ELO – Los Yishe – Karma Brescida
Proviene de la parte III
Autor en trance: M. Furlock

***

Me desperté con una manta puesta y la mesa iluminada por velones. Zhuu no estaba, y tampoco había más visitas. Miré el reloj y me quedé alucinada al contemplar que eran casi las doce de la noche. Había dormido doce horas. Un terrible sonido desde mi estómago me puso recta. ¡Hambre!

No había ni empezado a pensar como conseguir algo de comer sin despertar a nadie, cuando se abrió la puerta de entrada al piso y Zhuu y Olassa entraron, no sin dificultades. Una por lo ancho y la otra por lo alto, aunque a Zhuu le gustaba que reconocieran que la vida era cada día más estrecha y que lo suyo era una manifestación pacífica contra la opresión de las mentes estrechas. Olassa decía que se estaba construyendo un casco, porque notaba que con los años se hacía tonta por los golpes que se daba contra esas mismas mentes, que además de estrechas pertenecían a enanos de corazón y alma.

Zhuu me vió y le dijo a su prima que habían llegado en el momento oportuno, como esta me tradujo a petición suya enseguida. Zhuu pegó unos gritos que me hicieron agacharme primero, pero era la forma de comunicarse entre pisos y vecindario. En pocos minutos habían aparecido un montón de vecinos, con todo tipo de platos. Se fueron como habían llegado, con unas palabras de saludos, otras de bromas y miradas hacía la  europea desfallecida que finalmente se había levantado.

Empecé a comer despacio, pero Zhuu negó con la cabeza. Me explicó que no se trataba de comer poco a poco, sino de meterse el bocado correcto primero en la boca, luego el siguiente en la lista y que el estómago no era una reloj, sino un saco que tenía una cierta forma. Si se metían los trozos que tardaban en digerirse primero, iba a inflarse, y yo estaba comiendo despacio los trozos menos indicados.

Me enseñaron a comer, no solo su comida, sino en menos de una hora había comprendido más sobre la alimentación que en muchos años de estudios, aunque no fuese mi especialidad. Siempre me había interesado la alimentación, pero había perdido el tiempo en lugares dónde ya no comprendían lo que esas mujeres manejaban con total naturalidad.

Periódicamente me obligaban a eructar. Me salieron escondidos, hasta que Olassa eructó que pensé que estaba exagerando para reirse de mi. No, el eructo ha de sonar, ha de ser profundo, o simplemente se ha quitado la primera capa de gases, la que menos molesta.

También pensé que iba a quedar dormida ipso facto. Había ingerido gran cantidad de información diferente para el estómago y sentí que la sangre se ocupaba de atender las llamadas del vientre. Bostecé, y las dos se miraron como si esa fuese una señal importante. Olassa se levantó y volvió poco después con un té digestivo, un té que preparó al estilo original.

Ya estaba casi dormida cuando el fascinante juego de cambio de tazas, de añadir azucar, de pasarlo de un vaso a otro había terminado.

Fue tomar un sorbo y ‘abrirseme los ojos hasta el ombligo.’

“Hostia! ¡Pero qué amargo es esto!” Mi cara era un poema, pero tuve que tragar el líquido porque mi cuerpo me lo pedía para mi sorpresa.

Las dos se rieron a gusto, y sólo cuando sorbí diez minutos más tarde la segunda tanda, algo mucho más dulce, comprendí que nunca habia sabido tomar té hasta llegar a esta humilde casa. La primera carga, fuerte y amarga limpió la boca, la garganta, los tubos gástricos y actúo sobre el estómago como una capa de secante. La segunda, más dulce, se encontró con una boca sedienta de buen trato, y se la dio con precisión y mimo, para luego relajar garganta y estómago, mientras que la primera probablemente estimulaba ya los intestinos gruesos. Pero fue la tercera carga, que definitivamente me hizo suspirar enamorada de las dos.

Todo el sueño que había sentido hizo sitio para una agradable sobremesa, a la luz de los velones y por fin con dos señoras que sabían de que iba eso de vivir.

A los diez minutos les estaba contando mis desesperaciones personales, una tras otra. Comprendí que había llegado a ese sofá para quitarme no solo la mugre de cuatro días en camino, sino la de los caminos de toda mi vida.

Prestas, una vez Zhuu y otra Olassa, para luego volver a pasarle el testigo a su prima, hasta que le volviera a tocar, acabaron con los problemas o miedos que esa noche osaron sacar la cabeza, o ellas mismas se encargaron de sacar del suelo de la experiencia como quien atraía gusanos con mucha práctica del engaño.

A las cinco Zhuu dijo que era hora de preparar la mesa para la jornada de comercio, y que me fuera con Olassa hasta su habitación, dónde podría probarme unas cuantas cositas que habia encontrado. No me dejó salir sin antes cogerme como una muñeca, y abrazarme con sorprendente dulzura.

“Karma, Karma. Vienes de un mundo mucho más terrible que el nuestro, dónde ya nadie muestra lo que va a hacer a continuación. Mientras estés aquí, aprende de nuevo a dejar claro lo que vas a hacer, eso te aclarará tu propio camino.”

Me quedé en sus brazos hasta que Olassa había terminado de traducir y antes de que cometiera el error de darles las gracias, me tapó la boca y cara con su mano, riéndose.

***

Trinidad y Andrea llegaron al punto dónde los de Montoro las querían tener, pero no lo hicieron enseguida. Pasaron dos días antes de que se presentaran. En vez del coche ostentoso llegaron con una limusina de clase, y tal como habían acordado las dos,  Andrea se fue después de asegurarse de que Trinidad estuviera en el punto exacto.

Cinco minutos más tarde llegó un vehículo imponente, pero pasó de largo. No se fiaban, como era de esperar. A la media hora volvió, paró a pocos metros y apagó los faros. Trinidad no dejó de hacerse la aburrida, ignorando por completo lo que pudiese pasar.

“Sabes Andrea, yo era una fan de esa niña prodigio que nos vendió el regimen. Ese es el mejor papel para que finalmente se crean que eres así de tonta, y que si has llegado tan lejos, porque nadie osaba pegarte un tiro, amén de no poder dormir nunca más.”

El coche volvió a arrancar sin que hubiese oido que el motor se había puesto en marcha. Se acercó y después de quedar delante de ella bajaron la ventanilla de atrás.

“Súba, le están esperando. ¿Trae la mercancía?”

Trinidad mostró el bolso y con sonrisa de tonta de bote pero irresistiblemente topeguay en su mundo feliz y emotivo agradeció que se abriera la puerta para meterse en la boca del lobo.

***

Cuando apuntó el primero de los mercenarios a la cerradura de la puerta principal con un rifle de asalto, Markus pensó que había llegado el momento.

“Has de esperar todo lo que puedas, y si ves que han dado con un compañero o compañera en el ataque, eso no te ha de conducir a la impaciencia. Te será un infierno cada segundo que tengas que esperar, y te hará envejecer… pero la paciencia trae frutos que todo lo curan.”

Así les había hablado Sebastiana a los tres en sus puestos de vigilancia más cercanos a la entrada principal del parador. Eran voluntarios a esos puestos peores posibles. O todo funcionaba bien, o estarían perdidos.

Markus se fijó en ese hombre, que no estaría a más de 20 metros, a su derecha. Joven, atlético y con un perfil aguileño. Un tipo sobrado de proteínas y ávido de ser el primero en pegar tiros, aunque fuese contra una puerta milenaria.

No le dió oportunidad de eso. Markus activó la trampa.

Diez segundos mas tarde cuarenta coches y 160 hombres yacían muertos a casi ochocientos metros  ladera abajo en el cañón del desfiladero. Quedaron al descubierto los cimientos de la parte frontal del Parador.

Todo el trabajo de relleno que hicieron Sebastiana y sus hermanos durante muchos años, y que una pequeña explosión se había llevado en pocos segundos, devolviendo a la montaña su cicatriz.

Anicas y Silvia se relajaron, dándole palmadas en la espalda a Markus. No sabían si celebrar o llorar, pero era preferible estar en los del bando que podía decidir una u otra cosa. Tres garantes por puesto, tres con el dedo cerca del botón o mando. Contemplaban la carretera cortada, rezando. Rezando por sus amigos escondidos en el bosque, que tendrían que encargarse de la segunda oleada, si esa se presentara.

