ELO / Tomos II y III
Capítulos diversos
Recopilación Karma Brescida
Autor en trance: M. Furlock

Los Yishe

Introducción
Breve orientación para los lectores
.
:
.

“Que la TCM llegase a ser la práctica médica preventiva y curativa dominante no ocurrió después de la Guerra. Eso ya había ocurrido medio siglo  antes al atender a más de mil millones de personas en Asia. “
Abrams, Wong y Tulli [Anales estadísticos médicos],
San Dehli, octubre 2409 .

“Estos grupos se dedicaban a anular los remedios naturales, incluso a extirparlos del reino natural con tal de obtener más cuota de mercado. La llamada ‘era farmaceútica’ envenenó no sólo a casi toda la población, sino que también actuaba como juez supremo sobre lo que podía, debía y estaba permitido para curar…”
Increíble Miraman Gómez [El paso en falso],
Editorial Oblog Stunna, octubre 2354

***

El ser humano, antes de entregarse al comercio con alienígenas para el provecho y la supremacía de unos pocos sobre los demás, no conocía la separación de la naturaleza. Las ideas de una humanidad que había tenido que forjar su existencia sobre una brutal guerra contra un reino vegetal y animal feroz, las consignas de un humano triunfante porque aniquilaba a la bestia que en cualquier momento hubiera hecho lo mismo con el, y tantas otras imágenes que durante miles de años fueron alentadas una y otra vez en la retina de la humanidad, eran falsas. Procedían de una necesidad de aumento de población, el suficiente para poder seguir negociando con los alienígenas. Cuanto más humanos podían venderse, mayores eran los beneficios. Lo que en esos casi treinta mil años de trata de humanos salvó a la humanidad, fue que los grupos alienígenas no encontraron demasiado útiles a los humanos como mercancía, y que no solían llegar más que cada 200 a 300 años en sus visitas comerciales.

Castillo de Torre Estrella - Cailandia de los Mitos - Punto de surtidor, parcialmente tapado hasta el 2011

Castillo de Torre Estrella – Cailandia de los Mitos – Punto de surtidor, parcialmente tapado hasta el 2011, reconstruído en el 2392.

Cada visita dejaba un nuevo arsenal de tecnología a los imperialistas fanáticos. Y los siguientes cien, doscientos o quinientos años hablaban de avances tecnológicos, avances que siempre e invariablemente iban en contra de la Vida. Pero las granjas de cría de humanos tenían que crecer, ese era el trato. Para que un negocio de trata de seres tuviera un mínimo interés, debía llegar hasta los cien millones de sujetos finalmente, que así es como se las prometían unos y otros. Mientras tanto, la humanidad crecía en número, y perdió año tras año, invento tras invento, su conexión con la tierra (Tierra), mientras que el espíritu de Gaia proseguió en su estado adormilado.

En 1950 volvieron a llegar los alienígenas, esta vez no con la habitual nave de contacto, sino con más de siete mil navíos de carga. Se cebaron en Asía y África durante largos años. Debieron de ponerse muy contentos con los logros de los imperialistas fanáticos, porque dejaron suma cantidad de información tecnológica, incluso instrumentos, armas y sobre todo, información genética y farmacológica. Cuando se fueron, no sólo faltó al mundo uno de los presidentes más queridos de toda la Historia, sino millones de humanos que simplemente no habían existido nunca. Asía y África, las granjas como llamaban los traidores a la humanidad en tono jocoso a dos continentes enteros de su dominio absoluto.

Alinimal

Alinimal

La razón de entregar a los imperialistas fanáticos información farmacológica específica no era otra que una reacción. Asía podía ser la granja de mayor crecimiento, pero también mostraba una tendencia a complicar las abducciones. Así, cuanto más conectaba estaba un ser humano con la tierra (Tierra), más probabilidades de fracaso tenían las recolectoras. Era un proceso complicado y caro para los alienígenas, que pronto comprobaron que en China no les rendían las recolectoras, salvo en turbinas reventadas por humanos ‘demasiado sanos’.

Para acabar con el problema, se pasó a un alto grado de industrialización de China. Así, la mayor parte de la salud de los chinos iba a deteriorarse, los remedios tradicionales no iban a surtir apenas efecto, y el estrés medioambiental y psíquico haría el resto. Para la siguiente recogida, planteada para el año 2014, más de mil millones de chinos estarían aptos para los traslados.

Paralelamente, se intensificó el desarrollo de productos farmacológicos, que no eran otra cosa que copias mal hechas de los elementos curativos naturales. Las instrucciones de sintetización contenían flagrantes errores, manipulaciones explícitas de las fórmulas y cálculos, para conseguir ese efecto.

Los imperialistas fanáticos tenían claras instrucciones de dejar crecer económica y territorialmente a las industrias farmacéuticas. Así fue durante más de sesenta años, con el resultado de convertirse en la industria de mayores beneficios y control casi absoluto del mercado, es decir de toda la humanidad.

Para los imperialistas, ese desarrollo era el mal menor. Lo que buscaban fue obtener un máximo rendimiento en la última avenida de los dioses, como recogían en sus documentos personales a menudo esa fase, y eso les obligaba a destruir a la humanidad después de esa siguiente visita. Una humanidad enferma, idiotizada e incapaz de sobrevivir sin estar profundamente enganchada al ritmo infernal de la cría. Nadie ni nada podía sostener una humanidad así. Los que iban a quedar en tierra, pasarían por una fase de cambio climático brutal, virus mortales, y si todo esto no era suficiente, exposición a la radiación de su arma preferido, el estructurador hormonal de subfrecuencias.

Los chinos en cambio comprendieron en el año 1950 el verdadero deterioro de la situación. Llevaban desde el año 800 a.C. luchando organizadamente contra los invasores, pero con más de 300 millones de chinos que literalmente desaparecieron y probablemente 600 millones de asíaticos en total extraídos de la Tierra, sabían que la siguiente visita iba a ser la última. Fueron capaces de resistirse al menos durante 40 largos años a los planes imperialistas. Suficientes para poner a salvo millones de plantas, recetas y prácticas, suficientes para promocionarlas y plantar cara a nivel mundial. Entre los años 1970 y 1990 hubo un boom de lo chino, y especialmente de sus especialidades únicas, como la TCM, o medicina tradicional china. Fue, junto a miles de promociones de otros puntos que podían unir al ser humano con la tierra (Tierra), la contraofensiva. Y tuvieron un éxito insospechado, que a punto estuvo de hacer fracasar a los planes de los imperialistas fanáticos. Con un terrible esfuerzo, y con el uso masivo de tecnología de estructuración hormonal, terremotos incluidos, finalmente se doblegó a los chinos, y entre el año 1990 al 2010, tan solo veinte años, China se convirtió en el caos, con crecimientos industriales imposibles de imaginar siquiera.

Los imperialistas corrían contrareloj. Las instrucciones alienígenas habían sido claras, pero el muro chino resultó más muro de lo que habían podido prever. Aún así, convirtiendo una sociedad sana y numerosa en una cloaca no desplazó a la TCM. Los chinos comenzaron a sintetizar por su cuenta, y con procedimientos nuevos y mejores.

Eso explica, que aproximadamente un 80% de los supervivientes de la Guerra de las Sombras Baúl fueran chinos. Ya llevaban luchando contra alienígenas, y con notable éxito dentro de su misero fracaso.

Después de la Guerra, el mundo ofrecía el desolador panorama de perder la mayoría de los supervivientes en el siguiente decenio. Con cuerpos exhaustos, demacrados por la industrialización y los planes y proyectos de manipulación genética y hormonal, debilitados sus sistemas inmunológicos por el constante bombardeo farmacológico, incluso por aire, agua y alimentos. Un panorama con un resultado escrita en la frente de ese 20% de supervivientes desparramado por todo el globo.

Así, desde Asía se enviaron los Yishe en caravanas de hasta 30.000. Médicos, veterinarios, biólogos, enfermeras, y hasta cincuenta especialidades en torno al intento de salvar a aproximadamente 200 millones de humanos de una muerte segura, de la extinción absoluta de determinadas genéticas, por muy dañadas que estuvieran.

Los Yishe se asentaron en todas las caravanseraís. Esta sección mostrará como fueron capaces de reconectar a los que menos posibilidades tenían.

Legados fusionados
(Karma Brescida)

“Mantener viva a la población en las mejores condiciones de vida posibles no depende de la capacidad de los Yishe. Depende de cada uno de los seres humanos que así quieran evolucionar. Depende de todos y de su compromiso con un mundo sano.”
Karma Brescida [La consulta cotidiana es fuente de avances], Neo Sanlúcar, octubre 2034 .

“Una sociedad instruida en conocimientos médicos es una sociedad con capacidad de reconocer a los enemigos invisibles.”
Waterman [La profilaxis educativa], Festival Yishi / Umma Torrón L’Esta, octubre 2109

Dirán ustedes que la vida de todos cambió con la Gran Guerra. No creo que así sea. Cambió como nunca para muchos, sin duda. Pero a la gran mayoría le significó un fin prematuro. No es que fuese un cambio para los que se fueron en las primeras horas de la invasión. Fue un cambio para quienes quedaban. Pero incluso a este nivel de análisis, no fue cambio para todos que quedaban. Estoy de acuerdo que en lo simple podemos encontrar soluciones, pero desde luego no en las miradas simplonas. Lo simple no es simplificar, sino comprender lo simple que resulte.

Un ejemplo es mi consulta. Antes de la Guerra, atendía de media a un paciente cada diez minutos. Una población bajo el constante riego químico, con los alimentos que ya no daban más de sí, vidas obligatoriamente licenciosas para poder soportarlos o sacarles al menos un mínimo de alegrías y disfrute… no precisa más tiempo por paciente, porque no hay nada que hacer salvo dar el máximo que se pueda. Ir más allá dependía de la voluntad de cada paciente, y esa voluntad la dictaba normalmente el propio sistema con poderosa voz de estar saturado.

