ligeros toques de gas, un poco de forzar la dirección asistida y ocasionales frenazos, que les hacían parecer dos novatas con el carnet sacado de pura chiripa.

“Increíble”, dijo Trinidad cuando finalmente Andrea asintió y comenzó a subir las revoluciones del motor. Brameaba como una fiera sacada de los infiernos, para después entonar aullidos de lobos-osos, y finalmente entrar en la zona de turbina dónde el sonido ya es casi únicamente un recuerdo en medio de la parafernalia.

Los dos coches a cada lado en el semaforo no arrancaron cuando Andrea puso primera y salió con suavidad, cambiando enseguida a segunda y tercera, pero sin sobrepasar el límite de velocidad. “Jiji, estos se han quedado sordos”, murmuró con sonrisa picara y relajándose por primera vez desde que habían salido del avión. “Gracias Trini, digo señora ministra, poder conducir esta maravilla es el mejor regalo que me han hecho nunca.” Los dos coches del semaforo todavía estaban parados. Debieron de pensar que sus coches habían explotado.

Con un coche. Esa chiquilla iba a tener que aprender un montón, pero seguro que lo haría como alumna aventajada. Que increíble suerte de tropezar con ella justo en el momento en que la necesitaba. Se necesitaban.

“¿Y con este no va haber bollos?” Miró medio al cielo, medio dónde sea para expresar que con la frase no era suficiente provocación, que quería ver lo que podía costar un millón y medio de euros.

“No se agarre al cinturón, pero cruce las manos delante del pecho en cinco, cuatro, tres , dos, uno …¡AHORA! … y alguien gigantesco le dio un puntapie por detrás al todoterreno para lanzarlo haciendo que la carretera se estrechara como dos puertas que se cerraban eternamente pero cada vez más cerca.

“Bueno, está aún por mejorar, pero creo que vale su dinero, ¿no le parece señora ministra?”

Andrea había reducido desde la octava hasta la quinta en movimientos rápidos del cambio de marchas semi-mecánico. El motor lloraba a distancia, pero aún así el cuentakilómetros marcaba una velocidad prohibitiva fuera de circuitos de carrera.

No, no habría más bollos. Andreíta era una joya.

“Rumbo a Pretoria, dónde va estar nuestra primera y última meta. Pero tranquila, luego nos daremos un garbeo por dónde quieras, que nuestro jefe no es tan idiota como los idiotas que trabajan para el. Elimina a los que algún día puedan desear ser como el, pero a ti y a mi, nos dará mucha vidilla antes de intentarlo.”

“A sus órdenes, señora ministra.” Andrea saludó con militarmente, sin apartar al vista de la carretera. “Vamos a darle utilidad al GPS, señora ministra. Por cierto, este es cifrado, así que… si tiene coordenadas, las puede poner usted misma.”

“No gracias hija, yo paso de estos trastos. Dónde tenemos que llegar es aquí y le leyó la dirección del móvil que había abierto. Andrea la tecleó en el navegador y enseguida le marcó distancia, tiempo de llegada y sugerencias de rutas.

“Además, voy a tener que contarte unas cuantas cosas, porque sino no sabrás reaccionar. Espero que no te pese, hija, pero es necesario.”

Andrea encendió los faros del todoterreno, reguló intensidad e inclinación de haces desde el mando minúsculo ubicado en el salpicadero e hizo crujir el cuello con unos movimientos expertos de quien estaba preparado para la carrera, aunque llevara ya horas a todo gas.

“Adelante señora ministra, intentaré estar a las alturas de la misión.”

Trinidad se rió y redujo la distancia entre las dos en un repentino impulso de tener que darle un beso a esta chiquilla que no paraba de endulzarle la vida.

“Esa es mi niña. Pues escucha bien, porque lo que te voy a contar nos salvará a las dos.
¿Te acuerdas del cuento de Caperucita Roja, Andrea?”

“¿No me estará insinuando que usted  señora ministra es la abuela y yo caperucita, y que le vamos a llenarle la barriguita del pobre lobito con piedras para luego hacerle ver que el pozo es un lugar idóneo para pasar a la historia? Pero que cabronas. ¿La abuela esa no sería por casualidad una abuela suya en la Suecía de los hermanos Grimm, no?”

Andrea, Andrea y Andrea. Trinidad cerró los ojos y en vez de dejarse llevar por una tremenda carcajada que hubiera deshecho esa tensión que Andrea hacía vibrar una y otra vez con total normalidad entre las dos, la saboreó. Era mala Andrea, muy mala. Pero que requetemala.

***

“La dinastía Sheingen, amigo valiente, tiene mucha historia en nuestro país. Unas que son ciertas, otras que son mentiras, y luego hay una que no es una, ni otra cosa, sino miles de años de engaños.