***

“¡Qué ojo tiene tu prima, es increíble!” No podía parar de repetirlo una y otra vez, mientras que me probaba la ropa que en forma de montaña considerable estaba sobre la cama.

Primero pensé que toda la ropa era igual, consistiendo en largas túnicas de muchos colores y dibujos africanos, hermosos en su presencia, y telas que decían al tacto que no iban a dejar de saludar durante muchos años a quien las llevara.

Olassa me sacó pronto de mi error. Había túnicas para todo tipo de ocasiones, y todas estaban diseñadas para cumplir perfectamente con su finalidad. Estaba la ropa para el trabajo de ama de casa, para el trabajo en una oficina, para el trabajo en la calle, en el campo, la ropa de paseo, la ropa de fiesta, la ropa de entierros y no faltó tampoco el diseño para provocar a los hombres más allá de lo que podían soportar.

Era alucinante como habían adaptado las telas a cortes y formas de llevarlas que dependían de una vuelta más hacía un lado u otro y que representaban una ciencia que pronto dejé por imposible. “Olassa, no me puedo acordar de todo esto. No sabré vestirme nunca como una africana.” Se reía, pero comprendió que yo decía la verdad.

“No, nunca podrás vestirte como una africana mientras seas europea. Deja de pensar con la cabeza y haz que (la tela) piense por ti. Mírala,  y deja que tu cabeza se encargue de decirte para que la vas a necesitar, y ya está. Luego, eso de cómo ponerse cada cosa, es cuestión de práctica. Todas te ayudaremos en eso, ya lo verás.”

Volví a mirar el montón de telas. “De acuerdo cabeza. ¿Tu ves esta montaña de ropa hermosa? ¿Sí? Pues muy bien, ahora lo que quiero es irme a plantar unos tomates. ¿Qué ropita llevaré?”

Seguí mirando la montaña, y finalmente comencé a trastear entre telas hasta que me quedé con una que parecía hacer juego conmigo en el campo. Sí, esa me serviría.

Triunfalmente me volví a Olassa y le mostré mi trofeo. Esta volvió a jugar a su juego particular con los mofletes y la boca abierta, y entre palmaditas que cambiaban el sonido de su voz dijo aquello de “que desastre, señorita Karma, que desastre, mira que irse al campo con el pijama puesto.”

Ella elegió por mi, y pusimos pequeñas notas en cada tela, para saber para que ocasión servía y como habría que llevarla, más o menos. Me llevé diez vestidos, y cuando le pregunté por el precio me dijo una cantidad ridícula. La miré extrañada, pero ella dijo que ni se me ocurriera decirlo. “Si quieres ser europea, oféndeme. Si quieres ser africana, toma lo que es tuyo y dame lo que es mío, en este caso de quienes trajeron esta ropa.”

“¿Es de africana llevarse la ropa y pagar al día siguiente, con o sin excusa?”

Olassa asintió con satisfacción. “Bueno señal, buena pregunta, buen día tuyo el de hoy. Pues no, no es de africana hacer esto, pero como aún eres un poquito, solo un poquito europea te vamos a fiar. ¿Qué te parece?”

Si, empezó temprano, muy temprano este día. En su hora cero, y desde entonces no había hecho más que hacerme reír y ser feliz. Estaba aprendiendo.

Me mordí la lengua del reflejo de mi boca en cerrarse cuando quise darles las gracias al salir. Zhuu hizo como si no me conociera de más de una transacción buena, y Olassa se había perdido en la escalera para esperarme abajo. Eché un último vistazo al jaleo, que ya desde altas horas de la madrugada había subido poco a poco en volumen. Esta casa descansaba muy poco, pero nadie parecía estar cansado de ello.

***

Tres horas más tarde hubo fuegos artificiales en el pueblo a varios kilómetros de distancia del parador. Los cohetes no llegaban a mucha altura, por lo que los perpetrados detrás de los puestos de defensa del Parador contemplaban el espectáculo desde arriba. No había llegado esa segunda oleada por carretera aún.

No tardaron en comprender que los fuegos artificiales eran para cegarles y distraerles, pero el oído increíblemente fino de Susana dio al traste con esa nueva táctica. “Vienen por el aire, es un ataque por el aire. He oido un avión pasar”, hizo saber a todos por el intercomunicador general.

A los pocos minutos dijo que el avión había pasado de nuevo, aunque a mucha más altura.

Cinco minutos más tarde escucharon varias caídas hacía el canyón y choques de cuerpos contra piedra tanto abajo como cerca de los edificios. Eran paracaídistas que no habían podido aterrizar en el jardín botánico o alguno de los tejados. Finalmente los últimos en llegar dejaron caer una bengala que les mostró el camino seguro, pero también las intenciones. Fueron tres, y acabaron en las redes que esperaban pacientemente con envolverles.

No hizo falta luchar, porque se rindieron enseguida. Sabían cuando habían perdido y se podían felicitar por estar vivos. No contestaron a las preguntas que la gente del parador les hicieron mientras que los escoltaron a las celdas que los romanos habían instalado en una parte del sótano.

“Puede que fueron unos quince a veinte esta vez. No estoy seguro del todo, además no me gustó esa segunda pasada del avión, porque no tiene sentido salvo que hubiese saltado otro contingente. ¿Dónde habrán aterrizado? Susana compartió su información con los demás, y entonces se escuchó la voz de Sebastiana que ordenó silencio absoluto.

“Seguro que han saltado más y no les hemos visto llegar. Aprovecharon la pequeña confusión con los del jardín botánico. Están sobre o dentro del edificio, lo puedo percibir.” Sebastiana asintió con la cabeza y le hizo señas a Susana de que ya no tenía que informar, ni a ella ni a los demás hasta nueva orden.

Silencio. Silencio contra silencio. Sebastiana sabía que en ese campo el edificio y su secreto milenario tenían todas las ventajas.

***

Me encontré con el doctor Yang en la cafetería, dónde solía desayunar sobre las siete. Ya llevaba dos horas trabajando.

“¿Aquí todos se levantan a las cuatro de la mañana? Yo pensé que en África el día empezaba más tarde.” Me había buscado una bandeja llena de fruta, que era lo que más me apetecía ahora.

Yang, que enseguida había dejado de tomar notas para estar por mi, sonrió y dijo que si, que en este lugar la gente se levantaba muy temprano, una costumbre que al principio chocaba, pero esa dinámica hacía que a nadie le costase hacerlo.

“¿Qué quieres decir, qué aquí el que se duerme se levanta a las cuatro o cinco, haga lo que haga?” Nos reímos, porque le había hecho una mueca provocativa mientras solté la pregunta entre la duda de empezar por un melocotón o lo que parecía un melocotón y un trozo de sandía enana. “¿Qué me recomiendas primero, el melocotón o la sandía?”

Negó con la cabeza y una sonrisa de quererme mucho. “Esa no es una sandía, sino ….., y esta es una ……… y no una sandía. Pero bueno, ambas son ácidas. Es mejor empezar con ácido y luego pasar al dulce, así que… la que tu quieras.”

Mi amigo me ayudó con las siguientes frutas, picando conmigo. Nos relajó poder hacer algo sin tener que empezar a hablar de tanto que no parecía tener principio.

“Karma, ahora que estás aquí te tengo que explicar unas cuantas cosas y no sé muy bien por dónde empezar.” El pobre me miraba de soslayo, esa mirada china que denotaba la falta de convicción por lo amable que era. A mi me pasaba tres cuartos de lo mismo, porque no tenía muy claro como explicarle todos los cambios habidos sin pasarme una hora o dos en ello. No se podía resumir eso de que te cambia la vida, porque el resumen viene años más tarde, en forma de verte ante el espejo o que tu alma te hacía un recuento de consciencia. Se lo dije y pareció relajarse algo.

“Exacto, y mucho me temo que los acontecimientos de los próximos días y meses nos marcarán para toda la vida. Hay dos formas de vivirlas. Una es contigo, y otra es que te marches sin que se den cuenta.”

“¿Quién se va a dar cuenta de qué? ¿Marcharme?”

Yang inspiró profundamente y me empezó a contar. Indagó si yo no me había preguntado como lograba tan excelentes proyectos y le dije que ya sabía que significaba eso, que no se preocupara demasiado y fuese al grano, que para eso había confianza.

