ELO – Karma Brescida – Parte II
Proviene de la parte I
Autor en trance: M. Furlock

***

Me encontré a Henrik en el restaurante, dándo cuenta de otra de las sopas famosas del parador. “Ah, vienes justo a tiempo para acompañarme. Tendrás el hambre de un regimento, ejem, Karma.”

Claro que tenía esa hambre. Miré mis brazos y pensé que habían menguado en las últimas 24 horas. Se lo dije a Henrik, que echó un breve vistazo por encima de la siguiente cuchara de sopa, y escuché un “no sé yo de qué”, y mirada inocente para picarme. Y me dejé picar, y me piqué, y le piqué también a el. Ya era hora de ser quien era yo, no aquella forma que habían moldeado de mi.

“Dime una cosa Henrik. ¿Por qué el agua no transmite algunos conocimientos o vivencias adquiridas?”

Henrik se limpio los labios con la servilleta, tomó un trago de vino y en vez de contestarme, hizo señas al camarero que al parecer comprendió las mismas y se encaminó a la cocina.

“Es fácil. El agua puede tomar cualquier forma, porque es el agua que nos muestra las formas posibles. Es la memoria central de la vida, dónde están todas las formas posibles que pueda dar este tipo de vida. ¿Me sigues?”

Le dije que sí, que eso lo había comprendido.

“Bien. Si viene una forma de fuera de este sistema de la vida, el agua no es capaz de verlo. Lo que hace es que intenta ‘guardarlo’ pero como la forma no se ha producido en el, no es capaz de quedarse con la información. El agua es ciego a lo que no es del agua.”

“¿No puede percibir a los alienígenas, digo a las máquinas?”

“A las máquinas no. Pero a alienígenas que no sean máquinas sí.”

“No he visto ninguno en … en…”, no supe como llamar lo que había experimentado.

“Llámalo sueños.” asintió Henrik para que siguiera.

“Pues no he visto ninguno en los sueños. ¿No hay más alienígenas que las máquinas en el planeta?”

“Si, hay más. De hecho hay muchísimos más alienígenas que máquinas.”

Llegó el camarero con dos bandejas. Henrik se disculpó con una mueca de niño chico atrapado en la gula. “Podemos compartir”, me dijo y tanto yo como el camarero comenzamos a reir. “¿Le apetece una sopa o va a ‘picar’ algo de las provisiones del señor Ganges?” me preguntó con picardía.

“Sí, me ha dado usted una buena idea. Tráigame un plato para poder ayudarle en la conquista de este plato…”

“que se llama precisamente ‘Un sueño de Alpes en Verdura y bémol’ señorita..” rellenó el camarero prestamente.

“Que acertado, ahora sé porque siempre los ponen en plural…” El camarero sonrió de nuevo, asintió y se fue en busca de mi plato y cubiertos. “Ah, si no le molesta, quiero también una servilleta tan colorida como la del señor Ganges.” Escuché un ‘a mandar’ y volvi a fijarme en Henrik.

“¿Más alienígenas que máquinas?”

“Sí. Calculamos que hay ahora mismo unos 7.000 alienígenas-máquinas, frente a varios billones de alienígenas.”

Me deje caer contra el respaldo del banco. “Creo que voy a tener que comer algo, sólo escucho cifras que no pueden ser reales.”

Henrik me miró, y con un poco de retraso, seguramente simulado por devolverme mi flirteo de compinches con el camarero, negó con la cabeza. “No, Karma. Las cifras son seguras. Pero lo que tu no sabes es que en este planeta convivimos más de 11.000 razas diferentes, y ninguna de la que podemos ver y reconocer, es original de este planeta.”

Volvió el camarero, comprendió que la mesa había entrado en otra dinámica y me presentó el plato, cubiertos y servilleta con absoluta profesionalidad. De una mesa vecina tomó las copas para dejarlas a mi derecha y cuando le indiqué con la mirada que iba a tomar del vino de Henrik, asintió y nos dejó en nuestra burbuja.

“Come hija, que te queda mucho por saber, y con los tres días que te quedan de permiso habrá que pisar el acelerador.”

Comenzó a llenarme el plato con lo que el consideraba que me iba a gustar. No era difícil, una bandeja de verduras elaboradas de diferente manera y con salsas especiales como en un restaurante chino o japonés, nadie podía fallar conmigo.

***

“Pero doctora, no me puede hacer esto a mi. Todos la esperamos para el miércoles.” Almana, en medio de un pasillo de un restaurante chic de la capital provincial, con su nuevo ligue destrozando un cochinillo ante la preocupada mirada del maitre, y la servilleta aún en la otra mano con la que se secaba la frente sudorosa, no sabía si la doctora le estaba gastando una de sus bromas de mosquita muerta, o si hablaba en serio.

Escuchó de nuevo lo que le estaba diciendo, tapandose la otra oreja con la servilleta de tela llena de manchones de grasa.

“Pero esto es imposible doctora, no puede alargar así como así sus vacaciones. Le ordeno que vuelva el miércoles. Todo el mundo está pendiente de su vuelta, que aquí no nos hemos sentado a dejar ver pasar el agua.”

Almana comenzó a ponerse nervioso, lo sabía y no le gustaba. Era una situación peligrosa, esas situaciones que uno teme toda la vida, y cuando se producen, con una llamada de rutina de en medio, en medio de toda la rutina de todos los días… a uno no le entraba la seriedad de la situación hasta que ya había metido la pata hasta el fondo.

“Lo siento doctora. Perdone. Es que aquí tenemos mucho estrés, y sus proyectos son muy ambiciosos. No, no quería decir esto. No, yo no le puedo ordenar nada, doctora. Fue un momento de agobio, que yo.. yo estoy aquí muy solo sin usted, la verdad.”

Almana tenía el corazón pulsando al menos 180 veces por minuto, mientras intentaba arreglar el asunto. La doctora no era la doctora que se había ido de vacaciones. Era alguien poderoso y que utilizó su intento autoritario para exprimirle con frialdad.

“Si doctora, entendido. Pues eh, … sí, lo he comprendido, no se preocupe… pues hasta de aquí diez días, doctora… que lo ..”
Miró el móvil, incrédulo. La doctora le había colgado sin dejarle terminar la frase.

“¿Qué te pasa Papi? Traes mala cara. ¿Tu chinche jefe? Bahh, olvídalo Papi. Come y luego te doy un masaje que te hará”… se acercó por encima de los restos del cochinillo asado …”vvvibrrarrr”, terminado con una risa que cinco minutos antes hubiera puesto a Almana hasta ser capaz de salir corriendo con la mujer al hostal que solía usar para sus sórdidos encuentros amorosos.

Pero ahora ni la escuchó. Miró a la mujer, una extraña le parecía ahora, y no sabía muy bien como había llegado a su mesa.

“¿Papi? ¿Tu éstas bien papaito?” La mujer comenzó a comprender que la fiesta se estaba acabando. Como no quiso quedar enredada en preguntas de terceros, y si he comido, lo mío es mío y tu te quedas con tu infarto… se levantó de la mesa y se fue sin más que “voy al baño Papi, ahora mismito vuelvo.”

Almana no lo registró. Finalmente su mirada cayó sobre los restos del cochinillo. Le pareció ver su futuro en esa lectura de carne asada.

***

Desconecté el móvil. No lo iba a necesitar durante la semana siguiente. Lo enfundé en ese calcetín que conservaba de mi abuela,  y suspiré. “Bueno, ya tenemos una semana más de vacaciones.” anuncié a Henrik, que se había quedado con la boca abierta.

“Vaya con la señorita Brescida. Y yo que tenía preparado un discurso como deberías tratar a estas sanguijuelas.”

“No, Almana no es una sanguijuela. Al menos no lo era. Es un excelente médico, pero se dejó atrapar por la vida de las oficinas. La administración médica, algo parecido a la Stasi de aquella Alemanía, la del este. Es un pobre desgraciado que creyó que ganaría más con dedicarse a la politica, y así fue. Pero no calculó que también gastaría mucho más. La política es así de cabrona. Nada es por lo que vales, sino por lo que logras intrigar, enchufar o robar. Almana no está hecho para eso, pero ese es su problema. Creeme, es buen hombre. Egoísta, pero simplemente en manos de quienes esperan egoísmo para usarlo, en vez de integridad para fomentarla. Que te voy a contar.”

Henrik siguió observándome. Me puse nerviosa. “¿Esas verduras ya han vencido al escalador intrépido?”

Siguió mirándome, ahora incluso con ahínco. Sí, lo había escuchado. ¿Qué hubiera pasado si el agua no me haría consciente? El ya tenía previsto eso. Le hubiera dado igual que yo fuera o no consciente. Este tipo había estado dispuesto a correr un gran riesgo y muchas dificultades para amarme.

“Me estás poniendo incómoda Henrik.” Me sonrojé.

Pero siguió mirando, lo que ya me gustaba menos. “¿Pero que estás haciendo? ¿El tonto? ¿Es así como ligáis en vuestro país, con la mirada de ‘Dame teta, que te quiero’ y ‘no hay más registros’?”

Empezó a reir. “Ahh, esa es mi niña. Ten cuidado con los dos mundos. No se pueden mezclar. No puedes hacer de un jefe alguien que no lo es en su propio mundo. Ni con el jefe, ni con nadie. Son y somos de una manera en un mundo, y de otra en el otro. Si mezclas ambos, acabarás debajo de las ruedas antes de que cante un gallo.”

¿Pero este que estaba haciendo conmigo? ¿Quería ligar o quería darme clases de recien consciente en el Mundo de las Maravillas?

“No sé lo que quiero, Karma. Tengo miedo de estar enamorado de ti, tengo miedo de cada minuto que pasa mientras estoy contigo. Pero no quiero estar con nadie más, ni estar solo. Tengo miedo de lo que siento, y me comporto como un auténtico patán.”

Le puse una mano sobre su brazo. “Escucha Henrik, lo siento yo también. Estoy confusa, no con lo que puede respetar a ti, sino por todo lo que he aprendido y memorizado en estos ‘sueños’ como tu dices. Ahora mismo lo que me apetece es que dejemos de hablar de cosas que yo deba saber sobre el mundo que se me ha abierto. Quiero salir bien del mundo que me ha llevado hasta aquí, sí … sí ese mundo que en realidad siempre intentó evitar que yo llegara hasta aquí, es verdad. Pero da igual, fue un mundo que también me cuidó, aunque no lo supo hacer.”

Tomé un largo trago de vino, después de que levantaramos las copas a la vez, con esa nota breve de reconocimiento por encima del borde, aromatizado por ese vahó de promesas de la uva.

“Quiero saber otras cosas, quiero saber de ti. Quiero empezar poco a poco, soy tímida y me gusta serlo. Prefiero llorar amargamente por no haberte conocido, que por descubrir que no he conocido a nadie.”

Henrik se carraspeó. “Espero que no te vayas a reír de mi, cosa que no creo. Pero si podemos ir de la mano estos días, sería mil veces más de lo que yo espero. No pido nada, y si mis miradas lo indican, es que estoy muerto de amor por ti. Ignóralas. “

“¿Ir de la mano? ¿Tú en que siglo vives, Henrik?”

Se puso rojo como un tomate. Media hora más tarde estuvimos haciendo el amor en una de las habitaciones del parador, hasta que unos golpes desde la habitación contígua nos obligaron a buscar formas algo menos violentas de saciar la sed de años, de toda una vida, o de muchas.

***

“Si supieras leerme la mente ahora…”. Mi susurro no le despertó. Envuelto en las sabanas, abrazado a la almohada que habia puesto en sustitución mía, parecía no obstante oírme en sueños, moviendo la cabeza afirmativamente mientras me contestó en ese galimatías de los idiomas de los sueños.

No sé cuando me enamoré de Henrik. Puede que fuese el primer día, y que cuando yo mencionaba la palabra ‘atractivo’ en realidad quería decir que estaba colada del todo ya.

O quizá fuese al escucharlo describiendo lo que veíamos. No podía haber nadie mejor que el para describir algo que teníamos delante. Al menos no para mi. Tenía las palabras exactas, no sólo para lo que convertía con y en ellas, sino también para quien volvía a reconstruir de ellas. ¿O me pasaba sólo a mi? Tendría que haber preguntado a Sebastiana más cosas sobre Henrik.

Después su dominio tan espectacular de tantas disciplinas. Parecía haber vivido mil años, aunque si las cuentas no me fallaban, ahora debía tener unos 80 años aparentando no más que unos 40. “La edad en la que tomamos la primera vez el agua y luego las edades que añadimos voluntariamente, porque la vejez es lo que realmente interesa.” Si, me quedaban horas, muchas horas pendientes con Sebastiana, pero quien no hubiera decidido por estar con el, siendo yo.

Por mi mente volvieron a pasar las escasas horas que me habían unido para siempre a este hombre. De repente, de la nada, inesperado y totalmente ajena a que podía ocurrirme a mi. Horas que se iniciaron así, horas que iban a durar … no quería pensarlo.

Suspiré. Sí, todo tenía un principio y un final. Incluso si luego volvía todo a empezar de nuevo. Pero en el amor, en el amor el universo tendría que haber previsto ese amor infinito entre dos. Aquel que no termina jamás por nada.

Años más tarde Henrik me diría lo mismo, y yo le contestaría que eso crearía otro universo. Me miraría entonces, se le pondrían los ojos serios, y desde ese gris cobalto que podía convertirse en lava de ambar, me diría aquello de “Vale, por mi vale.”

Ahora, a esas pocas horas de un siempre que no osaba pensar por no sentir dolor ni de lejos, por no engañarme como una tonta, por no convertirme en esa pobre superada por lo que tan pocas veces había podido sentir, no podía estar en sus brazos porque me estallaba el corazón, me faltaba el aire, y tenía que ponerme a salvo de mi misma recobrando algo de cordura. Los pocos centímetros de distancia deberian ser suficientes, pensé. Pero por nada saldría de esa cama, ni me atreví a ir al baño. No podía estar sin el, y cuando lo comprendí del todo, comencé a llorar como nunca había llorado en mi vida.

Fue un llanto silencioso, prolongado, más allá incluso de aquellos momentos liberadores que había sentido hace muy poco al abrirseme la memoria de la naturaleza. “Lo que has visto hoy no es nada, hermana,” me había dicho Sebastiana, “es a partir de ahora cuando vas a estar todos los días al borde de la locura. No temas, es la parte bonita de la vida. Con el agua tuya despierta, todas las aguas corresponderán como no te lo puedes haber imaginado jamás.”

No, no me había imaginado que se podía amar así. Sin dominar, sin estar dominada. En vez de uno, dos.

Yo ya sabía que este amor iba a tener que pasar pruebas que pocos amores habían llegado a conocer. No me hice ilusiones al respeto. Aquí cada segundo iba a contar, porque el siguiente también era segundo, también era uno que seguia al primero. Con el tiempo la fuerza de los dos juntos iba  a atraer más que segundos. Se iban a enganchar en nuestro reloj largas colas de envidias y odios, enemigos de lo priopio y de lo ajeno, conceptos incluso en vez de comprensión.

Pude sentirlo, incluso en esos primeros momentos. Quizá no era capaz de llegarnos en este lugar, pero lo rodeaba ya. Estaba ahí, esperando su momento.

Henrik volvió a hablarme en sueños. Hasta dormido intentaba quitarme peso. Lástima que no se había decidido nunca por la medicina, hubiera hecho un médico excepcional. Esquivé su brazo que por poco me llega cuando lo estiró.

Me quedé no sé cuanto tiempo así, observándole hasta que me tranquilicé del todo. Cuando ya estaba de nuevo entre sus brazos, entre su olor y su cueva que sabía extender sobre nosotros con tanta naturalidad, me acordé de que el baño se habia quedado fuera de la ecuación.

Aguanté una hora, luego por poco me meé al intentar abrir la puerta del baño, que estaba encajada.

***

Aproveché y me duché. Cuando salí del baño, Henrik no estaba.

***

“No, lo siento mucho Henrik. No puedo aceptar este dinero. Llega tarde, y no porque tu llegues tarde con el. Lo que haya podido sufrir por tu inconsciencia y cobardía no está en venta, ni tiene precio. Has de comprender, que aunque dentro de mi mil voces están ahora mismo gritando para que coja esta increíble suma, todos estos años han hecho crecer en mi otra voz, una alternativa y que ni grita, ni manda, ni ofrece, ni vende. Esa voz no hubiera sido posible sin que me hundieras en la miseria, quitándome salud, juventud y futuro en su momento.”

El hombre empujó con suavidad el talón por encima de la mesa, hasta que los 300.000 euros que valía estaban en territorio de Henrik de nuevo.

“Eso sí, a ver si estas vez me dejas un teléfono, una dirección y te apuntes la mía por si cambias de lugar. Puede que algún día te llame para pedir un prestamo, o te quiera interesar por un proyecto común, y con total seguridad aprovecharé que me sientes debilidad después de todo. Llámame perro y acepta estas condiciones, que son las únicas que te puedo ofrecer si me vienes con la intención de silenciar tu consciencia con dinero.”

Henrik se puso rojo, y a punto estuvo de decir alguna barbaridad, cuando un doloroso puntapie en su rodilla le obligó a mirar a Karma, que le fusilaba con la mirada.

“Hace usted muy bien, señor. Cuando me contó la historia pensé que me iba a costar amar a un hombre así, y hasta que no hemos llegado a encontrarle, no tenía nada claro si seguir mucho más en su compañía. Cuénte con ese préstamo, tiene crédito ilimitado en esta casa, al menos hasta 300.000 sin tener que devolverlo jamás.”

El hombre me miró con una mirada sonriente que no era de sonrisa, sino de sonora carcajada en cada ojo. Seguro que había percibido la patada que le di a Henrik, y me tomó por segunda oleada de negociación.

“Claro que hago bien. Si rechazo 300.000, lo más seguro es que pueda subir la oferta hasta un millón. Ahora que quien está sentado en la mesa no manda, sino al que aplastó en su momento, es el momento de rechazar las primeras ofertas, no es así?”

Me descuadró la respuesta. No había sido esa la dirección que yo habia sugerido. Me había gustado que rechazara el dinero, pero que convirtiera la oferta en vínculo funcional. En cambio eso de que si empezaban con 300 iban a subir hasta cifras mayores, no me parecía encajar con el hombre que hasta ahora nos había atendido en el pequeño bar de pueblo, demasiado ruidoso como para alguien se enterara de lo que hablaban los demás.

Henrik era ahora quien me enviaba misiles con los ojos. Su cara era una mueca de las que tapaban la rabia tan mal que se salía por los flancos de la nariz. Se quería ir, dejarlo correr. El tipo le intentaba extorsionar justo cuando le iba a intentar reparar un daño que a la vista de las últimas frases, se había desarrollado más en su consciencia que en la víctima. Les estaba apretando las tuercas y lo hacía con total desparpajo.

“No, en serio vosotros dos. Venís aquí, después de…¿qué? … ¿veinte años? … me sacais de mi estudio, me hablas de que tenemos que hablar y luego me das un talón y ya está. Cuando no funciona, tu mujercita de turno, como todas las anteriores muy inteligente, atractiva y deportiva, me intenta dar coba, pensando que vuestro idilio amoroso se ha salvado, que además le ha brindado un arma de por vida sobre ti. Eso, es en resumidas cuentas lo que he vivido en los últimos quince minutos. No sé, pero si pensáis que somos lentos los de pueblo, estáis en lo cierto.”

El hombre se reclinó en la silla, que hacía balancear peligrosamente sobre sus dos patas traseras. Henrik y yo quedamos algo tontos con las cabezas acercadas sobre la mesa, y cuando nos retiramos para recuperar posturas más cómodas y normales, ya era tarde. Nos dejó como estúpidos. Cuando quise disculparme, dejó caerse hacía delante y de nuevo se acercó para quedar casi en medio de nosotros.

“Y que conste que soy un tipo pacífico. Lo que tendría que haber hecho nada más verte entrar era cegarte con algún strobo flash, y luego romperte una pierna de mala manera. Por cabrón. Por cobarde. Por joderme la vida y la familia. Pero eso ya lo sabes, y prefiero que te quede como lección.”

Ahora miró a Henrik, que parecía un gigante a lado de un elfo. “Una lección que te dice lo siguiente, ‘mein Freund’: que fuiste usado por el universo para hacer lo mejor de mi. El que te debe la vida, el futuro y la fe, la prosperidad y la salud, el conocimiento y la sabiduría, ese soy yo. No hay dinero en el mundo que quepa en un talonario, ni tinta suficiente para firmarlos todos. Yo te lo debo Henrik. Esa es la lección.”

Henrik encogió. Las palabras dichas con dulzura pero enérgicamente le habían hecho trizas.

El hombre se giró en la silla y pensé que ahora me iba a tocar a mi, pero se disculpó en vez de destrozarme. “Perdone que haya sido tan poco educado. Sé que usted no es una de sus novietas. Esas jamás hubieran llegado a quererle. Y sé que usted no vino para dominarle. Todo eso lo dije para que aterrizara este idiota de una vez en la Tierra, aunque me parece que es un caso perdido. ¿Cómo me habéis encontrado?”

De nuevo me desarmó y empecé a comprender que aquello de la deuda que había mencionado iba en serio. El hombre era una bomba, un mecanismo increiblemente despierto debajo de esa mirada de fotógrafo de pueblo adormecido y embrutado.

“Esa es una larga historia.” le contesté y tomé un trago del licor local, un brebaje que quemaba, pero dejaba un sabor agradable a hierbas.

“Ui, pues aquí tenemos mucho tiempo. No como otros.”, me dijo mientras esparció la mitad de la frase en dirección a Henrik que seguía mirando a sus zapatos debajo de la mesa. Dábamos la impresión de tener un hijo gigantón que no enderezaba su vida.

Empecé a contarle.

***

Trinidad Pava comenzó a insultar al chófer. De acuerdo que ella había salido muy tarde de su piso, una espléndida construcción situada en uno de los barrios más representativos en cuanto a burgueses acaudalados residentes en el. Puede que incluso saliera muy tarde, pero ahora la culpa la tenía el chófer por haberse quedado atascado en medio de una de las vías de más circulación de la capital.

Miró el reloj compulsivamente, no el de su pulsera que hacía tiempo se había olvidado de que daba la hora, sino en el móvil, que no paraba de sonar porque todos la estaban esperando. El chófer sintió como le caían las gotas de sudor por la nuca y frente. ¡Menuda le había tocado con esa tía!

De repente, la mujer abrió la puerta y se fue andando por la vía en dirección a la próxima boca de metro, dejando la puerta abierta y en medio del concierto de bocinas protestando por protestar.

Trinidad Pava ya no aguantaba más. Tener que coger el metro ya era mucho para hoy, demasiado. Iba a destrozarse sus nuevos zapatos, temió por sus medias y ese conjunto de verde pistacho. No iba preparada para estar con la chusma, y cuando se metió en el vagón no tardó en apretujarsela el sudoroso de turno. “Házte las pajas con el internete y quítame tus sucias manos de encima gordo asqueroso”, y el gordo se puso blanco, al igual que los demás pasajeros que habían escuchado el siseo de serpiente.

