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Consejillo: Bajen el volumen en cuanto se aburran, pero no del todo. Verán que puede darles una nueva perspectiva sobre la velocidad y las prisas, el pisar el acelerador y temas relacionados incluso con el deporte de motor ó las guerras.  Pruében de leer este artículo con el sonido de este coche de fondo, que le hubiera encantado a mi padre exprimir por la Nordschleife del Nürburgring. Un regalito de un hijo, ya lo comprenderán si siguen leyendo.

Estoy sentado, de alguna forma sentado porque son mis rodillas que quedan atrapadas entre los dos asientos delanteros, mientras que la longitud de mis piernas aún no me permite quedar en armonía con el asiento de atrás. Mi padre conduce, mi madre va de copiloto.  Mi hermana y yo entretenidos con lo que vemos, pero cuando me aburre lo que vemos, me fijo en todos los detalles de conducción de mi padre. De ahí la postura, de ahí y hasta hoy una tremenda fuerza en mis piernas. Ni cinco horas me hacían desistir de conducir yo, de anticiparme, de intentar comprender la razón por tal o cual maniobra, movimiento o acción.

Cuando se intercambiaban, y mi madre tomaba el volante, la cosa era totalmente diferente. Conducía con mucha más tranquilidad, aunque con brío también. Era más insegura en situaciones de más de tres cosas a la vez, las estudiaba con mucha atención, tomaba decisiones entonces algo forzadas. Mi padre, en situaciones de estrés o peligro, solía buscar un hueco y acelerar. Mi padre destrozó tres coches, mi madre ninguno.

Yo sabía que estábamos en peligro cuando conducía mi padre. Lo sabía a los cuatro años. Aún así, a medida que se compraba coches más rápidos y deportivos, también crecía en mi un cierto amor por el riesgo. Si a los seis años me emocionaba cuando tomaba una curva a velocidad que se notaba dentro del coche como más fuerte de lo normal, a los 15, y me acuerdo muy bien, gritaba de risa cuando superamos los 280 en un viaje de negocios en la autopista. Risa histérica, pero risa.

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Hay que comprenderlo. Mi padre, a la tierna edad de 17 años, alto, rubio y guapo es forzado a alistarse “voluntariamente” para servir al Führer. Sus mayores dotes en ese momento no eran precisamente la conducción, sino el dibujo, el diseño y la organización en crisis. Las primeras dos son dones, la tercera resultado de una crisis terrible en esa Alemanía herida de muerte y de rodillas.

Cómo es de esperar, pasaron de que supiera dibujar en pocos minutos hasta los diseños más extravagantes y acertados. No iba a quedar bien que los símbolos nazis recibieran una renovación de parte de mi padre. Era demasiado bueno en eso, y viendo el éxito que tuvo después de la II. Guerra Mundial, con total seguridad los nazis hubieran sido transformados en freakies mucho antes de tiempo. Pero no, ese cambio divertido de la Historia no se produjo. En cambio, vieron que tenía sensibilidad en esas manazas que colgaban de casi dos metros de altura, y le dieron un curso acelerado de conducción de vehículos pesados de combate.

Resultó que ese hombre, Peter Karl, era un conductor nato, aunque algo temerario. A los pocos meses ya estaba en el frente, en África. Su misión era de servir de recambio, de asistente, y si se daba la necesidad, de conductor de un panzer de los medianos. Así lo hizo, hasta que los aliados aplastaron una división entera muy cerca de sus posiciones, y cuando se dió cuenta, estaba sentado dentro de un tanque Tiger.

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Yo no sé si ustedes saben lo que es eso. Más o menos una casa de dos a tres pisos, que se mueve y ruge, y cuyo cañon es suficientemente grande como para meter la cabeza dentro sin más.

