Pertenece a: ELO- El Cuentacuentos

  • Fechas: después de la arribada de las sombras baúl
  • Lugar: Tierra
  • Ubicación en la saga: Inicio del libro primero

Tomo: Primero

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EL CUENTACUENTOS

El dilema de los prisioneros del pasado

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“Los cuentacuentos recuperaron el espacio que habían perdido antes de la Gran Guerra. Un auditorio que se entregaba durante media hora a un cuentacuentos tenía tema de debate, sueños y distracción asegurada durante meses. Nada había sido capaz de conseguir eso mismo. Ni siquiera una película, salvo si contaba con un presupuesto que hubiera significado el fin del hambre en algún país olvidado. Quizás por ello se olvidaban las películas. Porque en su gran mayoría no se acordaban de nadie.”

Ahmed Eme [La evolución psíquica de los cuentacuentos al debate], Foro Apertura, San Dehli, octubre 2977

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“Los imperialistas intentaron adecuarse a las nuevas circunstancias pero fracasaron, porque la política genética y de selección de sus miembros les había conducido a todo lo contrario. Fueron incapaces de amoldarse a los demás en profundidad.”

Mainz Kan Sotates, [Freud, armero de los muladís], Hammu / Nueva Málaga, octubre 2888

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1

-Tan pronto como me metí en el agujero, me encontré en una especie de tobogán –le dije al almotacén abriendo los brazos para expresar la sorpresa que había sentido en aquellos momentos pasados– Era un túnel oscuro. No me apetecía averiguar a dónde llevaba, pero de repente escuché el maldito siseo de la Sombra Baúl de nuevo, y pensé que, estando de esa guisa, con medio cuerpo fuera del agujero, sería un blanco perfecto para esa maldita cosa.

El almotacén me miraba fascinado por la historia que le estaba contando. Su cara formaba en cada una de mis pausas  –admito que muy teatrales– ese óvalo que presenta la cara de un niño a punto de conocer un gran secreto, donde la frente, los ojos, la nariz y el mentón se convierten en una clara petición de una limosna de ilusión. Mi historia lo había seducido hasta tal punto que casi no respiraba, pendiente de cada una de mis palabras.

-Así que… –imité con mi mano el movimiento del deslizamiento por un tobogán invisible–  me dejé caer hacía delante… y ya estaba bajando a una velocidad vertiginosa. Me golpeé varias veces en la cabeza con lo que me parecieron raíces y rocas. Debí perder unos instantes el conocimiento, porque lo que recuerdo después fue cómo braceaba para salir a la superficie de una especie de lago.

El almotacén se agarraba con la mano izquierda a la mesa de mediciones y comprobaciones de alimentos secos. Los nudillos se le estaban poniendo blancos ante la  creciente tensión que mi relato le hacía sentir. Su rostro rechoncho empezaba a adquirir por momentos un tono encarnado.

-Bueno, amigo, eso es todo por hoy  –le dije haciendo mi típico saludo, que daba por finalizada la correspondiente entrega del cuento.

El almotacén giró los ojos y resopló, signos evidentes de su deseo de que continuara la historia, aunque finalmente se calmó y se resignó. Con un gruñido, sacó el sello por debajo de la camisa sudada y lo estampó de mala gana sobre mi cartilla de cuentacuentos.

-Hasta la semana que viene, almotacén Lingolar –le dije. Pero el almotacén no me despidió como siempre sino que, tras mirar rápidamente en todas direcciones y comprobar que no había nadie en la tienda, me agarró del brazo.

Pensé entonces que sabía lo que iba a suceder. Un extra… El almotacén no tenía suficiente. Me pasaba constantemente. Era un cuentacuentos muy bueno. Mis historias eran las mejores.

-¿Alguna vez le han hecho un encargo…? –el almotacén se interrumpió, buscando probablemente en algún lugar inexplorado de Olobanda[1] el resto de la frase–  Un, no sé cómo decírselo.  Un… ya sabe, uno de estos… ­–se quedó mirándome con una expresión de complicidad que yo ni esperaba, ni comprendía.

-Claro que sí –le dije.

No entendía nada, pero no encontré otra salida que hablar. Quizás mis palabras despertarían a las suyas y así me enteraría por fin de lo que quería de mí

-No eres el primero. Ni serás el último. No hay que sentir vergüenza ­–añadí, adornando mis palabras con la bendita sonrisa de quienes saben guardar secretos. Era la cara estándar para estos casos.

El almotacén no reaccionó como yo esperaba. Empezó a mirarme con cierta repugnancia, torciendo el gesto como si mi persona desprendiera un olor nauseabundo.

-No creo que me haya comprendido. Creo que será mejor que se vaya y no vuelva nunca más ­–me dijo racheando la voz.

Me quedé frío. Evidentemente, allí ninguno de los dos entendía al otro.

-Verá almotacén, si usted no se explica adecuadamente, tampoco pretenda comprender las respuestas que vienen en socorro de su timidez o desconfianza­ –le espeté, molesto con la desconcertante situación.