Salió dos estaciones más tarde, no sin antes clavarle la rodilla en sus partes blandas ante el estupor de los demás, con algún que otro comentario encendido persiguiéndola. “Chusma”, dijo sin girarse, preocupadísima por esas manos sudorosas del gordo, que seguro que habían dejado alguna marca.

Salió de nuevo a la calle a pocos metros de la central del partido y antes de meterse, revisó su aspecto en uno de los grandes escaparates que le devolvían su reflejo entre maniquíes siempre encantados de la vida. “¡Oiga, si usted.. a ver, tengo alguna mancha en la falda?” y cuando el hombre entre sorprendido y desconfiado le certificó que estaba impoluta ni le dio las gracias, girándose violentamente para enfilar la entrada principal del edificio, uno de los más caros de la ciudad.

El partido había llegado muy lejos en los últimos años. Con los acuerdos de dejar sólo al bipartidismo en casi todas las naciones importantes del mundo, el club había acertado plenamente. ¡Estas sí eran infraestructuras para mantenerse en el poder, no aquellas chozas que llamaban ‘casas del pueblo’, siempre rancias y llenas de gentes sudando, hablando y finalmente organizando alguna protesta en vez de pensar con la cabeza.

Entró, y enseguida los de seguridad le identificaron, apareció su ayudante con los ojos desorbitados, le soltó una parafernalia de datos, problemas y demás tonterías con las que sólo se entretenían los ayudantes y al salir del ascensor y entrar en la sala de recepciones dejó atrás a todos para con brazos abiertos acercarse a Montoro, al que había hecho esperar.

“¡Sebastían! Cuanto lo siento, amigo, pero ese maldito chofer nunca llega a hora. No lo despido porque tiene cuatro hijos… y luego pago mi bondad con dejar al hombre más importante de nuestro país después del presidente abandonado a su suerte. No tengo perdón, Sebastían, no tengo perdón.”

Montoro observó a esa estúpida salir del ascensor, escuchó las más que manidas y estúpidas frases de disculpa, anotó aquello de ‘después del presidente’, y en cuanto la saludó calurosamente con los besos de turno en cada mejilla se aseguró que ella le oyera perfectamente, mientras que los demás sonreían para cumplir con sus contratos y cobrar la nómina a final de mes.

“Sabes que esperaría toda vida si fuese necesario. Estás espectacular Trini.”

Trinidad Pava no sabía cambiar de sonrisa oficial, pero sus ojos algo más acuosos delataban que esas eran las palabras que una mujer como ella se merecía y esperaba.

“No sé lo que hacemos todos aquí, ¿estamos esperando a alguien acaso? Creo que ya es hora de trabajemos, que por algo nos paga ese tonto, a ver… como que tonto… digo nuestro presidente!”

Todos se rieron obligados ante la ocurrencia de Pava, que enseguida tomó la delantera como no para dejar bien claro que quien llegaba último sólo era el último si no era ella.

La prensa se forró con las sonrisas machaconas de Pava y Montoro. Una última visita del candidato a la sede central del partido, unos buenos deseos y de aquí a ver al presidente, que tendría un hueco en su apretada agenda para desearle lo mejor para las elecciones. Que ya tenían resultado, pero eso no era un detalle que importaba contar.

En el coche oficial, el de Montoro y un chófer que sudaba como el suyo, Montoro hizo subir el cristal de separación. La reunión no había existido, pero eso era lo bueno de estar en ciertas alturas. Parecía uno como que no paraba nunca de trabajar, y eso criaba fama de incombustible o invencible. También estaba el acceso a medicamentos que funcionaban, pero hasta Montoro evitaba pensar demasiado en esa parte.

“Estoy bastante harto de este circo de propaganda barata. El partido se  está aprovechando demasiado de la conyuntura y deberíamos ser un poco menos obvios.”

La voz de Montoro había sonado a neurocirujano cansado de un par de flashes de la prensa y tener que estar de pie unos quince minutos ante el público encandilado con el.

Pava le miró, aporreó la ventanilla de separación  y le hizo señas al conductor para que le diera tabaco.

Con el cigarro encendido y después de una larga calada que acabó expulsada sobre Montoro, se quitó los zapatos y le metió los dedos por encima de su pierna buscando la entrepierna.

“¿Harto tú, cariño? Si no das golpe en todo el día. Si esquiar en los Alpes, si una reunión en Biarritz, si un café en Bruselas, si una tarde golf en Mallorca… no me hagas reír. ¿A cuantas te has follado esta semana, bribón?”

Montoro se mostró incómodo. Su chófer le había llevado muchas veces sin volver la mirada ni por el espejo retrovisor cuando se beneficiaba alguna invitada, pero estaba claro que ese dominio de la mujer no entraba en lo que quería que se supiera. Eso a Trini lo puso a mil.

“Tú eres un pichafloja Sebastián. Si no es por ese partido que tanto parece pedir de ti, no estarías haciendo todos esos viajes tan relajadamente. Alguna vez tendrías que hacer acto de presencia en tu clínica, esa la que te paga una suma enorme todos los meses por no aparecer jamás. Quizá tendrías que operar incluso, oh… que terrible descubrir que el doctor Montoro no sabe operar… “

Se abrió la camisa, con el cigarrillo en la boca.

“¿Harto? Mira afuera, Sebastián. Mira a esos desgraciados que todos los días van y vienen de lugubres trabajos que no les gustan para nada, que odian, pero que tienen que aceptar porque de la otra manera no comen. Míralos como apenas les quedan unas dos o tres horas antes de caer muertos en sus camas, con parejas igual de cansadas, neuróticos hasta la médula, asustados y endeudados a más no poder.  Esos que nos votan, pensando que el pueblo vota a gente del pueblo, y luego … en fin, que luego simplemente reciben otro latigazo más, para que tu me puedas follar en un coche de medio millón de euros, con un chófer que se le pondrá dura también, y con una suspensión que hace que no me abras los labios en cada bache mientras descargues dentro de mi. Si, mira afuera Sebastían, y verás lo que es estar harto. Házlo por una vez y date cuenta que eres un mierdas que si no es por el partido, te haces pajas con tus novietas pijas o quizá con las mujeres de esos hombres ricos y aburridos como tu.”

Follaron durante diez minutos, calientes pero sin llegar a sudar siquiera. Algo fuera de aliento quizá. Un orgasmo fingido, el de el. Un orgasmo seco, el de ella. Poca humedad para tan grandes lujos.

“Escúchame bien. Vas a ser presidente europeo, y con tu voto al dia siguiente el partido se va a poder cobrar todo lo que ha invertido hasta ahora en ti, y todo lo que tendrá que invertir en los próximos años. Quiero a estos contratos con las farmaceúticas funcionando a no más tardar un minuto después de la aprobación de la directiva. Te juegas todo en eso. Y si te digo todo, es que hablo en serio y en plural.”

Montoro asintió. Tenía la cara como de granito y le costaba tragar. Le dio un largo beso de despedida, simulando cariño y ternura, pero cuando vio esa falda de verde estresante salir por la puerta, suspiró.

Su chófer cerró la puerta y de nuevo ante el volante echó una mirada interrogativa por el retrovisor, que de nuevo estaba en su sitio.

“¿Sabes lo que ha dicho esa hija de puta? Que se te pone dura cuando follamos.”

El chófer sonrió. “Tiene razón, se me pone dura, pero digamos que se ha equivocado de instrumento.”

Ambos rieron cuando el chófer levantó la fina cánula. Le había inyectado al menos cuatro dósis sin que se diera cuenta en absoluto.

“¿Dónde quiere que le lleve ahora, señor?” De nuevo, la voz del chòfer había vuelto a la profesionalidad. Nunca se sabía quien podía estar escuchando. Todo era medido, cada palabra tenía su sentido, en caso de que los micrófonos funcionaran bien.

“A casa, Rudolfo, a casa. Necesito una ducha para quitarme el olor a esa inútil de encima. Luego preparas el todoterreno, que nos vamos a hacer rafting.”

El coche de lujo enfiló el tráfico, a estas horas de la mañana poco denso en direcciones que llevaban fuera de la ciudad.

Si, la pava esta podía tener una boca sucia y profesional, pero tenía mucha razón con lo que decía. Pero nunca hubiera sospechado que el no estaba aburrido, y que aquello de amenazarle era más que ridículo.

“Ya verás el lunes lo que valen tus contratos con las farmaceúticas, Trini. Ya lo verás. Tú, tu estúpido presidente y vuestro estúpido club de fantoches.”

No lo dijo en voz alta. Lo dibujó con los dedos llenos de semen en la tapicería, después de tener un orgasmo en condiciones, dejando que la mano derecha del chófer llegara hacía atrás.

Que hija de puta. Mostrándole a el las miserias del mundo, pensando que ya era la reina del nuevo país, la reina que compraría vacunas y medicamentos por billones de euros para envenenar a sus súbditos.

Pero si era una principiante y no se enteraba de nada.

“¿Cuántas canas has hecho al aire, Rudolfo?” La pregunta estaba destinada a los micrófonos. La contestación fueron cuatro dedos en alto.

Montoro sonrió por primera vez en todo el día. ¡Cuatro!  ¡Le había metido cuatro dósis! Rudolfo era con creces el tipo con las manos más suaves del universo. Menos mal que trabajaba para el, era un seguro de vida no tenerle enfrente.Y un lujo correrse bajo esas manos, que eran las únicas que podían excitarle de verdad.

***

No aguantaba en la habitación esperando, así que me vestí a medias, me puse la gabardina de Henrik y salí en su busca. Me daba cosa deambular por las instalaciones, que esperaba en silencio y descansando, pero para mi sorpresa el parador … no paraba nunca.

Atraída por la actividad llegué hasta la cocina, que bullía de preparativos para la mañana y día siguiente, que de aquí unas cuatro horas haría presencia con luz propia. Los cocineros y pinches apenas registraron mi entrada de ratón, pero al ver que no molestaba a nadie y que parecía habitual que los huéspedes deambularan a altas horas de la madrugada por las instalaciones, me enderecé un poco y seguí el pasillo entre hornos, fuegos y picas hasta la puerta de salida exterior, una de las vías para llegar al jardín botánico y seguramente abierta.

Una colección de al menos trescientos flanes enfriándose en sus recipientes me despertó el estómago y antes de que podía empezar a pensar como lograr una relación algo más estrecha entre los gruñidos de este y la apacible sonrisa de los flanes sobre las pulcras mesas de aluminio, una de las cocineras se acercó con una sonrisa aún más grande, un bol y dos cucharas. Me guiñó un ojo y miró en dirección al jardín para luego volver a atender sus obligaciones. El bol estaba lleno de flan, con una capa de galletas sobre su superficie, y posiblemente otra debajo. Desprendió un olor irresistible.

Henrik estaba esperándome, sin esperarme. Se alegró al verme llegar, entre grititos que no puede evitar al pisar la hierba que se colaba por entre mis sandalias con gotas húmedas y frescas.

“Pssst, que vas a despertar a todos”.

“Es que no tengo otro calzado aquí… pero que fresca es la noche en estos lares.”

Le ofrecí el bol en son de paz. “Te he encontrado.”

En la penumbra del jardín, una luz casi plateada de la luna a punto de desaparecer, reforzada anecdóticamente por cuatro lámparas de mínimos encendidas, no vió lo que había dentro del bol, pero entre ese olor y mi vocecita de desamparada, abandonada y asustada no tenía nada que hacer. Pronto estuvimos sentados en las hamacas que de día se usaban para la adoración al potente sol.

“¿Y por qué no están húmedas?” le pregunté mientras tocaba asombrada la tela de los colchones. Apenas podía verle la cara a Henrik, pero intuí una mano apuntando hacía arriba. Primero no vi más que el cielo estrellado, que me impresionó más que la necesidad pírria de averiguar dónde apuntaba. Era impresionante. Otro gritito, y las risas de Henrik.

“ Mañana nos van a reñir. Pero que más da, con una vista así el que se la pierda debería recibir los reproches.”

Tenía toda la razón, porque a esta altura y de noche, se podía ver la Vía Láctea con facilidad. Un visión que ya no era posible en la Tierra sin estar a al menos 1500 metros de altura, y lejos, muy lejos de cualquier centro urbano.

Nunca había comprendido muy bien aquello de la polución lumínica. Me pareció una chorrada, porque la luz no parecía contaminar. ¿Acaso el sol, la luna o las estrellas contaminaban?

Ahora en cambio me mordí los labios por todas las veces que me había mofado de los que protestaban por el gasto energético nocturno, que tildaban de la peor de las formas de contaminar la relación entre humanos y el cosmos.

“Espera, que así no vas a ver casi nada. Venga, túmbate y mira para arriba.”

Seguí el consejo casi inmediatamente, aunque le dije que ese era seguramente uno de sus trucos para quedarse con flanes y galletas exquisitas. Me dijo que sí, desde un lugar algo alejado, trasteando con las manos sobre estanterías y pared. Escuché un sonido de cuerdas rozando sobre madera y un chirrido lejano de ruedas.

Ahora comprendía la mano extendida de Henrik. Sebastiana había hecho instalar una mosquitera o red de un material muy fino, parecido a una telaraña. Me cayeron algunos goterones a medida que se quedaba recogida, y enseguida noté la humedad de la noche tantear mi piel expuesta en cara, manos y pies.

“No puedo dejarlo abierto mucho tiempo, aquí hay algunas plantas que precisan cada gota de ese rocío en invierno. Sebastiana y sus cosas. Aprovecha, unos quince minutos no harán sufrir a nadie, todo lo contrario.”

¿Aprovechar? Su última recomendación se perdió ante el salto que dio mi ser al ver la Vía Láctea con tanta nítidez y profundidad. Era un espectáculo que ninguna obra, ningún cuadro, ninguna animación o película, ni verso podía haberme acercado antes. Dejó pálidas a las sinfonías en su honor, borró de un vistazo todo lo que yo sabía o me habían contado del universo.

Henrik ahogó mi siguiente grito de éxtasis con un dulce beso, que me pareció casi tan bueno como el placer que sentía al descubrir por primera vez en mi vida lo que significaba vivir en el universo, o en esa parte del universo. Le aparté la cara, riéndome pero con esa firmeza de quien no quería perderse ni un segundo de lo que estaba viendo.

Henrik tampoco tenía intención de seguir tapándome la vista. El beso había sido para evitar que nos echaran, o también. Escuché la cuchara golpear el cristal del bol, después de que acercara una hamaca para dejarla pegada a la mía y se sentara sobre ella con el bol en una mano. Un poco gigante si que era, pero ante lo que estaba viendo encima mía no permitía más que fugaz consciencia de mi entorno más cercano.

“¿Es el agua?”

“No, es así para quien lo ve. Pero solo hay dos horas para verlo así, entre las 2 y las 4 de la madrugada, y este lugar es uno de los privilegidados. El 97 porcien de los humanos de la Edad Moderna no lo han visto nunca, ni lo verán jamás.”

Me pareció increíble semejante estúpidez, tanto por mi parte como por parte de los demás. Todos tenían que ver esto, porque enseguida de verlo una comprendía que todo aquello de estar solos en la vastedad del espacio era producto de gentes totalmente desequilibrados y desconectados de la realidad.

“Oye, antes de que acabes con todas las reservas que tenemos, dime como es que alguien que estudie el cielo pueda decir tantas sandeces.”

Henrik rió mientras dejó el bol en el suelo, me cogió de los pies y me puso sobre las dos hamacas. Luego empezó a darme de comer.

“No lo sé tampoco. Puede que nunca hayan tenido esa oportunidad, porque verlo así de cerca o descubrirlo a cachos con un telescopio… no lo sé.”

Eso era. Estaba tan cerca el firmamento, que parecía que de un momento a otro una podía pasar por una calle sin descubrir todavía para llegar a cualquiera de esos lugares que nunca había visto, ni sospechado antes. Levanté la mano para tocar las estrellas y lo hice riéndome del gesto, gozando con el y comprendiendo. Desgraciadamente esa mano, en su vuelta, acabó con otra carga de cuchara cayendo sobre el suelo de la veranda. Sebastiana no me echaría de menos en cuanto descubríera lo que era capaz de liar en mi nuevo estado.

Los quince minutos se convirtieron en una hora, y me empezaron a doler los ojos de no querer cerrarlos ni por un instante. Recogimos como pudimos, y cuando la red estaba de nuevo cubriéndolo todo, incluso los manchones en el suelo y hamácas, nos volvimos a la habitación. Pensé en la desagradable sorpresa del personal de limpieza por la mañana, y me sentí culpable.

“ No te preocupes. Algún manchón habrá, pero apenas se notará. Las hormigas aquí son muy eficaces, y un dulce como este no se lo perderán para nada. Relájate Karma, que los lugares que se usan desprenden siempre signos de su utilidad.”

“¿Qué más tiene este lugar que no conozca yo?” Habíamos dejado atrás la cocina y las caras de sonrisas cómplices.

“Bueno, aquí hay para meses de exploraciones, pero vamos, aquí delante tienes la salida al patio central, la salida al parking, las escaleras a las habitaciones y pisos superiores, a la galería, al gimnasio, y un poco más a la derecha están los accesos a los baños árabes.”

Media hora más tarde estábamos envueltos en vaho y neblina de unos baños árabes de más de mil años de edad, jugando y gozando.

Tenía claro que nos tendríamos que ir después de esta. El lugar era demasiado atractivo como para dejar que se metiera durante unos días en los poros. No te iba a soltar después nunca más. Se lo dije a Henrik, y asintió mientras jugueteaba con el agua causando maremotos en los bordes de las minipiscinas de aguas termales. Se metió debajo del agua y como una ballena aparició flotando a mi lado. El agua era el medio idóneo para Henrik, aunque las piscinas no le dejaban toda la movilidad que un cuerpo asi de grande podía desear.

“Cuando llego aquí, siempre llego a casa. Cuando pienso en mi hogar, pienso en este lugar. A casi todos nos pasa y con los años he comprendido que para las personas conscientes el hogar es dónde la Naturaleza está intacta, no dónde haya nacido o crecido como es el caso de quienes hemos nacido ya en un mundo a la deriva.”

Se sumergió de nuevo, incapaz de resistirse al juego y las sensaciones. Esta vez aparició con una mano haciendo de aleta de tiburón a mi izquierda. ¡Daba miedo! Me sorprendió que ese gesto podía causarme incómodidad, cuando sabía que lo último que podía aparecer en esta piscina sería un tiburón.

“Pero si no nos vamos, pronto no querramos salir. Es el caso de todos que trabajan aquí, y ni siquiera la mitad de ellos ha venido atraída por el agua. Es una reacción natural, el quedarse dónde mejor funciona el cuerpo y la mente, al menos para gente despierta.”

Pensé en lo que mis ‘sueños’ con el agua me habían revelado de la siguiente visita del magnate, y de su particular experiencia. Sí, era natural que la gente despierta quisiera quedarse, y en el parador trabajaban al menos 80 personas, posiblemente el doble. Pero también los había que llegaban para quedarselo, y eso ya no era nada natural. De todas formas, este no volvería jamás, ni harto de los mejores vinos que pudiera beber.

Henrik me cogió por los hombros y me deslizó por el agua. Cerré los ojos y quedé flotando, una sensación de increíble paz y seguridad. Casí dormida, me sacó del agua como si nada, me llevó a una sala contígua dónde me envolvió sin resistencia alguna en toallas grandes y espesas para después dejarme sobre una mesa de masajes. Erró a la primera y me entró la risa al quedarme la cara aplastada contra la superficie alcolchada, lo que le hizo descubrir que estaba ahogando a la momia de los baños.

“Upps, ejem… perdona, pero que torpe soy”, se disculpó y finamente mi cara quedó atrapada dentro del agujero dispuesto a acogerla, y así asegurar una postura relajada boquiabajo.

Comenzó a masajearme con algo de rudeza, pero agradable porque enseguida me secó. Luego cambió las toallas por otras más finas, y secas. No sabía como podía hacer todo esto sin que yo tuviera que moverme para nada, pero no iba a hacer ninguna pregunta, no pensaba ni siquiera. Estaba entre quedarme profundamente dormida, profundamente excitada, profundamente extasiada, profundamente a gusto y profundamente de todo que quisiera hacer conmigo.

Me quedaba fuera de conexión a ratos, pero cuando comenzó a masajearme con sus manos embadurnadas en un aceite que parecía meterse en mis poros con un millón de mensajes agradables por segundo, tuve que soltar un profundo gemido de placer, algo que jamás me había pasado en la vida de esta forma.

Salió de un lugar en mi que no había conocido jamás. Un sonido que me hacía milenaria en mi respuesta, antígua, de lugares que empezaban a asomar por la consciencia, salvajes y de nuevo, salvajes. Más que gemido era un bramido que hacía vibrar todo en mi alrededor.

Quise volverme hacía el, buscando más que sus manos pero me aplastó con una de ellas hacía abajo de nuevo, con suavidad pero infinitamente superior a esa primera salvaje que se había asomado. Con la otra comenzó a dibujar formas y figuras sobre mi espalda, nuca, brazos, con repentinas pulsaciones, a un ritmo que primero me pareció incomprensible, incluso molesto.

Poco a poco la salvaje se retiró, frustrada. En su lugar apareció otra, mucho más salvaje, que ahora concentraba su energía en bailar, en bailar debajo de esos dedos, por encima de los surcos y puntos que dejaban momentáneamente marcados. Primero iba detrás, aún agarrada por la salvaje de antes, pero en cuanto pudo zafarse de ella, parecía hasta guiar con cada salto esa mano, que ya no era mano para mi, sino columnas de placer que o bien me apuntalaban en el gozo, o marcaban los pasos por dónde la bailarina salvaje había dejado entrever que podía estar. A cada salto era más atrevida, y el ritmo iba en aumento hasta que me confundí por completo con ella, guiando poco a poco a esa mano de gigante en mi búsqueda hacía los lugares que gritaban en coros por sentir uno, un solo impacto, una sola caricia, necesitados, lloriqueando la atención, exigiendo la llegada, vitoreando las cercanías, vibrando ante la expectación imposible de contener.

Finalmente dejó caer la mano sobre mi espalda baja, pero en vez de seguir un poquito más abajo, no la movió. Un intenso calor me entró por la palma de esa mano, que poco a poco hizo que la bailarina salvaje se aburriera de no ser el centro de atención, y frustrada también se uniera a las llamas en un salto rebelde. Llamas que empezaban a quemar de verdad y lo que habia sido hasta ahora placer en aumento, se convirtió en placer amenazado por un horno que me estaba quemando un agujero, extendiendose poco a poco por más y más partes de la piel. Ya no sabía dónde estaba esa mano, ni si seguía apretándo con suavidad o si me estaba empezando a arrancar la piel.