Hace miles de años que a este planeta llegan de otros, y se llevan a los humanos para sus experimentos. Hacen tratos con determinada clase, que durante miles de años hemos llamado reyes o monarcas, señores de los demás en resumidas cuentas. Algunos se quedan para vigilar que todo sale como es debido, otros están en el espacio procurando que la maquinaría para la absorción de humanos esté lista para el momento.

No, no me mire así. No me he vuelto loco. La próxima recogida está prevista para de aquí dos o tres años, cuatro como mucho.

Las distintas dinastías chinas siempre intentaron evitar que les afectara la sangría. No por amor al pueblo, sino porque son tan imperialistas como los demás, con la idea de que el mundo no conocerá la paz hasta que no quede solo una casa, un señor, un único dueño de todo y todos. Pagaron muy alto ese atrevimiento. La última vez que vinieron a llevarse gente de la Tierra, se centraron en China y África de Sur. Eso fue entre los años 1950 y 1962 aproximadamente. Perdimos cientos de millones de habitantes, cuyo destino no quiero imaginarme.

Son principalmente europeos y americanos que ahora llevan los mayores tratos con esos otros planetas o sus representantes. África se resistió, China se resistió, pero si has observado como se ha desarrollado la historia en los últimos años, comprenderás que la lucha se está intensificando porque el siguiente golpe va a ser el definitivo. El definitivo en la lucha por el poder en la Tierra, con todos los grupos bien visibles y actuando. Las crisis económicas, las desastres que tildan de naturales pero provocan con maquinaria alienígena adaptada, las enfermedades y virus… todo esto no es otra cosa que una lucha entre todas las casas reales de este planeta, el sprint final. Saben que quien obtiene la ventaja ahora, nunca más la soltará. Es una oportunidad única, porque de aquí muy pocos años se llevarán a dos o tres billones de humanos, y al resto lo matarán los propios planes de las casas reales, o los alienígenas mismos.

Esta es la última cosecha, y no me preguntes como lo sé. Lo sé, y quizá algún día te lo pueda explicar, aunque espero que no lo tenga hacer, y que de alguna forma el final seguro de todas las civilizaciones y de la Naturaleza no se produzca, que sepamos evitarlo, que seamos capaces de meterle ese grano de arena entre las millones y millones de ruedas de la maquinaria de aniquilación en el lugar exacto que la deje inservible, porque eso somos, un grano de arena frente a lo que no se puede usted ni imaginar.

Hay gente entre nosotros, Ngunyeng, que es diferente. Gente que siente la Naturaleza y que obra en comunicación con ella. Son muchos, aunque no sumen más que unos cuantos cientos de miles en cada continente. Esa gente no solo resiste al enemigo interno y externo, sino que también le combate. Esa gente es posiblemente la responsable de que esta extracción de vida humana sea la última, porque han inflingido a los planes imperialistas como a los planes de los alienígenas graves daños y cada vez mayores. Son la respuesta de la Naturaleza, que cada vez responde mejor, aunque está claro, que esta vez no le darán tiempo a reaccionar. Van a arrasar la Tierra, o lo que quede de ella de aquí unos años. Lo harán como vienen acostumbrando todos los señores de los demás, y después de recoger lo que querían, también lo harán los alienígenas.

Ahora mismo, y en este mundo hay al menos cien planes con cien poderosos diferentes que exterminan el 90 porcien de la humanidad. Planes en marcha, no planes de futuro o fin de futuro para más adelante. Planes de hoy, de ayer, de hace un mes, de hace cincuenta años, de hace mil. ¿Vio a Montoro? Ya, un plan de cuatro monarcas europeos que se deshace en ejecuciones de los que perdieron y quedaron al descubierto. ¿Montoro el salvador de millones de europeos que iba a ser ejecutados por virus? No. Montoro simplemente tiene otro plan, que se centra en eliminar el número máximo posible de contrarios antes de exterminar a los que no le van a servir. El lo pretende hacer con medios electrónicos, con ordenadores y programas que controlarán todo. El apuesta por Europa, porque le es suficiente para instaurar el reino de un millón de años sólo de su apertura. El resto, lo fundirá bajo explosiones de millones y millones de equipos con microprocesadores, con ondas que freirán literalmente a todos dentro de un radio de cincuenta kilómetros a la redonda de un soló movil, ordenador, pantalla o incluso juguete que contenga un microchip. Montoro es la opción de los reyes de la informática, de los monarcas que compraron la tecnología de la computación a los alienígenas.

Su sueño y plan se basa en lograr que de nuevo Asía y África den el mayor número de abducciones de humanos en la próxima entrega. Para ello tienen que debilitarnos, y como África en realidad no pudo levantar la cabeza en los últimos quinientos años, se centran en China, en Asia en general.

Lo lograrán, si llegan a obtener lo que esconde este continente africano, que no es otra cosa que la fuente de la vida, de vida que es capaz de evolucionar por si sola una vez que haya nacido.