El cambio en el tamaño de las pupilas del almotacén denotaban que, no sabía aún por qué, mi persona había vuelto a ganar el dominio sobre el comerciante.

Ahora o nunca, pensé, sin saber quien lo pensaba en mí o por mí. Suéltelo almotacén –le dije– Conmigo sus necesidades estarán a salvo de su propia tiranía.

Me oía como si estuviera fuera de mí. Yo no solía actuar así, a sabiendas de que, mientras uno cuenta cuentos, su vida era un cuento. Más allá de ese cuento, empezaba un mundo en el que yo no tenía ya el más mínimo interés, y mucho menos, confianza. Mi refugio eran mis cuentos. Eran más reales que mi propia vida. Pero ahora, algo en mí había reaccionado con fuerza, se había despertado y buscaba precisamente lo que durante muchos años había evitado a toda costa.

El almotacén, en la misma línea, interpretó mi mirada erróneamente. Pareció encontrar en la expresión de mis ojos aquello que buscaba exactamente. Eso, o una capacidad hipnótica propia que yo mismo desconocía se había desplegado milagrosa y repentinamente ante el hombre. No lo sé, pero puedo asegurar que nunca olvidaré el encargo del almotacén Pedro Lingolar. Nunca.

-Es un disfraz estupendo ese aspecto y esas formas de cuentacuentos pirata  –me dijo, aparentemente liberado de sus recelos ante mi persona–  Por un momento he pensado que me había equivocado de contacto. Tuve mis dudas durante las primeras semanas… pero sus palabras han despejado cualquier suspicacia. Ya no albergo ninguna incertidumbre. Lléveme a una de esas reuniones, por favor… Presénteme en la sociedad.

Le miré fijamente. Mi mirada de desconfianza sólo se debía a que no tenía ni la más remota idea de lo que me estaba hablando ese loco.

-No me lo haga más difícil hombre… –me suplicó–  Prométame al menos que en la próxima reunión les hablará de mí a los demás.

El almotacén volvió a interpretar erróneamente mi silencio.

-Sí, sí. Ya sé que debo contar con candidatos para ser admitido –me decía nervioso–  Los tengo. Mire, aquí tengo la lista ya hecha.

Sacó un cuaderno. Lo abrió y me mostró una larga lista  de nombres.

-Todos servimos a la causa… y le juro que estos nombres son reales, r-e-al-e-s –pronunció lentamente, sin dejar de mirarme.

Ahora lo miraba fijamente, en un intento desesperado de aparentar ser quien, desde luego, no era. El almotacén se había equivocado completamente de hombre. Me había tomado por un reclutador de imperialistas.

Los nombres correspondían a un grupo local de imperialistas. Esos hombres guardaban tecnología y anhelaban el regreso de la realeza. Ni la Gran Guerra había acabado del todo con ellos.

-Hasta la semana que viene, almotacén  ­–le dije mientras empujaba su brazo con la lista debajo de la mesa, justo para evitar que el band’aker que entraba en esos instantes por la puerta del negocio pudiese ver el cuaderno– Interesante encargo para una historia. Veré lo que puedo hacer.

El almotacén me guiñó un ojo, no sin añadir en voz alta varios gruñidos de aparente insatisfacción, además de ‘estoy perdiendo el tiempo con cuentos aburridos’.

Salí del almacén y anduve por las calles sin rumbo fijo. Sólo cuando estuve lo suficientemente lejos, empecé a liberarme del nerviosismo que el almotacén y su encargo me habían provocado. Respiré profundamente. Sin duda, mi vida iba a cambiar. Yo no tenía nada que ver con el reclutamiento de imperialistas. Debía encaminarme directamente al gremio de sabios locales, denunciarle y acabar con la célula y sus sueños de tronos perdidos. Pero había un detalle en todo esto, que me cerraba ese camino, al menos de momento. El tercer nombre de la lista me era familiar. En realidad, familiar, en este caso, era el adjetivo más exacto con el que se podía calificar ese nombre de la lista y su relación conmigo. Era el nombre de mi padre. Lo había encontrado, después de más de veinte años dando a toda mi familia por muerta.

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[1] Olobanda: todo aquello que está a más de tres kilómetros de una banda o ruta de banda.  Naturaleza sin intervención humana.

Notas:

– Has leído las primeras páginas del volumen uno de las saga ELO. Publicaré en este blog extractos de los cuatro volúmenes a medida que me lo permita mi editora.

– Si deseas ver más entradas sobre la temática, te recomiendo buscar en la categoría de ELO de este blog. Paciencia, que se irán ampliando.

– Dice mi editora que a finales del verano hay esperanzas de que salgan al menos dos tomos, el primero y el tercero en impresión. Yo albergo la esperanza de que no sea así, sino que finalmente se encuentra otra forma mucho mejor para el mundo de poder publicar sin papel de por en medio, y sin tener que renunciar a recuperar los gastos. Si tienes una idea al respeto, y si comprendes que me encuentro en una situación que precisa una buena idea, pónte en contacto conmigo por correo electrónico.

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