Eso hizo salir a la más salvaje de todas. Una que no fue a por la mano, que no bailó, y que con total frialdad se deslizó desde mi cerebro hacía esa mano, recorriendo cada una de las vértebras con su cuerpo alargado de serpiente fría, congelada, relamiendo los espacios entre médula y nervios para paralizarlos con su veneno, dejándome entumecida sin poder mover ningún músculo a medida que llegaba adónde debió de estar esa mano intentando quemarme viva.

Cuando la tenía delante, y acompasada al ritmo de calor que esos dedos al rojo vivo inyectaban en mi, se echó para adelante, con la boca abierta sacando a relucir miles de surtidores de veneno, con los dientes retráctiles sacados como púas llenas de cristales de hielo.

Pero no llegó nunca a morder, porque la mano dejó de estar en ese lugar. Cesó inmediatamente el calor, volví en mi durante unas décimas de segundo, y entonces las dos manos cogieron mis nalgas en un apretón tan inesperado como repentino, salvaje y final, que me hizo gritar durante los minutos siguientes de un interminable orgasmo detrás de otro, gritos de placer que parecían lamentos, lamentos que eran gritos de placer.

***

Henrik estaba rojo como un tomate. El local ya no era un lugar dónde uno tenía que gritar para que el de enfrente te oyera. Yo tampoco gritaba ya, aunque me había esforzado en emular esos gritos vividos.

El hombre me observaba con mirada divertida, sonriente y asintiendo con un movimiento leve y repetitivo de la cabeza.

“Bravó. Touché. ¿Oye, que haces con el bulto este y no te decidas por vivir una temporada con nosotros?”

Los aldeanos volvieron a hablar lentamente de sus cosas, y después de un minuto de incertidumbre, aumentó el volumen de nuevo, aunque ya nunca más alcanzaría los niveles de antes. Todos habían aprendido la lección, y yo estaba sorprendida de lo que acababa de hacer, que no había sido otra cosa que airear los trapos, nada sucios por cierto, al aire delante de todos.

“Henrik, hijo puta, has sacado el boleto ganador.” El hombre le pegó con sorprendente fuerza en uno de los hombros, riéndose a gusto. “Me pregunto si lo tuyo no es delito, es decir que a ti te caiga todo lo bueno, mientras que los mortales simples como nosotros” y abarcó a toda la parroquia presente, “nos toca asombrarnos ante los tesoros que te caen, ejem, entre manos.”

“Ahora comprendo todo. No pudiste resistirte a eso, y le diste un masaje de almas. Ella te preguntó quien te había enseñado eso, y cuando no le quisiste contar, empezó a ponerse borde. ¿A qué sí? Vaya, vaya con Enrique, así que le diste un masaje de almas y eso os ha llevado hasta mi. Debí imaginarmelo.¿Qué hizo Henrik? Viendo que habéis llegado, seguro que te montó un pollo de primera. Lástima de no haber tenido entrada para  esa escena.”

Henrik siguió con la cabeza roja, pero al menos ya no miraba el suelo o sus zapatos, sino un punto indeterminado en la mesa. Seguía muriéndose de vergüenza, pero al menos lo mostraba con un poco más de dignidad.

Henrik debió de ser un libro abierto para ese hombre, porque así pasó, así fue. Me desperté con el día aclarando y con Henrik haciendo ejercicios que denotaban que llevaba horas levantando pesas. No podía hablar durante al menos una hora, ni siquiera en la ducha con los dos abrazados bajo el golpeteo del agua. Estaba adormilada de forma perfecta y constante.

Fue después, en el coche, con los croissants de la bolsa y los cafés. Cuando cruzamos las montañas por una ruta de alcantilados abruptos a uno y a veces otro lado de la carretera, a velocidad de tortuga. No había tráfico alguno en esta zona, y menos a estas horas. El turismo no se levantaba hasta más tarde.

***

“Pues si no me lo dices, muy bien. Me parece una tontería, pero mejor que sea silencio y no mentira. Todos tenemos derecho a quedarnos con cosas, además no sé porque me enfado si hasta hace cinco minutos era la mujer más feliz y mejor tratada del universo. Seguro que lo sigo siendo, aparte de la otra que también se sentirá así. Aquella que te enseñó, y que dudo mucho de que esté fuera de tu vida. ¿Por qué no paras, y así averiguo yo lo salvaje que puedo llegar a ser con la carrocería de un coche de lujo?

Henrik agarraba el volante y miraba la carretera con excesivo celo y concentración. Se había puesto así a partir de mi pregunta, y no soltaba prenda. Primero pensé que quería bromear, pero a medida que me ignoraba con insistencia, empecé a cabrearme. Más que eso, estaba celosa perdida.

No, conmigo no. Los celos sanos los podía incluso compartir, aquellos de que una tenía que reservar también lugar para otra. Eso no me preocupaba para nada. Podíamos amar a más de una persona, eso no era la cuestión. La cosa estaba que ese energúmeno se comportaba con secretismo, y claro estaba que los secretos en este tipo de relaciones hablaban de primera y segunda clase de viaje. Una mierda pa el.

No paró el coche hasta que no había tirado a lo que quedaba de mi café lentamente sobre el salpicadero, que por una vez hacía honor a su nombre. Eso, no sin antes haber metido a todos los sobres de azúcar que me quedaban.

Salí, cerré la puerta y le di un punta pie a la misma que dejaba un bollo impresionante en mi pie, y me dolió enseguida. ¡Malditas sandalias! ¿Por qué no podía ser yo una de estas mujeres con zapatos de punta de aluminio, botas de gótica o barcos tipo zancos?

Me alejé dolorida del coche. El pie un tanto, el corazón el doble o más. ¡Mierda, mierda, mierda y remierda! Siempre tenía que haber una estúpidez, pero una tan gorda que no se podía seguir. Qué asco de simplones. ¿Qué les pasaba a los hombres? ¿No podían vivir una vida abierta? ¿No había uno entre todos, uno solo que de una vez fuese coherente desde los pies a la cabeza, desde la A hasta la zeta? ¿Tan complicado era amar y compartir para los que se tildaban los machotes?

Di otro puntapie, esta vez a una piña seca, clavándome un aspa en el dedo gordo. Dios, dolía mucho. Me agaché y ví que me había hecho una herida fea. Muy harta me levanté, inspiré profundamente y me volvi hacía el coche, porque necesitaba desinfectarme la herida enseguida y vendarla.

Me olvidé de ella cuando vi la cara de Henrik. Siguió con el motor encendido, con el volante que parecía chico entre sus manazas y blanco como una sábana. Sudaba profusamente, con los ojos como platos. Ni siquiera se había enterado de los últimos minutos y me di cuenta de que había conducido durante la pelea sin apenas estar en la carretera, sino en un lugar indeterminado de su psique.

Me asusté, porque la carretera no era muy ancha, y los alcantilados quitaban el aliento. Un pequeño error y no lo contabas. Este hombre se había convertido en un zombie y los últimos dos o tres kilómetros los habíamos conducido, mejor dicho los había conducido el universo que me quería, que nos quería, porque no había otra explicación.

Abrí su puerta, le solté las manos agarradas al volante que mostraban nudillos blancos con dificultad, y me quedé asombrada al ver que el volante estaba doblado hacía abajo en su parte superior.

Tiré de el, hablándole en voz baja para que saliera y me hizo caso totalmente sumiso. No dejaba de mirar en dirección que tomaba la carretera, como si viera algo que a mi se me escapa por completo. Me incliné dentro del coche, quité la llave del contacto y accioné el freno de mano.

Me costó media hora hasta que los pequeños paseos arriba y abajo en la carretera, rodeados de piedras, montaña y árboles a pocos pasos del firme, se convirtieron en eso, en paseos y no el lento avanzar de un anciano guiado por su nieta o hija.

Poco a poco dejó de estar tenso, y fue cuando sus brazos cayeron definitivamente al lado del cuerpo cuando comprendí que lo peor había pasado. Las había llevado ligeramente levantandas, aún agarrando un volante que debió de imaginarse.

Volví al coche, saqué las mantas del maletero, dispuse una señal de emergencia a debida distancia, y cogí los últimos dos croissants que quedaban. Henrik seguía a cincuenta metros más abajo en la carretera, esperando con la mirada perdida. Me lo llevé bosque adentro, un tramo de pocos metros hasta que dimos con una piedra grande que nos permitía supervisar el valle de nuevo.

El sol comenzó a calentar, y le puse trozos de croissants en la boca, maldiciéndome por tirar los cafés, ahora que un poco de líquido sería lo mejor. Depositaba mis esperanzas en los azúcares, que también podían ayudarme a sacarle del shock.

No lo había provocado mi acción de decorar el salpicadero, ni mi enfado y posterior salida del vehículo. Algo en la conversación previa debió de haberle afectado hasta el punto de hacerle vivir o revivir algo que no tenía salida más que la catarsis.

Revisé cuidadosamente lo que podía recordar. Me había ido calentando poco a poco, pero sí hubo un momento en el que le reñí por como conducía, sin apenas prestar atención a la carretera. Aunque ibamos lentos, no soportaba verle con la atención puesta en mi, en vez de lo que tocaba, que era la seguridad de los dos si el conducía.

¿Qué le había dicho exactamente?

***

Henrik escuchó las sirenas. Tenía que salir de ahí. Tenía las dos manos rotas por las muñecas, y el dolor de cabeza, un dolor profundo de lo entumecido que quedó tras el impacto, como casi todo su cuerpo.

El coche era un amasijo de hierros aplastados, una bola de papel de aluminio. Nada quedaba en su sitio. Más de treinta metros de pared había desaparecido del cerramiento de la finca, y los restos del vehículo yacían humeantes en su mayor parte ante lo que ya no podía derribar. El coche que quedaba tras arrasar en línea recta como un proyectil lanzado, media no más de un metro tras comerse ese muro de piedra a lo largo de la salida de la curva que no había podido ya superar.

Corrío hacía las casas cercanas, pero por detrás del muro y rezando para que nadie le viera. Le sangraba la frente, y las rodillas le dolian como si alguien con un martillo se había dedicado a trituralos, pero siguió hasta llegar al pueblo, y entre calles poco transistadas y el sombrajo de los arbustos crecidos llegó hasta su casa. Tenía que ver a un médico, pero no podían relacionarle con el accidente. No podía ser ahora, ahora que todo le iba bien en la vida y por una tontería lo podía perder todo.

Logró finalmente llamar a un amigo, que le recogió media hora más tarde y le llevó a una clínica privada y exclusiva en otra parte de las islas. “¿Qué sabes del chico?”, pero su amigo no le contestó. No quiso enfadarse ahora con Henrik, se reservaba eso para otro momento.

“No pienses en eso ahora. Lo importante es que no queden cabos sueltos en esta historia, y cuanto menos sepas, mejor. Déja que me encargue de todo, y di lo que te dije en cuanto te pregunten los médicos. Tendrán que testificar después, así que por el amor de dios, compártete, concéntrate y no cambies la historia para nada. Ya basta de jugar con los demás, Henrik, ya basta. Esta es la última de la que te saco.”

Tardó dos días en el hospital, una clínica de lujo dónde no hacían más preguntas que las absolutamente necesarias. Vino la policía local y le interrogó, y cuando se fueron entró su amigo, un alemán a la fuga de la justicia desde hacía años, y asintió con la cabeza. “Bien, estos se han tragado la historia, además no les quedaba remedio. Tu me avisaste por móvil, yo llamé a las ambulancias, tu te perdiste en el shock andando por los campos y yo te encontré y te llevé a la clínica. No olvides nunca esa secuencia, porque habrá un juicio. Ese chico te va a empapelar para el resto de tus días.”

Henrik no se atrevió a preguntar por el. Pero si podía empapelarlo, no debió de estar tan mal después de todo, aunque el airbag del copiloto no había salido. No podía, no había airbag para el copiloto en esa época aún.

***

Cuatro meses más tarde visitó al chico en su casa, lo que le costó un enorme esfuerzo. Sus abogados le habían aconsejado hacerlo, porque el chico aún no había presentado demanda, lo que olia a que estaba preparando un historial clínico exhaustivo. “Has de ir, has de ver como van las cosas y sonsacarle todo lo que puedas. O eso, o decir adiós a lo que has ganado en los últimos años.”

Así que fue, asustado y desconfiado, culpable e inseguro. Cuando los vio, al chico, su mujer y la niña que no tenía más que un año, se le vino el mundo abajo. El chico parecía su abuelo, con la cara repentinamente blanca dónde antes una increíble fuerza de juventud había arrastrado a propios y extraños de gozar de su compañía o presencia. Era un cadáver de no más de 24 años. La mujer le miraba con ojos tristes y acusadores, con la niña en los brazos que miraba con alegría al que llegaba, mientras media docena de perros ladraban convirtiendo la idilica escena campestre en infierno de ruido insoportable. Estuvo a punto de dar la vuelta, pero se acercó, luego entró, y a partir de ese momento todo pasó como en sueños, con el intentando quitarle hierro al asunto, con la mujer sirviendo cafés y tarta hecha por ella, con el chico sentado en una silla de plástico y en medio de un lugar que ya no contaba con su fuerza de antes del accidente, un lugar que le estaba comiendo poco a poco.

***

“¿Y qué hiciste?” Mi pregunta interrumpió el lento contar de Henrik, siempre con la mirada perdida en el horizonte.

“Me lo llevé a un club náutico de la ciudad.”

No me lo podía creer. “¿A el solo?”

Asintió con la cabeza, incapaz de mirarme a la cara.

“¿Es decir que después de todo no haces otra cosa que llevartelo en tu seguramente siguiente flamante deportivo a un club náutico, dónde no tiene ni aspecto ni fuerzas para estar en su lugar?”

“Quise espabilarlo, es que no sabía que hacer. Le compré ropa, le llevé al peluquero del club, comimos espléndidamente…”

No le interrumpí, aunque ganas tenía. Empecé a temer que aún podía haber hecho algo peor, así que le dejé hablar, ahora que al menos hablaba. Lo peor parecía haber pasado para Henrik, aunque mi temor comenzó a acrecentarse por el chico a cada recuperación de su verdugo.

“Le llevé de nuevo a su casa, sano y salvo, un hombre nuevo, al menos por fuera y con dinero suficiente para tirar unos meses. Le propuse que hicieramos un par de negocios, le encargué que constituyera unas sociedades, reservara unos nombres, y me fui.”

Le miré sin que notara mi negación interior de lo que estaba escuchando. ¿No se había dado cuenta que ese chico lo que necesitaba era que durante varios años le estuvieran ayudando para recuperar al menos una parte de la vida violentamente arrancada? ¿Qué tipo de hombre era Henrik?

“Volví media año más tarde, y la casa estaba hecha un asco, olía a mierda de perros por toda la finca. Me recibió el solo, porque la mujer y la niña se habían ido de paseo por el campo. Estaba fumado y no encontraba los papeles que le había encargado. Cuando los sacó finalmente de un cajón lleno de lápices de color de la niña, me di cuenta de que había tirado el dinero por la ventana, porque no podía trabajar con el, no servía para nada más que soltarme sus ideas y proyectos, cada cual más estrafalario. Y me fue, para nunca volver. Tenía que irme, no podía estar más tiempo, además se iba a convertir en una sangría. Mis abogados se quedaron con los papeles, y estos les bastaban para tranquilizarme. Decían que ahora no podía reclamar ya nada, que había fallado claramente en un encargo.”

“¿Y que hiciste al día siguiente, Henrik?” Mi pregunta salió con naturalidad, como aquellas que suelen salir a las abuelas que no paran de preguntar porque han aprendido que así las conversaciones nunca se mueren.

“¿Al día siguiente? No me acuerdo, creo que estuve en el club de golf de la mujer de mi amigo, que para esas ya estaba huido de nuevo, camino de Kenia.”

“¿Y cuanto le diste al chico para los papeles esos que querías obtener?”

“Unos cinco mil marcos, hoy serían unos 2.000 euros. Sí, ya sé que no era mucho, pero me has de comprender, hice muy bien. Si el hubiera querido, hubiera montado lo que fuese con el, invirtiendo todo lo que hiciera falta. Pero no quiso, me traicionó, y antes de que se le encendiera la bombilla de ir a por mi, pues… me fui.”

No dije nada, pero empecé a negar con la cabeza de forma más que visible. Con notoriedad.

“Mira Henrik, a mi me quedan ahora unos días antes de volver a un trabajo que tampoco me llenará ya, al menos no dónde estoy, ni con quien estoy. Contigo a veces me gusta estar, otras no puedo estar sin ti, y hay momentos en los que no veo más en ti que todo eso que voy a dejar atrás.”

Hice una pausa mirándole a ver si me escuchaba.

“La verdad, no puedo comprender como alguien que ha bebida de la fuente de la vida puede mantener dentro de sí una mentira tan gorda. Aún ahora, después de casi matarnos a nosotros dos, crees que hiciste bien, y que no tenías otra salida u opción. Lo dices después de que alguien ha tenido que quitarte las manos del volante y recuperarte de un shock profundo que ha estado a punto de enviarnos al otro barrio alcantilado abajo. Lo dices sentado sobre una roca, al lado de seguramente la mujer de tu vida, al menos para ti, y ni siquiera te das cuenta de lo que estás diciendo, de las barbaridades que me estás contando. Estoy perpleja, pero no tanto como para dejarme engañar o convertirme en aquella que te lo permite todo. No soy tu mamá, no soy tu alter ego, no soy tu alma, y con el corazón que parecía épico convertido en mugrienta masa de autoengaños, tampoco soy quien te ha de amar.”

Henrik levantó la cabeza, con mirada incrédula. Se había esperado un alivio después de poder contarlo todo por vez primera después de tantos años. Pero ni se producía dentro, ni fuera de el. Sintió como de nuevo el infierno se cernió sobre el, ese infierno que no le dejaba dormir y al que pensó haber escapado cuando conoció a Karma.

“Ya, no has de mirar a la gente así cuando les cuentes lo que hiciste. El contar las cosas no sirve casi de nada, si no viene acompañado de aceptar la culpabilidad. Tú aún crees que lo que pasó no fue culpa tuya, y menos lo que pasó después, que es muchímo peor. Te has lucido, Henrik, y mucho me temo que si no encuentras a ese hombre con vida y puedas reparar el daño que has hecho con esa última oportunidad, que no volverás siquiera a casa de Sebastiana nunca más. Se te habrá acabado tu camino, y eso me entristece percibir. Que tú ya estás para sentarte de copiloto, y en cuanto hayamos llegado al hotel, haré mi equipaje y tu sabrás lo que tienes que hacer si de verdad te amas un poquito. Como no sea así, como no sepas decidir adecuadamente, no cuentes más conmigo. Ha sido un tiempo precioso, el mejor de mi vida sin duda alguna. Pero tu sobras ya en esa ecuación, que no se puede amar a nadie que no se ama a si mismo. Levántate, que no quiero llegar después de la hora de comer. Coge las mantas, házte preguntas. Más te vale.”

***

“¿Cómo te ha ido con Montoro, Trini?”

El presidente preguntaba para no quedar completamente confundido con un mueble más en el despacho presidencial. Esta le miró y no contestó enseguida. ¿Para qué contarle detalles, si de todas formas los sabía todos? Era un pervertido que seguramente se hacía las mismas pajas que los que grababan las cintas. ‘Las colecciones’ de cintas que seguramente circulaban por ahí. Agradeció al cielo que la había protegido de que alguna de ellas saliera fuera del círculo controlable.

“Mal como siempre. No sabe hablar, no sabe follar, y no sabe pensar. Se quejó de lo dura que era su vida, pero es un pichafloja, que ni blanda me la supo meter. Hasta el lunes habrá que aguantarlo, exactamente hasta las 12:20hs, que será cuando un montón de lucecitas verdes darán vía libre a un futuro brillante.”

El presidente desde luego había escuchado la cinta, pero no en base a las calenturentas imaginaciones de Trinidad. Detestaba las mujeres ‘machas’, porque sabía que no tenía límites. Tan valiosas como peligrosas, una mezcla de ruina constante si se pasaban de vueltas. Trinidad Pava ya estaba más que eso. Desvariaba como una peonza sobre el hielo.

Le disgustaba como le había enganchado Pava a Montoro. Este no parecía mala persona, sino alguien que con muy poco daño en su entorno había subido hasta lo más alto. Una marioneta, pero al fin y al cabo un ser humano que no lo hacía tan mal.  Ojalá tuviera a más hombres como a Montoro entre los suyos, no tuviera que quemarlos porque los suyos no valían para nada.

“Señor presidente, el ministro de Administraciones Públicas y Tesoro en la línea dos. Es urgente.” La voz de la secretaria apenas le motivó para alcanzar el auricular. Otra vez este cacique del sur, con sus extorsiones, mostrando los millones de votos que atesoraba en realidad. ¿Qué iba a querer ahora? ¿Otra vuelta de tuerca? Si en el momento que dejó su feudo para venirse a la capital había servido su propia cabeza en bandeja. Una cabeza muy grande, eso sí. No le extrañaba que fuese así de grande, que para controlar el millón y medio de enchufados se requería no inteligencia, sino una gran capacidad de almacenar nombres y favores.

Atendió al ahora ministro con amabilidad y pronto descubrió que se trataba más de una llamada de control que de otra cosa. ¿Así que quería estar seguro dónde iba a estar en los próximos días? Eso sí que era sorprendente. Le colgó aduciendo estar con una visita y se dirigió a Pava.

“Escúchame, no me meteré en tus métodos. Esto es un acuerdo tácito, y cada uno sabe lo que ha de hacer. Pero cuando haya pasado la votación, no te quiero volver a ver cerca de ese hombre. A todos los nervios nos pueden jugar una mala pasada, y a este ya lo tienes más que contra las cuerdas. Elección, votación y dimisión. Después que juegue al golf o vaya a esquiar todo lo que quiera. ¿Nos hemos comprendido?”

Pava no se resintió para nada de la tonalidad y palabras. Sabía que el juego con Montoro, como con otros, había llegado más lejos de lo recomendable incluso en tiempos de paz como estos. De todas formas no tenía el más mínimo interés en volver a verle nunca más. Estaban a pocos días de lograr eso, aparte de lograr que la oposición del país quedara virtualmente destrozada. Los contratos con las farmaceúticas representaban la espina dorsal de financiación de la oposición, que ni siquiera acudiría con sus eurodiputados más que para asistir a la ceremonia de sesión de elecciones y apertura. Sabían que ellos no tenían interés en aprobar ninguna de las propuestas. No contaban con que eso podía ocurrir. Además, sería aprobar lo que a la oposición le convenía. Así pensaban, así porque no podían ni soñar que sus socios americanos habían encontrado nuevos socios dispuestos a imprimirle otra marcha al país, y a Europa, aunque sólo fuese durante una votación.

No, aquí se terminaban sus juegos y lo sabía. “Si, nos hemos comprendido presidente.”