Los círculos viciosos no se rompen con una lima aumentando el grado de atención. Los círculos viciosos se han de romper. Los médicos no los podíamos romper, pero la Guerra se encargó de eso en dos, a lo sumo tres noches. Los pulverizó a casi todos, creando otros.

Claro que tardamos más de quince años en empezar a verlo con resultados certificables. Lógico. Pero en el fondo no cambiamos nosotros, sino que se fue la presión industrial  sobre el ser humano. Para simplificarlo, se puede decir que pudimos hacer nuestro trabajo en condiciones, porque quien lo saboteaba dejó de poder molestarnos.

Hoy día, atiendo a un paciente cada diez minutos. Lo que ha cambiado es que la mayoría no son pacientes, sino estudiantes de su cuerpo y de la salud. ¿Son suficientes diez minutos para orientar a un ser humano en toda su complejidad hacía el conocimiento de su físico y psique? Si. Es además el mismo sí que para la media de antes de la Guerra. Insisto: no depende de una Yishe, ni del tiempo disponible, sino de todos. Las enfermedades siempre se manifestarán, pero son las sociedades que se preparan en comunidad las que mejor se adaptan a cada situación. No se trata de medias de tiempo de atención o charla, sino de la capacidad de generar un cada vez mayor interés en la sociedad a nivel individual y colectivo de querer comprenderse.

Tampoco le veo un gran cambio en cuanto a como responder a las enfermedades. La medicina occidental puede que no reconociera su fracaso farmacológico hacía afuera, pero adentro se estaba volviendo a la medicina lo menos agresiva posible. El enemigo no estaba en las enfermedades, ni lo representaban siquiera. El enemigo era la idea de debilitar al organismo para vender más, así de simple. Aunque la opinión pública de entonces nos solía tachar de cómplices en esa trama, en realidad ya llevábamos años intentando boicotear las oleadas sistemáticas farmacológicas. Un ejercicio sumamente complicado, porque al mismo tiempo nos enfrentábamos a una situación cada vez más deplorable. Si la munición que te dan es de la que dispones, la utilizarás incluso si sabes que no es la que realmente hace falta.

No le veo cambio en sustituir el vademécum por el Meng Nji. Sí le veo el cambio en la eficacia de los tratamientos, y en la casi total ausencia de efectos secundarios intolerables. Pero de nuevo: no es que sea un cambio. Con el abrupto final de todas las emisiones tóxicas en aire (Aire), agua (Agua), y tierra (Tierra), la mayoría de las enfermedades anteriores a la Guerra se debilitaron, los organismos llegaron a un grado de limpieza que hubiera sido imposible lograr ni con los más refinados sistemas de drenaje. La medicación con plantas, extractos o mezclas correspondientes comenzó a funcionar porque la parte química estaba en claro retroceso en el ambiente, y por ende en los organismos.

Las reservas de medicamentos sintéticos se acabaron hará unos siete años. Los fármacos que ahora sintetizamos son mezclas entre uno y otro mundo, y es probable que así tendrán que seguir siéndolo hasta pasadas varias generaciones. Tampoco le veo importancía en que se logre una total independencia de procesos de sintetización avanzados, porque en el fondo son fácilmente comprensibles. Puede resultar más complicado diferenciar entre determinadas hojas en una recolección, y con total seguridad afirmo que es a veces más complicado trabajar con materiales ‘puros’ que con los sintetizados en las mezclas.

El cambio no está en lo obvio, aunque pueda resultar espectacular. El cambio está en nosotros, y depende de que cada día volvamos a comprender eso, ya que asegurará que llegue a buen fin.

Lo mejor no es siempre lo que ofrezca el sistema. Lo mejor es saber en cada momento un poco más de uno mismo. Lo obvío no es el cambio. Es en ese pasito minúsculo dentro de cada uno.

*
[Vademecum] Libro de consulta inmediata de datos o nociones fundamentales de uso frecuente en determinada materia
[Meng Nji] / Vademecum de las plantas de los tres reinos orientales fusionados

Antes de la invasión de las Sombras Baúl hubo un tiempo en el que apenas era consciente de ese otro mundo en el que vivía. Sí, dirán ustedes que debiera de estar ciega, sorda y cosas por el estilo, y con toda la razón. Lo estuve. Lo estuvimos casi todos.

Yo había vivido la dictadura en uno de estos países europeos que siempre se veía como el más libre y abierto, fuese cual fuese la mano de hierro que nos exprimía. Era una maquinaria engrasada de siglos y siglos de opresión feudal, que con exasperante habilidad para los pocos conscientes se perpetuaban en cada ciclo de evolución. Después de tanto tiempo y tantas generaciones, la lucha social, los principios éticos, morales y filosóficos, el arte y la cultura, la educación y la salud pública no eran más que productos al filo del diezmo que se les destinaba, frente a la parafernalia de inversión en conducir a las masas en siempre la misma dirección, sin salida posible y si era en círculos, mejor que mejor.

No era consciente del verdadero alcance de la dictadura, ni de la dictadura que vino después en forma de elecciones, ni de la dictadura que se extendía en todos los países del mundo bajo los vestidos de la libertad, igualdad y fraternidad como si la revolución francesa hubiera seguido activa hasta el tercer milenio. Ni yo, ni apenas nadie en la sociedad.

***

“Doctora, no creo que sea el momento de dejar la unidad. En las próximas semanas quedará vacante la plaza del cirujano jefe, y cuento para que nos asiste en la formación del nuevo equipo. Para mi es usted imprescindible.”

El gerente del hospital me miró con esa paternalidad que les entra a todos los hombres cuando te han incluido en sus planes, o que llevaban años intentando encontrar la vía para conquistarte. Es decir, cuando alguien se vuelve paternal contigo Karma, es que le importas bien poco, y lo que quiere se lo busca ahora por la vía del engaño. Mi voz interior comenzaba a insultar directamente al tipo que tenía delante.

“Mi querido señor Almana como puede pensar que yo le dejaría en la estacada. Me iría después de que el equipo estuviera formado. Mi partida será en julio, lo que nos da más de tres meses para organizar la unidad.”

A Almana esa salida le gustaba tan poco como el tema en sí. La Brescida, harta de no acceder jamás a ningún puesto de responsabilidad reconocida, con casi 15 años de expediente inmaculado, y esa eficacia a la hora de hacer funcionar una unidad de intervención quirúrgica. La misma Brescida que año tras año solicitaba un cambio de su contrato, y que ante las subidas de sueldo y extras no había dejado de olvidarse de su orgullo personal. La cosa se complicaba.

“Doctora, usted y yo compartimos muchos años en este hospital, y podemos sentirnos orgullosos de haber logrado que precisamente las unidades de intervención y traumatología están entre los primeros del país. Eso tiene su secreto, y no es otro de que aquí tenemos gente cuyo sitio es el idóneo. El nuevo cirujano jefe viene de la capital, con mucha influencia en los ministerios, pero como usted sabrá, no es precisamente un cirujano de primera. Cómprendalo Karma …” – Almana hizo una pausa teatral – “… quien llevará la unidad como siempre será usted, y a Montoro se le verá atendiendo a los actos para posicionar nuestros presupuestos en la liga adecuada para asegurar los buenos sueldos e infraestructuras que nos gastamos. ¿No cree que dentro de un sistema así de injusto hemos logrado sacar adelante casi todo lo que nos propusimos?”

Karma miró al hombre que ahora estaba flirteando abiertamente. Claro que habían conseguido todo lo que se habían propuesto, pero nunca se proponían aquellos temas que realmente gritaban por justicia. No habia mujer que tuviera un cargo de responsabilidad en el hospital salvo ella, no se invertía en la mejoría de atención, ni en camas adicionales que cada vez hacían más falta. Las ampliaciones se quedaban departamentos como el financiero, la dirección, zonas de esparcimiento ideados en algún despacho de arquitectos inconscientes de las necesidades de enfermos y médicos, alas de investigación que perdían dinero desde el primer día, pero se mantenían año tras año sin que se comprendiera la razón. O su caso, que hacía años hubiera tenido que desembarcar en ser titular oficial de la unidad.

Lo que Almana buscaba era que todo siguiera como siempre. Yo sabía que en la próxima negación por su parte, me iba a ofrecer alguna mejora económica. En ese punto yo siempre había claudicado en los últimos años. Ganaba más que Almana, mi sueldo estaba a la par del de los mejores cirujanos del país. Viéndolo así, siendo dueña absoluta de las unidades, de su programación, funcionamiento y calidad, con un equipo muy bien pagado, motivado y posiblemente uno de los mejores del planeta, y con ingresos mensuales que me permitían hasta jugar en bolsa, era difícil imaginarse algo mejor. Además, si algo saliera mal, le tocaría al boludo de turno que ocupaba la dirección de la plaza, aunque no fuera capaz de levantar un bisturí sin haberse tomado dos copas de vino antes. “Este no opera en mis salas”, había sido una de las exigencias con el segundo que iba a llegar, hará unos 10 años. Desde entonces venían y se iban, con el hospital creciendo en poderío económico, prestigio e influencia en el panorama médico y cirujano nacional.

“También lo veo así, pero estoy cansada. Necesito un cambio, unos meses de ocuparme de temas médicos desde otro punto de vista. El actual puede ser lo eficaz que usted quiera, – lo es -, pero me estoy quedando sin motivación. Además, van a ser unos pocos meses, el año que viene estaré de nuevo aquí. Quizá para entonces usted ya ni me necesitará, porque habrá encontrado alguien posiblemente mucho más eficaz que yo. En serio, esa dependencia para conmigo es algo que hemos de analizar.”