Ngunyeng, de África han salido todas las razas que conocemos, África ha renovado todas las razas una y otra vez. Aquí es dónde nace la vida y por eso todos coinciden que el golpe final de los alienígenas irá contra África con la más horrenda de las brutalidades posibles. Sólo eso evitará que la humanidad vuelva a surgir, y condenará a los que quedan a una extinción paulatina, lenta y definitiva.

Lo saben los monarcas, que llevan miles de años intentando averiguar ese secreto. Lo saben y lo tienen escrito en sus caras, en sus caras y cuerpos deformes. Han experimentado durante miles de años con cruzarse entre ellos, con cruzarse con los mejores ejemplares de cada raza, con líneas sanguíneas ‘puras’ o como ahora, en los últimos cincuenta años, con manipulación genética ya vía radiación.

Lo saben, pero no les sale. Siguen igual de mortales, siguen igual de dementes, y cuando hay cambio, es para peor. Si pusieran en una fila a todos los monarcas del planeta, desnudos, la humanidad se quedaría a cuadros. Son desechos, líneas genéticas cansadas y agotadas, y tan llenos de tecnología y avances que sólo ellos disfrutan, si se puede hablar de disfrutar tener que depender de pilas y plasma nanorobótico para no caerse a cachos o babear estúpidamente.

Por eso, entre la esperanza de que el ataque final contra la Tierra no afectará a los que elijan el lugar adecuado, y que encuentren la fuente de la vida, están dejando a la Tierra y a los humanos en las últimas. Han gastado todo en construirse gigantescos refugios, han desviado billones y billones para proyectos de gobiernos después de los gobiernos. Han empobrecido y saqueado a todo y a todos, y ahora, en ese sprint final van dejando caer sus máscaras, porque ya no hace falta mantenerlas. Verás que incluso en Marte y Júpiter tienen ya bases funcionando. Verás como se presentarán como “la otra humanidad”, aquella que está ultraavanzada, aquella que se puede trasladar de Tierra a Marte en un segundo. Aquella que no precisa de obreros, porque las máquinas han probado de ser esclavos mejores, tanto en Marte como en Júpiter.

Nosotros, los chinos… que digo, nosotros los monarcas chinos que nunca hemos dejado el poder, también buscamos quedar entre los que sobrevivan, a pesar de que tenemos la cruz marcada en la frente.

No hay partido, Ngunyeng. Lo que hay es un monarca, un señor de la Guerra, aquel que hizo escribir una historia y luego practicó otra. Vestido y revestido de ropas de camarada, un señor de Sheingen que controla todo sin que nadie más sepa que eso pueda ser posible. El general que tiene su puesto en el partido, en el gobierno del partido. El general que nunca se mete en ninguna discusión. El general que siempre ha estado, y cuyo hijo estará, y el hijo de este.

Mi hermano tiene todas las esperanzas puestas en mi, Ngunyeng. El, porque si culmino con éxito el plan, China no perderá más que a unos cuantos millones de habitantes y será prácticamente invulnerable a los alienígenas. Yo, porque si mi teoría resulte estar en lo cierto, sería capaz de compartirlo con toda la humanidad.

Lo primero matará a quienes no sean chinos. Lo segundo me matará a mi y a millones, pero eso no es tan grave, porque ahora ya nos murimos, pensando que estamos vivos.

Lo primero creará un gobierno único, un único lugar habitable en la Tierra, una sola raza, aunque sean muchas las que la componen en verdad. Lo segundo no crea más que un mundo prácticamente invulnerable a las pretensiones externas, dónde pronto no habría gobierno posible.

La fuente de la vida, Ngunyeng, está en Pretoria. Ningún ejército puede acercarse a ella, no hay armas que sirvan para conquistarla. Es invisible a quienes no tengan escrito en sus genes ser merecedores de verla.

La mujer que te han encargado eliminar en cuanto sea preciso, es quien lleva esa marca, y que ahora está preparada para ver la fuente, aunque la fuente nunca la llevaría hasta ella.

Lo hace Montoro. Lo hacen los que controlan a Montoro, los monarcas que Montoro cree o en su bando o eliminados. Lo hacen los alienígenas. Lo hace mi hermano. Todos a espaldas de los otros, pero constantemente masacrándose entre ellos porque apenas queda espacio sin tropezarse unos con otros.

Esa mujer, a la que amo, y que llevará a uno de los que están en el juego a conocer la fuente de la vida.

No hay rebeldes, amigo. No habrá ataque.  Pero hay una organización que cree que los hay, personas que actuarán como si los hubiera. Hay asesinos que son asesinados por asesinos y que nunca llegarán lo suficientemente cerca de nosotros como para vernos ni de lejos. Hay miles de doctores Yang, que se llaman Zhou, Sánchez o Miller, son negros, blancos, amarillos y rojos, que mueren cada día porque algún asesino cumplió con una orden que pensó erradicarme del tablero. Nunca darán con nosotros, porque nadie sabe que nosotros somos el plan. Nos han matado tantas veces, que han perdido toda posibiliad de hacerlo.