***

Al llegar al hotel volví a desinfectarme la herida y le apliqué un vendaje que al menos me permitiría conducir de vuelta. Henrik no había hablado en todo el trayecto, salvo para indicarme el mejor camino a tomar. Hice las maletas, muy tranquila de repente. Para que otra cosa. En mi vida los amorios no tenían más horas o con suerte días, no me iba a engañar ahora.

Me tenía impresionado que un hombre como Henrik, después de pasar por volver a la fuente tuviera aún dentro tantos temas que resolver. La fuente no daba sabiduría, sino que daba vida a los sabios que habían pasado por ella. La fuente traspasaba esa sabiduría en forma de vivencias, pero no arreglaba los fallos que la propia personalidad podía ofrecer. Convendría estudiar a fondo el tema, antes de seguir tragándose ciertas historias que el agua no transmitía, pero los que bebieron de ella habían hecho mito. Algo no cuadraba para nada con Henrik en toda esa historia.

Cuando intenté cerrar la bolsa de viaje con cosas dentro que superaban con creces el espacio disponible, llamaron a la puerta. Era Henrik, que con gesto serio y de quien ha hecho lo que tenía que hacer la volvió a cerrar tras suyo y me dijo que sus abogados se estaban encargando de averiguar dónde estaba el chico ahora. Me miró con serenidad.

Dí por imposible la bolsa, volví a sacar algunas cosas y las metí en la maleta, dónde al menos encontraban aún algún hueco. Eché un último vistazo a la habitación que apenas había usado, pero que tanto me había gustado al llegar. Sabía que no iba a volver a verla, ni el valle, y posiblemente tampoco a Sebastiana, las fuentes y el parador. Gente excepcional, sí sin duda alguna, pero también muy tocada y que al parecer viendo el caso de Henrik Ganges, no sabían muy bien que hacer ni con la sabiduría del agua, ni con los años regalados. Yo tenía otros amigos que con ni el diez porcien estaban levantando maravillas para los demás.

Le miré con la maleta en la mano, porque estaba entre yo y la puerta, un yo que no le prestaba más atención que al cuadro de la entrada. Se apartó, cambié la maleta de mano cuando la quiso coger y salí fuera. Volví a por la mochila, la bolsa y la maletita del portátil que no había abierto siquiera desde mi llegada. Llamé al servicio de habitaciones para que me ayudaran con mi equipaje y me fue con lo más valioso colgado de mis hombros cojeando hasta la recepción, dejando a Henrik en la habitación, posiblemente todavía esperando que le diera mi visto bueno a su siguiente acción de insensible o cobarde, algo que empezaba a convertirse en la misma cosa en demasiados asuntos humanos que había llegado a conocer en los últimos años.

Cuando el botones me dio la llave del coche, con la maleta y la bolsa ya puestas en el maletero, volvió a aparecer. Me acompañó en silencio hasta el coche, abrí la puerta, me dejé caer tras el volante y aseguré que tuviera todo a mano.

Cerré la puerta y bajé las ventanillas, para que entrara ese aire a bosque, echando el olor a productos de limpieza y varios días sin usar.

“¿Por qué te vas?”

¿Y para qué iba a contestarle? Si no se daba cuenta de sus errores a estas alturas, no se daría cuenta nunca.

“Henrik, han sido unos días muy bonitos y de verdad, me caes fenomenal. Hay no obstante, y ya te lo he dicho, unos cuantas cosas en tu vida que no me gustan, y no estoy dispuesto a compromisos de esa índole. Hay amigos con los que tengo relaciones quizá menos espectaculares, pero que me llenan y dónde los compromisos son algo muy fácil de llevar. Si tu no sabes porque me voy, es porque aún crees que el amor es excusa para todo, y que bajo esa excusa que nada tiene que ver con el amor, se puede seguir haciendo lo de siempre, pero aún mejor. Pues no, Henrik, así no es. Pero ya crecerás y algún día comprenderás que también tú te hubieras ido de mi lado, si yo me comportara así de inconsciente. No soy un polvo de fin de semana, porque esos me los busco yo.”

Cerré la ventanilla, puse en marcha el motor que arrancó con dócil susurro y después de maniobrar con toda tranquilidad para salir el espacio de aparcamiento algo reducido, puse el intermitente anunciando mi salida a la carretera. Vi correr a Henrik detrás y negué con la cabeza. Que se pusiera así de adolescente ya era demasiado. ‘Tranquila, deja que te llore, luego te vas.”

Esta vez abrí la ventanilla del copiloto, y se asomó inmediatamente. “Dime al menos lo que he hecho mal. No te pediré más.”

Sabía que no iba a cumplir esa promesa, y se lo dije. Que ya había seguido buscando que los demás le resolvieran sus propio problema demasiadas veces.

“¿Qué querías que hiciera un viernes por la tarde? ¿Salir a buscarlo por mis propios medios? Un poco de cordura, Karma, por favor.”

Exploté, pero lo hice con toda calma. Apagué el motor, me quité el cinturón de seguridad, salí del vehículo, di la vuelta al mismo y me presenté delante de el.

“Lo que te voy a decir Henrik, es para que me dejes en paz a mi, y a todas las demás mujeres que valen en este mundo. Lo mismo espero sirva para los hombres, pero me imagino que desde aquel chico ya no te habrás vuelto a quemar con destrozarles la vida a quienes te dieron todo porque te consideraban un amigo.

No, no me contestes, ni oses hablarme. Tu ya estás en este cruce viéndome desaparecer en la lejanía, porque te contesté a tu pregunta. Los pactos son para cumplir, así que lo que te voy a decir ahora es un regalo, un extra, un plus que no te merecías pero que el viento te trae.

Aquel chico te enseñó cosas que no se estudian en ningún libro. Te enseñó mil cosas en el poco tiempo en que estuviste con el. Te dio tesoros de incalculable valor que te han hecho vivir, y es posible que sin ese chico jamás hubieras sido capaz de llegar hasta las fuentes, demasiado idiotizado con tus maniobras económicas y especulativas.

Pero no fue suficiente. Cogiste el coche borracho, bajaste una montaña a toda hostia y menos mal, en el valle ya te llevas por delante un muro de treinta metros, no tu, sino el copiloto, el chico, ese mismo que te había dado todo. Vas tú, y le quitas la energía de la vida.

Vas y haces eso, pero no suficiente, sales del coche y te salvas tú. Después sales del pueblo y te salvas tú. Después sales del hospital y te salvas tú. Después sales de la isla y te salvas tú. Después te sales de la última oportunidad que esa gente te brindó, y te salvas tú.

Dejas atrás a una persona, y ahora te habla la neurocirujana, así que escuchame atentamente, que ya no puede valerse por si mismo. Un milagro que estuviera de pie, pero eso me habla de que ese chico tenía un fuerza de vida extraordinaria que cortaste de cuajo. Quedó un gramo de vida en el, y de ese gramo hizo lucha. Si a ti te quito un gramo de tu fuerza de vida, no llegarías ni a la recepción. Vaciaste un cuenco de vida de litros, bebiste de ellos, y bebiste de ellos toda tu vida sin llegar a comprender jamás lo que habías hecho, y con unos sentimientos de culpa que te permitían – estoy seguro a estas alturas – que te acunaran muchas entre sus senos.

Yo he visto gente sobre la mesa del quirófano, que vino así. Gente con una extraordinaria fuerza de vida, y no te miento si en el 95% de los casos había un hijo puta como tú huido en alguna parte, responsable en alguna parte, culpable como tú en alguna parte. Un hijo de puta que como mucho tenía un rasguño, y que no paraba o de quejarse de que su mierda coche estaba hecho un cristo, o que habían perdido un avión, o que no habían llegado a su estúpida fiesta, o que  – como tú – no querían perder lo que se habían agenciado en los últimos años absorbiendo a los demás sus energías de vida.

No, hijo, no mires hacía otro lado, que he visto gente como tú sobre la mesa del quirófano. Grandes, fuertes y con cuentas bancarias que ni siquiera recordaban. Un pequeño corte, y enseguida el concierto de las alarmas. Sin más que fachada, sin energía de vida, sin ganas de luchar y llenos de historias que por ese corte empezaban a salir en forma de hemorragia exagerada y directa.

En mi profesión conocemos a eso con un nombre, y para poder operar a tipos como tú, que tienen más agua que sangre en el cuerpo, les espesamos la sangre todo lo que podemos para que al menos les podamos operar en condiciones. Ese chico no podrá hacer lo mismo, porque no te va a operar nunca. No sabe que eres quien eres, y en cuanto le veas volverá a producirse la misma escena. El querrá ser tu amigo, y tu le hundirás de nuevo. Eso, si aún está vivo. Un accidente así, y tal como me lo describiste me habla de serios daños en la columna, con problemas de médula, con destrozos en el sistema nervioso simpático y parasimpático, con plexias a plejias, con desorden neuronal y una lista de cosas que a ti te dejarían en una caja mortuoria en menos de diez segundos.

Tipos como tu no tienen solución, y ya te puedes beber toda el agua de la fuente, que salvo hincharte como un globo, no lograrás nada más. Tu camino ha tenido muchas soluciones, y yo seguramente he sido una invitación más a que tuvieras valor de hacer las cosas bien hechas, en vez de mandar a otros a que te buscaran una información que hasta yo tendría en menos de diez minutos si hago una llamada a mi personal.

Si me hubieras venido con que de aquí una hora nos fueramos dónde estuviera ese chico, ahora hombre, con una lista de su historial clínico, con copias de sus registros de estancia en pueblos y ciudades, con una descripción básica de lo que le había pasado desde tu primera vez de verle hasta hoy… quizá te hubiera ayudado a enfrentarte a ti mismo al ir a verlo.

Eso me hubiera dado razones para confiar en que hay solución. Porque tu, Henrik Ganges, tu has conseguido diez veces más información sobre cualquiera de tus proyectos inmobiliarios y de finanzas en menos de una hora. Siempre. Pero eso, eso ni siquiera lo ves.

Así que, no abras la boca. Paga a tus abogados, que por buscarte su dirección actual seguramente te cobrarán lo que ese chico hubiera gastado en cinco años. Vuelve a jugar al golf, con esas muñecas tan bien operadas, mientras que ese chico no sabrá cuando se mueve su pierna derecha, y cuando es la izquierda que pisa. Llórale a Sebastiana, bebe mucho agua y aléjate del tabaco.”

Volví a dar la vuelta al coche, abrí la puerta y después de subir la ventanilla del copiloto cerré la puerta, arranqué y me fui.

Me sentí mucho mejor.

***

“Oh, esto se pone interesante. ¿Le dejaste así en el cruce? Pobre Henrik. Bueno, un cabrón si que es. Pensándolo bien, te agradezco que te prestaras para decirle la verdad a la cara. Hubiera hecho lo mismo por una amiga o amigo. ¿Me oyes Henrik? Hubiera hecho lo mismo por ti.”

El hombre se había girado para decirle a Henrik la última afirmación. Este estaba catatónico.

“Henrik, no sé lo que piensas tu de todo esto, pero tu amiga acertó. Lo que no sabe es que tu estas vivo porque yo gasté mi vida no en el accidente, sino en evitarlo durante los quince minutos de loca bajada por el monte, dónde en cada curva te gritaba para que dejaras de hacer el loco, en cada curva que nos llevaba con el coche fuera de control a estrellarnos en las profundidades del valle.”

Henrik empezó a reaccionar. Le miró por primera vez a los ojos. Se despertó interés y algo de vida en la cara del condenado.

“Si. Tu ya no te acuerdas, porque ni siquiera lo registraste en tu coma etílico. Ibamos a entre 130 y 180 bajando por una carretera de montaña. En cada curva nos salvé con todas mis fuerzas, pidiendo que los ángeles volaran hacía nosotros, que volvieran a poner el coche en la trayectoria para llegar… a la siguiente curva, y la siguiente, y la siguiente.

Estuve muerto de miedo, de tristeza y de rabia. Sabía que iba a morir, que no era el momento, que había caído en la trampa de un inconsciente borracho, que nos ibas a matar a los dos. Morí en cada curva, porque eso es lo que pasó. No pasaste ni una, todas las tomaste a tal velocidad que era imposible salir de ella sin salir volando y caer quinientos metros más abajo en vuelo libre. No Henrik, nunca llegaste a tomar una curva bien, y todas, absolutamente todas desde la primera hasta la última me mataron un poco, para que no muriésemos en esa vuelta loca al pueblo.”

Henrik estaba totalmente oidos y su semblante temblaba con tics extraños que no le había visto antes. Parecía que tenía flashes ultrarrápidos de lo que había ocurrido, que por primera vez volvía a acceder a esos momentos.

“Si, hijo. Hay 38 curvas, y muri 38 veces para salvarnos el culo a los dos. ¿Quieres saber por qué tuvimos el accidente casi al llegar al pueblo, ya en los llanos?”

Henrik asintió, con el hombre siguió mirándole. “Si, quiero saberlo.” dijo finalmente, consternado pero al menos despierto.

“Por mi culpa, imbécil. Por mi culpa. Pensé que no quedaban curvas, estaba tan reventado de morir tantas veces, que empecé a darle las gracias al cielo, demasiado pronto, una curva demasiado pronto. Y la aprovechaste, porque eso es lo que tu haces cuando conduces, ya sea un coche o tu propia vida. Cagarla.”

Henrik agachó la cabeza como bajo un fuerte latigazo y gimió. Comenzó a recordar la bajada, y comprendió que aquello que le estaba diciendo el hombre había sido así. Se acordó como en el hospital su amigo le preguntó por como habían llegado tan rápidamente hasta la entrada del pueblo, si apenas habían pasado unos minutos de su salida. “Debiste establecer el record mundial de bajadas, y mira que en estas montañas corren carreras oficiales. No hay quien la baje en menos de quince minutos, y eso con coches preparados y yendo al límite. Se han matado decenas en los últimos años aquí.”

“Si Enrico Carrussello. Nos estrellamos por mi culpa, pero que se le va a hacer. Las cosas pasan, y luego pasan más cosas. La verdad, ya me había olvidado de todo eso, y de que la raíz de ser débil no era mía. Me ha ido muy bien recordarlo todo, al menos hace comprensible una parte de mi pasado que no le había prestado mucha atención. Muchas gracias Henrik, gracias por dejarte arrastrar aquí. Muchas gracias también a usted señora…?”

“Brescida, Karma Brescida. Señorita Brescida, pero Karma para usted. Le dejo aquí mi número y dirección, aunque lo último será por poco tiempo. Me iré a ayudar a un amigo en África y quien sabe. Pero el número seguirá vigente, lo atenderá un amigo en mi ausencia. Para lo que pueda necesitar y si quiere que le echemos un vistazo a su espalda, ya sabe que me centraré exclusivamente en usted.”

El hombre miró mi tarjeta, asintió y me dio las gracias. Pero que no, que había superado eso a su manera y ahora ya era tarde para operaciones. “El cuerpo ha hecho su propio arreglo, y estoy contento con el. Además, vienen tiempos muy duros y conviene que esté en óptimas condiciones. No quiero perder movilidad, demasiado me ha costado volver a ella. Pero gracias, si algún día se tuerce el cuadro, estaré llamándola y sé que me atenderá esté dónde esté. Muchas gracias, es usted un tesoro. De todas formas y esto cuenta para los dos, os recomiendo leer algunas de mis obras mientras las pueda mantener en la red. Os serán de gran utilidad durante los próximos días, meses y años.”

Henrik no dijo nada, pero cuando el hombre se levantó, le cogió del brazo para que se volviera a sentar.

“Lo siento Sherpa. Lo siento de veras. Siento todo lo que he hecho, lo que ha pasado y lo que he provocado. Te destrocé la vida, tu familia, tu futuro, tu existencia… y hasta que no lo escuché en tus palabras, no comprendí lo que había pasado en esos diez minutos de la bajada que no recordaba, sólo el impacto final una y otra vez. Pero ahora comprendo que el cielo me envió a ti para que yo, por alguna razón que no logro comprender, no dejara de existir en ese momento. Te cambiaste por mi, y la verdad, no sé con que fin. Si no te subes conmigo al coche, me mato. Me salvaste la vida, y eso, por muy raro que te suene, no lo había visto hasta ahora.”

Sherpa, sentado de nuevo miró con interés a Henrik y le escuchaba atentamente.

“Dime en que te puedo ayudar y lo haré, pero por favor, dimelo, porque tengo que hacer algo por ti o no sabría como llegar más allá de todo esto.”

Sherpa negó con la cabeza.

“Henrik, eso no funciona así. Si ahora eres consciente de lo que pasó, te tienes que dar unos meses hasta que hayas superado la culpabilidad y tu consciencia esté tranquila. No la tranquilizarás con ayudarme ahora. La culpabilidad no se arregla con talones, o similares. Ese es un proceso tuyo, y lo tienes que encarar solo, aunque estés muy bien acompañado.”

Henrik intentaba decirle algo, pero Sherpa deshizo el inicio con un movimiento suave de su mano libre, porque la otra segúia bajo el agarre de un Henrik desesperado.

“Luego, cuando ya puedas verme y sonreír de verdad, ven y conóceme. Si hay algo en que me puedas ayudar entonces, podré compartir mis obras contigo. Ahora no serviría de nada, salvo que postpusieras tu sanación indefinidamente. Si de verdad me quieres ayudar, deja tus aguas de la consciencia claras de tumultos, porque yo ya no trabajo con quien las molesta con pedradas, y no te enfades por lo que te acabo de decir. He elegido una vida propia, y esa ya no se sube a ningún coche porque sí, ni a ningún trabajo si no es algo que todo mi ser acepta y aprueba. No tienes nada que ofrecerme, Henrik y eso te debería hacer pensar, porque hace unos 20 años era la misma situación. Uno de los dos ha dejado pasarlos sin luchar por la llama. Venga, que yo no te echo nada en cara ya, ni te pido nada, ni quiero más que verte feliz. Feliz de verdad, no de mentira. Eres un gran tipo Henrik, pero no lo sabes porque hay un gran tipo que te tapa al lucirse.”

Sherpa se levantó definitivamente, y salió de la cafetería. Los del pueblo miraban de soslayo su salida. Aquí era un tipo respetado, porque no paraba de meterse con el poder de forma abierta y sin más protección que el aire.

“¿Sabes por qué es tan valiente, Henrik?”

Negó con la cabeza, sin querer perder de vista la figura que a paso firme y fuerte se perdía lentamente por la pequeña avenida del pueblo.

“Por qué cuando tu le conociste era mil veces más fuerte que ahora. Alguien así de fuerte no tiene contrario que temer. Este hombre murió por ti, cuando te tendría que haber matado. Sólo los inconscientes que les puedan atrapar momentáneamente son el peligro, pero si no los matéis del todo, vuelven a salir adelante. Eso sí, ahora ya inalcanzables hasta por las casualidades destructivas y sus agentes borrachos.”

“No volveré a beber en mi vida.”

Me reí. “No, no es eso. Vas a volver a beber, pero te quedarás sentado dónde tomaste la última copa, que no será la copa que ya no ves, sino una mucho antes de que pierdas la cuenta. No pondrás en peligro nunca más a nadie y ese cambio te hará pasar por un infierno, Henrik. Sherpa es que es buena gente, y no te ha dicho más porque te quiere, aún hoy te quiere con la misma intensidad cuando llegaste por primera vez a su vida, entonces plena, y ahora como me huelo, mil veces más intensa y sabia. Es tu maestro, y lo que hace es que crezcas. El es amable, pero lo que te espera va a dejarte en los huesos.”

“¿Y te hace gracia? Yo ya no sé ni por dónde empezar.”

“Empieza por dejar de quejarte, que eso sí que tu maestro debería haber arreglado de otra manera. Aquello de romperte las rodillas, eso sí que te hubiera ayudado, pero hasta en eso tienes suerte, Henrik, hasta en eso.”

“¿Aquí termina también lo nuestro, no? Mañana tienes que presentarte en tu trabajo, y …”

“Si, Henrik. Aquí termina lo nuestro. Terminó ya muchas veces, pero me alegro haber dado la vuelta, haberte ayudado a encontrar a tu maestro, tu amigo y conocer a un tipo genial al que con toda seguridad volveré a ver. Seres así hay pocos, creo que es el segundo que conozco, el otro está en África.”

“¿Te volveré a ver yo?”

“Bueno, eso depende de ti, no de mi. Ni siquiera depende de ti tal como estás ahora, pero puede que dependa de ti algún día. Mi casa siempre estará abierta a ti, pero no para resolverte tus problemas, salvo si esos problemas tambien son de los demás. Ya me entiendes. Te querré siempre, eso no se borra con nada. Buenos amigos, eso seguro que seremos de nuevo y más adelante.”

Me dijo que yo también debiera contar con el, que tenía su número, que sabía dónde localizarme. Que me cuidara mucho en mi nueva andadura, que … en fin, le dejé hablar, porque quedaban dos horas hasta tener que estar en el aeropuerto y Henrik ya no era capaz de irritarme. Había aprendido mucho en estos días de el, y de quienes le querían. Le estuve agradecido y cuando nos despedimos delante de los coches, intentó por última vez jugar con el factor campo, fuerza y presencia, pero me zafí de su intento de abrazo de oso con elegancia.

“Cuídate Henrik. Han sido las mejores vacaciones de mi vida. Deberías dedicarte a eso, se te da muy bien, sin ironías.”

Esta vez no volví.

***

Me presenté al día siguiente, lunes por la mañana, en el hospital. En un principio había venido para hacer efectiva mi inmediata dimisión, pero Almana no estaba. “Se ha ido con los del partido a la fiesta en la capital. Van a ver el juramiento del cargo de Montoro en la central del partido. No te extrañe que se haya ido a Bruselas incluso.”

También aquí habían preparado una sala para que asistiéramos al ‘momento más grande que el hospital ha tenido desde su fundación’, pero la sala quedó vacía porque lo que había hecho grande al hospital no eran los Montoros, ni presidentes, sino sus trabajadores. Era con creces mayor luchar por la salud de los pacientes.

Aún así, cuando faltaban quince minutos para el gran momento de ver a Montoro convertirse en presidente de la comunidad europea, la administración convocó a todos en la sala, más bien para que no se notase nuestro total desinterés y la amplia familia de periodístas congregada no llegara a hacer preguntas que no interesaban a los del partido en la administración.

Tomé asiento en una fila más atrás. La subdirectora se encaró conmigo por ello, pero la fulminé con dos frases cortas que se le clavaron en la garganta y la dejaban sin poder seguir apretándome. Yo ya no contaba, y si lo quería tener crudo, ahora era el momento de provocarme. “Hay al menos cien periodistas aquí, querida. Házme el favor de quitar tu oriundo culo de mi futuro, porque sino el tuyo se queda para siempre en esta sala.”

Al instante se apagaron las luces y subieron el volumen del televisor. Parecía ridículo lo que estábamos haciendo, pero salvo a dos de mis más cercanos colaboradores, a los demás les entró una especie de fiebre y nerviosismo.

Cerré los ojos. Ya no pertenecía a esto, y lo sabía. Pensé en ese magnate, que a estas horas ya estaría celebrando en su yate o despacho que coronaba la capital. Pensé en ese monarca que no logró matar a una niña que después no fue capaz de ser niña nunca más, y también en Henrik, que echaba de menos, mucho más de lo que pensaba.