Almana observó a la doctora intentando averiguar si con una subida del 15% de su abultado sueldo llegaría a pasarse o quedarse corto. Parecía dispuesta a irse, pero así había sido en los últimos años también. De repente se presentaba en su despacho, explicaba que había conocido tal o cual cosa, persona o proyecto, y que se iba unos meses para ‘echarles una mano, para aprender, para cambiar de aires, no estoy motivada, necesito aire’. Le solía dar 15 días de vacaciones extra, y una subida de sueldo, a veces rectroactiva sobre los últimos meses trabajados.

“Venga doctora, amiga mía no me sangre demasiado, que los presupuestos son un juego que me trae de los nervios. Le propongo un mes de vacaciones después del verano, diez días ahora, y una subida apreciable de su sueldo.”, y al ver que la doctora no reaccionaba, añadio con risas que casi se olvidaba que podía extenderle ahora mismo un talón por el equivalente de dos meses de sueldo, “para dulcificar al máximo el sacrificio que llevaba con tanta excelencia.”

“No, Almana, el dinero no sabría en que gastarlo. Llevo diez años ahorrando, invertiendo y precisamente es el dinero que empieza a ocupar casi todas las tardes, porque me rinde y se está convirtiendo en una especie de hobby-empresa que no quiero tener. Pero si me amplía las vacaciones a ocho meses, incluso renunciando al sueldo, soy la estrella de sus presupuestos.”

Almana comenzó a impacientarse y preocuparse. El director del hospital le había dejado claro después de la última reunión con los mecenas farmacológicos, que las prioridades estaban en lograr que Montoro se convirtiera en algo como una voz en política, y eso requería a la Brescida en su puesto. No podía irse ahora, justo ahora de vacaciones durante ocho meses.

Probó de nuevo, esta vez con una subida espectacular de sueldo y la oferta de acceder a financiar uno de los proyectos que a Karma Brescida se le habia antojado desde hace unos años. La ampliación del sistema de atencion primaria y de las urgencias.

***

Me quedé en blanco. No había esperado semejantes cifras astronómicas, ni sabía que el hospital era capaz de pagarlas. Le pregunté por el montante de la inversión que sería capaz de reunir en los próximos cuatro años, y cuando me esbozó las mismas con esa frialdad calculadora que había predestinado un médico excelente a hiena de los despachos, comprendí que hablaba en serio.

“Tómese el fin de semana libre para pensarse esta oferta. No creo que se haya producido jamás en este país que sufrimos. No, déjese de dudas y preguntas ahora, tiene que hacerse una idea del alcance del crecimiento que el hospital viviría bajo esas circunstancias. Si quiere, por la tarde lo tendrá por escrito, aunque hasta el lunes no tendría yo la firma del director. Ya sabe, está en USA y no volverá hasta el domingo.”

Salí del despacho con un nudo en la cabeza, en la garganta y en el estómago.

***

Tardé horas en tener el valor suficiente para escribir a mi amigo Yang Yungfyu, un neurocirujano chino con el que mantenía correspondencia desde hace más de diez años. Ambos teníamos la misma edad, y nuestras respectivas evoluciones influían en la del otro con sorprendente éxito.

Habían sido miles de casos que discutimos, primero por telex o correo o incluso telegramas. Hablar por teléfono no entraba en las posibilidades de Yang, y por eso sabía que la llamada que me hizo hace poco tenía su peso específico. No me hablaba de un caso en especial, sino que se iba a África para levantar un hospital comarcal en una de las zonas más abandonadas. Quería que viniera a trabajar con el, llevando mi propia unidad, aparte de compartir el trabajo organizativo desde un cargo de dirección del proyecto.

Cuando  me lo dijo al teléfono, mi entusiasmo pudo con todo. Tuve ese auricular en mis manos, y estaba haciendo surcos con mis dedos en el tapíz de la pared, mientras sentí que ya tenía todo lo que podía desear, y que era hora de hacer algo comprometido. Le vi en esos momentos todo mi futuro, y le dije que sí, que contara conmigo.

Luego me senté en el sofá, apagué la tele y me asusté. La guerra en mi la ganó esa Karma impulsiva, que tanto amaba como detestaba.

Pero ahora, con otro futuro compitiendo a más no poder, no me entusiasmaba el recuerdo de la voz de mi colega chino, sino que me dolía al recordarla. Eso significaba que le iba a fallar.

***

“Doctor Yang, una carta de Europa.” El funcionario del hospital se cuadró con saludo militar ante la puerta abierta del despacho del cirujano, esperando el permiso para poder entrar y entregar la carta.

“¿Una carta de Europa? Pase soldado, y deje de hacer de figurín que acabará con destrozarle la espalda. ¿No le han enseñado como hacer el saludo sin cargar las vértrebras? Venga aquí, mire… es así, y así… y ahora pruebe.”

El soldado que estaba a medio camino entre el pasillo el despacho se vio manejado por el doctor físicamente, que le ponía en la postura adecuada. Probó el saludo, y efectivamente no le producía los dolores que antes a duras penas habia logrado disimular.

“Bueno, ahora váyase a regalar esa cara de felicidad a otros, que yo tengo trabajo.” El soldado se giró, pero fue el doctor quien le quitó en el último momento la carta. “Esta es para mi, soldado, ande, prosiga, que está empezando a echar raíces aquí.”

La carta era de la doctora Brescida, su amiga. Enseguida se disgustó, porque sabía que habían quedado en llamarse tan pronto que ella tuviera resuelto su excedencia.  La carta significaba seguramente que renunciaba al proyecto.

“Querido Yang,

me pesa tener que escribirte esto, pero no tengo valor para levantar el auricular y llamarte en persona. Seré breve: me han hecho una oferta que no puedo rechazar. La económica personal es astronómica, y me aprueban el proyecto de mejoría de la atención primaria y de urgencias. No sé si puedes comprender lo que significa esto para mis años de revindicaciones, y que finalmente logro que las inversiones de este hospital lleguen a los lugares que más lo necesitan.

Me da vergüenza tener que decirlo, pero si no hubiese sido que hasta el último momento rechazaba todas las ofertas, esto no se hubiera producido. Quiero decirte que fue tu proyecto que ha logrado que se ablandaran los jefes. Quería tanto estar un tiempo contigo, que no iba a dejarme convencer por … y así pasó.

No sé que hacer para arreglar esto, porque me he aprovechado de ti sin querer, y te voy a fallar en el compromiso que te dí al teléfono.

Sé que este proyecto significa mucho para ti y para tu gobierno, pero también este proyecto aquí significa mucho para mi y mi entorno. No tengo mejor excusa que admitir que no soy de fiar, que no tengo palabra y que no sé como no perder la buena amistad que nos une.

Tu amiga Karma.

***

Recibí la contestación de Yang a los dos días de la presentación de Montoro en los medios. El hospital se convirtió en una especie de estudio de cine durante esos días, un agobio que nunca había vivido hasta esos extremos.

Ese Montoro era una estrella, y viendo el desembarque de medios, y los medios que empleaban, iba por ministro como poco.

Nos presentaron en la reunión de dirección, me saludó con su sonrisa de político y esa era la última vez que vimos a Montoro en el hospital. Se volvió a la capital, dónde ‘asuntos urgentes’ le requerían. Almana me miró como diciendo ‘ya te lo dije’.

Estaba contenta, pero al recibir la carta se nubló algo esa felicidad. La leí en casa, con toda la parafernalia de antídotos a la depresión al alcance de mis manos.

Querida amiga:

Deberías haberme llamado, porque un éxito como el que has conseguido es mayor al que yo pueda conseguir jamás. No vuelvas a decir que yo haya tenido que ver algo en ese logro, el que además espero que me describas con más detalle en los próximos meses. Es tu logro, y es gracias a tus esfuerzos que se haya producido.

No te preocupes por el proyecto, porque el gobierno de mi país ha decidido darle prioridad al mismo. Contaba contigo, porque a la vista están tus logros, y quien no los desearía en su propio proyecto también. Ahora cuento con otros, que seguramente lo harán lo mejor que puedan, y si alguna vez han tenido que esforzarse, será porque los compararé siempre contigo.

Llámame, que a ti te sobra el dinero. ¿Son así los ricos, que son ricos porque no gastan? No me hagas reír, Karma. Parece que nuestro proyecto te gustó mucho, de la otra forma no me explico tu miedo escénico telefónico. Te dejo los números provisionales del hospital en Camerún y del de Botswana.

Un fuerte abrazo,

Tu amigo Yang

***

Estuve sorprendida de las facilidades que la dirección del hospital tenía para con mis proyectos. Tantos años luchando por una brisa de cambio, y ahora dónde puse el dedo, se desataban tormentas.

Si el personal del hospital siempre había sospechado que yo tuviera un trato aparte, ahora no quedaba duda. Parecía más poderosa que el director, aunque procuraba dosificar ese poder al máximo posible. Si las cuentas no me fallaban, dentro de pocos años iba a haber un cambio de gobierno tras otro, y los planes de los Montoros o como se llamaran no iban a fructificar. Tres, a lo sumo cinco años en los que sí apostarían por una carrera intachable de su protegido, es decir que tenían que apostar por mi. Había que aprovechar ese tiempo, pero consolidar enseguida.

Puse en marcha casi todas las mejoras, pero con inversiones mínimas de entrada, las más necesarias en todo caso. No convenía convertir esas facilidades en sangría escandalosa, ni tampoco era necesario. Aún así, se me consideraba como una especie de maga con la dirección, que no paraba de autorizar ampliaciones, mejoras o renovación de equipos dónde durante decenios no había pasado más que el recuerdo de las vías en desuso.

A los pocos meses ya pudimos contemplar los resultados. El hospital se estaba convirtiendo en una estructura eficaz, que podía por vez primera, atender a todos en condiciones óptimas. Nuestro ratio de mortandad bajó como el plomo. Las listas de espera comenzaron a menguar, y dentro de margen de tiempo relativamente corto lograríamos que sobraran camas, en vez de faltar. Precisamente ese punto siempre había asustado a los dueños de las empresas que formaban el patronato, pero ahora parecían incluso desear esa situación.