“Como quieras”, y no paró de hablarme durante una hora, en la que a señal suya dejaron la cafetería cerrada, sólo para nuestro uso particular. Debió de significar un esfuerzo enorme para muchos prescindir de sus momentos de reposición de energías, pero Yang pensó que no tendría seguras las fuerzas al volver a empezar en otro lugar.

Cuando terminó, estuve blanca. Blanca de rabia.

“Maldita sea amigo Yang, no tengo nada que ver con Montoro. Le he visto dos veces, me saludó en una ocasión en el hospital, y la segunda ni siquiera reparó en mi. No tengo nada que ver con planes de conquistar el mundo, o de servir de anzuelo sexual para capturarte para nadie. Tu lo sabes mejor que nadie. El único que realmente sería de desconfiar eres tú, que desde siempre has jugada a esas alturas. Para el bien, no lo dudo, pero eso mismo te debería hacer ver que yo no soy más que un relleno que encajó en planes de poderosos. Además, Montoro está muerto, Europa media loca y no sabría yo que me podía haber llevado hasta aquí si no yo misma, mis ganas de verte y las de empezar otra historia completamente diferente. Parece que de nuevo, una vez más, me he equivocado. Estoy a punto de darte la espalda, Yang, que lo sepas. A ti y a todos que parecen dedicarse única y exclusivamente a usar mi vida para fines que o bien se me escapan de la comprensión, o resulten obviamente fuera de mi alcance.”

Estuve hirviendo y me temblaban las manos.

Yang observaba como eché a perder la mitad del café nada más levantar la taza y me calmó el brazo con su mano, bajándola.

“Yo no soy el problema, Karma. El problema es mi gente, el partido, la organización, el mundo y la dirección que ha tomado. Yo te creo, y confío en ti, pero me tienes que prometer que te vas si tengo indicios suficientes para que tomes otro rumbo que te pondrá a salvo de las locuras.”

Me costaba pensar. Parecía que desde que había entrado Montoro en escena, mi vida cambiaba cada tres o cuatro días, con altibajos que me estaban dejando exhausta. Había anhelado trabajar con Yang en sus proyectos, simplemente para estar a salvo de todos esos locos, y ahora resultaba que los locos también seguían hasta en un hospital en medio de África, y que temían que yo era una espía peligrosa que podía atentar contra Yang o los intereses chinos en África. Locos. Locos de remate. ¿Cuál sería la próxima? ¿Quizá Olassa pidiéndome que fuera de la ciudad porque podía ser una amenaza para su prima al no pagarle enseguida la ropa que me llevé? ¿O alguien saliendo de mi habitación con un cuchillo ensangrentado en la mano diciendo que yo era la asesina?

***

Yang miró a su amiga y supo que ella no era más que alguien totalmente inconsciente de ser manipulada por varios bandos a la vez. Montoro que la habia apadrinado a través de los magnates locales y nacionales, el partido que hizo servir para darse la entrada por la puerta grande, su hermano para mantenerle contento y ahora su hermano del partido y de la operación, que la quería muerta porque según el no podía ser quien decía ser, mostraba ser, y era. Con mucha razón.

Luego había alguien más, pero la percepción de Yang no bastó para que sacara en claro algún indicio mínimo de quien se podría tratar. Una presencia no obstante agradable, parecida a una madre o hermana, pero con un terrible poder que le unía a Karma. Y estaba el, que tenía que hacer de expectador, pero manipularla también para que se fuera a la fuente, tal como sus lecturas y análisis le habían relevado como más comprensible de todos los caminos posibles.

Yang había descubierto a la fuente de la vida no por casualidad en un mapa, sino en el mapa del agua, que descubrió después de toda una vida trabajando en comenzar a ver dónde todos decían que no había más que química demostrada.

Pasó lejos de los instrumentos y el laboratorio, en una fuente cercana a su casa en las montañas de Shenguien, una cabaña que hacía tiempo no se utilizaba ya. Los tiempos de la vigilancia personal habían dejado paso a sistemas ultramodernos de radares y campos que cubrían áreas de cientos de kilómetros sin que una mosca podía alterar su vuelo pasando desapercibida.

Allí arriba, jugueteando con el agua que expulsaba la montaña en unos chorros finos y transparentes, en un momento de absoluta paz consigo y el mundo entero, le llegó la inteligencia del agua tan cerca que la pudo ver por primera vez.

Fue un acto de fe seguir después, uno detrás de otro. Sin base, sin conocimientos previos salvo algunas vivencias o inventos que certificaban que podía haber algo más, y que estaría cerca de descubrirlo, pero dónde las distancias entre átomos albergaban espacios como entre la Tierra y el Sol en comparación.

Pero llegó el día en que podía ver como era la inteligencia del agua, y llegó el día en que pudo conectar por primera vez uno de esos filtros de algas que había creado, filtros que duraban pocos segundos, pero suficientes para transmitir lo que por el otro lado el superordenador escupía en forma primero de números y meses más tarde en imágenes, cuando ya habían desarrollado un lenguaje informático capaz de traducir la información inacabable en trozos digeribles, al menos visualmente digeribles mientras que el cerebro se negaba a aceptar la verdad.

El agua hablaba, el agua jugaba, el agua creaba, el agua estaba viva y pensaba, se comunicaba sin cesar, sin que le importara en lo más mínimo recibir las respuestas equivocadas a preguntas jamás escuchadas.

Le siguió el canturreo constante del agua durante meses y años, estuviera dónde estuviera. Ya no hacía falta ningún superordenador, y con el portátil y una sonda de microcámaras  refrigeradas, y el agua de cualquier lugar transmitía las mismas imágenes, aunque con diferentes matices o calidad de información en detalle.

Luego descubrió que podía formular preguntas y recibir respuestas, y en las pocas semanas que pudo trabajar en ese sentido, llenó una biblioteca virtual entera con sus ensayos, todos filmados y comentados.

En uno de esos ensayos había preguntado por su amiga, por Karma Brescida, y el agua le mostró un diagrama de una complejidad como nunca antes lo había hecho. Ese fue el momento en que comprendió muchas cosas, aunque ni siquiera había empezado a descifrar el anagrama.

Esa complejidad extraordinaria le quitó el velo que su hermano había tejido pacientemente entorno a esa relación entre el, Yang y Karma, comprendió que esa mujer estaba siendo manipulada por muchos lados, y se encontró a si mismo en el dibujo de increíble detalle, cerca y con los mismos tentáculos que los demás sobre la vida de la mujer a la que amaba, pero que sin duda iba a dejar de querer estar con el dentro de pocos días.

Levantó la cabeza dejando que la mirada se liberara de estar perdida en la mesa, para encontrarse con la de su amiga, que cuando terminó de decirle todo esto y pasarle una copia del anagrama con anotaciones.

Le dijo que ella también tenía que contarle algo sobre el agua, aunque tendría que esperar hasta que llegaran a esas fuentes que el había identificado como las fuentes o fuente de la vida.

“Ahora me siento mucho mejor, amigo Yang. Tienes que disculparme, porque aún quiero vivir esa vida de antes, en la que era fácil hacer las cosas desde el brillo que cegaba la consciencia. Ahora, con ese brillo perdido, cada paso es el primero, y hacía mucho tiempo que no andaba por mi voluntad.

Toda la vida me he sentido manipulada, y sé que desde que comprendí lo del agua – y que de verdad no puedo compartir ahora contigo – que sólo yo puedo romper esos hilos con los que los demás de esta historia, conocidos, identificados o no, manejaban y manejan mi vida.

Lo que has descubierto es completamente cierto. Eso sí que puedo decirte sin romper ninguna promesa. Una vez que hayamos estado en la fuente que has identificado, también te podré contar el resto. Un resto, que no sé como decirtelo para que me creas, no viene a destruir a nadie, sino que es la paciencia en persona, o personas. Lo que sé, lo sé como Karma. No hay gobiernos que me instruyen, no hay planes que yo tenga que ejecutar. No sé si me quieres creer o no.”

Pero a Yang no le hacía falta esa prueba. Lo había percibido así antes de que lo mencionara ella. Le creía y poco a poco fue consciente de que los momentos que había creído los peores posibles, se estaban convirtiendo en posibilidad de futuro.

Karma en cambio se había tragado la historia, lo podía ver en su respiración y pulso. Iba a venir con el, y confiaría en el hasta el último momento.