Entonces vi a Montoro y cuando le vi empecé a interesarme por el discurso que iba a seguir. Miré a los demás en mi fila, pero nadie parecía ver lo que veía yo.

Montoro…, Montoro no era el Montoro que habíamos conocido.

***

Montoro saludó a los presidentes de los países miembros, uno por uno y de cada uno recibió un fuerte apretón de manos, una sonrisa y las cuatro palabras oficiales de enhorabuena. Las cámaras no paraban de sonar, las de televisión se peleaban por captar cada movimiento, cada gesto y mirada de todos.

El nombramiento de Montoro era una sorpresa, algo relativamente inesperado aunque ya se había murmurado durante el últmo año de la posibilidad de que el grupo de mayor presencia parlamentaria había concretado sus esfuerzos en ese hombre. Las sucesivas campañas en los medios certificaban el paso al frente del neurocirujano Montoro, un tipo que no se había metido en política en su vida, aunque tampoco se sabía lo que hacía realmente. Era rico, era guapo, era alto y era médico célebre, algo que tuvo un gancho formidable en los europeos, ya bastante hartos de la maquinaría de parasitaje de una administración europea totalmente inútil y desvergonzada en su gasto.

Los periodistas sabían que Montoro no era más que un gancho, pero al menos era alguien diferente, con clase y había de que escribir. Viéndole ahora saludando con cara de seriedad y con su traje gris reluciente que chocaba algo con la etiqueta, comenzaron a verle sus verdaderas posibilidades. Parecía otro, pero claro, una ceremonia así y un cargo así forzosamente cambiaba a quien se lo colgaran.

Montoro saludó al presidente saliente, que le cedió el lugar bajo los aplausos y vitores de los del partido, pero también de un amplio grupo de independientes, mientras que la oposición aplaudía con discreción y para no desentonar. Habían perdido esa carrera años atrás, y asistieron a una ceremonía de cartón. Espectacular, pero menos que una fachada.

Se hizo silencio en la cámara, y Montoro se encaminó al pupitre instalado para la ocasión, sacando unos papeles de su discurso en el camino.

***

Henrik aparcó la limusina en un hueco de la carretera y buscó un canal que retransmitiera las elecciones al presidente europeo. Tenía interés en ese discurso de Montoro, pero también pensó que quizá vería a Karma, que seguramente habría periodistas informando desde el hospital. Cuando dio con un canal, vio que Montoro se había puesto unas gafas que le cambiaban por completo la cara, y que vestía como si fuese el gran chamberlain de alguna corte. Enseguida se dio cuenta de que algo no iba como estaba previsto y levantó el movil para llamar a su broker.

“¿Maurice? Six-diz-neuf-huit – Alhambra.” Esperó hasta que Maurice tuviera confirmación de reconocimiento de voz y que la contraseña era la del día de hoy.

“Oui Monsieur?” La voz de Maurice era fría e impersonal.

“Vente de TOUTES les accions avec relation politique, industrielle e comercielle INMEDIATEMENT. Oui, de toutes, e inmediatement. Despuis tous sur posicions de l’or y d’argent. Or y Argent. Merci.”
Henrik volvió a mirar la pantalla y pasó directamente del canal a internet. Marcó en el teclado extendido de plástico dúctil y deformable “Carmichael, Sherpa, obras completas” y cuando vió el número de resultados que le devolvió la búsqueda se abofeteo. “Soy idiota, un idiota integral.”

***

Maurice colgó con una pulsación sobre la pantalla táctil. La orden que acababa de recibir representaba un volumen de venta como no lo habia manejado jamás. Era brutal. Iba a cobrar una comisión de siete cifras en pocos segundos. El mercado bursatil de al menos cuatro capitales iba a tener que afrontar un día de cambios.

Quince segundos más tarde terminó con la última transacción. Monsieur Ganges trabajaba con el mejor. Ahora Maurice era un poco mucho más rico que un minuto antes. Se preparó para recibir la siguiente llamada. Tenía dos clientes solo, pero quien necesitaba más con clientes así.

***

El especulador no había puesto la tele del despacho. Pasaba de esa estúpida ceremonia, y prefería hacer negocios para pagar las amplias inversiones que requería la movida del partido. Maldijo el primer día en que se había metido en esa vía, pero no habia otra para llegar a la cumbre. Ahora, en esa cumbre cada paso dado costaba algún pago, algún favor, algún enchufe, alguna concesión. Ansiaba que llegara ese día que el científico le había anunciado, y todos esos parásitos se muriesen.

Le llamaron desde secretaría para que pusiera en marcha la tele. La encendió, vio a Montoro con unas gafas que nunca había visto llevarle, vio el traje, escuchó dos palabras y llamó a su broker.

“¿Maurice? Douce-trois-trois-deux – Alhambra.” Esperó impacientemente a que Maurice diera luz verde.

“Oui Monsieur?” La voz del broker era hielo picado.

“A vendre toutes les accions avec relation politique, comercielle, energétique e industrielle INMEDIATEMENT. Oui, toutes. Oui, inmediatement. Achete d’or y d’argent a meilleur prix. Oui. Merci Maurice.”

Maurice colgó de nuevo. Repitió las transacciones, ligeramente diferentes y mucho más amplias que antes. Tardó varios minutos, porque el mercado ya estaba nervioso. Su segundo y mucho mayor irrumpir sobre las mismas posiciones bursatiles hizo saltar ya todas las alarmas. Le costó cerrar los últimos tratos y cuando terminó a los ocho minutos, estaba bañado en sudor.

Sabía que nunca más haría un día como este y comprendió que era hora de retirarse. No fuese que los dos inversores le buscaran, porque se habían suicidado a través de sus manos, hablando en formato bursatil, claro. Aunque en cuanto se dieran cuenta lo que habían hecho, seguro que saltarían por las ventanas.

Tenían que estar locos, no había otra explicación. Siempre habían hecho lo mismo, y durante años. Uno avanzaba en una posición, y el otro le seguía a los pocos momentos. Siempre habían ganado los dos, a veces uno más que otro, pero mantenían una distancia entre ellos que no menguaba.

Ahora habían apostado a negro, cuando ya estaba claro que la bola caería durante todo el día en rojo. Toda la ruleta bursatil estaba pintado de este color. Debieron de dejarse cegar por una información falsa, se dijo mientras desconectó el portátil de la red en el sotano de su casa en Vevey.

Le daba igual. En menos de media hora se había convertido en multimillonario, y estos dos ya no tenían nada que negociar. Con suerte les quedaría para chuches después del error de hoy.

***

El magnate miró por la ventana, mientras que la voz de Montoro llenaba su despacho. Hablaba claro, conciso y con serenidad. Un presidente perfecto, mucho más perfecto de lo que su diseño hacía sospechar. No habían hecho alguien así de Montoro ellos. Montoro no sólo convencía, sino que sus palabras llevaban la fuerza del inocente.

Hizo una lista mental de quienes caerían primero, y se vió a una cómoda distancia del grupo más aventajado. Iban a tardar, aunque no demasiado. Quizá una semana, con suerte quince días.

Luego hizo una lista de quienes debió eliminar inmediatamente, para que esa semana se convirtiera en quince días seguros, en un mes o dos incluso. Levantó el auricular del teléfono seguro, marcó el número de memoria y esperó a que al otro lado alguien se dignara a contestar. Al tercer tono le respondió una voz asmática, con extraño chirridos y otros sonidos de un ambiente de talleres. Le dijo que quería hablar con la señora del taller, y enseguida se puso la jefa. Le pasó la lista, y le dijo que tendría que actuar en los próximos tres días para completarla. La señora protestó, como era lógico. Le tranquilizó que no lo aceptara sin más, algo que le habría hecho sospechar. Negociaron un precio estratosferico, y cuando colgó supo que habia hecho un buen negocio si liquidaban a todos en ese tiempo. Luego llamó a otro número, y al quien le contestó le dijo que eliminara de aquí cuatro días a los que había llamado antes, lo que causó no más que un escueto ‘entendido’ y un clic de respuesta.

Montoro estaba terminando su discurso. Las cámaras no recogían las reacciones del público, fieles seguidores del patrón en las salas de mezcla y edición. Intentaban controlar lo que podían en esas salas, pero el daño ya estaba hecho.

Apagó el televisor con el mando que después tiró a la pecera. Sacó de los cajones los documentos que no deberían caer en manos de nadie, los trituró y quemó. Dos horas más tarde había destruido absolutamente todo que podía comprometerle.

Se fue para casa, sin atender ninguna llamada al móvil. Le dijo a su mujer que se iban una temporada a Brasil, y que hiciera el favor de prestarle atención por una vez en su vida, lo que la asustó y le puso las pilas.

Cinco horas más tarde, el magnate viajaba a bordo de uno de sus jets en dirección a Brasil, mientras que los demás jets se llevaban al personal le había convencido de su fidelidad y compromiso. El país ya no era seguro, y tampoco lo era Europa.

Fuese quien fuese, le había maniobrado en una posición que no pensó posible jamás.

Mientras miraba hacía abajo, intentando ver algún barco en el Atlántico a más de diez mil pies por debajo del avión, se acordó de la vieja en el Parador, años atrás. Allí y hace tantos años ya empezó la maldición. Después de lo que le pasó con ella, los negocios nunca más fueron fáciles y ya nada salió como se lo habia prometido.

Juró que de aquí cuatro días volvería a llamar al último contacto. Tenía un encargo más. Esa vieja tocaba morir de una vez, parecía que todavía se estaba riendo de el.

Y ahora, ahora ya daba igual una más que menos. Iban a caer cientos, y en todos los bandos.

***

El presidente, en primera línea y último en darle la mano a Montoro aprovechó el momento y le dio un abrazo, un movimiento que estaba en el guión y que reforzaría su imagen en el país. Para su sorpresa, Montoro que había aparecido en un traje que no estaba en el guión, pero que encajaba con su vida de dandy licencioso convertido a presidente serio, le devolvió el abrazo con fuerza y le susurró algo al oido que no comprendió. Mantuvo su sonrisa que muchos comparaban ya con la del Joker, mientras su cerebro intentaba descifrar las palabras que no parecían tener ningún sentido. Seguramente había oido mal, o Montoro estaba tan nervioso que mezclo parte del discurso con algo que le quería decir o agradecer. Normal.

Trinidad Pava estaba fuera de si, en un sillón dos filas más atrás. No paraba de insultar a la modista y el tipo de imagen por el movil hasta que el ministro de adminstraciones públicas y de tesoro le quitó el móvil, lo apagó y se lo guardó. Estaba dando la nota, como siempre.

El presidente que tardaba en sentarse como si quisiera dejar bien claro que Montoro era de su misma quinta y que le encantaría acompañarle hasta delante del micrófono. Incluso una vez sentado, no era capaz de quitarse la misma mueca, esa sonrisa permanente, pero las cámaras hace rato que estaban siguiendo a Montoro, aparte de que en realización no querían que se viera esa sonrisa más de lo absolutamente necesario.

Una lástima, porque cuando Montoro finalmente comenzó con su discurso, y en cuanto ese empezara de verdad después de los agradecimientos formales y tributos, la cara del presidente dejó de tener la capacidad de sonreír, y como se comprobó en los años venideros, no la recuperó nunca más. Ni la libertad para engañar, ni la sonrisa.

***

Sebastiana apagó el televisor y mientras que en la sala contígua, el restaurante lleno a rebosar se desató el caos, ella asintió con tranquilidad. Había pensado en un principio que Karma había llegado para salvar a Henrik, pero ahora comprendió que Henrik no era más que el acompañante que fue. Karma iba a tener un papel mucho más decisivo en la gran lucha y no le gustó ahora haberla dejado con el alemán, que aunque buen chico, no podía haber estado a la altura de las circunstancias. Miró al suelo, perforando con su vista metros y metros de piedra y tierra hasta llegar a las fuentes y las preguntó en voz baja si no había cometido un grave error al dejarla con Henrik, en vez de mandar a Henrik y sus enamoramientos a Terranova.

Bueno, las cosas iba a cambiar en Europa. Ese tipo y su discurso, especialmente su discurso, eran dos cosas muy peligrosas. Se estaba produciendo el asalto final y aquí no terminarían las sorpresas, que a la postre serían todas desagradables, salvo para los pocos elegidos autocoronados.

“Monarca maldito, aún se retuercen los vástagos de tus vástagos, pero pronto alguna bota acabará con tu sufrimiento que no para de surtir de tus heridas.”

La cocinera jefa la miró y negó con la cabeza. “Sebastiana, tranquila. La chiquilla se sabrá defender. Del monarca se encargarán otros, eso lo que han transmitido lo deja bien claro. Quien quiera verlo, claro está señora. Pero tranquilicese, que el agua bebida bebida está.”

Sebastiana suspiró y le dio las gracias. Pero no se quedó tranquila. Algo más había en todo esto que le puso alerta. Algo que percibió cuando era niña y pensó totalmente olvidado.

***

“… que es lo único que pude hacer en estos ocho minutos por la comunidad europea, por los europeos, por mi y por nuestros hijos, y espero, nietos.”

Montoro tumbó el brazo del micrófono a su posición de desconectado. No hubo aplausos como se lo merecería el discurso de un presidente, un discurso que fuera del hemiciclo recibió ovaciones de pie de millones de ciudadanos europeos y no europeos.

Pero desde más o menos la mitad del mismo, los eurodiputados de las dos facciones de mayor peso se habían levantado de sus asientos. Unos con disimulo, otros corriendo y cuando terminó Montoro con su particular descripción de lo que era un presidente o lo que debía ser, sólo quedaban unos cincuenta diputados de partidos en minoría, casi todos recientes en llegar y por sorpresa en el último año. Estos le estaban aplaudiendo furiosamente, con gritos que sonaban como si unos trabajadores en una nave a medio hacer estarian celebrando un aumento del sueldo después de unas palabras del jefe satisfecho.

La nube de periodistas que se abalanzó sobre el cuando terminó el discurso no le alcanzó, porque sus colaboradores bloquearon el único acceso lateral con profesionalidad. Rudolfo le había cogido del brazo y se lo llevó por el otro lado hacía la salida despejada por otros del equipo y en menos de un minuto estaban saliendo al garaje reservado al coche de la presidencia, dónde se cuadraron los soldados y policías nada más verle. Montoro les sonrió. No iban a olvidar jamás ese momento, aunque en para ellos y por ahora simplemente saludaban en honor al presidente saliente en el sentido literal de la palabra. No tenían ni idea.

“¿Cómo ha ido?” Montoro, ya en el coche que arrancó con cuatro parejas de policías por delante y otro tanto por detrás sobre sus motocicletas, se abrió la chaqueta para que no sufriera el más mínimo daño o arruga. Rudolfo, ahora actuando como secretario le pasó los últimos datos mostrándole el portátil, no sin antes asegurarse de que el chófer estaba bien aislado de sus pasajeros.

“Perfecto. Salvo en USA, Francia e Italia, dónde cortaron la señal en el minuto seis, los demás países han tenido cobertura completa. Las visitas a las páginas dispuestas en la red están ahora por …” Rudolfo abrió su computadora en miniatura y echó un breve vistazo a los datos transmitidos online “… casi cinco millones de visitas, y ya se están descargando los archivos comprimidos en masa. Los medios sociales de la red están copados en al menos las primeras cinco posiciones por referencias a usted, señor.”

Montoro se quitó la chaqueta definitivamente. No había que pasar al plan B. Iba a ser un viaje largo en coche.

“Hora de que hable una última vez con mi mujer y mis hijos. Rudolfo, si no te molesta, me gustaría hacer esa llamada en la intimidad.”

Rudolfo no comprendió esa frase. Estaban en un vehículo que traspasaba Bruselas a casi 150 kilómetros por hora.

Fue lo último que llegó a pensar en su vida de secretario, chófer y asesino particular.

Montoro levantó el dedo del botón del mando que había sacado de la chaqueta, que ahora volvió a doblar con pulcritud. Lo cambió por el móvil después, marcando el número de casa.

“Si cielo, soy yo. Pues sí, no les abras, ni contestes, eso está muy bien. ¿Cómo están los niños? ¿Ah sí, también están los abuelos? Eso sí que es una buena noticia. Si, es mejor que estéis ahora todos juntos. No, no quiero hablar con mi padre, sólo quería escuchar tu voz y si es posible quería hablar con los niños. Os echo mucho de menos… ya, ahora comprendes todo, cariño… bueno, no llores, que tuve que ser muy duro con vosotros, porque sino… si, eso, así no se enteró nadie hasta… eso,… a partir de hoy todo será diferente entre nosotros… no, nunca más… eso, ya se acabó esa relación de sufrimientos y empieza una de paz eterna… también te quiero… si cielo… no cielo… no pienses en eso ahora… estoy de camino… pásame los niños… venga, que tengo que colgar y quiero hablar con ellos… hasta ahora, si… te quiero…”

Miró el reloj mientras su mujer se fue hacía el piso superior en busca de los niños.

“¿Hijo? ¿Cómo has visto a tu Papi por la tele, hijo? ¡Si, con el traje del abuelo! … si, mucha gente… no tengas miedo… pronto estarais a salvo de todos estos… si, ya estoy en camino…”, y siguió hablando un minuto exacto con este, luego con el otro hijo. Colgó cuando el reloj marcó las 13:00hs.

Giró la cabeza y le echó un vistazo al cadáver de Rudolfo que seguía mirándole con esa sorpresa infantil de los profesionales pillados en su propia salsa. “Ya puedes renacer, he terminado con la llamada.”

Se rio de su ocurrencia. Pobre Rudolfo. No iba a poder reírse con el chiste. Se perdía siempre lo mejor. Como la instalación de agujas hipodérmicas en los respaldos de este coche, un encargo que nunca le llegó al conocimiento. Bueno, ahora sí que le había llegado, para que ser imprecisos cuando Rudolfo aún estaba caliente.

***

Mientras que las televisiones estatales y privadas, en manos de cercanos al grupo y partidos no sabían que hacer, la red bullía de actividad. No era el discurso que sólo fascinaba a todos para que incluso los menos dados a usar el teclado comenzaran a opinar. Estaban los datos, los documentos, las grabaciones en video y audio, los contratos, las transcripciones de reuniones, órdenes, relaciones y listas y listas interminables de nombres en una base de datos que ofrecía al menor clic información cada vez más profunda y reveladora.

En el minuto quince a partir del discurso, atacaron la base de datos. En el minuto diecisiete, los atacantes, en su mayoría agencias estatales y gubernamentales de todos los países afectados, acabaron con los microprocesadores destrozados. Se quedaron a oscuras.

Eso liberó aún mayor velocidad por la red, porque eran los gobiernos que se dedicaban a absorber y ralentizar la red para sus propios fines. Ellos, y las empresas que iban en esa misma dirección.

El mayor buscador cayó en el minuto 20, cuando lanzó un ataque masivo desde sus instalaciones en USA. Fue fulminado con la misma medicina. Todos los microprocesadores se fundieron al unísono.

A la media hora se dieron cuenta hasta los gobiernos más fuertes y poderosos, que ese desconocido llamado Montoro iba a dedicar las próximas horas a conquistar el mundo, y que de momento no sólo llevaba la ventaja de la sorpresa, sino que también ya era dueño de internet, o mejor dicho, ellos ya no lo eran.

Si el discurso ya había cortado un tajo impresionante en las estructuras del poder, el que ese mismo poder no pudiese tratar el asunto como siempre, es decir haciéndolo desaparecer, desnucó al sistema que no estaba preparado para una derrota tan rápida, un movimiento tan brusco. El sistema se estampó contra si mismo, contra lo que había creado, y lo hizo a una velocidad que no dejó más que restos inservibles.

Pero aún tenían posibilidades. Podían eliminarle por ejemplo, podían ejercer su autoridad y evitar en algunos casos la cárcel, y habría países que de todas formas estaban marcados mucho antes de que Montoro pusiera las cartas sobre la mesa.

Eso dejó de funcionar cuando llegaron las primeras imágenes de su casa a la red. O lo que quedaba de su casa, porque un cráter de casi treinta metros de profundidad era lo único que lucía en ellas. Después llegaron las imágenes del coche oficial, partido en dos por el impacto de un misil, lleno de sangre y visceras.

El mundo pasó de estar incrédulo a rabiosamente cabreado. A las tres horas del discurso y dos de la matanza de toda su familia, los ciudadanos linchaban alegremente a quien podían encontrar y que figurara en las largas, largas listas disponibles en la red, que detallaban persona por persona la corrupción de al menos quince años atrás en sus vidas políticas, empresariales y sociales.

Se cernió una noche de terror y oscuridad sobre Europa como no la había conocido más que los periodos medievales.

Al día siguiente, el ejército tomó las calles, aseguró que el pillaje no fuera a más, pero no intervino en las acciones de ajusticiamento que los ciudadanos llevaban a cabo en plena calle, o dónde pillaban a algunos de las listas.

***

El presidente miró al joven policía que iba con el en el furgón. No podía tener más que veinte años.

“Hijo, no te creas lo que dice ese Montoro, o lo que dijo. Ya verás como podrás contar a tus nietos que estuviste con el presidente de tu país, al que te tocó llevar en custodia durante unas horas de gran confusión. En serio, ya lo verás. En cuanto acabe esta locura, te voy a hacer condecorar.”

El policía levantó la cara, dejando por un momento de jugar con el segundo juego de esposas.

“Sabe una cosa, presidente?” Pronunció el cargo con sarna. “Yo entré en este cuerpo porque en mi casa no hay para comer, no lo hay desde hace un año. Mis padres se quedaron en el paro hace cinco años, justo cuando iba a ir a la universidad. Nos denegaron las becas, porque ya se habían gastado el dinero en pagarles a los banqueros por robar al pueblo. Así que tuve que entrar en la empresa del estado, aquella que el estado utiliza para amedrentar a familias como la mía, a personas como yo.”

El presidente dejó de sonreír. Las cosas no iban nada bien. Al parecer ya nadie se impresionaba por su cargo, un cargo que se deshacía literalmente ante las palabras de un jovenzuelo en un uniforme que le era impropio, pero que el destino le brindó para poder sobrevivir, y ahora, para incluso poder hacer cuentas con quien a todas luces era un parásito. No, las cosas no iban nada bien, y las esperanzas del presidente por una salida menguaron a la vez que la distancia al destino del transporte.

“Usted va a ser juzgado, y seguro que acabará para el resto de sus días entre rejas. Usted, al igual que todos los ministros, todos los altos cargos, y un número de estafadores que nos obligará a construir cárceles para que quepan.”

“Hijo, todo esto es un error, una pantomima. Nada es real de lo que ese Montoro ha vendido.” Un último intento.

“No presidente, Montoro no ha cometido ningún error. El único error que se comete ahora mismo es el de no saber dónde meter a tanto parásito suelto. No van a caber en las cárceles, ya se lo he dicho. Parece que no sabe escuchar, presidente.”