Llegarán ahora los príncipes y señores de la guerra, Ngunyeng. Esos que normalmente no se manchan las manos directamente, o que como mi hermano prefieren un papel de completo camuflaje lejos de los hechos.

Estos son los únicos que nos podrán matar, y siento tener que decirtelo, pero a pesar de que sé dónde está la fuente de la vida, como funciona y a quienes elige, no sabría como incluirte en esa ecuación. Si me sigues, morirás. Si te quedas atrás, morirás. Hagas lo que hagas, morirás.”

“Moriré antes o después, señor de Shenguien. Cuando me llamó ese asesor gubernamental supe que había llegado mi hora, pero resultó en que no me habían hecho llegar para juzgarme por mis actos de terrorismo, sino para enviarme a una misión, otra misión que me aseguraba que no sabían nada de mi.

Les he estudiado a ustedes, los chinos, toda mi vida. Lo que sufrieron mis padres por su culpa, por su racismo, por su insoportable creencia de ser superiores no se lo voy a decir, porque me cuesta saberme ante uno que ha sido verdugo a quienes amaba. Si le digo que acepto el destino que la fuente de la vida me tenga reservado, es porque sé tanto de ella como para confiar en su juicio antes que en lo que ustedes, los de la realeza llaman realidad. Le serviré, señor de Sheinguen, pero moriré por mis propios planes, proyectos, creencias y convicciones.

Ustedes pueden creer que la humanidad no sabe nada, pero eso es porque han perdido el juicio. Se creen ustedes mucho más su ‘realidad’ de la que se imagina, señor de Sheingen. Hay mucho conocimiento de lo que pasó en verdad, de lo que ocurre en verdad. Todos sabemos que se acerca el fin del mundo, pero no el nuestro, sino el suyo, señor de Sheinguen. El suyo y de los suyos.

No levantaré mi mano contra usted, ni le traicionaré señor. Pero más le vale que sea quien dice ser, porque la fuente de la vida me devolverá en su camino como lo habrá hecho durante toda una eternidad si no es así.

Morir… si he de morir esta vez, moriré. Casi lo prefiero, porque si este es el ejército que tiene que asegurar que la fuente de la vida no caiga en manos de otros, no habrá esperanza. Ni para los planes de su hermano, ni para los suyos, señor de Sheingen.”

La tela asfáltica comenzó a contraerse, generando tensiones que liberaba a través de las chapas. Yang no sabía que contestar. El mundo que en los últimos decenios se había convertido en un lugar de gentes sin opiniones, ideas o comprensión se volvía rabiosamente hacía la élite, perfectamente informado incluso si sólo disponían de trozos minúsculos de información. Las palabras de Ngunyeng, o más su pase por encima de toda la exposición de hechos le causó una honda impresión.

Le dolió no poder compartir con este hombre que sí había fundadas esperanzas de que salieran victoriosos, pero Yang sabía que eso sólo causaría que se todos se relajarían.

El sabía que se podía cerrar la fuente de la vida. Sabía incluso como era el mecanismo para  abrir o cerrarla. Una vez cerrada, ni siquiera el conocimiento de su localización exacta era ya de utilidad.

El plan no era proteger la fuente, sino dejar que todos entraran y nunca más salieran.

***

Casi al anochecer subió una caravana de luces serpenteando por la carretera de la montaña. Contaron al menos cuarenta vehículos. Unos 160 hombres.

Traspasaron la cadena que avisaba con un pequeño letrero de que el parador estaba cerrado por reformas, con el morro del primer vehículo, y con total descaro aparcaron en el parking delante del edificio principal, saliendo de los coches armados hasta los dientes y encaminándose con total tranquilidad hacía la entrada.

Markus no se lo podía creer, pero comprendió que aquí arriba no llegaría nadie a estas horas y como eran profesionales sabían que se trataba de un asunto final, una liquidación completa y en toda regla que no requería más preámbulos.

Eran tantos, que se tenían que dar paso entre ellos, chocando las armas y desplazando la grava con esas botas tan características de pisar al prójimo en primer lugar. Markus escuchó las voces y risas de esos hombres, hasta pudo distinguir claramente aquello de “dejar la cafetera intacta, que después siempre me entran ganas de fumar y un cafelito de esos que gastan en este país”, en un inglés con marcado acento europeo.

Habían llegado mucho antes de lo esperado. Y eran muchos más de lo que pensaban posibles en las reuniones de preparación.

Aún así, Markus esperó con toda tranquilidad del mundo en su lugar de observación, calculando y observando, para no perderse ningún detalle. “Conocer tu enemigo desde lejos es conocerte a ti mismo desde cerca. Querer conocer tu enemigo de verdad es oler su sudor y saber así si ha venido preparado o no.”