“La fuente de la vida está en Pretoria. Ya, sé que es un lugar que no parece el idóneo, yo también la esperaba más en zonas como Tanzania, Kenya o Uganda, pero he revisado esos cálculos mil veces. No hay error posible. Sé que tu eres quien la podrá ver enseguida, mientras que otros como yo no la verán. Tendrás que guiarme en todo caso.”

Asentí. No me sorprendió que hubiese una fuente en Pretoria. Tenía que haber decenas de miles en África, pero prefirí no decirselo por ahora a Yang. Si con entrar en esa fuente, hacerle beber de ella y salir después se acababa la maldición de estar huyendo, a esa fuente se tenía que ir y cuanto antes mejor.

“No hay problema. Te guiaré. Sabré hacerlo.” Porque he tenido buenos maestros, pero eso no lo añadí. Tampoco aquello de “Acabemos con todo esto de una vez”, porque en el fondo sentía un pánico creciente que parecía ser capaz de evitar que yo tomara posición alguna vez en esa locura.

***

Con los cristales tintados y en oscuridad casi absoluta por tener la luz interior desconectada, a Trinidad le resultó difícil saber quien estaba sentado a su lado. Había visto una cara en la penumbra, débilmente iluminada por la farola cercana antes de subir al coche, pero ahora que estaba sentada en la oscuridad que lentamente dio paso a penumbra con sombras reconocibles, sintió que esa no era la única persona en el comportamiento reservado al pasaje.

El paso al lado de un supermercado cruelmente iluminada le despejó sus dudas. En frente a ella, en los asientos girados, había alguien más.

“¿Sabe usted lo que lleva en este bolso, señorita Pava?”

El hombre había esperado el momento exacto para preguntar. Trinidad anotó eso, aparte de que contestara con voz alegre que no, que poco le importaba además y que eso ya lo sabían ellos.

“Cierto. El último que quiso saber más que usted murió en tres segundos, fundido por ese amuleto que le protege a usted, pero que parece ser intransferible.”

Trinidad no lo sentía por ese tipo. Uno menos que podía sido enviado algún día a matarla. Este negocio era así. “Pues lo siento por el, y si me hubieran preguntado tampoco lo hubiera dicho. No se puede husmear en el bolso de una dama, matar a gente inocente para secuestrarla y después lamentarse de haber perdido efectivos. Pero creí que ya habíamos pasado por todo esto, señor…?”

El hombre no le contestó a su pregunta sin terminar. En cambio, siguió con su ritmo, una partida que le aburría sobremanera a Trinidad, pero había que seguir siendo paciente. Ya faltaba poco.

“Correcto y no le haré pasar por lo mismo. Sería de poca cordura. No se ofenda, señorita Pava.”

Tenía una voz agradable, un dominio del idioma de su país aceptable, incluso bueno. Parecía estar acostumbrado a hablar en ese idioma, pese a que no era el suyo. ¿Sueco? ¿Alemán?

Notó como el hombre se inclinó hacía ella, buscando un interruptor en el techo que pronto dio lugar a que se encendieran las luces indirectas de la limusina.

“Permítame que me presente, señorita Pava. Mi nombre es Ganges, Henrik Ganges. Desde luego que dejaremos las tonterías, pero tenía que estar seguro de que usted fuera quien tiene que ser para seguir en este viaje. Ya sabe, las cosas del negocio.”

El tipo era inmenso, un verdadero coloso. Atractivo, como le molestó comprender. Peligroso, extremadamente peligroso. Se alegró de estar en el papel de niña prodigio. El lobo era un oso de lobo. Un osito gigantón tan peligroso que nadie le tomaría más que por un peluche sobredimensionado. Estos eran los peores killers. Mataban a sus abuelas, pero con las niñas brillantes se debilitaban. A veces.

***

Yang me informó que íbamos a salir para Pretoria al día siguiente. “Has de confiar en mi, y sé que te costará después de todo. Debí haber sido más, mucho más sincero contigo, pero creéme Karma, nunca encontré un momento, muchas veces ni para mi mismo.
Piénsatelo. Nadie te obliga a venir, aunque yo sí te agradecería que vinieras. Contigo siempre es más fácil todo, y mira que te lo dice quien no ha podido lograr trabajar ni un solo día contigo, aunque siempre estuvieras presente.”

Le dije que no había más que hablar. Si todo apuntaba a que una simple visita a las fuentes de Pretoria me permitiría reducir ese grado de locura a una parcela comprensible o incluso echarla por completo de mi vida y de los demás, no quedaban opciones.

“Cuénta conmigo, pero asegúrate de no engañarme en nada.”

Yang asintió, se levantó y abrió las puertas de la cafetería para que los demás pudiesen entrar de una vez, visiblemente extrañados ante el comportamiento extraño del doctor, aunque lo parecían tomar más bien conmigo. Yo era la nueva en la ecuación, no se lo podía echar en cara.

Busqué a mis amigos guias Michel, Luis y Simón y les pedí que me acompañaran hasta Pretoria, aunque les advertí que iba a ser mucho más peligroso que lo que habían vivido jamás.

“Os seré franca. Habrá muchos que querrán matarme, eso lo sé aunque nadie me lo dice. Voy sin apenas saber lo que me espera, lo que es prácticamente un suicidio. Lo único que puedo decir es que confío en el agua, y que tengo mi propia teoría sobre algunas cosas.

Si estoy en lo cierto, volveremos todos sanos y salvos, aunque me imagino que no sabremos muy bien dónde será eso de volver. Si me equivoco, es prácticamente imposible que siga con vida. Lo mejor hubiera sido despedirme de vosotros, pero hay algo que nos une y sé que tengo la obligación de invitar a mis amigos a que estén conmigo, porque la vida es eso, un viaje en grupo, dónde los grupos se forman como el rocío se junta en el camino por la hoja hasta acabar en gota en su punta. También os lo pido, porque pensé que quien me esperaba aquí era otro, y adónde me quiere llevar… no quiero ir sola, la verdad es que no me atrevo a ir sola. Casí mejor que retire lo dicho y que volvéis a ese pueblo que debe de tener más futuro que yo, y si vuelvo, espero que me enseñéis alguna vez.”

Los tres negaron con la cabeza. No, no era así. Dónde iba ella, irían ellos. Eso ya se lo habían dejado bien claro a la señorita, aunque las europeas parecían tener la manía de olvidarlo todo. Me preguntaron como y cuando saliamos y después comenzaron con los preparativos, al igual que yo.

***

El parador estaba tan silencioso como nunca. Colaboraba. Las casas vividas con amor y consciencia hacían eso. Después de unos años, a veces muchos, a veces pocos, participaban en la defensa de los intereses de quienes las habitaban. El parador lo hizo a la perfección. Dejó de moverse, dejó de crujir, dejó de calentarse o enfriarse, dejó de mover sus moléculas quedando totalmente inmóvil. Susana lo percibió primera, los demás un poco más tarde. Les iluminó los corazones en la densa y angustiosa espera.

De nuevo fue Susana quien escuchó la primera señal directa. El silencio de la sala del restaurante, que le llegaba entre otros silencios de las demás dependencias cercanas al escondíte de ella y de Sebastiana, había variado. Por unos instantes, como una nube que recibe a otra nube. Un choque sin ruido, pero un choque entre millones de átomos que nunca se llegarían a tocar.

Apuntó con el dedo al restaurante y levantó el mismo para señalar que era uno. Sebastiana no se movió. Lo tenían muy cerca, a quizá quince metros de distancia, separadas por la gruesa pared con la puerta falsa que era imposible de detectar por el intruso.

***

No saltó con los demás. Estos idiotas ya le habían molestado durante todo el vuelo, con sus trajes de mil armas y resortes, con esas hazañas que no paraban de recordar, con esos trucos a última hora para el neófito, y en general la estupidez de mostrar que tenían verdadero pánico después de saber que la primera oleada, la que tendría que haber resuelto el asunto en unos quince minutos, no había durado ni un minuto frente a esos ‘débiles hippies gobernados por una anciana que no sabe andar apenas’.

El neófito, encendido con los discursos no paraba de intentar caer bien al más ladrador del grupo de ‘combatientes’, y cuando le dijeron que el primero en saltar era siempre el más experimentado o el neófito, el más ladrador le aseguró con sonrisa de película que saltarían juntos los primeros, que le siguiera la estela si podía.