Cómo los que quedaban vivos después de la debacle no tenían rango, se hizo la típica ronda de nombramientos. Mi padre acabó siendo conductor y responsable de la tripulación. Participó en una docena de ataques, contraataques, señuelos, etc. Sobrevivió una tras otra. Él, y su tripulación. A medida que eso ocurría, se fijaban en ese superequipo, que batalla tras batalla retornaba, y muchas veces siendo o bien los únicos o casi. Se llegó a decir que mi padre era intocable.

La cosa es que mi padre sólo me podía contar la vida que vivió en la Segunda Guerra Mundial mientras pisaba el acelerador. Cuanta más deportiva se volvía su conducción, en cuanto más riesgo se desprendía de cada segundo venidero, más fluída se volvía su conexión con el pasado, con sus recuerdos y vivencias.

Yo le pregunté muchas veces como había sido capaz de volver siempre de todas esas misiones sano y salvo.  Entonces se solía encoger de hombros, mirarme con cara de saberlo todo y sonreír con los labios apretados.  Aún así, sólo los adultos tienen esa forma de intentar esconder algo, sin saber que con ello apuntan directamente a lo que no quieren que veamos los niños. En el caso de mi padre fue una profunda tristeza y malestar.

Yo ya no quería saber lo que le había hecho sobrevivir. A medida que crecí, intensifiqué mi preguntar porque quería saber que era eso que tan mal y enfermizo tornaba a mi padre, mientras seguía sonriéndome.

Y un buen día, una tarde, sin ningún coche ni carrera de por en medio, sorpresivamente y con sorprendente calma me lo contó. Creo que lo hizo, porque poco antes le hice bastante daño, en respuesta a un daño que, etc, etc, etc. Ya me vió capaz de escucharle, o simplemente logró finalmente expresar la base de su ira, la causa que le llevaba una y otra vez a situaciones coléricas.

Yo de ustedes, y si son muy sensibles, quizá no deberían leer la parte que está entre las siguientes dos fotografías. Les he dejado suficiente espacio en blanco para que pasen por esta parte. En cuanto vean que la segunda fotografía ocupa parte de la parte alta de su monitor, ya están a salvo.

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Me contó que cuando estaba conduciendo en la primera misión, cuando vió que volaban los tanques a su alrededor, dió media vuelta y simplemente huyó. Fue el único que no alcanzaron.

Me quedé atónito. ¿Mi padre, el gran héroe, el luchador, el gigante… huyendo de la batalla? ¿Se sentía un cobarde? No podía ser. Mi padre era valiente, y lo había demostrado en muchas ocasiones, y no me refiero a las temerarias.

En la segunda batalla, él y su tripulación aprovecharon la noche para adentrarse en las líneas enemigas. No buscaban las posiciones del enemigo para tener mayor certeza de daños a ocasionar. No, que va. Buscaban un camino que les llevara lejos de las trampas anti-tanque, las minas, y los luchadores-suicidas. Una vez que lo habían trazado en el mapa, cavaban al final del mismo un hoyo en la arena y lo tapaban con lona.

Al comenzar la batalla, se colocaban en primera fila, pero en el lado que el mapa dictaba para poder salirse y dar con la ruta trazada. Me dijo: “Estábamos sentados en ese ataúd, con el ruido de los motores que impedían incluso con los cascos escuchar algo más que gritos, entonces llega la señal, y siempre pisaba el acelerador, siempre lo pisaba a fondo y más allá, para ser los primeros, para poder levantar una nube de polvo inmensa que tapaba nuestra ruta, y que nos alejaba del enemigo hasta caer dentro del hoyo, esperar a que hubiesen exterminado a todos los alemanes a pocos kilómetros, y volver, justo en el momento oportuno, ni antes, ni después para llegar a posiciones nuestras.”

Me explicó que en esos caminos distintos, en esas huídas hacía adelante en busca del hoyo, la peor parte quedaba reservada para la vuelta. Le miré sin comprender. ¿Se refería a tener que mentir, hacerse ellos los héroes mientras los demás habían muerto, batalla trás batalla? Debió de ser durísimo tener que ser celebrados.