Markus pensó por un momento que el olor a perfume caro no hablaba precisamente de cautos, aunque cuando sacaron las bazookas de los últimos coches, comprendió que las palabras de Sebastiana nunca habían sido más acertadas.

***

Justo antes de llegar a la ciudad nos paró un reventón. No era el primero, y mis chicos, que ya eran mis chicos después de tanto viaje, se apresuraron a descargar la rueda de recambios, que con esta hizo la cuarta vez que cambiaba el testigo a otra. Menos mal que en las pistas y carreteras de África abundaban los talleres que arreglaban ruedas, aunque cada arreglo costaba lógicamente una fortuna. Estos bribones me sacaron el dinero como podían, pero lo hacian abiertamente, algo que al fin y al cabo se agradece. Pagas si eres tonta, y mientras yo era tonta, pues pagaba.

El próximo taller llegó después de unos diez kilómetros, y como no, me dijeron al unísono y sin ponerse de acuerdo en lo más mínimo en lo dispar de sus excusas, que era hora de sangrar mi bolsillo. Les pasé un fajo de billetes malolientes que guardaba en una bolsa. “Quedaros con el resto, que os lo habéis ganado.”

Se miraron sorprendidos, pero enseguida desapareció el fajo. Total, no valía más que cinco euros lo que les había dado, y después de pagar al del taller les iban a sobrar 4 euros ochenta céntimos. Una fortuna para ellos. ¿Cómo se las arreglaban para pagar un coche? ¿De dónde sacaban esos talleres las ruedas semi-nuevas? ¿Estaban todos compinchados y en vez de montar cafeterías a lo largo de la carretera, habían optado por el tributo revolucionario del pinchazo programado? En África todo era posible, y las teorías más locas solían aguantar eones.

Salí con ellos del coche, y mientras estiré las piernas me di con lo que podía  reconocerse como una especie de gasolinera, lavadero de coche y taller de recambios en África, como por ejemplos dos cabras atadas a unas tuberías en medio del taller, un motor al que le habian quitado tantas piezas que por primera vez en mi vida comprendí como funcionaba, una quilla de un barco, la mitad de una motocicleta, pero cortada por la mitad, ruedas inclusive, y la inevitable reunión familiar cociendo o lavando en medio de todo esto. Los niños pegados a mi enseguida que vieron la europea, unos cuantos billetes y lápices volando, y de nuevo soledad después del grito de ‘Fuera ya!” que me salió mecánicamente.

Me senté en un bordillo y observé la actividad del lugar, en el que se podía comprar prácticamente de todo. Un letrero avisaba de que tenían cibercafé. No me lo podía creer, y entré en las dependencias que eran cafetería, restaurante, cocina, bar, cibercafé y mil cosas más a la vez sin superar los 45 metros cuadrados. Un país tan grande, inmenso e inabarcable, y siempre esa manía de vivir pegados en el menor espacio posible. Increíble.

El ordenador funcionaba. Un modelo antiguo, podía tener más de diez años. Con una pantalla monocromo de las buenas de hace unos años, ahora terriblemente sucia pero con la imagen nítida, aunque básica. El navegador estaba abierto y al buscar la página de mi hospital, esta me salió después de una carga considerable, pero salió.

Miré la marca, porque si un ordenador había sobrevivido aquí más de diez años y aún podía minimamente responder, era para tenerla en cuenta.

Me caí prácticamente de culo, y si no hubiese sido porque un señor amable me puso una silla detrás de mí en ese instante habría tenido un accidente estúpido a casi llegar a la meta.

“Señorita, cuidado. Que esta ha ido de poco.” El señor me hablaba en un inglés afrancesado, pero ni le miré, ni pude prestarle atención a lo que decía. Leía una y otra vez el nombre de la pegatina que debió pegarse con superglue para llegar hasta hoy.

“Equipo cedido por Sherpa Carmichael”. ¿Y qué hacía un ordenador cedido por Carmichael aquí, en África?

Apunté a la etiqueta pegada y pregunté al señor que seguía a mi lado, mirando la pantalla, luego la placa.

“Ah si, este hombre vino para traernos internet. Se hizo muy conocida en la ruta, un auténtico salvaje.”

“Caballero querrá decir”, corregí al señor mientras tecleaba el nombre de Carmichael en el buscador.

“Si, caballero. Un caballero salvaje. Es más negro que yo y todos los negros que haya conocido usted, señorita. “

“No, es blanco, se equivoca de nuevo”. Sonreí, porque aquí no paraban de intentar alguna ventaja de alguna historia inventada o improvisada. Mala suerte tendría conmigo, porque daba la casualidad que conocía a este hombre, aunque no de más de unas horas en una cafetería de pueblo.

“Si, es blanco de piel. Pero su corazón es negro, señorita. No refleja como el suyo, sino que absorbe y devuelve.”

Cargó la página de Carmichael pero me di la vuelta para comprender mejor que me estaba diciendo el hombre. “¿Qué quiere decir con …?”, pero el señor se había dado la vuelta y se iba hacía la salida, sorteando las estanterías peligrosamente unidas por hilos y alambres.