“Si quieres asustarme, hijo, lo has logrado. Casi me lo creo.”

“Ya, seguro que se lo cree, porque sabe que no hay sitio, ni dinero. La ecuación es simple. Ustedes nos han desangrado, luego nos han desangrado el doble, después el triple, y ahora tendríamos que quitarnos de dónde no hay para que ustedes pasen treinta o cuarenta años, de nuevo a nuestra costa. Es bien visible que esa ecuación acaba con una x muy grande. Con algo habrá que equilibrar, ¿no le parece, presidente?

El hombre empezó a sentir miedo. Ese policía no era casualidad que estaba con el en la lechera. Era alguien que había boxeado para estar en ese lugar.

“¿Con qué se equilibran las ecuaciones con tanto peso en un lado? Fácil, presidente, hága el favor de atender y concentrarse. ¿No? ¿Demasiado nervioso como para poder pensar bien? Pobre, si no sabe lo que es eso, a que no? Pero le puedo contar de miles, de millones que cada día están permanentemente nerviosos, tanto que ya no pueden pensar bien. Millones que han costeado a todo lo que ustedes se han montado. Millones que acabaron después de 5, 10, o veintecinco años de ser exprimidos medio o totalmente locos. Pero créanme, señor presidente. Cualquiera de ellos resolvería la ecuación en un plis plas.”

“Hijo, no sé lo que te han encargado o dicho. Pero te ofrezco lo que quieras para que esto no acabe peor de lo que tiene que pasar. Tengo dinero en un refugio, sea lo que sea, conmigo vivo ganas.”

El policia volvió a jugar con el segundo par de esposas. El presidente sintió un cierto alivio, porque eso significaba que se lo estaba pensado. ‘Eso ya es la mitad del camino, vamos… aún hay salidas.’, pensó mientras luchaba contra el miedo para que no le dejara del todo fuera del control.

Cuando los segundos se convirtieron en minuto, el presidente comprendió.

***

Trinidad Pava se refugió en su casa. Salió a los tres minutos del discurso, sorteó a todos los peligros hasta la salida y cuando vio al tonto de su chófer fumando con unos colegas igual de bultos, hasta se alegró.

Llegaron sin problemas a la urbanización, totalmente vacía a estas horas. Los ricos no salían a la calle hasta bien entrada la noche, y los que estaban detrás de muros y verjas desarrollaban sus actividades sin ofrecer más datos que piedra sobre piedra.

Tiró los zapatos por el salón, se fue descalza hasta la cocina y con sus tres bolsas de patatas fritas y un tarro de leche condensada se sentó en el sofá. Sólo cuando extendió el brazo para apuntar con el mando a la tele se dio cuenta de que sería mejor no ver lo que estaba ocurriendo.

Fue en ese momento en que se daba cuenta de que estaba perdida. No iban a tardar mucho en llegar. Se perpetró detrás de los cojines grandes y comenzó a llorar.

Pero no llegó nadie. A las dos horas se atrevió a conectarse a la red para revisar las listas. No es que dudaba de que su nombre sería uno de los primeros, pero había tomado distancia y quería saber con que contaba Montoro, o mejor dicho, ahora la justicia.
Cuando consultó la lista, después de varios minutos de larga espera por sobrecarga de los servidores, no se lo podía creer.

No figuraba su nombre. Ninguna referencia, salvo aquellas inevitables, pero que a primera vista no sólo no la condenaba, sino que la dejaban como el único miembro de toda una familia europeo totalmente podrida que no tenía apenas mácula.

Puso la tele, y lo primero que vio fue el coche oficial de Montoro partido en dos.

Su suspiro debió de sentirse en kilómetros al alrededor.

***

A las dos semanas entró la calma. Los ciudadanos se agruparon en partidos nuevos, enteraron a los últimos cadáveres, y la justicia comenzó a funcionar. Se declaró una amnistía para todos los delitos por debajo de un cierto nivel en un esfuerzo titánico por cerrar los ojos. Efectivamente, no cabían en las cárceles, que sólo con los altos cargos y los políticos más corruptos se habían quedado saturados.

A los tres meses, los partidos que ocupaban ahora los escaños del aparato europeo, votaron por unas elecciones abiertas a la presidencia, y abandonaron los escaños de nuevo. El ejemplo de Montoro no permitía otras posturas. Se había quemado con sangre y fuego en la sociedad.

Tardaron medio año en volver a funcionar mínimamente los estados europeos más poderosos, mientras que los demás se sumaron en una noche que no parecía conocer más que la promesa de un alba después de todo.

Los presidentes y ex presidentes de las últimas siete legislaturas fueron juzgados y condenados, la mayoría por conspiración, alta traición y genocidio frustrado. En total, 109 personajes que hasta esa fecha había ocupado el mayor prestigio politico. Pocos, porque la gran mayoría fue linchada en los primeros días de las revueltas.

Para poder llevar a cabo los juicios a los miles y miles de altos cargos en todos los estados miembros, así como en USA y América del Sur, se desarrollaron los juicios rápidos que celebraban en estadios de fútbol, con hasta cien jueces por turno, en tres turnos y durante más de siete meses. Era la única forma de evitar más derramamiento de sangre. Los condenaban como cortando churros, con cada vez más ritmo y precisión, y así acabaron con el grito violento por la justicia, lo bajaron a una fiebre alta, y con los últimos entre rejas, pasó al calentón del bar y nada más.

Comprendió la mayoría de los jueces, sino todos, que su profesión no era la de administrar justicia, sino que eran administradores únicos, y que así tenía que ser si una sociedad se basaba en un sistema de leyes. Comprendieron que su ausencia, su dejadez o dejarse manipular no paraba la justicia, sino que la hacía salir por las puertas grandes llamadas violencia. Comprendieron en medio de canchas que semanas antes habían rugido con los gritos de los aficionados al fútbol, que lo que estaban haciendo era nada más ni menos que hacer el trabajo que tendrían que haber hecho, y que se acabaron las floreturas y triquiñuelas. Sí, cualquiera de esas condenas no valía más que una apelación, pero no quedaba abogado en el mundo dispuesto a enfrentarse a la justicia por esos caminos. Aquí, durante mañanas frías y nubladas, bajo paraguas y en tormenta plena, por las tardes calurosas con el olor a la hierba ya blanquecina debajo del firme improvisionado, o en las noches interminables, llenas todas ellas de hilera tras hilera de quienes habian evitado la condena que les esperaba desde hacía demasiado tiempo. Lo aprendieron a cada golpe del martillo, a cada cara de un alto cargo, a cada repetición de las tres o cuatro escenas más típicas, a cada hundimiento de una historia más. Una por una, una tras otra, cada vez menos resistentes hasta que el último golpe se perdió en ecos por las gradas ya vacías.

Durante meses, habían estado constantemente llenas. Llenas de espectadores, que seguían las retransmisiones en las pantallas, que habían exigido estar. Víctimas, apaleados, humillados y empobrecidos hasta no ser capaces de saber de que comer. Sentados ahora con comida suficiente para poder sobrevivir al menos ese momento que cada uno esperaba ver. Ver la justicia actuar, ver al criminal condenado. Ver el fin de la pesadilla.

***

Karma se fue por la tarde después del discurso al aeropuerto y sin visado ni nada más que lo básico y dinero en efectivo se embarcó al próximo vuelo a Kenia, dónde sabía que podía salir de aduanas sin más que presentar el pasaporte. Henrik se lo había confirmado camino del aeropuerto, en una llamada en la que intentaron coordinar algo en medio del caos.

Sentada en el avión que tampoco era un vuelo tranquilo hacía el corazón de África, sino un escenario de agrios debates y tensión constante, …

… y desperté en ese avión, de repente ruidoso, con el sonido de las turbinas entrando en mi consciencia, los pasajeros en el pasillo discutiendo entre ellos y la pantalla del cine repitiendo una y otra vez el discurso de Montoro, parcialmente cegado por la luz del sol por la tarde que entraba por la parte derecha.

Las últimas horas me habían dejado como fuera de mi, vagando en sueños, arreglando una salida rápida de ese caos, con llamadas y arreglos, búsquedas y encuentros que habían sido un vagar entre tinieblas.

Mi corazón aún latía con un fuerte ritmo. Comprendí que el chorro de adrenalina había sido constante, y que si estaba volando ya lejos de Europa era porque había reaccionado en el último segundo. Me tapé la cara con una mano y expulsé el aire con fuerza, inspiré profundamente y volví a expulsar el aire. Repetí hasta sentir que se me relajaba el cuerpo.

Una azafata totalmente colapsada pasó a mi lado y me tiró literalmente unos auriculares sobre el regazo. Los recogí y después de quitarles el plástico de higienización los enchufé. Quería volver a escuchar ese discurso, aunque sabía que iba a cansarme de el dentro de poco, sin posibilidad seguramente de escapar de esas palabras durante años que ocuparían a todos.

No podía ver bien la pantalla, entre los reflejos del sol amarillento y las cabezas y cuerpos de los que no aguantaban sentados. El discurso estaba a punto de terminar, y esperé hasta que volviera desde el principio, mirando hacía afuera, por encima del ala intentando no quedar cegada por el sol en su camino a la puesta cercana. Era una visión hermosa, un privilegio poder estar a estas alturas y ver nubes, cielo y horizonte. No podía ver nada del continente que seguramente ya deberíamos haber alcanzado, porque hasta el desierto estaba bajo un grueso manto de nubes. Pensé que era extraño, pero que también debería llover alguna vez en el desierto.

Volvió la voz de Montoro y le seguí con concentración. Cuando se puso el sol le había escuchado diez veces y me quité los auriculares, bajé la protección de la ventanilla para aislarme del frío que noté penetrar por el material y cerré los ojos intentando dormirme.

No encontré nada que no hubiera dicho o hecho yo. El discurso de Montoro era perfecto, la historia era perfecta y si alguna vez había llovido justicia en el planeta, era en el día de hoy.

***

El discurso de Montoro acabó bajo la lupa de tantas lecturas, que superó con facilidad algunos pasajes de libros de fe editados desde milenios en un solo día. Tres días después de revolucionar Europa, las instituciones y a millones, se celebró su funeral, el suyo y el de su familia. Fue imposible que se desarrollara en condiciones, porque la avalancha de quienes querían rendirle tributo al hombre más valiente de Europa, a esa familia destrozada por enemigos que aún tenían aire para aniquilar, superó todo lo visto y habido.

Vinieron de todas las partes del mundo para despedir a alguien que en realidad sólo habían escuchado pronunciar unas palabras. No les importaba no tener acomodación para dormir. Dormían en las calles adyacentes al cementerio, gentes de todas las clases, de las nacionalidades más variopintas. Se hizo un culto de los ocho minutos de Montoro que nadie esperó, ni nadie se podía imaginar que sería posible con tan poco mandato de un presidente.

“Es como Ghandi, pero pijo”. Nadie sabe quien fue el primero en soltar esa frase lapidaria que se convirtió en “El Ghandi pijo”. Con eso acabó con las últimas resistencias que alguien podía albergarle incluso asesinado. Le catapultó hacia el pequeño olimpo de mortales que conquistaron con sus actos la historia y los corazones de su generación. Corazones que volvieron a latir con esos actos, corazones que precisaban de esos actos.

Gentes que no iban a dejar que quedara en nada lo que hicieran esos humanos convertidos en mitos en vida y después de morir. Que en el caso de Montoro todo se reducía  minutos, aumentó el impacto inmediato aún más. Que la ciudadanía le había vengado, y con eso se llegara a liberar de sus propios verdugos, le hizo símbolo eficaz y devolvió la fuerza a la ciudadanía, una fuerza que siempre había ostentado, pero con tanta manipulación y opresión se olvidó de que fuese alguna vez suya.

Arrasó con la corrupción, exterminó clanes de poderes que habían trabajado durante generaciones para llegar a dominar el mundo en pocas semanas. Acabó con empresas que facturaban un tercio de todo lo que se podía facturar en el planeta. Eliminó a las empresas farmacéuticas y sus planes de exterminación masiva. Hundió a los partidos políticos que ya no eran partidos politicos, sino empresas multinacionales con sedes en las principales capitales del planeta. Delimitó los límites que la politica tenía que haber observado y no traspasado jamás con tal exactitud, que ni siquiera los que habían quedado indemnes se atrevían a pensar en reagruparse.

Ocho minutos de discurso. Medio año de una Europa anarquista, caótica y peligrosa para cualquiera que oliera mínimamente a haberlo pasado bien, mientras que millones se morían de todo aquello que la clase pudiente ofrecía a cambio de extraerles la vida. Cien años de un nuevo comienzo, como mínimo. Cien o mil, que al año de ese día que cambió el mundo el culto ya era dogma, Montoro, el Ghandi pijo una imagen en millones de hogares. Ocho minutos y después de dos años no se podía ir cien metros en ninguna calle del mundo sin escuchar algo relacionado con ocho ridículos minutos, que antes pasaron millones de veces sin que nadie se diera cuenta de su poder.

Si en el 2005 la humanidad había entrado en una espiral de crisis económicas artificiales, conducida por unos locos y enfermos del y por el poder, también ese mismo año encontraron a su mesías particular que se enfrentó por todos a todo, y que todos hicieron vencer tan pronto que sintieron que no estarían solos, ni mucho menos.

No quedaba la banca privada, no quedaban indústrias claves privadas en toda Europa. Se condonaron las deudas, todos volvieron a empezar con el saldo puesto en números positivos. La mayoría de los sindicatos habían desaparecido, con sus líderes y cientos de cargos entre rejas para el resto de sus vidas, al igual que esos políticos que les habían aupado al barco de la piratería a la humanidad, y los amos de esos políticos. Se habían confiscado todos los bienes que habían sido expoliados.

A los dos años y por primera vez en la historia moderna del continente europeo, no hubo paro. Si alguien no entendía como eso fue posible, se le pasaba una copia del discurso, y no preguntaba más.

***

“Señor presidente saliente de la Comunidad Europea,
señores presidentes de los países que conforman la Comunidad,
señores diputados europeos
y señores ciudadanos europeos…

Hoy es un día
en que la mayoría de ustedes se preguntará por el sentido que tiene
de que se hable de las elecciones a presidente,
cuando en verdad
nos encontramos
ante una decisión tomada  en consenso de una mayoría.” *1

“Es un acuerdo,
que toman los presidentes de las naciones que configuran el mapa de una Europa unida. Son esfuerzos,
para lograr que la presidencia resulte en la mejor opción en cada momento y época.
La figura del presidente de todos los europeos
no es elegida por sus ciudadanos,
sino trazada como
también lo es
el mapa que configura a decenas de pueblos diferentes bajo el nombre de
Europa.
Es un paso hacía poder cumplir
con casi todos los compromisos,
y un garante de paz
y de prósperidad.” *2

“Aún así,
ustedes,
ciudadanos europeos y no europeos,
no
han dado su voto al presidente saliente,
ni a mi,
al presidente entrante.

Para que les resultara más fácil aceptar
esa incongruencia de vivir en la mejor democracia del planeta
que no permite que los ciudadanos elijan a su presidente,
les han fabricado una historia,
una para cada presidente,
una para cada época,
una para cada necesidad o compromiso que había o que haya que cumplir.” *3

“Mi historia,
la de su presidente desde hace unos segundos,
es la de un hombre licencioso,
rico y que gracias a la fama de su abuelo
prosigue con facilidad en su profesión,
la mía, que no es hacer de politico,
sino de neurocirujano
para la galería.” *4

“Cuando me abordaron los políticos por primera vez,
pensé
que no se habían fijado
muy bien
en mi, porque no tengo las cualidades humanas que hay que tener
para gobernar a más de 300 millones de personas.

Más tarde comprendí que
el cargo
era representativo,
y más que saber gobernar
requería saber moverse
entre gente importante,
saber dar una imagen seria y de unidad.

Eso fue hace tres años,
y acepté finalmente presentarme
porque a pesar de mis fallos
lo que me antecede
es que soy un hombre de compromisos,
de unión y
de proyectos comunes.” *5

“Después empecé a conocer más de cerca al mundo de la politica.
Conocí a ministros,
a presidentes de otros países,
a altos cargos de todo el mundo,
a jefes politicos importantes,
a centrales que
coordinaban y preparaban la carrera por llegar a ser el hombre de consenso.

Me llevó a palpar
la vida politica de Europa de cerca,
muy de cerca
y en los lugares
dónde se tomaban las decisiones antes de ser evaluadas
o ratificadas
en este hemiciclo,
símbolo de un sueño verdaderamente grande.” *6

“Lo que ví

no me gustó.

Pueblos perdiendo su identidad,
ciudades perdiendo su belleza,
regiones perdiendo su fuerza natural, vital y laboral,
comunidades en bancarrota, paises golpeados por oleadas de
corrupción,
manipulación
y cosas mucho peores,
que se sumaron y sumaron hasta configurar una lista de horrores.

En su cúspide,
la Comunidad Europea,
que me quedó reservada para el siguiente año del proyecto,
y que en sus entrañas reproducía exactamente
lo que ya había visto
en mis viajes.” *7

“Expuse lo que había visto
a los que depositaban su confianza en mi,
y la respuesta que obtuve
fue la de seguir con el proyecto,
porque ya era tarde
para cambiar de opinión.

Verán ustedes,

yo no valgo para mucho en esta vida,
pero este traje
el que llevo hoy
es el de mi abuelo,
el de la entrega de los premios Nobel,
y cuando comenzaron a obligarme a seguir cumpliendo un papel que claramente iba contra mis pocos principios,
me agarré a mi abuelo
pidiéndole que desde los cielos
me diera fuerza,
porque no podía dar marcha atrás.

Les he mencionado que mi vida ha sido
licenciosa.
No soy
un neurocirujano brillante
como les han vendido.
Ni siquiera conozco
al personal que trabaja
en el hospital
del que tanto se escucha hablar.

Pero sí sé que ese hospital
es por ahora el mejor de Europa,
porque ha recibido casi ochenta veces más subvenciones y ayudas privadas
que el segundo hospital mejor financiado
detrás suyo,
que está en Estados Unidos.

Ese dinero
sirvió
para que ustedes,
los europeos, pensaran
que yo había sido el artífice del tremendo éxito.
Para que confiaran en mi decisión,
en mis votos,
en mis acciones
en mi juicio de presidente de todos ustedes.” *8

“No, no soy un brillante neurocirujano
como si lo son los del hospital,
como lo fue mi abuelo
pionero,
y como lo es quien ama a su trabajo.

Yo no lo amo,
yo no ejerzo de cirujano, porque juego mejor al golf
o porque me apetece mucho más esquiar.
Pero dentro
de
mi
hay un
médico,

y cuando vi
hacía dónde y a qué apuntaba toda la operación,
cambié de táctica.

Comprendí
que mi función,
mi única función
sería dar con mi voto de presidente
luz verde
a un acuerdo entre la
Unión Europea y
cinco de las empresas farmaceúticas más poderosos del planeta.

Un voto que sería cuestionado,
pero el pasado que fabricaron de mi
daría cobertura más que suficiente
al golpe,
porque es un golpe.
Un golpe
contra la salud de todos los europeos,
un golpe contra la democracia de Europa
y cada uno de sus estados miembros.
Un golpe de corruptos
que perdieron hace tiempo
toda relación con la realidad.

Ustedes verán esos contratos,
ustedes verán grabaciones de los acuerdos,
oirán conversaciones entre presidentes de países y empresas,
leerán transcripciones
y podrán consultar en la red
una base de datos
que representa una inversión de exactamente
268 millones de euros,
es decir
todo el capital
y patrimonio
que pude poner a disposición
de boicotear a la corrupción
en
su
golpe
final
contra la humanidad de este continente,
y sinceramente
creo que ha producido
suficiente
material
para que puedan conocer a fondo
quienes
son las personas
que se pasan cada cuatro años el testigo entre amigos,
y en el quinto
se gastan un presidente para
mofarse
de la democracia
de nuevo.

No,
no soy politico,
ni neurocirujano de verdad.
Pero tengo un juramento profesional,
y un abuelo que salvó a cientos de miles de europeos
y no europeos
en su momento.
No iba a matar yo
o servir a los asesinos
de millones de ustedes.

Mi vida ahora mismo ya no vale nada.
He gastado todo. He dado todo lo que pude dar.
El resto lo tienen que dar ustedes,
conciudadanos europeos
y no europeos.
Un resto
inmenso,
una tarea
terrible

y llena de luchas
que he provocado
con este discurso
y no con este…” y se sacó el discurso oficial que dejó caer en el suelo hoja por hoja ..”
que era una farsa,
una gran mentira,
otra vuelta de tuerca más
que les iba a dejar
no sólo pobres ya, sino
posiblemente
muertos.

Hay un espiritu
europeo,
pero no es el que atienden
quienes deberían.

Es el espiritu por la paz,
por la cordialidad,
por la verdad
y por la libertad.

Yo no sabía que existía,
conciudadanas y conciudadanos.

Lo encontré
en el camino y
me agaché.

Si pueden,
si sus espaldas aún dan para eso,
hagan lo mismo,
porque el espiritu europeo
está a sus pies.

Hagan lo que hagan,
no hagan como todos que lo
pisaron y pisan
día sí
y otro también.

Dimito de mi cargo y espero
que esta pequeña revolución
personal
eleve
el
espíritu
de los
verdaderos
ciudadanos
por encima de la mugre
que denuncié en el breve ejercicio de
servirles como presidente,
que es lo único que pude hacer
en estos ocho minutos
por la comunidad europea,
por los europeos,
por mi y
por nuestros hijos,
y espero,
nietos.”

——————————————————————————————————–
Notas internas/referencias.

[*] El presidente miró hacía atrás, para dar con la mirada de Pava. Este no era el discurso que habían aprobado. Ni el traje, y mucho menos esas gafas, que le daban a Montoro un aspecto totalmente nuevo, como si le cambiarán la cara por completo. Pero Pava estaba hablando por el móvil, flanqueada por dos ministros que con caras de absoluta concentración seguían cada respiro de Montoro. Cuando Pava empezó a ser oída incluso por el presidente en sus insultos, le quitó el móvil el ministro del tesoro, sin dejar de mirar en ningún momento a Montoro.

Se volvió hacía el orador y para su sorpresa, había seguido atento al menos con el oído a lo que decía Montoro. Algo raro estaba pasando, que el no solía gozar de  esa capacidad de que le resonaran las palabras de otros.

[**] El presidente se relajó. Todavía no era el discurso que debía estar escuchando, pero este le gustaba mucho más. Montoro se la estaba jugando, y lo estaba haciendo con clase.

[***] Los presidentes, con la vocecita de su respectiva traductora o traductor en la oreja, se incomodaron. Unas rápidas miradas entre ellos y comprendieron que no se trataba de un error de traducción.

[****] Los presidentes se relajaron. Era un discurso muy atrevido, pero el hombre sabía mover el tema en la dirección deseada.