Almana estaba encantado. El director de Almana también. Los jefes de Montoro engrosaban las filas de los que no paraban de felicitarse, y la carrera politica de este comenzó a sufrir un acelerón que nadie había previsto. En aquellos días, un hospital funcionando con semejante perfección era un milagro, y bien supieron venderlo.

Muchos de mis colegas de hospitales cercanos y lejanos comenzaron a visitarme, básicamente para averiguar como lográbamos lo que a los demás parecía vedado, salvo naturalmente a los hospitales de la élite en el norte del país. Fui cauta, apuntando que el mérito era de Montoro, y que simplemente cumplíamos con sus directrices por parte de un equipo de médicos y gestores excelentes. Sabía que con esa respuesta les engañaba, pero si hubieran sabido el funcionamiento real, tampoco les hubiera servido de nada. No tenían esa oportunidad de un Montoro, aunque casi todos fuesen excelentes profesionales.

Estos meses fueron también una dura prueba para mis convicciones. Siempre había puesto mi ojo en inversiones mayores en áreas básicas, pero en el fondo pensaba que lo que realmente contaba era un médico con conocimiento en su puesto. Tuve que admitir ante mi, que con una reunión en un despacho salvaba más vidas, terminaba antes con las dolencias, o actuaba con mayor eficacia en la prevision. No es que no era importante ser médico y atender, pero un sistema sanitario que se basaba en ese principio le dejaba todo el peso al que menos peso debería soportar, al quien se le buscaba para que pudiera prestar su atención a lo esencial, que era atender al enfermo en su dolencia o enfermedad. No miento cuando digo que quizá unas 500 palabras mías en esos meses en no más de 8 reuniones quitaron casi todo el peso al médico, fortaleciendo el sistema de atención hasta límites insospechables.

Operé mucho menos en durante el resto del año, que dedicaba casi en exclusiva a esas tareas de ir eliminando embudos dónde intentaban ahogar el progreso. No lo eché de menos, porque sabía que los demás estaban más que capacitados. Mis pocas intervenciones se resumieron a la asistencia en las cirugías más complicadas, y también únicamente para que mi propio equipo no se olvidara de mi, o pensara que ya no estuviera para ellos.

***

Ya entrado en noviembre, me tomé esas vacaciones que Almana habia prometido. Un viaje breve al país vecino, que aparte de playas e incipientes movimientos para la integración en la comunidad europea ofrecía la misma corrupción y pobreza que tanto se decía que habíamos superado en el mío.

El hotelito era una joya, una antígua prensa de vino reconvertida en comedor espectacular, la casa del viñatero con amplios salones totalmente modernizados y luego los bungalows, que daban a cada visitante esa posibilidad de la burbuja propia. Costó una fortuna la semana, pero ya no para mi. El director me adoraba, como adoraba a todos sus huéspedes. Por la cartera.

Una mañana, mientras tomé un poco el sol después del desayuno, se me acercó un cliente del hotel, se disculpó por la intromisión, y me mostró un artículo sobre ‘el médico que revoluciona el sur de Europa’. Le pedí prestadas las gafas que llevaba y descubrí que el amigo Montoro había dejado atrás la carrera por un puesto político en el país, enfilando directamente a Bruselas.

Dejé el periódico nuevamente en manos del hombre, y le devolví sus gafas.

“Verá señorita, es que me fijé en el nombre suyo en la lista de comensales, y pensé que usted sólo podía ser la doctora Brescida del hospital dónde trabaja este hombre”, y volvió a apuntar al titular, con las gafas en su mano. “¿Es usted, no? Perdone que no me haya presentado, soy Henrik Ganges, asesor financiero del sector automovilístico alemán y español.”

Asentí con la cabeza, y le rogué se sentara en la hamaca a mi lado, que contaba con un toldo para darle sombra. Si quería ligar, se había preparado una buena entrada. Era un tipo atractivo, alto y fuerte, como un oso. Debía pesar al menos 120 kilos, que movía con sorprendente elegancia.

“Gracias, señorita Brescida, o prefiere que le llame doctora?”, me preguntó mientras se sentó con cuidado en la hamaca, cuya estabilidad se vio comprometida por el peso. “¿Esto aguantará? No sé yo…”, dijo mientras miraba en su entorno por sí daba con algo más sólido para sentarse.

“Túmbese hombre, que estamos de vacaciones. ¿Ha estado aquí antes?” Me eché para atrás, esperando que me contestara afirmativamente el bueno del señor Ganges, así al menos sacaría provecho para averiguar adónde me llevarían mis excursiones en los próximos días. No quise aceptar las recomendaciones del director, que de todas formas sólo estaba buscando un repuesto para su mujer, una señora amargada que le había financiado este hotel con sus ahorros, y ahora tenía que atender a todas aquellas entre las que algún día sobresaldría la que se llevaría el gato al agua. Viendo la frustracíón en su cara, se notaba que no había sido precisamente cautelosa en las transacciones, y viendo la cara de dandy que ponía el director, su marido siempre positivo, aquellos tiempos del amor debieron de haber sido de ceguera total.

“Si señorita. Soy un habitual de este bello rincón, aparte de que conozco a la dueña del hotel desde la infancia.”

Ah, eso cambiaba las tornas. El dandy debió de tener la mitad de las acciones y este hombre la otra, ya fuese porque las tuviera ella, o el directamente. Su presencia era la clave de que el dandy no se había decidido aún por la siguiente víctima. Iba a perder mucho. Me empezó a caer simpático el señor Ganges, que tampoco tumbado estaba muy a gusto ya que la hamaca no daba para su ancho.

“¿Y usted me podría recomendar una excursión para esta mañana? Algo suave, divertido y relajante?”

***

Henrik Ganges se quiso incorporar con demasiada velocidad para asegurar que sí, y la hamaca cedío con un sonido amortiguado pero definitivo. Quedó encallado en las dos partes de la misma, completamente quieto porque temia que algo más podía romperse. Daba lástima verle así, con toda esa fuerza que seguramente en muy pocas ocasiones era necesaria.

Le ayudé a salir de la ruina en que se había convertido la hamaca, y me lo llevé al bar del hotel, dónde por fin encontró una silla a su medida. Me mostró dos excursiones que podía hacer en el tiempo que quedaba de la mañana, y me decidí por una ruta que acabaría cerca de un restaurante conocido de la zona. “Acompañeme, señor Ganges. El hotel podrá estar unas horas sin usted, no le parece?”

Ganges estaba encantado. Se fue a su bungalow para cambiarse para la excursión, y le esperé en el coche que había alquilado. La esposa del director pasó delante del morro del vehículo, sin dejar de mirarme obsesivamente. ‘Oh por dios, una celosa, encima es una celosa. Bueno, porque me sorprendo, si ese es el cuadro típico. Menudo infierno tienen montado estos aquí.’, pensé mientras le sonreía como saludo.

***

Ganges, que hablaba correctamente mi idioma, resultó ser el perfecto acompañante para esta, como seguramente cualquier excursión, al menos en la zona. La conocía al dedo, y pronto no sólo pasaban pueblos y valles con sus vistas delante de nosotros, sino que me informó sobre peculiaridades, puntos de interés y costumbres que de otra manera no hubiera podido averiguar ni viviendo un año en estos parajes maravillosos.

Me señaló una finca que también estaba rodeada de amplios viñedos. Un letrero en la carretera, en la que habíamos parado, señalaba la propiedad como “Hotel del Ermitaño”, otro lujosa reconversión. “Estos lo hicieron mejor que nosotros.”, me dijo, mientras se encendió un cigarrillo.

“No debería fumar, con su peso esto no le conviene.” Me supo mal sacar la doctora en mi, pero era un hombre que no necesitaba de esos pequeños pero eficaces clavos de caja mortuaria.

“Lo sé, pero aunque usted no lo crea, soporto mucho estrés. Prefiero pasar estos años con un mínimo de cosas mías, incluso si me dañan.”

Me sonrió, y ví que sabía llevar sus adicciones. El cigarro era disfrute, aunque también adicción. “Pues tenga cuidado, que no tenga que operarle yo después.” Nos reímos, y me explicó que los del valle habían comprado la finca por muy poco dinero. “No la convirtieron en hotel enseguida, sino que vendieron el proyecto a un banco francés. El proyecto del Hotel y el de la urbanización.”

“¿Qué urbanización?”, le pregunté. No había más edificios que los del hotel, y desde dónde estábamos no quedaba parte del valle que no se pudiera abarcar con la vista.

“Venga, vamos a proseguir unos kilómetros, se va a sorprender.” Subimos al coche y me contó que con el dinero que el banco les había prestado, compraron el valle y el valle adyacente, que contaba con un pueblo de 8 habitantes.

Al alcalde le pusieron en nómina, y una de las familias vendió sus propiedades enseguida. La otra se resistió, pero con menos del dos porcien del valle en su propiedad, estaban a la merced de los nuevos amos.

Estos hicieron entonces la jugada del siglo. Parcelaron desde el ayuntamiento el valle, y vendieron la promoción de las primeras lomas a una constructora alemana. Cuando esta había hecho el trabajo duro de las cimentaciones, urbanización básica, drenajes y saneamiento, cambiaron el plan urbanístico. La constructora quebró, y el ayuntamiento se quedó con la urbanización y la mitad de las casas por nada. La otra mitad ya estaba vendida, normalmente a compradores que ellos mismos habían asesorado, y que formaban parte del plan. Los pocos que habían comprado por su cuenta, pagaban las horrendas multas porque sabían que aún así tenían una inversión más que lucrativa asegurada.

Llegamos al segundo valle, que estaba lleno de pequeñas casas típicas de la zona, pero todas nuevas y más grandes que las habituales de los agricultores y viticultores. Subían hasta la cima casi de las lomas más altas que separaban un valle de otro.