Encogí los hombros y volví a mirar la página, que desgraciadamente no podía ni leerse con la definición básica que ofrecía la pantalla, hasta que bajé con el scroll al final de ella.

En letras grandes, adaptadas a la resolución más baja posible, se podía leer “Si has llegado hasta aquí, el resto es un paseo”, escrito en cinco idiomas.

No comprendí nada, pero era intrigante ese personaje. Ya iban dos veces en mi vida que me tropezara con el, aunque esa segunda había sido explosiva. También me sonaba vagamente la silueta del hombre que me había evitado un tremendo porrazo sobre el coxis, aunque no era capaz de relacionarle en mis recuerdos.

Salí después de intentar pagar el uso, pero no me querían atender o yo no comprendí muy bien al principio hasta que relacioné sus gestos con que los chicos de afuera ya habían pagado la cuenta. ¡Qué sorpresa, parecía que poco a poco iban progresando!

Me subí con una sonrisa amplia al coche, que después de todo que había pensado de el durante el viaje nos había llevado seguros hasta el destino. Le di las gracias. Estaba contenta. Cuando subieron los tres para apretujarse de nuevo delante, también les dí repetidas veces las gracias. Me miraron sin querer comprender mis agradecimientos, pero me daba igual. Sabía que en algún lugar de sus cerebros ávidos de desplumarme había algo más, que ellos seguramente ni siquiera se atrevían a reconocer. Demasiado orgullosos, o cautos.

Arrancamos y al salir a la carretera, vi al señor que iba en la misma dirección que nosotros. Quise decirles a mis amigos que paráramos, pero cuando volví la mirada para verle la cara, me encontré con la del viejo del aeropuerto de Nairobi y quedé con la boca abierta sin poder articular palabra.

Sonreía y me hizo señal de seguir. No dejé de mirarle hasta que una curva lo tapara de la vista, y aún así seguí mirando la curva con la vana esperanza de que le viera de nuevo. No fue así, lógicamente. Otra curva, un cambio de rasante… y me dejé caer en mi asiento confusa.

¿Y ese viejo como había llegado hasta aquí en tan poco tiempo? Era imposible. Me acordé de sus palabras y comenté esas a mis amigos, a ver con que me saldrían. Menos mal que Luis se había quedado dormido, y Simón y Michel contestaban al dueto en fa menor pero comprensible. Si, eso era cierto. Cuando se hacían los grandes viajes en la vida, siempre habría una persona que aparecería hasta tres veces en distintos puntos del viaje.

Les pregunté que como era posible que alguien que había visto en Nairobi hacía pocos días ahora lo había vuelto a ver, cuando tenía claro que no podía viajar a la velocidad a la que iba yo.

Que no, me dijeron. Que no se trataba de quien viajaba adonde ni como, sino del gran viaje. En el todo era ilusión menos los amigos de verdad, y si alguien quería saber quien era un amigo de verdad, o iba a ver al menos, pero no más de tres veces mientras durara.

O me estaban liando, o el dueto había perdido eficacia. Les dí las gracias, pero seguía sin entender como ese tipo había logrado adelantarme, aparte de que habíamos vuelto a tropezar, lo que ya era el colmo en un lugar así que era tan grande que nunca nadie logró ocuparlo por la fuerza, ni conservarlo con la cabeza.

Entramos por la ciudad y sentí un tremendo alivio, comenzando a relajarme. Hacía días que sentí una presión fuerte sobre la base del cuello, en la espalda. Mantener erguida la cabeza durante tantas horas en carreteras que no eran más que bancos de prueba exigentes para todos los chasis, metálicos u orgánicos, tenía su precio.

Fue fácil encontrar el hospital, ni siquiera tuvimos que preguntar porque había suficientes letreros. Otra ciudad africana, de nuevo con ese aspecto que te hacía pensar en que esto no podía ser. Pero parecían felices, al menos superaban ampliamente las caras sonrientes a las que se podía observar en cualquier ciudad europea.

Le vi nada más entrar con el todoterreno en esa especie de parking o zona de entrada general, una media plaza delante de unas amplias escaleras al estilo comunista. Estaba en la parte arriba de ellas, con los brazos cruzados.

“Mirad, el tipo alto con la bata blanca, ese es Yang.” Estuve excitada por salir del coche, harta de su forma lenta pero segura de extraer toda vida de quienes los tenían que usar. Estaba en las últimas de todas formas, que también la vida orgánica exprimia en esa extraña y forzada relación entre hombre y máquina.

Simón paró el motor y este se murió con una exhalación última, dejando de transmitir esa vibración que después de tantos días de ruta ocupaba todo, molestaba cada rincón del cuerpo y acababa con provocar una constante tensión para combatirla.

***

Salí del coche, cerré la puerta y no sabía muy bien como me iría este siguiente paso, al que me había costado tanto llegar.