[*****] Algunos presidentes estaban haciendo movimientos de aceptación. Estaban a punto de empezar a interrumpir a Montoro con aplausos. La opción Montoro tenía exactamente el brillo que necesitaba la politica europea, que ya ni al 20% de la población le interesaba. Estaban en las últimas, y Montoro era una de las respuesas de emergencia a no perder el control por completo.

[******] El primer aplauso arrancó, pero Montoro lo paró en seco con seguir medio leyendo, medio pronunciando con la vista fijada en un punto indeterminado entre el público.

[*******] Tres de los presidentes empezaron a hablar descaradamente por el móvil, dos se fueron y comenzó ese ruido de cambios de actitud, que después se notara en todas las grabaciones.

[********] El hemiciclo explotó a partir de la breve pausa, aunque no en gritos o insultos hacía Montoro, sino en actividad. Los presidentes ya habían desaparecido prácticamente del escenario, y los eurodiputados se debatían entre avisar por el móvil o salir corriendo. Unos pocos, quizá cien, comenzaron con abuchear a Montoro, pero el hemiciclo era demasiado grande para que surtiera el efecto deseado. Más bien todo lo contrario. Montoro elevó la fuerza de su voz en ese punto.

——————————————————————————————————–

***

“No importa lo que usted quiera, señorita Pava. Creo que no comprende muy bien la situación.”

El joven se había sentado en el sofá sin el menor pudor. Los dos viejos flanqueaban la entrada al salón.

Trinidad descubrió demasiado tarde que los amables vecinos pidiendo que les permitiera buscar su gato que se había metido en el garaje no eran más que dos amables vecinos ahora muertos, que habían terminado con su encargo, intentando salvar a sus hijos amenazados en la casa contígua. Aún no podía pensar, porque delante de sus ojos se repetían una y otra vez los dos disparos acolchados por los silenciadores y como caían sus vecinos dentro del garaje ya sin vida antes de estrellarse contra el suelo de cemento.

La llevaron arriba, y el joven le había dicho algo que ella no había comprendido, negándose en estado de shock.

“El señor Montoro, en paz descanse, dejó claras instrucciones como actuar después de su muerte, más que previsible después de lo que hizo. Entre esas está un dossier dedicado a usted. Es amplio y lleno de indicaciones. Usted se viene con nosotros, o se va con los vecinos suyos. Además, si al final se decide por un trío de zombies, le recuerdo que los hijos de sus vecinitos todavía tiemblan en su linda habitación llena de cosas guays.”

Trinidad tembló como una birke. “Haré lo que ustedes quieran, pero esos niños, por favor, esos niños no.”

“De acuerdo, estos niños no.” Habló por el teléfono, y cuando colgó la miró con cierta expectación. “Bueno señorita Pava, ahora ya nos podemos marchar. No se olvide el bolso, parece que va a necesitar un poco de maquillaje para enfrentarse al mundo. Ah, y efectivamente los niños no. Ya no molestarán.”

Pava se cayó inconsciente, incapaz de soportar lo que le caía encima. El joven negó con la cabeza. Ahora tenían que traer el coche hasta la puerta. Se maldijo por no haber actuado con más profesionalidad. Las órdenes eran claras, ella tendría que llegar muy asustada, muerta de miedo. Y que no se fiaran, porque tal como la veían así en el suelo con esas ropas que sólo las más chifladas se atrevían a poner, había logrado evitar los efectos de cuatro dosis de un veneno que la debería haber matado hace días.

Se preguntaba si esas cuatro dósis en realidad no habían sido un error del quien las administrara, porque la tipa que tenían delante no aguantaría absolutamente nada.

Esperaron hasta que oscureció del todo, provocaron un incendio en otra casa un poco más adelante, cegaron las dos farolas más cercanas con sendos disparos que nadie podía diferenciar de las pequeñas explosiones procedente del fuego, y se llevaron a la mujer hasta el coche que ahora no era más que la misma oscuridad delante de la entrada.

Nadie los vio partir.

***

El aeropuerto de Nairobi, recién remodelado desprendía un aire a nuevo que prolongaba la sensación de estar en Europa, salvo lógicamente las particularidades autóctonas, imposibles de sobreseer con las prisas o rutina.

Pasé el control de pasaportes, y con satisfacción porque el agente ni me miró, sino que hacía pasar a todos con cara de aburrimiento y ganas de volver a los chanchullos que le ocupaban más que estar en la cabina. Ni siquiera la ocupaba, sino que de pie fuera de ella gesticulaba para que los pasajeros no se entretuvieran demasiado.

En la puerta de salida me esperaba una multitud de personas, casi todos con los típicos carteles que anunciaban apellidos y agencias de viajes, hoteles y tour operadores. Langfeldt, tal como me había dicho Henrik, no estaría en esta primera barrera, sino que se acercaría a mi tan pronto lograra salir del tumulto turístico.

Pero antes de que pude pasar esa barrera de empleados, igual de aburridos que el personal del aeropuerto pero con la necesidad de ser algo más selectivos que estos, un hombre de avanzada edad me agarró por la chaqueta y me dijo en inglés que en África a los verdaderos amigos se les veía tres veces en un gran viaje, o no eran amigos.  Me miró con ojos desde una cara oscura y llena de arrugas, con intensidad pero no le di tiempo para ahondar en su intento de sacarme algo, y tampoco me siguió cuando logré zafarme de su mano curtida, casi blanca la palma, un contraste que me sorprendió de nuevo. No había explicación que lograra convencerme sobre esa particularidad de las manos humanas, que independientemente de la piel o raza, siempre mostraba un tono blanco a rosado en el interior de la palma.

Me encaminé a los baños, y me refresqué, aunque el olor del agua me diera a entender que como mucho debiera lavarme las manos y luego secarme muy bien. Aeropuerto nuevo, depuradora nueva, químicos a mansalva. Kenía también había sucumbido ante la modernidad que no tenía más formas que la química transformando lo autóctono en químico. No dudé de que esa agua estaba bien desinfectada. Dudaba de que quedaba algo de agua en ese líquido blanquecino y cansado que surtía con falsa alegría oxigenada de los cabezales con filtro.

Al salir vi al amigo de Henrik, que apagó con una sonrisa en la cara su cigarillo con un pisotón y se acercó diligentemente. ‘Deja que el se encargue de todo, es un hombre pulcro y con dotes de organización. Eso sí, te va a intentar meter mano, no lo puede evitar. Es su gran debilidad, y se llama mujeres.’

“¡Menuda que tenéis liada en Europa, hmmh, señorrita Bresilla!”

Le dije que sí, que la cosa se había puesto fea. Nos saludamos y le corregí sobre mi apellido.

–“ Ah, usted perdone, pero aquí no siempre es fácil tener cobertura para el móvil, salvo si se está en la capital. – “¿No trae equipaje?”

“No, Henrik me aconsejó salir lo más rápidamente posible y no depender del equipaje. Además, no tengo ropa para África, como puede comprobar.”

Langfeldt aprovechó la invitación para recorrer mi cuerpo de arriba abajo con la mirada, taxativa y profesional. – “Esto no tiene mayor problema, ahora mismo nos vamos a un centro comercial en Nairobi y le ayudo a prepararse su equipaje de viaje. Ese es mi trabajo, aunque sólo para usted y por su amistad con Henni me encargo personalmente.”

Otro que se daba aires de importante. Miré atrás, pero el viejo había desparecido o le tapaban los demás keniatas y no keniatas, aún gesticulando con los carteles. Parecían una manifestación, ahora que no se veían los logotipos en los carteles, muchos de ellos improvisados. ¿Cuántos años hacía que no había estado en ninguna manifestación?

Salimos del edificio principal de llegadas, y el calor del país me saludó por primera vez. El calor, y el olor, el aire de África, el olor de ese continente que seguía siendo todo menos civilizado como les gustaba a los que no eran oriundos de sus vastas tierras.

Tenía aparcado su vehículo, un todoterreno con las insignias del hotel impresas en las puertas. Era de los últimos modelos en el mercado, reluciente y si había hecho kilómetros, no podían ser más que unos pocos.

“Parece que le va muy bien, señor Langfeldt. ¿Eso de Henni… me lo explica?”

Langfeldt se carcajeo para el, me abrió la puerta y noté el fuerte olor a colonia masculina cara. – “Entre señorita, que la cabina está climatizada.”

Efectivamente, la cabina estaba varios grados más fría que el exterior. – “Mantiene funcionando el sistema de aire durante una hora máximo, y es de agradecer en mi trabajo”, dijo cuando se colocó frente al volante. – “No hace falta el cinturón aquí, que esto sigue siendo el viejo oeste, ya me entiende.”

Me lo ajusté de todas formas. Salvaba vidas, evitaba trabajo a los de mi profesión. Se lo dije, pero se rió diciendo que aquí la neurocirugía se resumía en la baja definitiva.

No le dije más, porque un tocho así no comprende más de lo que le es útil para brillar delante del turista exclusivo. Kenía contaba con hospitales de renombre, y si brillaba algo en este país, eran sus neurocirujanos, increíblemente hábiles y resistentes en las operaciones difíciles. Pero que iba a saber ese tipo que flotaba entre las olas, esperando no subirse nunca a la plancha de surf, sino a agarrar a alguien de la pierna y hacerle caer. En fin, había que aguantarle, y además no provocarle demasiado. Aún me quedaba mucho viaje por delante, y convenía que me quisiera bien el hombre.

Arrancó, y enseguida siguió con darse importancia, al mismo tiempo que comenzó a engatusarme con pequeñas invitaciones en gestos o miradas. No le seguí el juego, no pensé que sería necesario para poder partir en un día o dos en dirección a Camerún, dónde me iba a reunir con Yang.

“Ya verá señorita, la ropa de aquí le va a quedar como una segunda piel. Además, usted desde luego no tendrá problemas para enfundarse hasta en el modelito más exigente.”

Langfeldt hablaba y hablaba, y casi podía ver el brazo del tocadiscos saltar hacía atrás al llegar al punto dónde Langfeldt había dejado de evolucionar hacía muchos años. Otro disco con el surco rallado. Otra canción de verano que no se distinguia apenas de millones que sonando al mismo tiempo demacraban a la sociedad nota tras nota, incansablemente.

Tenía muchas ganas de ver a alguien normal, alguien con quien hablar tranquilamente. Tenía ganas de estar con Yang y meterme en su proyecto para poder desplazar a todos estos locos fuera de mi cabeza y vida.

***

Trinidad se despertó en una pequeña habitación llena de aire a cárcel, a haber servido desde hace tiempo para encerrar a alguien y no dejarle salir nunca más. Le dolía la cabeza, y se notó un chichón en la frente que ardía.

Abrío el bolso pero salvo cosas blandas no le habían dejado nada. Quiso tirarlo contra la puerta de metal llena de manchones de corrosión, cuando se acordó de que en la base del bolsa tenía el amuleto que su padre le había regalado cuando niña, un día antes de desaparecer para siempre en una expedición de las suyas, de la que no volvió porque no quisiera, sino porque había estirado demasiado la cuerda de la suerte.

Por el peso que tenía la bolsa no lo habían encontrado, y al ver que las costuras estaban intactas, sonrió. Al menos estaría protegida contra vigilancia y venenos. Su sonrisa duró poco cuando comprendió que con total seguridad ya sabían que era el amuleto en el bolso, y que si no lo habían sacado, era porque sabían que eso no era tan fácil de quedarse si no se daba libremente.

“Empate”, pensó. De nuevo le asaltaron las imágenes y sonidos de las ejecuciones en su garaje y comenzó a gemir.

Escuchó unos pasos, como de alguien o de varias personas bajando una escalera, y la puerta, después de unos golpes y sonidos que delataban varias barras de cierre o cerraduras grandes se abrió.

“Hola Trini, no pensé que nos íbamos a volver a ver tan pronto.”

A Trinidad Pava el mundo le invitó a una vuelta rápida en carrusel. Delante de ella estaba el ministro de administraciones públicas, que apenas había podido pasar por la puerta sin chocar con su cabezón contra el marco.

Era la última persona que hubiera esperado, pero ahora al verle, comprendió todo. Montoro había sido quien había favorecido la llegada de este cacique del sur a la capital. Era el hombre de confianza de Montoro que durante años había debilitado más y más al partido con su particular política en esa región, empobrecida a golpe de distribuir las increíbles sumas de ayudas entre amigos y cercanos a el, y al partido después.

Ahora quedaba claro. No había sido el partido que habia descubierto a Montoro, sino que Montoro hizo que el partido le descubriera. El cabezón era el primer caballo de Troya, y Montoro el definitivo. Dudaba ahora de que Montoro estuviera muerto.

“Bueno hija, tu sabes lo que queremos. Pensamos que te lo podíamos quitar fácilmente, pero resulta que esa cosa no colabora para nada.”

Eso ya lo había visto ella, y que precisamente ese imbécil fuese el que bajara a este lugubre lugar era señal de que los planes estaban gravemente amenazados. No, no parecía un empate, sino una situación de falta que el arbitro había visto.

“¿Qué me ofreces aparte de que no creo que en tu vida hayas dicho una sola vez la verdad, ni siquiera cuando supiste balbucear lo de “Mamáaa” la primera vez?”

Los insultos simples no le llegaban al cacique, que le dijo que podía contar con una salida, dinero en efectivo, lo que pidiese, siempre y cuando la cosa quedaría en su poder, sin que diera sorpresas.

Ella sabía que eso era imposible. No se iban a fiar, y no la dejarían llegar muy lejos. Por si acaso el amuleto se volviera agresivo después de unos días. Porque sí. Porque en este negocio nada se dejaba a la ligera ni a la fe.

“No me vale. Piénsate algo mejor, gordo. Y cámbiate de estilista, que vuelve a parecer que ha entrado un hipopótamo con cuerpo de cuerpospin en la sala. Y que hagan algo con tu cabeza.”

Ni siquiera pestañó cuando dijo que se lo pensaría, pero que la próxima vez que bajaría también bajaría personal para torturarla.

“Adelante, idiota. Seguro que te irás para no tener que verlo. Luego descubrirás que torturándome no solucionas el problema, yo estaré mal, el amuleto no será de Montoro, y el que acaba con la siguiente bala entre ceja y ceja eres tú. Hmmh… seguro que hasta yo acertaría. No estás en posición de amenazar gordo, así que date la vuelta, habla con tu jefe y déjame respirar, que consumes mucho oxígeno con esas neuronas en su globo inflado de mala manera.”

Se dio la vuelta y cerró la puerta tras sí. Le hizo reír a Trinidad, porque podían dejarla abierta. Miedo. El cacique le tenía miedo. Mejor. De falta vista por el árbitro a falta personal técnica y grave en el área. Iba a haber tiros libres, penalización y recuperación de pelota. A Trini no es que le gustaba especialmente el baloncesto, pero siempre había sentido cierta debilidad por los hombres altos. Y de paso, aprendió algunas reglas.

***

El aeropuerto de Nairobi, recién remodelado desprendía un aire a nuevo que prolongaba la sensación de estar en Europa, salvo lógicamente las particularidades autóctonas, imposibles de sobreseer con las prisas o rutina.

Pasé el control de pasaportes, y con satisfacción porque el agente ni me miró, sino que hacía pasar a todos con cara de aburrimiento y ganas de volver a los chanchullos que le ocupaban más que estar en la cabina. Ni siquiera la ocupaba, sino que de pie fuera de ella gesticulaba para que los pasajeros no se entretuvieran demasiado.

En la puerta de salida me esperaba una multitud de personas, casi todos con los típicos carteles que anunciaban apellidos y agencias de viajes, hoteles y tour operadores. Langfeldt, tal como me había dicho Henrik, no estaría en esta primera barrera, sino que se acercaría a mi tan pronto lograra salir del tumulto turístico.

Pero antes de que pude pasar esa barrera de empleados, igual de aburridos que el personal del aeropuerto pero con la necesidad de ser algo más selectivos que estos, un hombre de avanzada edad me agarró por la chaqueta y me dijo en inglés que en África a los verdaderos amigos se les veía tres veces en un gran viaje, o no eran amigos. Me miró con ojos desde una cara oscura y llena de arrugas, con intensidad pero no le di tiempo para ahondar en su intento de sacarme algo, y tampoco me siguió cuando logré zafarme de su mano curtida, casi blanca la palma, un contraste que me siguió sorprendiendo. No había explicación que lograra convencerme sobre esa particularidad de las manos humanas, que independientemente de la piel o raza, siempre mostraba un tono blanco a rosado en el interior de la palma.

Me encaminé a los baños, y me refresqué, aunque el olor del agua me diera a entender que como mucho debiera lavarme las manos y luego secarme muy bien. Aeropuerto nuevo, depuradora nueva, químicos a mansalva. Kenía también había sucumbido ante la modernidad que no tenía más formas que la química transformando lo autóctono en químico. No dudé de que esa agua estaba bien desinfectada. Dudaba de que quedaba algo de agua en ese líquido blanquecino y cansado que surtía con falsa alegría oxigenada de los cabezales con filtro.

Al salir vi al amigo de Henrik, que apagó con una sonrisa en la cara su cigarillo con un pisotón y se acercó diligentemente. “Deja que el se encargue de todo, es un hombre pulcro y con dotes de organización. Eso sí, te va a intentar meter mano, no lo puede evitar. Es su gran debilidad, y se llama mujeres.”

“¡Menuda que tenéis liada en Europa, hmmh, señorrita Bresilla!”

Le dije que sí, que la cosa se había puesto fea. Nos saludamos y le corregí sobre mi apellido. –“ Ah, usted perdone, pero aquí no siempre es fácil tener cobertura para el móvil, salvo si se está en la capital. – “¿No trae equipaje?”

“No, Henrik me aconsejó salir lo más rápidamente posible y no depender del equipaje. Además, no tengo ropa para África, como puede comprobar.”

Langfeldt aprovechó la invitación para recorrer mi cuerpo de arriba abajo con la mirada, taxativa y profesional. – “Esto no tiene mayor problema, ahora mismo nos vamos a un centro comercial en Nairobi y le ayudo a prepararse su equipaje de viaje. Ese es mi trabajo, aunque sólo para usted y por su amistad con Henni me encargo personalmente.”

Otro que se daba aires de importante. Miré atrás, pero el viejo había desparecido o le tapaban los demás keniatas y no keniatas, aún gesticulando con los carteles. Parecían una manifestación, ahora que no se veían los logotipos en los carteles, muchos de ellos improvisados. ¿Cuántos años hacía que no había estado en ninguna manifestación?

Salimos del edificio principal de llegadas, y el calor del país me saludó por primera vez. El calor, y el olor, el aire de África, el olor de ese continente que seguía siendo todo menos civilizado como les gustaba a los que no eran oriundos de sus vastas tierras.

Tenía aparcado su vehículo, un todoterreno con las insignias del hotel impresas en las puertas. Era de los últimos modelos en el mercado, reluciente y si había hecho kilómetros, no podían ser más que unos pocos.

“Parece que le va muy bien, señor Langfeldt. ¿Eso de Henni… me lo explica?”

Langfeldt se carcajeo para el, me abrió la puerta y noté el fuerte olor a colonia masculina cara. – “Entre señorita, que la cabina está climatizada.”

Efectivamente, la cabina estaba varios grados más fría que el exterior. – “Mantiene funcionando el sistema de aire durante una hora máximo, y es de agradecer en mi trabajo”, dijo cuando se colocó frente al volante. – “No hace falta el cinturón aquí, que esto sigue siendo el viejo oeste, ya me entiende.”

Me lo ajusté de todas formas. Salvaba vidas, evitaba trabajo a los de mi profesión. Se lo dije, pero se rió diciendo que aquí la neurocirugía se resumía en la baja definitiva.

No le dije más, porque un tocho así no comprende más de lo que le es útil para brillar delante del turista exclusivo. Kenía contaba con hospitales de renombre, y si brillaba algo en este país, eran sus neurocirujanos, increíblemente hábiles y resistentes en las operaciones difíciles. Pero que iba a saber ese tipo que flotaba entre las olas, esperando no subirse nunca a la plancha de surf, sino a agarrar a alguien de la pierna y hacerle caer. En fin, había que aguantarle, y además no provocarle demasiado. Aún me quedaba mucho viaje por delante, y convenía que me quisiera bien el hombre.

Arrancó, y enseguida siguió con darse importancia, al mismo tiempo que comenzó a engatusarme con pequeñas invitaciones en gestos o miradas. No le seguí el juego, no pensé que sería necesario para poder partir en un día o dos en dirección a Camerún, dónde me iba a reunir con Yang, sin que este supiera más que una nota que le había dejado en su despacho a algún colaborador suyo, que apenas hablaba inglés.

“Ya verá señorita, la ropa de aquí le va a quedar como una segunda piel. Además, usted desde luego no tendrá problemas para enfundarse hasta en el modelito más exigente.”

Langfeldt hablaba y hablaba, y casi podía ver el brazo del tocadiscos saltar hacía atrás al llegar al punto dónde Langfeldt había dejado de evolucionar hacía muchos años. Otro disco con el surco rallado. Otra canción de verano que no se distinguia apenas de millones que sonando al mismo tiempo demacraban a la sociedad nota tras nota, incansablemente.

Tenía muchas ganas de ver a alguien normal, alguien con quien hablar tranquilamente. Tenía ganas de estar con Yang y meterme en su proyecto para poder desplazar a todos estos locos fuera de mi cabeza y vida.

***

“Tu amiga es más seca que un baobab petrificado. No sé lo que verás en ese tipo de mujeres, pero tus gustos son poco aprovechables, Henni.”

Langfeldt, quien superaba la cosecha de rechazos con devaluar la mercancía, asintió a la pregunta que Henrik le hizo después.

“Si, ya está camino del Chad. No, que va, es mejor que aterrice en el Chad, que tampoco habrá controles en las pistas selváticas. De allí la llevarán en 4×4 hasta su destino en Camerún. Tengo mis contactos, Henni, y mejor que vaya por esa ruta si realmente quieres que la pierdan de vista. No, que irá segura por esa ruta, precisamente porque los demás no irían seguros si la siguen. Jaja.. no que va, a mi nadie me va a hacer nada aquí, que soy un director de un hotel que organiza viajes como estos cinco veces al día. Venga, a mandar. Ya nos veremos Henni, un beso a … bueno, a tu perro que nunca sé como se llama tu actual, mamonazo.”

Colgó y dejó el móvil sobre la mesa de despacho. Volver a saber de Henni nunca era buena noticia, pero esta vez al menos no había tenido que hacer algo que no hiciera normalmente. También había subido aquí el nivel de límites, pero aún así, el viajecito de la doctora seca no era más que eso, un viaje de grado medio. Si ni siquiera llevaba equipaje, y no había nada de lo que habitualmente requería que nadie registrara o supiera incluso de sus clientes en ruta.

Henni y sus lios amorosos. Terrible combinación.

Al día siguiente le llegó la confirmación de que la doctora ya estaba en medio de las extensiones dónde las pistas que conectaban un pueblo con otro cambiaban cada semana según el viento, la lluvia o alguna que otra inundación.