“A los cuatro años venció el crédito con el banco francés, y lo pagaron. Invirtieron el dinero del banco, y sacaron un beneficio de hasta 1200 veces lo invertido. No en metálico, eso iba a suceder durante los años venideros con las paulatinas ampliaciones de la urbanización subiendo hacía lo alto del valle, pero sí en patrimonio.”

Me quedé alucinada. ¿Así era como se hacían los negocios en un mundo que hace años no miraba con atención?

“Usted lo sabe también, así funcionan las cosas. Al nivel que usted llega no llegan estas historias, que no dejan de ser de pequeños ladronzuelos repartiéndose las sobras mientras que los grandes no se fijan demasiado en ellos.”

Le dije que no, que yo no lo sabía. “Me dedico al cien por cien a mi trabajo. Trabajamos con dinero estatal y de aportaciones a proyectos, así que, comprenderá que me sorprenda lo corrupto que está el tema de la propiedad privada.

Ganges no dijo nada, pero asintió, pensativo también ante la vista que el valle salpicado de lujosas casas ofrecía. “Tiene razón, perdone el rumbo que ha tomado la conversación. En nuestro negocio lo que prima es la discreción. Deformación profesional, señorita. Con la de temas que hay al ver estos parajes maravillosos.”

Ese fue el primer momento en que pensé que Ganges me tomaba por alguien que yo no era. Pero tampoco quise indagar demasiado con que calibre de personajes me equivocaba. Ya se iba a dar cuenta por si mismo, y si no, de aquí unos días el señor Ganges quedaría de todas formas tan lejos como el río más grande de la India.

***

Comimos en el parador que había elegido Ganges como punto final de la excursión. Poca gente de fuera lo visitaba, y salvo una pareja de alemanes que no sabia como atar a sus cuatro hijos para que estuviesen quietos, el comedor estaba hasta los topes de gente del entorno, naturales de los valles.

La comida era sabrosa, sobre platos gastados y mesas que habian recibido a miles. Todo muy robusto, y con los techos y vigas negras de humo y grasa. Pero limpio, y funcionando como un reloj.

“Este parador funciona desde hace más de 300 años. Lo lleva una familia que no piensa vender, como es lógico. ¿Ve al señora con el delantal que está sentada al lado de ese mueble bar de salón.. sí ese que no tiene sitio aquí… ya, esa es. Es la abuela. Ella controla absolutamente todo aquí, y aunque usted no se lo crea, ya le ha taxado y no nos faltará de nada mientras estemos aquí. Pronto lo verá. Mire que somos los últimos en llegar, pero enseguida hemos obtenido mesa. Y ahora vendrá el camarero de mayor confianza de la abuela a atendernos.”

Así fue. Ganges me describió los pasos, y ellos los cumplían. “No será por mi, será por usted. Es alguien importante en la zona.”

Ganges negó con la cabeza. “No funciona así aquí. En este parador no cuenta el dinero que tengas, sino quien eres.”
Quise preguntarle a que se refería exactamente, pero nos llegó enseguida el primer plato, una sopa de pan con coles, con un sabor a sal y aceite mezclado con hueso cocido de jamón.

“Coma. Estos platos son los auténticos de la zona. Ya verá como le gustará.” Ganges se estaba divertiendo con mi cara de pocos amigos frente al plato humeante.

Dejé de ir comprobando cuanta razón tenía mi guía y empecé a disfrutar cada vez más de esa excursión, justo cuando estaba en su último tramo. Había ganado mucha mística con la elección del local, y si algo me seducía en mi vida, era que adoraba ver hacer entrada a lo desconocido, desde esa postura de observadora inmune, protegida y guiada paso a paso. Ganges me intentaba enamorar, y si seguía a este ritmo, bien podía darse por vencedor antes de llegar a la mañana siguiente.

***

“¿Estás seguro de que no vamos a tener problemas en la retaguardia?”

Trinidad Pava fustigaba con la mirada no sólo al interpelado, sino a toda la comisión del partido. Le gustaba esa táctica de amedrentar a los demás. Elegir al que se expresará medianamente bien, pero no permitir que los demás pudieran contestar. Eso bajaba los ánimos, o los calentaba. Según las necesidades y en política, esas eran grandes.

Juanjo Blanquerna se afanó en asegurarle que todo iba como estaba previsto. Con esa incapacidad de expresarse coherentemente más allá de dos frases. Esa incapacidad la queTrinidad buscaba cuando se dirigía al grupo, enganchando una y otra para ampliar su poder de crítica. La misma que le había hecho portavoz del gobierno. ‘Cuando más imbécil, mejor portavoz será. Además, si se pasa de la lengua, nadie le echará cuenta.” Las palabras de su presidente siempre le resonaban en la cabeza cuando miraba a Blanquerna.

“¿Me expreso mal, o hoy estás con la menorpausia, la regla o sin la dósis habitual de electrolítos?” La Pava comenzó a insultar a Blanquerna, pero una vez más dejó caer los rayos entre todos los reunidos en la pequeña sala de reuniones, en el corazón del edificio del partido.

“¿Te he preguntado acaso si algo va mal en las operaciones? Mi pregunta era simple, y no se refería a lo que se ve, sino a lo que nos interesa. Te la repito, por si no la habías oído antes: ¿Estás seguro de que no vamos a tener problemas en la retaguardia?”

Blanquerna no sabía dónde meterse. Las manos le habían comenzado a sudar ya horas antes de la reunión, y ahora no paraba de secarselas en el pantalón y apretando las solapas inferiores de la chaqueta.

“El tema de Montoro está bien organizado. Uno de nuestros mejores hombres controla el nido, “ referiéndose al hospital que se estaba convirtiendo en la envidida nacional e internacional. “Montoro tiene fama y reconocimiento asegurado.”

“¿Qué hay en esa historia que me hace pensar que la estás cagando, Blanquerna? ¿Tu nerviosisimo? ¿Hay que pensar mal al ver que quien tiene que llevar a una de las operaciones más importantes del partido… no para de sudar profusamente cuando el aire acondicionado nos está congelando a todos?”

Trinidad Pava siguió con el juego durante media hora más, hasta asegurarse de que absolutamente todos de la comisión recordaran que Blanquerna era el máximo responsable de esa operación, que llamaban ‘Mirlo Blanco’. Que Blanquerna estuviera después durante dos días con diarrea y vómitos,  no le iba a importar en lo más mínimo. Blanquerna, como todos los de la comisión y como el gran resto de la sociedad del país eran peones, todos prescindibles, y de hecho todos condenados.

Incluso Montoro, simplemente era otro muñeco en manos de aquellos que sólo premiaban a los más fieles. Convenía tenerlos a todos lamiendo las huellas que ella dejaba, para que no olvidaran jamás quien mandaba realmente en todo esto.

Pava no albergaba duda sobre el destino de los que había visto hoy. Blanquerna iba a ser detenido de aquí unos años por tráfico de influencias, los de la comisión acabarían por delitos diversos en la cárcel, y Montoro sería el presidente de la Unión Europea con tan poco tiempo en el poder, que no calentaría siquiera su sillón en el despacho.

Mientras tanto, habrían arrasado el país, sus habitantes y futuro. Ellos, como todos los demás del club, cómodamente instalados en el poder de casi todos los países europeos. No, sólo los tontos abogaban ahora por esas utopías de un estado justo y funcional, porque no veían venir el desastre mundial.

“Sálvese quien pueda”, dijo mientras apretó el botón del ascensor que la llevaría a la salida. Nadie le oyó, ni siquiera el sistema de videovigilancia era capaz de funcionar con lo que llevaba siempre en el bolso.

***

La comida en el parador resultó ser excelente. Con lo burda que parecía, fue recibida por mi estómago con esa alegría que permite una digestión rápida. Sí, me encontraba llena, incapaz de tomarme el postre, pero después de unos minutos de animada charla descubrí que me lo había acabado y que quizá habría lugar para otro más.

Ganges me seguió contando sobre el lugar, su historia y cómo había conocido a la familia que lo regentaba. Al parecer, aquella urbanización en el valle que habíamos dejado atrás, estaba en el punto de mira de muchos, y no precisamente por querer vivir en ella.

“Cuando descubrimos que todas las aguas fecales iban derechos al mar, ya llevaban ocho años dedicados a arruinar la bahía. Los denunciamos, junto a varias organizaciones y el resultado fue que ocho años más tarde el gobierno central reconoció ‘la gravedad de la situación’, les multase y les diera quince años para la construcción de una depuradora. Eso colmó el vaso de la paciencia de muchos de la zona, y se tomaron la ley por su mano.”

Se había encendido un cigarillo que no olía como los que había fumado antes. “Oh, un tabaco ruso que es perfecto para la digestión. ¿Le molesta su olor?”. No, no me molestaba, todo lo contrario. Era un olor agradable, de musgo y hierbabuena, casi cítrico.

“¿Dónde estaba? Ah si, con lo del secuestro.” Ganges se rió ante mi expresión de incomprensión. “Pues sí, secuestraron al alcalde, como acto de protesta para atraer la atención del mundo sobre lo que estaba pasando en el valle.”

Le miré con sospecha. ¿Me quería tomar el pelo? Una cosa así se hubiera sabido, tan lejos no estaba este lugar de las capitales, además de ser turístico por excelencia.

“Sí, sé lo que me quiere decir, pero espere. El secuestro duró poco más que media hora, es decir que lo dejaron en que se habían ido a tomar una copa con el alcalde y punto. No nos podíamos creer los comunicados que destilaron durante los siguientes días, una organización tras otra, alabando los esfuerzos del alcalde por conseguir un desarrollo sostenible de la urbanización. El mundo al revés. Los compraron a todos, sin miramientos.”

“¿Y la depuradora? Yo no ví ninguna desde dónde estábamos.”