Yang ya estaba de camino, y después de unos pasos lentos en su dirección, con la cara compungida por intentar arrancar el motor del cuerpo humano ahora que volvía a ser requerido, nos encontramos para fundirnos en un largo abrazo.

Aún pegada a el como una lapa, le dije que había recorrido medio mundo para sentir ese abrazo.

Me apartó un poco para poder mirarme.

“Pues viendo lo jovencita que te has vuelto, diría que ha sido un viaje de placer más que nada.”

Yang. Por fin Yang. Me solté y le presenté a mis tres nuevos amigos, que le saludaron con mucho respeto.

“Vengan ustedes con nosotros, que les presentaré a Olivier que se encargará de atenderles en todo lo que puedan necesitar. Quédense a dormir esta noche como mínimo, además me parece que será mejor que lleven el coche mañana al taller que tenemos para nuestros vehículos.”

Me quedé tranquila. Ya hacía demasiado tiempo que no había estado con alguien que en vez de confundir o dañar a los demás, simplemente vivía para ir resolviendo los problemas como quien nada en el agua.

Me enganché a su brazo, simulando que me dolía un poco el pie derecho, pero se rio y me dijo que en todo caso sería el izquierdo. Me rie con el, y al llegar a la entrada del hospital, Yang presentó mis amigos a Olivier, que se fueron con el algo tímidos, pero yo sabía que dentro de muy poco estarían de nuevo liando a cualquiera intentando … marearlo.

“Estarán bien aquí, no te preocupes. ¿Van a volver en cuanto el coche esté en mejores condiciones o se quedan con nosotros?”

Le dije a Yang que no lo sabía aún. En un principio estos cuatro días habian cambiado casi todo en sus vidas y mucho en la mía, que desde hacía un tiempo no hacía otra cosa que darme chapuzones en su inmensidad repentinamente descubierta.

Me miró con sorpresa. “¿Karma haciéndose grandecita? No me lo puedo creer. Bueno, si se quedan aquí, hay trabajo de sobra para ellos. Parecen listos y son fuertes. ¿Algo que yo deba de saber ahora?”

Negué con la cabeza. “Dales unos días y verás que son auténticas personas, gente de verdad. Sólo necesitan una oportunidad, como todos en este planeta. Son de confianza, al menos para lo básico sin problema.”

“¿Te sirven como ayudantes de ayudantes a ti y luego veremos?”

“¿Eso quiere decir que tengo proyecto aquí contigo? Pues sí, claro que sí. Genial. ¿De verdad que cuentas conmigo?”

“Oh, oh… Karma me parece que has pasado por una etapa algo complicada. Pero nada que una buena sopa no pueda arreglar. Ven, te voy a presentar a una amiga que se encarga de la cocina con tanto esmero que también me la llevaré a China, si algún día vuelvo, lo que me parece que se está tornando imposible.” Se rio, y yo también, pero no me quedaba convencida de que no me estaba diciendo la verdad vestida de un chiste fácil.

“¿Pasa algo, Yang?”

Negó con la cabeza y afirmó con la cabeza, negó .. y nos reímos de nuevo. “Siempre pasa algo Karma, tu lo sabes mejor que yo. Pero ahora lo importante es que puedas ducharte, cambiarte de ropa, y comer esa sopa que te digo yo, una maravilla de sopa.”

“¿Cómo se llama?”

“Sopa de vida” me contestó mientras me iba guiando por pasillos hasta llegar cada vez más adentro del complejo.

“No, la cocinera.”

Yang se puso rojo. “Ups, perdona, ella se llama Olassa.”

“Has perdido reflejos Yang. Menos mal que he llegado, parece que estás algo contra las cuerdas.”

“Si muchacha, así es. Pero aquí hemos llegado y ahora me vas a disculpar, que me toca atender unas cuantas cosas antes de volver a vernos. ¿Olassa? Ah, aquí estás. Perdona, pero esta es la amiga de la te hablé. Olassa, Karma. Karma, Olassa. Gracias por encargarte.”

Desapareció por la misma puerta por la que habíamos entrado. Miré sorprendida el vaiven de la puerta de muelles. ¿Y qué mosca le había picado a este ahora o era que yo no me acordaba de que Yang era médico y director de este hospital y que ya era suficiente, más que suficiente el tiempo que me estaba dedicando?

La puerta dejó de moverse y nos quedamos mirando Olassa y yo sin bien saber como empezar. Olassa me sacaba al menos dos cabezas y hasta Yang le había hablado con la cabeza inclinada ligeramente hacía arriba.

“Creo que la idea del doctor de compartir ropa no es funcional. ¿Los hombres europeos son iguales que los chinos y los africanos? ¿Nunca se acuerdan de cómo son sus mujeres o es que todos las ven como no somos?”

Me rié. “Si Olassa, eso y cuatro o cinco incongruencias más. ¿De verdad que te dijo que tu talla sería más o menos la mía?”