Luego se olvidó de la señorita, porque no llegaría hasta dentro de una semana a su destino. Había que atender a los demás clientes, especialmente al tipo de Johannesburgo que quería proponerle un negocio interesante para los dos, como le había remarcado una y otra vez en la barra del bar del hotel. Si es que el coñac del barco, ese coñac de la isla dónde comenzó a cimentar los fundamentos del complejo del que ahora era dueño en Kenia no fallaba.

Apostó por aventura sexual, aunque la revisión del pasaporte y unas cuantas pesquisas simples apuntaban también a diamantes. “Serán las dos cosas” se dijo en voz alta asustando a dos palomas enanas que habían comenzado con el baile de seducción sobre el alfeizar del ventanal principal.

Otro día de desplumar a los que llegaban a la trampa, aunque hace tiempo que Langfeldt se consideraba un respetable hombre de negocios internacionales. Kenia era el lugar idóneo para organizar lo que en los países africanos resultara en flagrantes delitos, robos, extorsiones y crímenes hasta incluso terribles. Así de limpio, desde un precioso e inofensivo hotel para aventureros ricos.

Mucho mejor que esa mierda de especulación con compra venta de fincas. Aquí nadie protestaba, no había abogados que podían quitarte el pan duramente estafado, ni socios voraces que contentar.

Ahuyentó a los recuerdos que el contacto renovado con Henni había hecho resurgir con llamar al cliente de Pretoria. “Si señor, ahora tengo un momento sin tener que atender la rutina diaria. ¿Nos vemos en el bar de la piscina pequeña? Si, no se preocupe, allí podemos hablar tranquilamente. Hasta ahora entonces, señor.”

Colgó, enfundó el móvil y se lo colgó del cinturón. Les encantaba a estos verle servil y sumiso. Algo que aprendió de aquel crío que Henrik destrozó en un accidente. Este imbécil, porque ese niño tumbaba todas las resistencias con una sola mirada. Hubieran hecho una fortuna juntos, si no fuese porque Henrik casi le mató. Mejor si lo hubiera matado, porque fue penoso ver en que se convirtió en pocos meses.

Basta ya, pensó, pero tomó sus pensamientos como por lo que eran. Claros avisos y señales de alarma. Dónde aparecía Henrik, las cosas acababan mal o peor incluso.

Quizá era ese el momento de tomarse unas largas vacaciones y evitar así que se presentara también aquí. Sí, eso era. Uno o dos clientes más, quizá tres… y luego un mes en ruta por el planeta, y que le dieran morcilla al cíclope.

***

El asesor volvía estar en exactamente el mismo punto del despacho que hacía una semana. Nada parecía haber cambiado, y esa firmeza en sólo permitir que jamás nada cambiara en la forma de comunicarse con el general dejaba constancia porque el escudo de su familia mostraba una montaña como símbolo central.

Lo ceremonioso, el no variar un ápice la forma, el formato, la presentación, fuesen lo que fuesen los contenidos de las comunicaciones. La tradición milenaria de la dinastía Sheingen.

El asesor miró la superficie de piedra negra pulida y se preguntaba como era capaz de encontrar ese punto exacto, cuando nada indicaba su posición.

“¿Qué más sabemos de esa doctora?”

El asesor no le contestó. Revisó cuidadosamente toda la información que le había hecho llegar al general en los últimos quince minutos. Un primer movimiento visible de Montoro en África, una doctora abducida por los círculos de poder entorno a Montoro desde niña, uso experto de rutas de contrabando, excelente neurocirujana, rica y con total seguridad un agente de los mejores que Montoro podía controlar.

No era el primer intento de acercarse a Yang en los momentos de la operación. Incluso habían intentado ellos atraerla en primera instancia, al ver que podían utilizarla en contra de Montoro, pero ahora eso ya no tenía sentido. Montoro había sucedido en su plan, y que ella estuviera en estos momentos a cuatro días de la localización de Yang podía significar que Montoro se estaba procurando un primer vistazo a la operación en marcha.

“Su llegada coincidirá con el ataque de los rebeldes por pocos días, puede que horas.”

El general asintió por dentro. Esa era una de las claves. La temporización. Esa agente se comportaba como si supiera exactamente a que hora llegar. Cada paso que daba hablaba del sistema Montoro.

Dejó que pasaran varios minutos antes de volver a hablar. El asesor comprendió que tendría que reasegurar que los rebeldes no estaban en manos de terceros, y estos no en manos de Montoro.

“¿Y Ngunyeng?”

“Con una ventaja de dos días sobre la agente. Llegará al primer contacto con el doctor Yang el jueves por la mañana, posiblemente de madrugada.”

El general pensó durante casi media hora hasta que finalmente asintió con la cabeza. No podían eliminarla. Yang estaba al límite, y la perdida de su amiga amenazaría el proyecto. Era listo ese Montoro.

“En cuanto Yang haya salido del hospital, me comunicaré con el personalmente. Mientras tanto sigue todo como previsto, pero asegúrese de que Ngunyeng no actue contra la agente sin orden expresa.”

El asesor se inclinó y dio marcha atrás para salir. De nuevo buscaba la más mínima huella que podía existir en ese lugar que cada día decidía sobre su futuro.

El general recordó a Yang en su residencia de los llanos, cuando le dijo que amaba a esa europea, pero que ella no sentía más que una gran amistad por el, y que juntos trabajaban como diez de los mejores. Ese Yang, misterioso en su fuerza para seguir adelante cuando todo parecía perdido. Una lástima que la mujer tenía todas las de ser su verduga.

El porqué de la elección de Europa por parte de Montoro lo iba a desvelar el futuro. Ese hombre no era tonto, y tenía que saber que África jugaba el papel fundamental del control. Su conquista de Europa no obstante dejaba al descubierto que no apuntaba al continente africano directamente, aparte de demostrar ahora en la práctica que el sistema actual estaba acabado. Un hombre extremadamente peligroso, aunque eso a Sheingen no le impresionó en lo más mínimo.

Sólo iban a quedar los más peligrosos al frente de cuatro, posiblemente cinco reinos finales. Si Montoro iba a ser uno de ellos, facilitaría enormemente que sólo quedaran tres. No tenía nada que hacer contra los tres reinos, aunque seguramente se aliaría con el cuarto contendiente.

Abríó el secretario victoriano que no parecía esconder más que unas figuritas de porcelana y papeles en blanco a la vista, pero después de que los sistemas de seguridad instalados en el mismo se habían asegurado que la única persona que tenía autorización para manejar sus secretos estaba delante de los sensores microscópicos, Sheingen accedió al comunicador directo con su hermano.

Yang, que no era Yang apareció en miniatura dónde antes una figura de porcelana le había mirado con ojos milenarios. Observó como su hermano se desplazaba sin moverse del lugar. Estaba en el hospital, revisando una sala llena de material clínico.

La tecnología también tenía la misma edad que la bailarina que ahora era su hermano. Unas figuras que pasaron de generación en generación, y cuyo orígen, así había especulado siempre el abuelo Sheingen, debió de situarse en una civilización de mujeres minúsculas, pero capaces de proezas que las máquinas de los alienígenas y mucho menos las de los humanos podían alcanzar. No eran figuritas de porcelana, no eran máquinas. Eran dieciocho posturas de un baile más antíguo que la antígüedad. Bastaba con mirar a la figura central, concentrarse en quien quería uno ver o contactar, y la figura se convertía en esa persona, mientras que las demás reflejaban sobre sus cuerpos de no más de diez centímetros de altura el entorno.

“Todos están en su lugar correspondiente, algunos aún llegando, pero estarán.”

Su hermano, ahora en la terraza adyacente a la sala le contestó que también lo estaba percibiendo. “Ya falta poco. Hora de dejar ver lo que los demás quieren ver.”

“De aquí cuatro días llegará el transporte. Tu amiga dentro de dos.”

Las manos de Yang en los cuerpos de las miniaturas agarraban la estructura metálica del cierre de la terraza. “Ahora sabremos quien es quien”, fue su respuesta. Seguía apostando por ella, cuando su hermano llevaba años protegiéndole de esa mujer. Nunca habían dado con una prueba directa, pero precisamente por eso era la agente más peligrosa de todas y todos. No tenía fisuras. Una vida perfectamente normal, pero siempre en medio de fuerzas incomensurables en su poder. Una farsa que rizaba los rizos. Sí, ahora su hermano descubriría quien era la doctora Brescida debajo de la piel de una doctora llamada Brescida.

“¿Qué tecnología?”, preguntó Yang intentando captar una brisa que refrescara por un momento su mente.

“Conocimiento de fuentes, replicadora de vidas, y la mitad del sello.”

Yang levantó la cabeza extrañado. ¿La mitad del sello? ¿El sello se había desplazado hacía Pretoria? ¿Cómo podía haberse reservado esa información hasta ahora? Los reproches en forma de preguntas caían sobre el señor de Sheingen, que compartía el poder del reinado con su hermano como lo había ordenado el abuelo Sheingen en su testamento.

Respondió con imágenes que identificaban a la portadora del sello, historiales y datos que sacó de su memoria para que llegasen a la retina de su hermano, la segunda retina  como la llamaba el mismo.

Yang se disculpó con su hermano al comprender. El sello no estaba en poder del contendiente más débil, sino en manos de una nueva contendiente que había salido prácticamente de la nada como tal.

Pero no era la portadora del sello, sólo lo llevaba temporalmente. Una jugada maestra de esa tecnología que su hermano consideraba la quintesencia de la inteligencia del agua.

Tardó varios minutos en hablar y su hermano esperó pacientemente. Yang, el señor de Sheingen científico estaba evaluando lo que acababa de recibir y comprender.

El general comenzó a hablarle de sus propias conclusiones cuando vio que su hermano volvió de ser una estátua de sal estirándose desde los hombros.

Este asintió. La conclusión final o definitiva era la misma para ambos. Un tercio de la guerra se iba a cumplir en Pretoria, y quedarían tres contendientes. China estaba salvada, al menos la teoría de su salvación comenzaba a tener formas respetables.

El general cortó la comunicación y volvió a cerrar el secretario con sus figuras de porcelana, que no eran de porcelana, que no eran simples figuras, y que en concreto eran piezas de algo que siempre se mostraba como no era. La realidad, esa la habían inventado los reales, la realeza, los señores de los demás.

El señor de Sheingen se acercó de nuevo al ventanal. Las dos palomas seguían con su juego de danzas y provocaciones sin consciencia de estar siendo observados. El general se preguntó cuantas veces la montaña de Sheingen le había visto amar a sus mujeres sin que el reparara en su presencia.

***

No había otra salida. Pava no iba a ceder y salvo ella sólo había dos personas en el mundo que sabrían manejar el medaillón. Habían tenido una oportunidad, la aprovecharon, pero los mecanismos del medaillón no se dejaban manipular como habían esperado.

La dejaron salir después de llegar a un acuerdo. Quedaba mucha gente viva que le importaba lo suficiente a Pava, y en realidad no importaba demasiado quien llevara el medaillón, siempre y cuando llegara a tiempo al destino que ellos deseaban.

Dos horas más tarde, Trinidad Pava estaba volando en un avión privado. Había convertido los tiros libres, había recuperado la posesión del balón, y ahora sorbía un excelente café fraché con trazas de mocca sobre la pequeña cúpula de nata.

¿Eso era todo lo que querían? ¿Qué se quedara durante una temporada en un lugar salvaje rodeado de musculosos y sudorosos hombres negros con taparabos? Negó con la cabeza, con la pajita absorbiendo aire mientras que el hielo tardaba en deshacerse. Para eso no tendrían que haber matado a esa pobre gente. No parecía que le iban tan bien las cosas a Montoro después de todo. Con idioteces así no llegaría a ninguna parte, incluso si todas las partes fuesen ya suyas.

Trinidad Pava no sabía como funcionaba el medaillón, ni le importaba. Funcionaba, y con eso era suficiente. Mientras no tuviera que entregarlo, volaría por todo el planeta si fuese preciso y cuando se lo dijo al gordo impresentable ese, este se había puesto blanco porque comprendió que efectivamente así era. Así de fácil, idiotas.

Una vez más Montoro la necesitaba. Hasta ahora les había ido muy bien a los dos, y algo le decía a Trinidad que eso seguiría así hasta que fuese ella la que cortara definitivamente los lazos. El politico cacique no obstante, ese tenía pocas probabilidades de llegar al siguiente partido.

***

Revisó mentalmente esos momentos, saboreándolos junto al gusto exquisito del café endulzado, fresco y caliente a la vez. Allí, en ese búnker dónde se quedaron viendo como ella se subió a la Vida:

“Pero hay una condición, cabezón.”

El ex ministro levantó la mirada, aún incapaz de comprender como a nadie se lo hubiera ocurrido preguntarle antes por el parecer de la furcia.

“En cuanto yo llegue al destino, tu dejas de estar en esta organización. Que te retiren, que te retires, que hagáis lo que queréis. Pero no me moveré de ese lugar si no estoy absolutamente segura de que a ti no te tendré volver a ver nunca más. Y no lo tomes a mal, no es nada personal. Simplemente eres un estúpido inútil, que durante demasiados años te supiste salvar saltando sobre los demás. Eso en una organización como la que quieren montar aquí no tiene lugar. ¿Me has oído, cabezón? Bueno, no importa. Tu jefe lo oirá, si no lo está escuchando en este instante.”

La mirada aterrorizada del cacique certificaba que estaba escuchando.

Puntos, partido y campeonato. Si es que no había nada mejor que jugar sin tener que correr detrás de estúpidas pelotas, o tenerlas colgando. A Trini le encantaba cada día más ser mujer entre machitos que no habían superado todavía el encontrarse con la realidad. Tener huevos solo servía durante unos dos a cinco segundos, el tiempo máximo de su utilidad.

“¿Estoy oyendo canicas, gordo, o tus hombres juegan ahora a petanca en el jardín de atrás?”

***

Ya no le contestó. Los fracasos sonoros tenían su precio, el más alto normalmente. Uno podía fracasar en cosas grandes, pero mientras no salpicara demasiado, nadie diría nada. Lo del enchufeitor, como le llamaban en la capital de provincia, había llegado al punto máximo de metedura de pata.

No se sorprendió que la azafata que la atendía únicamente a ella y con esmero pronto llegara con un portátil que dispuso delante de ella. La pobre no sabía manejar el equipo, y con la complicidad de necesitar ganar urgentemente amigos a cada milímetro de su avance por la vida recuperada a plazos, Trini le echó una mano experta hasta que el trasto comenzara a reproducir el archivo de video.

La azafata, algo enrojecida y agradecida se retiró y Trini puso en marcha la reproducción, momentáneamente pausada.

Montoro había cumplido con una parte del trato, y eso le hizo sentirse mucho mejor. El cabezón lloriqueó bastante antes de que le pegaran un tiro en la nuca en la cuneta de una carretera de su país, una de esas en las que nadie quisiera morir. Una de esas que dejó en el olvido, o que simplemente no era lo suficientemente importante para una foto.

“Idiota. Siempre fuiste un peón, aunque llegaras momentáneamente a figura. Pero te equivocaste de reina, cabezón, te equivocaste de reina.”

Borró el archivo. Cuando jugaba en un equipo, de ese equipo era.

Volvió a llamar a la azafata, que pensó que quería que retirar el portátil, pero Trinidad ya había comprendido que podía sentirse dueña del avión y de que llevaba dentro.

Ahh, ese poder tan delicioso recorriendo como saliva los rincones más insospechados de los seres. Pronto gozaron como locas. “¿Cómo te llamas hija?”, le preguntó mientras que la chica yacía sobre el sillón a su lado, extenuada e intentando recuperar el aliento.

“Andrea, señora ministra.”

Trini sonrió. Anda que aún la veían como la señora ministra, eso sí que no se lo había esperado. Se echó a reír y volvió a deslizar su mano sobre el cuerpo de la muchacha que gemió hiperexcitada al primer toque.

Las cosas hermosas que una se podía encontrar en un vuelo cualquiera, pensó y se aseguró que Andrea no la iba a olvidar nunca. Factor de campo, aquí las pelotas se quedaban fuera directamente.

“¿Has follado alguna vez con un negro, Andreita?”

La chica negó con la cabeza dentro del gozo que le enturbía el pensamiento entre algodones de sensaciones mil.

“¿Te apetecería estar conmigo un mes o dos? No te preocupes por tu trabajo, que tu jefe es el mío y a mi me hace caso como acabo de saber de el. Además, si aquí no ganas lo que te mereces, teniendo que servir para todo… hmmh… y con lo bien que lo haces, no te parece?” Le dio un cachete y el cuerpo bajo sus manos parecía sufrir una descarga eléctrica.

“Oh la la… pero si mi niña es una viciosilla… esto mejora ostensiblemente tu contrato querida. Pero que día más estupendo, no salgo de mi asombro.”

Ocho horas más tarde aterrizaron en Johannesburgo, ya con el día aclarando. Trinidad se bajó del avión simulando estar ante decenas de fotógrafos, mientras que Andrea se afanaba en explicarle al comandante que ella no volvería con ellos.

“Oye, tú… si tú el de la gorra de capitán. Si no quieres volar hidroaviones en Alaska, mejor dejes tranquila a mi secretaria. Si, sí. Llama a tu jefe si crees que eso cambia algo a tu favor, aunque no te lo recomendaría. Tu jefe te dirá que te calles, así que… cállate y deja de molestar, zoquete.”

El capitán metió la cabeza demasiado deprisa en la cabina, y su preciosa gorra cayó a los pies de Trinidad que primero la quiso pisar, pero luego pensó que quedaría muy mona sobre la cabecita de flequillo dorado de Andrea y se la quedó.

Se rió y le sacó la lengua al comandante del avión, diciéndole adiós con la gorra y apremiando a Andrea para que bajara de una vez y dejara a esos peludos seguir jugando con avioncitos que eran de otros.

***

Yang saludó al hombre que el gobierno había enviado. Sólo uno, pero como el trabajo ya estaba hecho, no le importó. No parecía chino, pero ya le habían avisado que el mecánico era de madre coreana.

“Sun Ngunyeng, para servirle doctor Yang. Dígame dónde puedo aparcar el camión para que no moleste más aquí.” La plaza delante del hospital era un caos, y el voluminoso vehículo, de fabricación china, parecía un bloque de granito verde y gris en medio de todo.

“Llévelo hasta la barrera de la calle detrás. Tendrá que volver a salir, virar a la derecha en la primera y de nuevo a la derecha. Avisaré de que le abran. Descanse, seguramente ha tenido un viaje durísimo. Me alegro que haya llegado tan bien. Mañana ya nos veremos para empezar a planificar.”

Ngunyeng negó con la cabeza. “No doctor, que he descansado antes de llegar, llevo solo tres horas conduciendo. Una buena comida, un poco de ejercicio y estoy listo.”

“Pues bien, tanto mejor. Le presentaré esta tarde al capataz, y al resto del personal y … hmmmh… va a quedarse seguramente sorprendido, pero no le cuento más. En la entrada de atrás pregunte por Olivier, sí Olii-viier, eso es. Le mostrará dónde dejar el camión y luego le llevará a conocer las instalaciones privadas para que pueda asearse, cambiarse, comer y descansar si así lo desea. Nos veremos a las 18:00hs en mi despacho.”

El hombre, enjuto y vivaz se inclinó varias veces con mucha rapidez, y se subió al camión que desde luego le quedaba como el traje del padre al hijo pequeño.

Yang se preguntaba a quien le habían enviado esta vez. Este al menos no parecía un agente, sino más bien un superviviente nato.

Se volvió al hospital, mientras que el camión iniciaba las maniobras para salir de la concurrida plaza.

“Olivier? Si, mira que te llegará un camión con un conductor, el señor Ngunyeng. Si, de China, finalmente ha llegado el mecánico. Busca un lugar dónde el camión quede fuera de la vista y ocúpate en que el buen hombre coma y descanse. Dice que no, pero a mi que ha conducido toda la noche para llegar tan pronto. Eso, eso… vale. Nos vemos a las seis en mi despacho.” Colgó el auricular del interfono y salió de la recepción, dónde le estaban bombardeando con preguntas que había aprendido ignorar.

Imposible atenderlas, eso casi le costó la vida en las primeras semanas. Lo importante no era su opinión, sino que los demás formasen la suya propia. Todos eran buenos enfermeros o doctoras, celadores o administrativos. Siempre lo harían mejor que el, tan pronto descubrieran que eso era así por lógica y naturaleza.

Pero estaban en África, y aquí se seguía con el bombardeo, no por esperar una respuesta, sino para seguir con la tradición.

***

Sebastiana estaba intranquila. El golpe de Montoro, luego su muerte, el funeral y la anarquía que recorrió como la pólvora encendida a toda Europa en tan pocos días no le producían la sonrisa y satisfacción como a los que veía en su entorno.

Se sentía personalmente amenazada, algo que no podía explicarse. De hecho, la mayoría de los enemigos de las fuentes habían desaparecido, o habían corrido mala suerte. La caza de brujas no iba a llegar hasta el parador. Era una revolución contra la corrupción, y sin duda esa iba a traer resultados formidables. Montoro lo hizo muy bien, eso lo tenía que admitir una y otra vez, pero no le libró de sentir que esos acontecimientos apuntaban también a ella y a las fuentes.

Al quinto día del discurso reunió el personal y anunció que iban a cerrar el parador durante un mes por si acaso. La charla fue oficial para todos, y cuando al día siguiente acudieron aquellos que habían bebido de las fuentes, los demás disfrutaban de vacaciones inesperadas, además de pagadas y que no iban a ser descontados de sus vacaciones estipuladas.

Con los veintiseis, vestidos ahora con ropas de calle y expectantes en una de las mesas del restaurante repentinamente silencioso y vacío de visitantes, explicó lo que estaba sintiendo y que temía un ataque.

“Ya sé que con dar vacaciones y de estar en lo cierto, habré dejado claro que sé que vendrán, pero entendedme, con las instalaciones abiertas hubiera sido mucho más difícil responder a un hipotético ataque.”

Se alegró cuando vio que nadie le recriminaba por la decisión. Muchos compartían ya la misma sensación de peligro inminente. Otros incluso habían tenido ya pequeñas reuniones para extremar las precauciones e informarse sobre cosas que les habían llamado la atención. Ahora el control de la zona sería muchísimo más fácil. Sólo había un acceso desde montaña abajo, dos desde lo alto de la montaña y uno aéreo, aunque sería difícil hasta para un piloto expermentado maniobrar hasta poder pasar por la garganta de granito que se abria en serpentina hasta llegar al parador.

Sebastiana dejó que los demás se encargaran de organizar la vigilancia, las contramedidas, trampas y contraseñas entre ellos para asegurarse de que no obraban a punta de pistola. No era nueva la sesión, aunque esta vez iba en serio para muchos. Más de cincuenta años de paz, que de todas formas pasaron como pasa la vida. En nada de tiempo.

***

(Sigue en Parte III)