No, no saltó con ellos porque estaba claro que no iban a llegar siquiera. Era un salto muy complicado y si un helicóptero no podía apenas acceder a la zona, había que estar concentrado para no estrellarse contra las rocas a ochenta por hora. Eran carne de cañón y cuando habían saltado todos, unos incluso con gritos de ‘a por la vieja’, desenganchó el carabina de la apertura automática del paracaídas y se volvió hacía la cabina de vuelo, diciéndole a la tripulación que se había roto la hebilla, que dieran la vuelta y le dejaran caer desde algo más de altura si no querían que les detectasen, que esa era una buena opción.

El capitán de la aeronave estuvo de acuerdo, pidió permiso a la central y después de una curva en ascensión volvieron a sobrevolar la zona.

Saltó y casi inmediatamente abrió el paracaídas tipo parapente. Le costó respirar, el aire era frío y escaso, pero no pensó en acelerar la bajada. Quería estudiar el terreno como lo dejó la noche, de luna nueva y por tanto de oscuridad casi omnipotente. Maldijo alquien había dado la orden de atacar esta noche, porque con un poco de luz sería otra cosa.

Vio como algunos puntos blancos desaparecían detrás del desfiladero, o al menos eso le parecía ver. No iban a sobrevivir, porque se estrechaba demasiado hacía abajo. Caída segura. Contó cinco, y luego descubrió que sólo tres estaban más o menos por las zonas de aterrizaje, mientras que los demás chocaban a velocidades brutales contra las paredes de granito. Un desastre total. La operación había perdido al menos 30 hombres en la segunda oleada, sin que llegara siquiera uno a tocar la casa. Los otros tres habían aterrizado, aunque ya no veía sus paracaídas que debieron haber recogido o ellos, u otros. Viendo desde a no más de mil metros lo que había ocurrido hasta ahora, apostaba por quedar último, único y sin la molesta presencia de esos principiantes.

Encontró una corriente de aire caliente y comprendió que provenía de la casa. Volvió a ganar metros y se mantuvo como un ave de presa durante casi veinte minutos a esa altura, hasta que visualizó una posible entrada de aterrizaje, muy arriesgada pero tremendamente efectiva. Nadie podría sorprenderle en ese punto, pero si fallaba, se estrellaría como los demás.

***

Bajó lentamente, con ocasionales movimientos suaves tirando de las cuerdas para deformar el paracaídas lo suficiente para perder ese poco de verticalidad en las alas y conseguir virar en una u otra dirección. Cuando estaba a tan solo cincuenta metros de su objetivo, apostó por haber comprendido como se iba a comportarel paracaidas en el último y abrupto movimiento de deformación, tiró de las cuerdas con fuerza repentina y se quedó balanceándose sobre la viga mayor exterior del mirador.

***

Desenganchó con un golpe sobre el pecho el arnés del paracaídas y se dejó caer justo a tiempo para evitar que el paracaidas le golpeara para enviarle al abismo. Con las dos manos agarrando la viga miró la lenta caída del paracaidas hacía el cañón, en el que el número de cadáveres llegaba casi a doscientos.

Le costó subirse en silencio, pero lo logró. Luego se quedó sentado en el tejado superior del mirador durante media hora, hasta estar seguro de estar en perfectas condiciones y haberse acostumbrado mínimamente a la construcción.

Diez minutos más tarde se deslizó dentro de una de las habitaciones de clientes de la hospedería del parador, ahora vacía y pulcramente ordenada. Hizo una mueca al ver el suelo de madera. No podía pisarlo, la madera le delataría.

Salió de nuevo y se deslizó al siguiente balcón. Un breve vistazo le confirmó que tampoco serviría para llegar. Finalmente llegó hasta la planta baja, con casi una hora de escalada en bajada a ritmo del perezoso. Otro vistazo, y la primera sonrisa. El suelo era de piedra.

***

Trinidad sabía que ese era una de las figuras del tablero, uno de los agentes importantes, un príncipe de la guerra sucia. Montoro había comenzado a emplear a sus pesos pesados y esa era una señal que no le encajaba del todo. De acuerdo que querían el amuleto, pero no había forma de que lo hicieran servir para sus fines. Ni con cien señores de la guerra cambiaba ese panorama.

“Le voy a contar a usted lo que no sabe nuestro jefe común. Le voy a contar para que sirve este amuleto y luego veremos lo que opine usted de esa utilidad.”

Eso le gustaba cada vez menos a Trinidad. Saber no convenía si le contaban a una secretos en medio de la nada de la noche en plena África. Era una mala señal, porque contaba con que el secreto no saldría del coche. Por un momento pensó en pasar al ataque y destrozarle su ritmo cogido, pero algo en ella le dijo que se mantuviera impasible, con la sonrisa de Heidi y el bolso como si fuera un bolso cualquiera encima de sus rodillas.

“Es sorprendente, pero este amuleto lo hizo una civilización que no vivió hace mil o cinco mil años, sino mucho antes. Hicieron muchos, uno por cada fuente de agua de vida en el planeta Tierra, que por entonces llamaban de otra forma. Los fabricaron con una tecnología que se nos escapa de las posibilidades. Esa gente era pura, y les bastaba con meter la mano en el agua de un río para hablar con alguien en la otra punta del mundo, si este también se mojaba algo en la conversación.”

Trinidad no sabía si el gigantón esperaba que se riera de la tontería que había dicho, pero optó por centrarse en la respiración y no tanto en la historia, que de momento le sonaba a paja mental. Su padre le había entregado el amuleto y le había explicado que era un artilugio de los egipcios, y si su padre había dicho eso, así era. También le había dicho que nadie se le podía quitar si ella no quería, y así había sido.

“La vida feliz de esa primera, o posiblemente primera civilización humana pronto recibió una visita inoportuna. Ya se sabe, con tanta felicidad brillando, la Tierra tenía que acabar en el visor de alguien, y así fue. No venían a participar en sus obras de teatro, no vinieron a jugar con ellos a sus juegos, no tenían interés en compartir sus pensamientos filosóficos. Aterrizaron, y se llevaron a la mitad de los terrícolas felices, matando a la otra mitad. No todos, claro que no. Se salvaron aquellos que no corrían con los brazos abiertos hacía los visitantes, y de esos quedarían solo aquellos que habían comenzado a dejar de sonreír cuando algo nuevo ocurría.

Los supervivientes se unieron en una asamblea y decidieron que iban a tener que proteger las fuentes de vida, porque en el fondo los visitantes carecían de salud mental y física, de vida, porque no habían estado nunca en contacto con esas fuentes, abundantes en la Tierra. Era solo cuestión de tiempo que volverían, y se hicieran con las fuentes.

Así que diseñaron unos amuletos, que tienen unas fantásticas propiedades y mecanismos. Por un sistema de distribución casual que no me atrevo ni a analizar en profundidad para no aburrirle, señorita Pava, cada medaillón encontró a un o una dueña, y esa gente representó el grupo de guardianes de las fuentes. Prácticamente indestructibles, con detectores para todo tipo de ataques, con mecanismos de contraataque y miles de formas letales para quienes osaran levantar la mano contra ellos. Todo en un medaillón de no más de cinco centímetros de largo, y tres de ancho.

Esos ingenuos no podían contar con que los visitantes se hicieran con una parte de la tecnología de esos terrícolas. Pensaron que el agua de la vida protegería sus secretos, pero eran demasiado ingenuos y si me permite, flipados incluso, para darse cuenta de que la próxima visita no se desarrollaría como la primera.

Volvieron los visitantes, y se llevaron el agua de casi un millón de fuentes de la vida, dejando el planeta exhausto, moribundo y en completo caos.

Las sucesivas visitas aumentaban esa presión sobre la vida de la Tierra, hasta que la desconexión del humano de su propio sistema natural, su propia cuna, su propio destino llegó a tal extremo que ni ellos, ni los visitantes lograsen permanecer entre los actores del universo.

Pasaron millones de años, puede que miles. Qué más da. Tiempos que no nos podemos imaginar. No porque no tengamos cerebro para ello, sino porque no tenemos vida para vivirlos.”

Trinidad se puso tensa. La respiración del tipo había cambiado. Anotó cuidadosamente esa última frase para no perderla de memoria.

“Yo lo que le puedo decir y eso es hasta dónde lo sepa yo, es que usted tiene uno de esos amuletos y que le llegó porque los amuletos siempre llegan a sus dueños o dueñas. Lo hacen, y no me pregunte como, pero lo hacen. Si el nuevo portador no sabe que son, simplemente lo guardará, y el amuleto crea a otro ser humano que llega a avanzada edad sin que nadie nunca le truncaría sus planes o proyectos. Luego la muerte natural, que el amuleto no evita si está en un cajón, o como en su caso, en un bolso.”