“No hay, ni nunca habrá. Han alargado el tubo hasta 300 metros mar adentro, y lo que llaman depuradora son cuatro tanques que simplemente remueven la mierda un poco para que pase totalmente líquida y no se noten las galletitas flotando sobre olas.”

No me lo podía creer. “¿Pero esto no es un delito medioambiental para meterlos a todos en la cárcel?”

“Sí, pero estos inversores tienen contactos fuertes en toda Europa. No eran unos muertos de hambre que vinieron a arrasar, sino que el único muerto de hambre era el alcalde. ¿Iban a recibir unos cualquiera el dinero para comprar un pueblo, dos fincos y dos valles, lomas incluidas, playas y bosques de regalo? No. Piense en el dinero que han sacado de explotar esa zona sin tener que desembolsar absolutamente nada salvo lo que ya pagaban para gozar de inmunidad ante la ley. Funcionan así, eligen un objetivo, se abalanzan sobre el, lo exprimen y a la cárcel irán los pobres idiotas que se dejaron comprar, si van. Atrás queda la tierra y la sociedad arrasada, pero ellos ya están a mil o más kilómetros con otros temas virgenes, destrozándolo todo.”

“Sólo los monarcas tienen ese derecho, no me explico como no se les denuncie en un tribunal superior.”

Ganges me miró, y de nuevo parecía que no se creía mis palabras. “No sé, pero …¿de verdad cree usted que estos tribunales funcionan igual para todos? Me sorprende su grado de ingenuidad frente a estos hechos.”

Tenía razón. Era una ingénua. Sabía que se podía sobornar a abogados, fiscales y jueces, pero pensaba que eso valía para asuntos muy concretos, y no cuando alcanzaban dimensiones de delito como me estaba explicando Ganges.

***

“¿Vive en la misma ciudad dónde trabaja?” Ganges había apagado el cigarillo y pidió la cuenta. “Bueno, entonces usted conocerá perfectamente las lomas de Palomina Guerrera.”

Claro que conocía yo esas lomas. Parte de mi infancia se desarrolló en ellas, con los viñedos de mi padre, el pequeño cobertizo y la motobomba de agua que siempre dejaba de funcionar cuando menos te lo esperabas. Las tardes con mis hermanos buscando caracoles, los empachos de uva, las mañanas de la recogida…

“Bien, ya veo que sí que las conoce. ¿Ha visto que el ayuntamiento de su ciudad ha aprobado recientemente la urbanización completa de la zona? ¿Sí? ¿Se acuerda que la mayoria de esas fincas las compró aquel presidente de fútbol tan insoportable como impresentable?”

Sí, lo sabía. Era un escándalo, porque el tipo compró casi todas las propiedades por muy poco dinero, una vez que se habían secado los pozos. La vid no necesitaba de riego, pero en esos últimos años el cambio climático había obligado a replantearse el tema de la humedad con riego de goteo.

“Pues, ese es el mismo que regenta la sociedad del valle al que hago referencia. El mismo que ahora mismo es dueño de posiblemente el 15% de su país. El que gobierna ahora su país a través de ese presidente tan postmoderno, y que gobernará Europa a través de Montoro, señorita.” Ganges volvió a sonreír, y no esperaba mi respuesta.

“Venga doctora, le voy a presentar a la abuela. Ella enganchó a ese impresentable, es una de las pocas personas en este mundo que le puede contar una historia increíble sobre este tiparraco.”

Me levanté aturdida. La corrupción no era algo ajeno a mi vida, ni mi entorno. Pero solía ser la típica, aquella que un país de piratas consideraría inocente y deliciosamente burguesa. Los favores, las comisiones, los rapeles, los viajes, los regalos… todo esto formaba parte, pero no ocupaba el núcleo de mi actividad, ni el de mi ciudad. Hasta ahora, cuando comprendí que los pozos no se habían secado por arte de magia y menos aún por causas naturales. Nunca se averiguó la causa oficialmente.

“Señor Ganges, no me apetece hablar con la señora ahora, preferia preguntarle como es que sabe tanto sobre mi ciudad.”

Ganges se viró, sorprendido. Volvió a negar con la cabeza. “Doctora, no sé en que mundo vives, pero es hora de que te conectes. Este tipo es uno de los delincuentes más buscados del planeta tan pronto que caiga el poder que sustenta y le sustenta. Se le considera un zar en su país, el único que ha podido arrancarle al mismisimo monarca varias de las joyas – me refiero a empresas – que tenía en su punto de mira. Entre los dos controlan prácticamente su país. Venga, déjese ahora de dudas. Si realmente no sabía todo esto, le vendrá estupendamente hablar con madona Sebastiana. Ahora comprendo la razón de tantas atenciones…Estoy obligado a presentarles, de la otra forma Sebastiana se enfadaría mucho conmigo. Es ella quien le quiere conocer, créame. Déjese de llevar, doctora. “

Había cambiado del usted al tú, y de nuevo estaba con el usted. Me había gustado el trato directo, era abierto y franco. Le seguí a regañadientes, prometiendo a mis adentros que en pocos minutos estaríamos fuera de este lugar. Necesitaba aire fresco, la luz del día, y un poco de paz. Me gustaba la aventura, y no iba a achicarme ahora. Unas vacaciones entretenidas eran la mejor cura a todo. Pero no me apetecía en absoluto tener que escuchar las batallitas de la abuela, ahora que ya sabía que tanto en estos valles como en mi ciudad el vencedor no tenía oposición capaz de arañarle ni la pintura.”

***

Sebastían Montoro no tenía dudas sobre quien mandaba en su vida, aunque aquellos que pensaban que sí, estaban profundamente confundidos al respecto.

Aquella vez en la escuela de primaria, cuando se comió el bocadillo del gordo Perez, por ejemplo. Cuando el director de la escuela le obligó a disculparse delante de toda clase y el, como no, se negó. Ese mismo director que dos días más tarde pidió perdón casi de rodillas ante el escritorio de su padre, que le alecconiaba sobre quien mandaba en la escuela.

O cuando le detuvieron por conducir borracho, después de que hubiera atropellado a dos vejetes que cruzaron la calle. Con ese comisario que no paraba de dejar claro que los hijos de papá no tenían licencia para matar, que no estaban por encima de la ley. El mismo que ya debería llevar unos 15 años patrullando en el norte del país, en las zonas de mayor peligro por su vida, dónde lo de las licencias tampoco tenía dueño oficial.

Después estaba su mujer, su querida Susana. Algo rechoncha se sentía cuando engordaba más de 500 grs en una semana, tan fuerte se mostraba cuando podía meterse en ropa para quinceañeras. Esa misma mujer y esposa, que se amenazó con llevarse los hijos y divorciarse si seguía llevando mujeres al bungalow. Ella, que desde la visita de las monjas ya no levantaba cabeza, a sabiendas que había una celda preparada para ella en la que iba a pudrirse si de verdad quería renunciar a su contrato autentificado por Dios.

O sus hijos, que como canicas que acaban siempre debajo del sofá aprendieron a esconder para siempre cualquier intento de sublevación ante la atenta mirada de su padre.

No, en la vida de Sebastían Montoro no mandaba nadie más que aquel que realmente tuviera más poder que el, y con cada año que pasaba esa lista era más pequeña. Ya no eran listas como las que hacía cuando iba a la escuela. Ahora no caían los que se enfrentaban abiertamente a el. Las listas actuales eran internacionales, con nombres ilustres, instituciones poderosas bajo su mando sin piedad.

Montoro miró la lista por la tarde, después de la copiosa comida con el monarca del país, ya de vuelta en su casa en los Alpes suizos. Sonrió cuando pudo tachar los primeros dos de los nombres en la lista, aunque fuesen los últimos en cuanto a importancia.

Después dobló la lista hasta que pudo retornarla al hueco que el medaillón suizo, un reloj de bolsillo de incalculable valor sentimental, ofrecía.

Mañana iba a volar a Kentucky, dónde otro monarca, esta vez uno de los dólares, no iba a poder resistirse a la oferta.

La alarma visual de llamada ‘importante’ le atrajo la atención. Con el medaillón aún en la mano, contestó al teléfono. Los del partido, estos inútiles. Pero había que aguantarles, al menos hasta una hora después de las elecciones europeas. A veces no obstante, y ante la terrible mediocridad de estos parásitos, se preguntaba si había sido la mejor de las jugadas involucrarles, cuando bien podía haber tomado la vía rápida hace unos años. ‘Paciencia, Sebas, paciencia.’, pensó, mientras explicaba a la estúpida coordinadora del partido que terminaría sus vacaciones dentro de tres días. ‘No, salvo algunos periodístas han sido y son unas vacaciones aburridas. No, no había visto las llamadas de hoy, que se había ido de excursión y el guía les había prohibido usar el móvil. No, que los de la seguridad personal estuvieron cerca todo el tiempo, que no se preocupara. Además, eso era una tontería, que el era una persona muy querida y nadie tenía intenciones de hacerle ningún mal. Que exageraban con tanta protección. Que sí, que lo entendía, que ellos tenían mucha más experiencia con estas cosas. Sí, pues hasta el lunes, para la reunión de planificación. Lo mismo le deseo, y que pase un buen fin de semana, señora Pava.’

Le era imposible evitar unas risas cuando colgó. ¡Encima la pava se llamaba Pava, era para escribir un libro! Lástima que este espectáculo de tontos cada vez más tontos no iba a culminar en que el próximo presidente se llamara Tu-vota-y-calla. Bueno, no era una lástima después de todo, especialmente después de que Montoro y los que iba a quedar en la lista para eternidades, se habrían hecho con el poder. Facilitaba las cosas, porque el apellido sería uno sólo: Calla.

***

La ‘Madona’ ignoraba las presentaciones de Ganges con extender su amplia e infecciosa sonrisa como sus brazos hacía mí, mientras se levantó con agilidad de la silla. No hablaba su idioma, y no sabía muy bien como comunicarme con ella. Fue el abrazo que me quitó enseguida todas mis manías, que se habían ido disparando en los últimos veinte minutos.