Olassa asintió, divertida y con las palmas jugando con los mofletes de la boca abierta. “Menudo desastre señorita Karma, menudo desastre. Bueno, para que seguir los planes de los hombres, cuando no tienen plan nunca. Venga conmigo, que me conozco una tienda de ropa cerca del hospital. “¿Le gustaría vestirse como nosotras, doctora?”

“¿No sería mejor ducharme primero?”

“En la tienda doctora, que es casa de una prima. Venga, que allí también podemos comer, que será lo más cómodo.”

Me fue con ella. África era así. Planes para los hombres que no tenían plan que valiera, y acción y movimiento para las mujeres que habían hecho lo mejor de cada situación.

***

La casa de la prima era un piso sin apenas muebles. Todo se desarrollaba entorno a una mesa relativamente baja, desde la cual la prima, una mujer de imponente volumen no paraba de dar órdenes a decenas de personas que entraban y salían como si este piso en concreto fuese el zoco de una ciudad y ella la almotacén controlando al personal al dedillo.

No se le escapa nada a Juliette, Zhuu para las amigas, que podía atender a cincuenta asuntos a la vez sin dejar de cerrar ninguno a tiempo y normalmente total satisfacción de ambas o todas las partes. Era una máquina de organización, no se movía jamás del sitio salvo para irse a dormir o al lavabo. Así estaba la pobre, con un sobrepeso que le estaba haciendo daño seguro.

Cuando entramos, Olassa se acercó y en medio de las negociaciones, encargos, mensajes y contestaciones le explicó a la prima la situación. Esta se rió a carcajadas, y seguro que habían llegado al punto de que la ropa de Olassa no era la adecuada para mi. Me sonrió y asintió con la cabeza, para luego seguir hablando con cincuenta y su prima.

“Venga doctora, de lo primero me encargo yo, luego ya verá lo que la prima habrá podido organizarle.”

“Pero si no me ha tomado medidas.” Quise volver, ante la mirada de incomprensión de Olassa, como si se hubiera pasado por alto ese detalle y ahora no caía en lo que había que hacer. Dar pasos atrás siempre cuesta.

“Ah, ahora le comprendo. No, doctora, no hace falta que volvamos. Mi prima no olvida una cara, ni una figura y tiene memoria de elefante, o de dos. “

Me sentí estúpida y fascinada a la vez. El piso era viejo, pero extremadamente limpio y cuidado. El baño, una sala de ducha de hecho, espacioso y bien ventilado con ventanas altas que daban a otra parte de los edificios de no más de tres pisos. Un baño africano pero que no tenía nada que envidiar a otros.

“Le llevaré una túnica que estará en la entrada, colgado en la puerta por fuera quiero decir. Tómese su tiempo, que la prima tiene mucho trabajo hoy y eso va a tardar un poquito.Ah, aquí no piense en gastar mucha o poco agua. Lo único que tenemos es agua, y tanta que no hay forma de gastarla duchándose.”

La agradecí su entrega, pero ella desechaba mis palabras como quien espantaba unas moscas molestas. “Déjese, si usted fuese mi prima, también habría hecho lo mismo por mi.” Se fue dando un portazo, y comprendí que no le gustaba que se le diesen las gracias. En la mesa me contaría que eso no era solo ella, sino que contaba para casi todos los africanos de la zona. “Eso de dar las gracias trae mala suerte. Lo que se da, se da. Lo que se toma, se toma. Nadie recibe nada, o todos perecerán.”

Me quité la ropa que se quedó literalmente de pie. Hice una montaña con ella, y me metí en la ducha cuando había aprendido a manejar los chorros. No había más que una superficie, sin cierre, y el agua salpicaba toda la habitación, eso al menos pensé. Una sopa oscura y llena de trocitos que no quise investigar comenzó a buscarse la salida y la encontró en el centro de la habitación, dónde desapareció por el desagüe con sonoros eructos. Después de un tiempo, efectivamente empezó a salir agua más clara.

Veinte minutos más tarde y con mirada de quedarme dormida de un momento a otro abrí temblorosa la puerta, para encontrarme con la túnica. La cogí, cerré la puerta y me la probé con dificultad. La ducha me había dejado groggy, con la tensión baja y unas ganas increíbles de poder estirarme urgentemente en algún lugar.

Salí al pasillo, y me acerqué al salón dónde seguía la actividad a borbotones de entradas y salidas. Nadie reparaba en mi salvo Zhuu, que enseguida apuntó con la cabeza al sofá enfrente de ella y la mesa de negociaciones, sobre la que aparecían y desaparecían artículos, mayoritariamente ropa pero había de todo.

Me acurruqué en el sofá y tuve que quedarme dormida al contemplar como decenas de manos no paraban de mostrar, quitar, poner, devolver, recibir, manejar, cambiar …

***

(Continúa en la parte IV)