El hombre le ofreció servirse del bar a bordo, pero ella rechazó la invitación con un leve movimiento de la cabeza. La historia empezaba a interesarle.

“Le diré lo que ocurre cuando una portadora de un amuleto de ese tipo se acerca a una fuente de la vida. Rejuvenece por dentro, aunque no por fuera. Vuelve a vivir el tiempo que ha dejado de estar tomándose agua de la fuente. Si no ha bebido de ella, después de la primera vez,  en cincuenta años, pues hasta dentro de cincuenta años no envejecerá ni un minuto. También le da el poder de abrir y cerrar una fuente, ya que esa era la principal preocupación de esos primeros terrícolas algo ligeros de cascos en ciertos aspectos. Evitar que los visitantes se hicieran con las fuentes.”

Trinidad no dijo nada, pero comprendía que la siguiente frase determinaría el negocio. No por la lógica de la historia, que era anecdótica en todo caso. Por la respiración del hombre, al que ya le había sacado varios de sus grandes secretos.

“Montoro sueña con convertirse en guardian de las fuentes, porque yo le he explicado que el se convierte en eso nada más colgarse el medaillón. El no me cree, y es seguramente el hombre más desconfiado de este y otros mundos, por lo que no se colgará el medaillón sin estar seguro de que es inofensivo para el. Sería un ironía que le fundiera justo cuando se espera todo lo contrario, no le parece?

Así que, yo le llevaré a una fuente y usted experimentará algo que siempre me tendrá en cuenta. A cambio, me permite que copie yo el medaillón con una máquina que me ha costado casi toda mi fortuna acumulada durante esta vida. A Montoro le enchufo el medaillón que no es más que una copia sin funciones, y usted se lleva el suyo, aunque le rogaría que se dejara de simplerías como tenerlo en el bolso. Hágase una operación y llévelo debajo de al piel, o mejor aún tapada por huesos para que parezca un injerto.”

De nuevo pensó que esta gente era lo que era. Estúpida, en mayúsculas además. Había cosas que ese tipo no sabía de ella, pero ahora a la luz de lo que le había contado, cobraba especial importancia.

“No puedo presionarla. Usted tiene el amuleto, y en un principio lo que se proponga, le saldrá. Usted tiene un acuerdo con Montoro, y una oferta mía que le permite cumplir con el compromiso y mantener su propiedad intacta. Puede aceptarla, puede rechazarla, puede ir corriendo a Montoro y contarle lo que le he ofrecido, y si lo hace, le ruego que comprenda que lo que yo me llevo es que Montoro no podrá gobernar el mundo tan bien como lo haría si confiara en si mismo en vez de en un medaillón que no le protegerá de absolutamente nada. Usted decide y lo único que le ruego es que lo haga mientras estemos en el mismo coche. Tómese el tiempo que quiera y si desea bajar la luz ya sabe dónde está el dial de regulación.”

Ganges se reclinó hacía atrás. El tipo que estaba sentado a su derecha estaba blanco, porque habría hecho las cuentas y no tenían buena pinta en su caso. Un peón menos.

Trinidad  pasó al ataque directo. Había que tomarle el pulso a la bestia.

“Muy interesante señor Ganges. Pero verá, yo lo que quiero es que me visite mi nieta de vez en cuando, mientras esté cuidando mi huerto o hablando con los vecinos de mi zona sin que acaben muertos ante mis delicados sentidos. Si le he comprendido bien, piensa eliminar a Montoro por la indirecta, y la verdad me parece un plan factible. Puede que incluso funcione. Eso eliminaría por completo las amenazas contra mi nieta, mis amigos y vecinos, siempre y cuando no se de cuenta del cambiazo del amuleto.

Le hago una contraoferta. Usted viene solo la próxima vez y usted, mi nieta y yo nos vamos a ver ese pozo o fuente. Usted se lleva la máquina, hace las copias y luego se larga. Pero todo esto no pasará dentro de ese pozo, sino fuera de el.”

Ganges miró a la mujer. Era mucho más lista de lo que Montoro había comprendido jamás. Iba a ser muy complicado llevarla hasta la fuente. Pero con la nieta en medio, quizá las cosas abrieran sus alas a la improvisación. Le hizo gracia que la nueva colaboradora se había convertido en nieta en menos de una semana. Más gracia aún, que no todos los planes de esa mujer salían, lo que significaba que en el tema de los traspasos de amuletos había brechas. Una que él desde luego iba a aprovechar.

“Aceptado. Dígame día y hora y soy todo suyo.”

“Oh, creo que eso no es tan lejano como para hacer anotaciones en la agenda ahora. ¿Puede destintar los cristales un momento? Con la luna trasera es suficiente.

Ganges expectante oprimió unos botones y los cristales tintados bajaron, dejando cristales blindados pero traslúcidos en la parte atrás.

“¿Ve esas luces lejanas? Esa es mi nieta. Lo único que tiene que hacer es decirle a su chófer que pare, bajarse de esta lata de conservas y decirles a sus hombres que se vayan. Nos iremos a la fuente, usted hace lo que tiene que hacer y después le prestaré el móvil para que puedan recogerle. ¿O me equivoco y no tiene la máquina en el maletero?”

Extremadamente lista y peligrosa. Estaba ante una princesa de la guerra, y cada golpe acababa en empate. Ganges sonrió por dentro. El cuerpo a cuerpo no tenía problemas para el, normalmente y siempre para los demás sí.

“Acepto, aunque…”

Trinidad apagó las luces interiores, se inclinó hacía delante y buscó la oreja de Ganges terminando la frase por el.

“… aunque lo mejor sería que se encargara antes de salir de ese hombre que por razones que seguramente tendrá, quiso maniobrar en esa situación imposible. No se preocupe por mi, pero si me mancha el vestido puede olvidarse de la operación.”

Luego se reclinó de nuevo. Pocos segundos después escuchó un sonido como el de una rama seca rompiéndose bajo el peso de una presión repentina y violenta.

“Lourdes, para el coche. Me bajo aquí. Abre el maletero y en cuanto haya sacado la máquina te vas a casa. Ah, también se queda Bruno conmigo. Estáte preparada para recogerme.”

La limusina se echó a un lado de la carretera y en cuanto paró se soltó el enganche del maletero por señal eléctrica, dejando la tapa levantada tras el breve impulso de los muelles.

Trinidad esperó pacientemente hasta que Ganges se había encargado de sacar el cadaver del asistente del coche. Cuando notó que el vehículo se levantó casi un palmo, sonrió. Era la máquina de verdad. Nadie se llevaba tanta peso muerto si era para disimular. La historia, después de todo, podía ser cierto en su casi totalidad.

Salió del vehículo y cerró la puerta con un portazo. La chofer esperó unos segundos más y luego arrancó y dando la vuelta por la carretera en dos maniobras expertas pero algo infantiles enfiló de nuevo en dirección a la ciudad.

Ganges volvió de detrás de unos matorrales como si hubiera tenido que aliviarse. La máquina era voluminoso y de extraña factura. Tenía toda la pinta de costar fortunas de las grandes. No era fabricada en Tierra y Trinidad se quedó impresionada al comprenderlo. Era la primera vez que se enfrentaba a algo que certificaba que no estaban, ni muchísimo menos, solos en el tablero mundial.

“Si, impresiona. Espero que funcione, que no es precisamente tarea factible probarla antes.”

“¿Y copia cualquier cosa?”

Ganges asintió en la oscuridad. “Sí. Un kilo de diamantes, y ya tiene dos. Puede accionarse aún cinco veces más, luego dejará de funcionar para siempre.”

“Impresionante. Mi nieta está muy dada a las máquinas, le ruego que la trate con amabilidad. No juega en nuestra división, pero muestra maneras, aparte de ser muy mala.”

Ganges sonrió. Tuvo que admitir a su pesar, de que en otras circunstancias sería seguramente la pareja perfecta para el.

Llegó la limusina conducida por la nieta, un modelo bastante cutre en la opinón de Ganges. No cuadraba con esa mujer, que además contaba con crédito ilimitado en estos momentos.

“¿Qué pasó con el coche del millón de euros?”