Desde algún lugar escuchaba las traducciones que el señor Ganges intentaba fabricar, aunque cada vez le resultaba más dificil, porque Madona Sebastiana no colaboraba para nada con aminorar su marcha verbal. Para más inri, me llevó de la mano para primero cruzar la amplía cocina, ya en proceso de limpieza y recogida, y después mostrarme habitación por habitación de la espléndida casa señorial que estaba detrás.

Si entendía bien lo que decía Ganges, el parador había sido construido por los romanos, después ocupada por los árabes que la ampliaron con el comedor, cambiando la estructura militar en estructura de posada importante. Más tarde fueron ya sus familiares que reconstruyeron en siete generaciones todo el edificio que hoy estaba viendo. Madona Sebastiana era de la generación décimoctava, y claro que contaba ya con nietos de la vigésima generación.

Me mostró los tres pozos que tenía el edificio, que eran según ella lo único que el ser humano necesitaba. Agua limpia, clara y fresca. El resto no eran necesidades, sino pura gula.

Ganges le tradujo que de eso sabía mucho, porque precisamente los pozos de nuestros campos se habían secado, y todo lo que teníamos no valía para sustituirlo. Ella asintió, y le debí dar mucha pena porque me ofreció enseguida un vaso de esas aguas, que cogió de un salto natural de la misma hacía el pozo. “Agua de glaciar”, me tradujo la única frase que parecía no tener que ser seguida por otra y otra, y otra después. Madona Sebastiana había dejado de hablar, esperando al parecer que se me fuera la pena con un trago.

No me gusta el agua fría, es algo que detesto. Pero viendo como la dueña del lugar y Ganges no hacían más que contener el aire, me dije que no podía hacerle el feo. No iba a pasar nada por beberme un trago, sonreír, decir que ya me encontraba mejor y salirnos de estas cavernas que se extendían debajo de los cimientos milenarios.

Miré el vaso, siempre me acordaré de ese momento. No había burbujas, era agua que bajo la luz de las bombillas desnudas no tenía precisamente un aspecto saludable. Parecía pesada, y – qué ridículo, lo sé – húmeda. Más húmeda que otras aguas. Me pregunté por la razón de que estas gentes no andaban encorvados de tanta humedad que debió de rezumar el edificio en invierno.

Lo intenté oler, pero no olía a nada. Enseguida me taponó el olor a la crema de manos que usaba cualquier percepción. Así que tomé ese trago, y como no sabía con que me iba a encontrar, me lo tomé muy deprisa.

Ese fue uno de mis últimos errores que hice con el agua en mi vida. Pero que tontería estoy diciendo. Aquí es cuando mi vida descubre que existe. ¿O debería decir que mi vida cambió, y que eso de tomarse la pastilla del cambio aprisa tiene su precio?

***

El doctor Yang observó a su personal, reunido en el hospital comarcal de Douala en Camerún. La mitad eran médicos y enfermeros del país, y la otra un compendio de mercenearios y voluntarios, todos excelentes profesionales, pero con el don del fanatismo dónde menos servía.

Su paso por este hospital iba a ser breve. Unos ocho meses, de preparación para el gran salto a Botswana, dónde las cosas quizá no pintaban tan mal como aquí, pero eran profundamente más podridas y peligrosas.

Lo que pusiera en marcha aquí, en Douala, lo tendría que poner en funcionamiento en Kanye, que era la localización más cercana que lograron abrir sin levantar sospechas. Cerca de Pretoria, en Suráfrica. Lo que aquí tuviera sus contestaciones, allí acabaría con su vida. Lo que no aprendiera bien aprendido, podía dejar miles de años de esfuerzos en un solo fracaso.

Yang había llegado a África para salvar vidas. Para unos eran cifras de camerunses, para otros de africanos. Para el y unos pocos, eran miles de millones de chinos.

Volvió a observar atentamente al personal, que esperaba que iniciara la revisión de casos de la mañana, intentando averiguar quien sería el primero o la primera en mostrar debilidad o demasiada fuerza, quien de estos – totalmente inconscientes -, sería el factor de convertir el día de posibilidades en noche medieval.

‘Cuanto antes veas venir los problemas en África, menos carne te arrancarán.’ Sólo dos semanas en el continente, y ya sabía que tenía que aprender mucho, y mucha velocidad, si quería llegar incluso a Botswana. Dos semanas que le habían dejado literalmente en los huesos.

“Bien, colegas. Hoy vamos a reestructurar la admisión, para descongestionar el área de urgencias. Les he preparado estos dossiers de planificación, y para el mediodía espero que nos volvamos a reunir con las críticas y propuestas a modificaciones. Este plan lo quiero tener funcionando dentro de una semana, así que sean prácticos y constructivos en la crítica.”

Distribuyó los portafolios entre los asistentes, y después repasaron los casos clínicos más críticos. De camino a las visitas de los pacientes estacionarios, Yang se preguntaba si estaba hecho para esta operación, porque apenas pudo sostener el paso de los demás. No, no pintaba bien la situación, pero justamente cuando a un Yang se le dejaba con poco más que su esencia, más resistencia al fracaso solía desarrollar. Así también era con el neurocirujano Yang. Su genética sabía muy bien como enfrentarse al sistema. Primero había que permitirle que te comiera, y después, desde los intestinos, hacerse un camino al corazón.

***

Me quedé estupefacta. Miraba el vaso, el agua en el. Miraba a mi alrededor. La boca que no se me cerraba, la mirada que no sabía que mirar para ver lo que antes no había visto. ¿Respiraba?

La abuela y Ganges no paraban de reír, pero no los percibí más que de reojo. Sus palabras, en los dos idiomas, bailaban en cada oreja, sin que tuvieran algún sentido para mi cerebro, que estaba totalmente paralizado de la sorpresa.

Finalmente logró un momento de ponerse en marcha, y quise beber inmediatamente otro trago. La abuela me quitó el vaso, que yo no quería entregarle. Pero ella parecía tener mucha experiencia en ese metier, y el movimiento decisivo de su parte. “No, ya ha perdido su fuerza, lo has tenido demasiado tiempo en tus manos.”, me tradujo Ganges ante mi mirada que nuevamente les hizo reír. Debí parecer una niña a punto de romper en lágrimas porque le habían quitado el biberón cuando más sed tenía.

Estuve temblando, de repente era consciente que temblaba de arriba abajo. Cuando Sebastiana me tendió el vaso recién llenado con otra carga del manantial, pensé que iba a verter el líquido antes de que llegara a mis labios. Pero nada de eso, ni siquiera temblaban mis manos lo suficiente para que se perdiera una sola gota, tan pronto que tocaban el vaso.

Me tomé un trago grande y largo. Dejé bastante líquido en mi boca, seguramente más de lo recomendable para una señorita bien educada, ya que Ganges y Sebastiana se estaban destornillando de la risa. “Bebe despacio, que no se va a acabar hoy”, o algo por el estilo me llegó desde las dos orejas, nuevamente aislados porque el cerebro había vuelto a dejar de funcionar.

No se podía describir lo que se percibía o sentía al tomarse esta agua. Te limpiaba enseguida, y casi sin necesidad de entrar en contacto directo con el. La sensación era de una calma que se extendía desde las manos que levantaban el vaso – seguían siendo dos, porque esa agua no se podía tomar favoreciendo una mano sola – hasta los dedos de los pies cuando las primeras gotas entraban en contacto con la lengua.

Una lengua, que de repente mostraba sus conexiones, su verdadera capacidad. Desde ella podía sentir salir millones de pulsos hacía todas las zonas de mi cuerpo, desde la epidermis hasta los órganos, reactivando músculos, tendones y huesos, articulaciones y sistemas venosos y arteriales, nerviosos y linfáticos. La sangre parecía bajar de un estrés terrible, un sobrecalentamiento extremo, a ser un flujo tranquilo y resuelto sin barreras, ni propias, ni ajenas.

No describo nada con estas palabras. Miré el vaso, incrédula. Estaba vacío y quise otro. En total bebí veinte vasos de esa agua, y no dije nada en ese tiempo. Ganges y Sebastiana hablaban entre ellos, y Sebastiana volvía a llenar el vaso tantas veces que yo lo mirara, sorprendida de que me lo había todo de nuevo.

A mitad del vaso número veinte mi lengua dejó de enviar señales, y sentí el gusto del agua en ella. Bajé el vaso, y Sebastiana asintió. “Algunos necesitan más, otros menos. Nadie sabe lo que se ha perdido toda la vida, pero todos sabemos cuando tenemos suficiente.” Me quitó el vaso, que ahora buscaba su mano desde la mía con la confianza que se tiene a la madre, y solo a la madre que nunca te traicionaría.

Vertió el resto en el pozo, y lo dejó bocaabajo sobre la pequeña repisa en la que no había reparado antes. Aparte de que mis ojos se habían acostumbrado a esa luz que ya no me parecía molesta, sino como mucho solitaria, veían mucho mejor.
No dije nada tampoco ahora, cuando “esta agua es milagrosa” habia sido la respuesta preparada antes de tomar el primer trago. Quedaba ridícula. Cualquier cosa que se dijera quedaba ridícula ante lo que esta agua hacía en las personas que la tomaban.

“Las personas, los animales, las plantas, el aire, la tierra, el fuego, las piedras… no hay nada que queda excluída de esa agua. Ven, te voy a enseñar algo.”

Madona Sebastiana se adelantó por pasillos oscuros que rezumaban de humedad, hasta llegar a una escalera de piedra que nos devolvío a la luz del día, saliendo casi en el centro de un inmenso jardín que quitaba la respiración nada más percibirlo desde la oscuridad.

Yo estaba en el paraíso. Había dejado mis infiernos atrás, en un túnel oscuro y húmedo, pero lleno de vida.