“No, mein Sohn, no. Al tomar rutas alternativas a velocidad máxima y en línea recta, el Tiger aplastaba todo lo que se le podía poner en frente. La única forma de acabar con ese tanque era o bien pegarle una mina-antitanque justo entre las cadenas, o una bomba especial bajo la barriga. Pero quienes tenían esas minas estaban atareados con el resto del ataque, y no supieron de nosotros hasta muchas horas después. Finalmente nos pillaron, y fue porque nos cogieron durante una exploración nocturan en busca de nuestra ruta a seguir.”

Le dije que me parecía muy bien su instinto de supervivencia. Gracias a ese instinto, gracias a como él había actuado, yo había nacido en este mundo. Que el tenía que sobrevivir, y si los demás no lo lograron, era porque no abrieron los ojos a tiempo.

Veo todavía hoy como sigue mirándome, como dudando en decir algo o no. “No, hijo. El problema, el desastre… fue que en más de una ocasión pasamos por encima de personas, que no eran todos soldados.”, y durante una hora me contó con detalles a como tuvo que sacar de entre la mecánica que tipo de trozos, en qué estado y con que resultado en él.

Niños, madres, padres, abuelos, animales…

Compréndanlo. Ese hombre, al final de la guerra, estaba loco por dentro, mientras que por fuera participó en la recuperación de Alemanía. Creció, se hizo hombre, se hizo adulto, se casó… y siguió pisando el acelerador, para poder hablar, para encontrar alguna vez la oportunidad de poder decir lo que había hecho.

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Para quienes decidieron no leer los detalles, indicarles que mi padre cargó con un sentimiento de culpa y responsabilidad que ningún niño a los 17 años podía recibir, ni nadie en este mundo debería tener que vivir. Destrozó en la Guerra vidas y nunca pudo olvidar lo que había vivido y hecho.

Pisaba el acelerador en los coches, porque establecía así una conexión con el pasado, distinta a las que le ofrecía ese pasado mientras le atosigaba sin pedal de gas de por en medio. El hecho original. La semilla de su malestar, cólera y violencia. Mi padre se murió prácticamente el día que bajó del tanque y vió lo que había costado sobrevivir.

Les he contado esta crónica íntima y personal, porque expresa con claridad lo que no queremos vivir nosotros. No queremos eso, bajo ningún concepto, y cuando un dirigente que hemos votado se mueve en esa dirección, lo único que puedo expresar es mi más enérgico rechazo, mi firme voluntad de no formar parte de semejante locura, y de boicotearlo con mis mejores artes.

Mi voto no sirve para poder decidir sobre una participación bélica. Mis derechos como ciudadano son mayores que los derechos de un dirigente político. Está a mi servicio, no yo, ni nadie, al suyo. Es, si quiere ser líder, responsable de no traspasar la línea de competencias, y cualquier palabra, intención o acto en la dirección de una guerra es pasarse varios kilómetros de la línea de permiso posible.

Mi voto sirve para entablar conversaciones de paz. Para fundar relaciones multilaterales en pro de un desarrollo sostenible de todos los seres en este planeta. Para asegurar la educación libre y espontánea como multicultural. Para el desarrollo espiritual. Para garantizar mi disposición a fomentar la evolución libre y pacífica.Para dejar de fabricar armas y alimentar ejércitos. Para la implantación de tecnología libre. Para así terminar con unos cuantos sufrimientos bien a la vista, y no escondidos en el cajón de algún dictadorzuelo, que de todas formas estaba a sueldo de quienes ahora llevan a nuestros hijos o a nosotros mismos de nuevo a la guerra.

 

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He cumplido con mi parte. Yo soy la paz de mi padre, así honro su vida y transformo su sufrimiento. Así, y sólo así puede haber evolución.

Abrazos,

Miguel

(Fotografías: Miguel Furlock)
(Vídeo: MagazineMotorsport – Youtube)