‘Buen chico’, pensó y le sonrió. “Ya le he dicho señor Ganges que mi nieta es mala. Cuando un trasto no funciona, se asegura de que no vuelva a desilusionar a nadie. Sería el diablo en un planeta de máquinas, diablesa digo, que propio. Quizá lo sea, después de de escuchar su historia todo es posible, no le parece?”

Ganges estaba cayendo en las redes. Muy lentamente, pero la respiración y ahora la temática mostraban sus huellas ya sobre terreno de ellas.

***

Bien pude haber pasado todo el resto del día con intentar volver a ordenar mi vida, pero algo en mi se había roto en el desayuno con Yang. Empezaba a estar cansada, no sólo físicamente lo que se tradujo en que lograba estar despierta del todo, sino también psíquicamente, con momentos álgidos de confianza absoluto en resolverlo todo favorablemente seguidos por gigantescas suelas de zapatos que me mostraban lo pequeña y ridícula que era en un mundo varios número demasiado grandes para mi tamaño. Me di un masaje en el cuello y comencé a sentirme algo más dueña de mi misma. Me recordaban a alguien muy cercano esos masajes, me tranquilizaban.

Comencé a preparar la mochila. El anagrama estaba sobre la cama, inclinado sobre sus dobladillos y llamándome constantemente. Era lo que me recordaba constantemente que había un mundo en el que vivía, pero que no era como yo lo veía. Con la mochila lista volví a mirarlo, y luego le busqué un plástico para guardarlo definitivamente. Iba a venir conmigo, era lo que el agua veía en mi, que al parecer era lo único en este mundo que veía algo en mi que me gustara.

Salí del hospital y comencé a deambular por la ciudad. La gente, todos ocupados incluso en no estar ocupados, no me prestaron demasiada atención, lo que siendo blanca en la África Negra no era lo habitual. Debieron de percibir mi grado de irritación, cansancio o mala leche a distancia.

No sé como acabé en la calle del piso de Zhuu, porque aún no me sabía orientar en esta ciudad que cambiaba de aspecto cada hora. Pocas cosas eran fijas, muy pocas.

Un constante flujo de ciudadanos entraba y salía del portal del edificio. Sonreí. Ya podía hundirse el mundo, Zhuu estaría ahí para animar el comercio de los últimos días como si nada.

Subí al piso, intentando imitar el movimiento de los demás para no quedarme en lo cola que no era cola, sino interrupciones del flujo en los que dos o tres convirtieron el lugar dónde habían parado en propio.

Me quise enfadar, pero enseguida me di cuenta de que ese enfado sobraba. Aquí quienes deberían enfadarse y mucho, eran alegres y cargaban con un inmeso peso como si hubieran nacido para llevarlo y que en realidad el peso estaba sobre otros que lo denotaban en sus caras. Como la mía.

Me avergoncé a medida que me absorbían esos grupos para escupirme después y dejarme seguir, como a los demás que no se paraban. Pasé entre decenas de conversaciones que no comprendí, pero que mirada por mirada de soslayo o desde rabillos de ojos aparentemente ajenas a mi paso me devolvían un poco la cordura y el dejar de lamentarme demasiado.

Arriba, ya podía escuchar a Zhuu cantar. No hablaba con los demás, sino que una vez en su salsa enlazaba a todas las conversaciones.

En vez de subir por el tramo que llevaría al piso, me quedé en el tercer rellano, intentando apartarme contra la pared primero, pero luego pegándome a un grupo que discutía. No había forma de pararse sola, enseguida te empujaban desde arriba o abajo para que te movieras con ellos, pero cosido al grupo que me hizo un hueco como aquellos que se habían hecho ellos al empezar a hablar, el flujo de gente que subía o bajaba ya no hizo más que rozarme.

Todos me sonrieron, devolví la sonrisa y cuando ya pensé que tendría que presentarme volvieron a hablar entre ellos sin prestarme más atención que la mirada casual, aunque estuvieramos seis personas viéndonos las caras a pocos centímetros.

Me quedé un poco incómoda, y no entendía que hacía ahora aquí en este grupo, hasta que me di cuenta que ni siquiera era un grupo. Eran dos grupos de dos, y dos grupos de uno. No se habían visto cinco amigos en el rellano, sino que dos parejas de dos amigos y dos solitaros se engancharon entre ellos para formar un núcleo de calma en medio de dos rios poderosos, una isla de náufragos voluntarios que formaban las arenas y posibilidades de un respiro con su mera presencia de colaboración mutua.

Observé por entre cabezas y caras a otro grupo, unos escalones más abajo del rellano, y era lo mismo. Los que estaban se conocían, pero no todos se conocían, ni todos hablaban con todos.

Volví a centrarme, pero sin mirarla directamente, en la persona que como yo era una ‘solitaria’ como llamé enseguida a los que no hablaban con nadie y aprovechaban los grupos para un descanso, o para esperar su turno.  Se trataba de una señora con una mirada de la más absoluta dignidad manifiesta, que parecía estar en la veranda de su mansión de ochenta baños y cuatro piscinas olímpicas, con la vista perdida sobre sus vastos territorios. Me pilló desde esa calma claramente inadmovible en mi inspección, enrojecí y ella volvió a sonreírme como ya lo había hecho al saludarme a mi llegada. Le debí parecer un ratón asustado entre dieciseis mil patas de gatos.

No me atreví a volver a mirarla, aunque podia haberlo hecho durante horas, y me solté de la isla con otras sonrisas de despedida silenciosas por en medio de las conversaciones y flujo de gentes que a medida que subía ahora el último tramo parecían salir de todas partes. La mercancía ya no viajaba encima de cabezas o hombros, sino que comenzaba a ser inspeccionada para que presentara el mejor aspecto ante la gran Zhuu.

¿Y si no hubiese grupo en una escalera así que en vez de ser la escalera al piso-mercado de Zhuu fuese la escalera de la vida? ¿Qué había que hacer para parar un momento y poder tomarse un respiro?

Escuché un sonido de un golpe seco y sordo y unas risas generalizadas que aliviaban el constante zumbido de voces. Miré arriba y vi a Olassa salir de la entrada del piso, con un casco de motorista puesto. No, no era de motorista, era militar. Volvió a entrar sin agacharse del todo y volvió a chocar con fuerza contra el marco superior de la puerta, causando nuevas risas.

Cuando llegué a la entrada, la ví probarse varios cascos que habían dejado apilados uno encima de otro delante de ella.

Un militar que desentonaba totalmente con los demás por sus ropas de campaña, cinturón lleno de las cosas de los militares y un pistolón que daba miedo incluso en su funda, no paraba de asesorarla, lo que no dejaba de ser una escena hilarante, porque Olassa no podia calzarse la mayoría de los cascos, demasiado pequeños para ella, mientras que el hombre que era una cabeza más alto que yo resultaba en un enano desesperado con el resultado de las pruebas. Para colmo, Olassa cogió a uno de los cascos e intentó abrirlo a la fuerza para ganar el espacio que requería para poder ponerselo. El hombre intentó disuadirla, llevándose las manos a la cabeza, pero Olassa no le hizo el menor caso hasta que desistió al comprobar que no había forma de que le fuera bien ninguno de los que le gustaban. Echaba chispas por los ojos, mientras se frotaba en varios puntos de la cabeza con una mano.

Metí la mano en el bolsillo interior de mi flamante vestido de paseo o compras, saqué el dinero que tenía preparado e imitando a los que también venían a pagar con los billetes en alto intenté captar su atención.

Me vio cuando ya estaba casi tocándole la cabeza al militar con mis improvisadas aspas publicitarias. La inspiré claramente, porque era verme, y volver a mirar a los cascos en el suelo con una mirada de intrigada, cascos ahora desparramados y algunos desapareciendo porque habían iniciado el largo camino de ser empujados entre unos y otros en todas las direcciones con los pies.

De repente se le iluminó la cara, me cogió el dinero sin siquiera saludarme, se agachó y elegió un casco que no le hubiera ido bien ni a los cinco años. Pagó al militar, no sin antes tener que aguantar los tejemanejes de este para sacar más y más, pero Olassa no tenía otra intención que seguir con la buena educación, que impedía hacer cualquier compra sin negociar, aunque el precio quedase en lo pactado incluso.

“El que no negocia un precio es porque no le interesa la mercancía, sino gastar su dinero. Un cliente así es un peligro, porque no dará utilidad a lo que le vendes, y no hay nada peor que un mundo lleno de cosas inútiles.”, me dijo veinte minutos más tarde mientras nos encaminamos a la cocina del hospital, dónde pensaba comer conmigo, aparte de ver al resto del personal. Tenía vacaciones, pero eso en África era como decir que tenía un empleo que atender y además asegurar, fuese cual fuese el día.

Le conté mi experiencia en la escalera, y ella se rió con ganas. “Nunca lo había visto así, pero es muy bonito lo que dices Karma. Ya estás en la fase de transición, África está comiéndote poco a poco, pronto estarás en un trance total. Les pasa a muy pocos, de los que vienen de fuera me refiero. Vienen, y parecen soñar su estancia, viendo las cosas con una distancia que les permite descubrir cosas hermosas, pero pocos como tu.”

“Gracias por el cumplido. Pero dime, ¿cómo se hace para formar un grupo si vas solo por uno de estos flujos y necesitas parar un momento? ¿O tienen que ser dos como mínimo para que así sea?”

Levantó la cabeza, lo que no dejaba de parecerme divertido. Si quería, agachada podía sobremirar a la marea humana sin problema. ¿Olassa acaso no sabía que era la más alta en toda la ciudad?

Me tiró de mis flamantes telas, que me había reordenado y arreglado con manos expertas nada más empezar la bajada por la escalera. “Muy bien hecho, hoy ya llevas la ropa adecuada, aunque te la has puesto como si llevaras un calcetín en la mano y un zapato en la cabeza.”, me dijo cuando por arte de magia las ropas se encajaron.  Ahora me llevó a un edificio que no había visto antes, dónde el flujo de gente de la casa de Zhuu quedó en rio seco y desértico en comparación.

No se podía ni respirar, y tan pronto que nos atrapó una de las gigantescas mareas de personas, lo único que pude hacer era quedar pegado al de delante, mientras que detrás me empujaba Olassa.

“¿Dónde vamos?” Grité hacía arriba, con la esperanza de que Olasse me oyera y contestara. Pero aún no había visto nada.

“La marabunta, es así como lo llamáis los europeos, no?”

Su voz me había llegado nítidamente. Se había agachado y creaba así un espacio a mi espalda que agradecí con un respiro. Me cogió de la cintura, agachándose aún más y me levantó sin que se le notara esfuerzo.

¡La marabunta de su madre!

Al menos doscientas mil estaban yendo en todas direcciones, enganchados en inmensos rios de movimientos. Una plaza que medía como poco ocho o diez veces un estadio, natural sin más que edificios bajos, chozas y depósitos temporales de mercancías o de lo que fuese que la delimitaban. Había tenderetes, pero también se movían cuando me fijé con atención en ellos. Bailaban como encima de olas de cabezas.

“Bienvenida a África, Karma. Ahora te enseñaré como se hace un grupo en medio de todo esto. Estáte atenta, porque si te pierdo aquí puede que no te vuelva a ver en días.” Lo dijo muy en serio, mientras me bajó de las alturas. No estaba muy convencida ya de querer saber como se hacía.

Para nada, y sin tener que ser siquiera sincera. Me daba pánico quedar atrapada en medio de ese mar sin Olassa. Quien había inventado la expresión de marea humana había pasado por esta ciudad.

***

Se puso delante mía con increíble facilidad y avanzó dejándome atrás enseguida. Cuando estaba a cinco o seis cuerpos por delante, miró hacía atrás y me hizo señal de que estuviera atenta ahora.

No vi nada. Todo seguía igual. Una masa de pan, yo una mota de harina y el rodillo del flujo que no paraba de empujarme, apretujarme y estirarme. Pasaron varios segundos angustiosos, y si no hubiese podido ver a Olassa con su cabeza bailando por encima de todas las demás, seguro que me hubiera puesto a llorar como una niña perdida.

Luego noté que Olassa parecía ir hacía atrás, pero sin dejar de moverse hacía delante. Cinco, cuatro.. a los dos cuerpos lo comprendí. No es que ella se había vuelto las rodillas del revés, sino que andaba un poco más despacio que los demás. Cuando volvió a mi lado, me preguntó con la mirada si lo había visto y como afirmé, me hizo señal de hacer ahora lo mismo que ella.

Volvió a adelantarse un poco, creando un espacio mínimo entre ella y el que le seguía y luego ralentizó la marcha minimamente, apenas perceptible por el ojo, imposible para la mirada casual de poder descubrirlo. O lo sabías, o no lo veías. La imité y me gané una mirada enfadada del hombre que tenía delante, luego un rodillazo en la espalda del que tenía detrás.

Lo volví a intentar, y después de concentrarme en no arrancar o parar, sino en aumentar y reducir, comenzó a funcionar. Pude ganar espacio hacia delante y luego aprovechar el espacio realmente ganado, el de atrás, para dejar que me sirviera como una zona acolchada para ir reduciendo la velocidad. Tenía que correr para poder ir despacio, aunque lo de correr era un decir.

Estaba tan concentrada, que cuando quise decirle a Olassa que lo había logrado y que era un sentir maravilloso poder manejarme por el flujo, esta ya no estaba a la vista.

Me asusté, y me gané otro rodillazo en las nalgas luego de clavarle al de delante mía el mentón en un homoplato. “Calma, coño, calma. Aquí los sustos te muelan a palos, esta no es la avenida de una capital, tonta.” La voz me salió con resolución. Era mía, pero con un acento que no distingui lo suficiente como para reconocerlo.

El flujo en el que mi concentración recuperada  me volvió a permitir estar relativamente autónoma, se estaba acercando a uno de esos tenderetes que antes había visto flotar sobre las cabezas en la lejanía. Cada vez estaba más cerca, y cuando casi lo pude tocar vi que no era un tenderete, sino un palet improvisado lleno de mercancía que iba a caerme encima de un momento a otro. Los de delante mía levantaron entonces los brazos y los imité, el tenderete pasó por encima nuestra y siguió su curso contracorriente. Me llevé la mano sobre la boca y rié incapaz de tomar la experiencia como lo tomaban todos los demás, que posiblemente ni siquiera se acordarían ya de lo que hacían constantemente.

Era increíble, porque me comencé a sentir como una ola, o como el mar que formaba olas, corrientes y cosas que aún estaban esperándome. Ese tenderete se habia inclinado como una balsa hasta que llegó a la parte más baja del agua, de gentes con menos altura o con los brazos más cansados, más despistados o simplemente demasiado absortos en sus propios pensamientos como para dedicarle el esfuerzo exacto.

Ni falta que hacía, porque en vez de ser un palet de mercancía, eso lo convirtió en balsa en alta mar, en mi en una parte del mar, en ola el que pasara encima mía.

Me salieron las lágrimas al comprobar que la sensación se mantuvo, y cuando noté que iba en aumento, se me aceleró el corazón.

Entonces vi a Olassa de nuevo. Era una estátua en medio de todo, parada y con la mirada esperándome. Una mirada digna, increíblemente digna. Calma y ausente, aunque no se le escapaba nada.

Ralenticé el golpeteo de mi corazón al comprender, luego el de mis pasos, luego el de ir hacía delante para ir hacía atrás, y cuando estaba a un cuerpo de Olassa, esta me cogió de los hombros por encima de algunos que aún pasaban en medio nuestra y me acercó con suavidad para rellenar un hueco que aún no veía, ni sabía como podía percibirlo ella cuando no había en realidad.

“Casí, Karma. Casí. Si tu eres una africana ya. Verás cuando se lo contemos a Zhuu que bien se lo va a pasar. Fantástica. Lo único que te ha faltado era temporizar la llegada, tienes que sentir mi ritmo para pararte a mi lado, o el ritmo del flujo aprovecha tu energía. Te haces querer doctora Karma y mucho.”

Me abracé a ella y lloré y lloré lo que le pareció lo más normal del mundo. En medio de miles, me sentí por fin anónima, segura, secreta, escondida, cuidada, mimada, refugiada, acogida, en casa, por fin en casa, por fin en brazos de quienes me dejaban ser yo. Que lo único que quería hacer la gran Karma Brescida, neurocirujana y dominadora absoluta de su vida profesional, era jugar y aprender, aprender y jugar… y dejar atrás a esa mujer que ahora la llevaba hacía un destino incierto como oscuro.

(continúa en la parte quinta)