“Las raíces se hunden en lo que les nutre, en la vida misma. Todos los infiernos han de nutrir a nuestras raíces, si quieren que el cielo se ilumine con la dicha de la vida .”

Sebastiana se alisó su delantal, mientras observaba la vegetación abundante. Me senté en la hierba, que parecía abrazarme, y me quité los zapatos para no dañarla nunca más.

“¿Y porqué yo?”, les pregunté. No a Sebastiana, ni a Henrik. Lo pregunté a mis pies, a mis raíces, que alguna vez y en esos instantes de nuevo, habian aprendido a andar.

***

Madona Sebastiana hizo un ademán de darle poca importancia a mis preguntas. Estábamos los tres sentados en la hierba. Henrik como un oso panda, yo como había quedado desde el primer momento de exaltación, y Sebastiana con una gracia de sirena que dejó claro que la edad sí acababa con el cuerpo, pero no con su salud o elasticidad se vivía en el paraiso.

“No querida amiga, no te voy a contestar a esas preguntas. Te contaré la historia con ese hombre que ahora sale tanto en la tele, porque el alemán inconsciente me lo ha pedido diciendo que tú trabajas para el. Ya comprenderás como funciona esta agua, si me permites seguir.”

“Pero yo no trabajo para este tipo. Compró nuestros viñedos, y ahora sospecho que fue el quien hizo secar a los pozos. Pero yo trabajo en un hospital, no tengo nada que ver con el.” Lo dije sonriente, aún muy afectada por la pureza de lo que había ingerido hace poco.

“Bien, entonces trabajas para el. Dónde roba las tierras, todos acaban trabajando para el. Simplemente o no lo sabes, o aún no te han alcanzado sus tentáculos. Lo primero, Karma, es por lo que yo mi inclino, y lo segundo es imposible viendo lo preparada que estás. Pero no importa, escúcha la historia y luego házme las preguntas que quieras, si te quedan por hacer.”

Asentí. En mi estado de somñolencia casi estupefacta, no iba a molestar con mis puntualizaciones, que de todas formas me sonaban huecas y fuera de lugar, como proviniendo de una celda oscura y húmeda, peor que los corredores subterráneos que habíamos dejado atrás.

***

“Madona Sebastiana, ha llegado el tipo que compró los valles. ¿Quiere que me encargue de decirle lo que pensamos en los montes de el?

El camarero se había inflado al menos un cuarto de su volumen, ante la rabia que apenas podía contener en su cuerpo atlético, fibroso como casi todo que crecía a esa altura. Estaba delante de la matriarca, que levantó la vista de su labor de remendar los uniformes.

“No Marco, no hace falta que te ensucies las manos. Llévale a la mejor mesa, y cuando haya pedido y tomado bocado, asegurate que sepa enseguida que la cuenta corre a cargo de la casa, que el y sus acompañantes se consideren invitados nuestros. Dile que es un honor tener a tan poderoso vecino en nuestras humildes instalaciones.”

Marco no dijo nada, pero las palabras y el encargo le devolvieron a su forma habitual. Cuando Madona Sebastiana notaba que ya respiraba más tranquilo, añadió:

“Y déjamelo a mi, que para algo soy la jefa que tanto os exprime. Algún trabajito me tenéis que reservar, como por ejemplo cortar las cabezas de los enemigos, ¿no crees, hijo?”

Marco salió volando. Dos minutos después hizo entrada como un rey el ladrón de tierras, el gran especulador de la capital. Buscó con la mirada enseguida al dueño del local, pero este no hizo aparición. Algo confuso, preguntó a Marco, y este negaba con la cabeza. “No, no hay dueño. Es dueña.”

Cuando el hombre siguió con la mirada la dirección que indicaba la mano del camarero fornido y al menos dos cabezas más alto que el, se encontró con una abuela que se estaba meciendo en un sillón destartalado, con la boca abierta y cayéndole algo de baba por la comisura del labio. Agradeció el gesto del camarero a la mesa, despidiendo sus planes de hacerse el comensal casual tanteando al enemigo. Aquí no había enemigo, iba a ser una operación fácil. No le habían llamado asustaviejas en la capital hasta que pudo sentarse detrás de una mesa y mandar a otros a hacer el trabajo sucio, como para no ver que había llegado justo a tiempo. Una jugada de suerte, de las que sólo se podían dar una o dos veces en la vida.

Cuando el y sus directores de las promociones en el valle se sentaron, comprendió que las descripciones sobre el lugar no habían sido exageradas. Era una maravilla, algo burdamente restaurada, pero con un peso propio que no precisaba de decoración o elementos de centrar la atención. Un espacio amplio, y varias salidas que hacían sosprechar de nuevas sorpresas. Después de la comida se encargaría de que la vieja le tomara en su corazón, y le permitiera husmear un poco. Su humor, hasta la llegada de perro rabioso, cambió a sonrisa generalizada y esa gula que hacía que tuviera que tragar saliva con mayor frecuencia.

***

“En este punto, amiga mía, yo sabía que dándole la paliza que se merecía ese criminal no era la solución. Podíamos incluso matarle, pero las sociedades y su rumbo de devastación no iba a parar por eso. Todo lo que quedaba por debajo de liquidarle, que hubiera sido fácil por cierto, porque el pobre es tonto y confiado, nos llevaría a darle ventaja, si apuntaba a hacerle daño físico. No, yo tenía que aprovechar que se movería abiertamente en mi casa, para enfilar un golpe de aquellos que llamamos desde dentro afuera en las montañas.”

Madona Sebastiana contaba la historia con ligera sonrisa, relajada y casi juguetona mientras admitía con pasmosa tranquilidad que podía asesinar o hacer asesinar a alguien. Me quedé algo confusa, y esa mirada de beata que se me había instalado hizo un hueco, el suficiente para permitirme despertar un poco de la máscara de la felicidad.

“No hacía falta llevarle a los pozos. La prueba de los pozos está reservado para aquellos que forman parte del pozo, no para los que forma parte del plan de destrucción de la fuente.”

¿Pero podía ser más explícita? No comprendí lo último. ¿Qué prueba, y quien formaba parte de un pozo?

Sebastiana me miró, y dijo que enseguida se sabía quienes eran los destructores, pero quien no lo era, casi nunca lo sabía. “Tú eres alguien que no forma parte de los destructores, Karma. Un destructor tomaría el agua, y al primer trago lo escupería. Sólo actúa en aquellas personas que forman parte de el, del pozo, del agua, de la fuente. La fuente de la vida, Karma. Tampoco es tan dificil. ¿O crees acaso que esta fuente estaria sin descubrir si no fuese así?  Las aguas de la eterna salud escondidas de bandidos, ladrones, asesinos, genocidas y demás locos que actúan en contra de ellas lo están, porque a ellos no les hace ningún efecto, y para los demás no lo quieren, ni piensan en ellos salvo para venderles algo.

“¿Pero nadie se ha ido nunca de la lengua? No me lo creo.” Contesté, todavía atontada de recibir respuesta más inverosímil tras otra.
“¿Hablarías tú de este lugar?” Sebastiana parecía repetir una pregunta, pero no comprendí porque tenía esa sensación.

“Claro que sí. Sentir salud es lo mejor que hay en el mundo. No se puede dejar en manos de unos pocos.”

Sebastiana sonrió. “Hija, no has visto que en el vaso no podía estar más que unos segundos, luego tuve que quitartelo para rellenarlo de nuevo? Esa agua sólo funciona aquí. No es el agua que te devuelve la salud, sino el conjunto. Cuando pierde contacto, deja de funcionar.

“¿Y conductos? ¿Por qué no habéis construido conductos?” No me di por vencida tan pronto.

“No funcionaron, los construyeron los romanos.”

“¿Y crear un lago artificial, así podría llegarse más gente?”

“No funcionó, lo crearon los árabes.”

“¿Quiere decir que la fuente de salud está reservado a tu uso, y el de tus amigos?”

La tuté para apretarla más. No me gustaba como estaba quedando la historia.

“No. Es para todo aquel que llega hasta aquí. Es esa agua que atrae a las personas. Con los años ya os reconozco hasta en vuestras sombras reflejadas en la pared antes de entrar por el comedor. Así ha funcionado siempre, y así seguirá funcionando mientras brote. El agua os llama, y acudís.”

Le quise decir que no a Sebastiana. Pero entonces lo que había vivido volvió a surgir en mi como una segunda ola, ahora no dedicada a mi salud física, sino a la mental.

***

Menuda bicha tendrá que haber sido esta en su vida, comentó Sebastiana a Henrik, que se mostró sorprendido por como la mente de Karma había seguido aguantando, incluso después de veinte largos vasos del agua. “Tiene buen saque la niña.”, fue su contestación lacónica, mientras que los dos observaban como Karma experimentó el segundo subidón, dispuestos a cogerla en caso de que no fuera capaz de mantenerse sentada.

Pero Karma tenía efectivamente mucho saque, y aparte de unos movimientos de peonza y los ojos dando vueltas, no pasó nada. Volvió a estabilizarse, se le aclaró la mirada y observaba consternada a los dos que tenía delante.

***

“¡Hay miles de miles de pozos en todo el planeta!”, exlamé ante esos dos, que durante unos segundos no había reconocido. “¡Están distribuidos por todo, y son lo que mantienen el equilibrio de la vida inclinado a nuestro favor!”

Si me hubiera visto, seguro que me hubiera dado mucha pena. Parecía una niña desorientada, sentada en la hierba y con la boca abierta de escucharme lo que estaba diciendo, y que sabía totalmente cierto.

Pero no me lo podía creer.

Quise preguntarles a esos dos que había conocido hace poco, pero ahora no recordaba exactamente cuando y como, cuando me golpeó otra ola, llena de información y visiones, que me tumbaron definitivamente.

No vi como Henrik alargó uno de sus pies para amortiguar el impacto de mi cuerpo en la hierba, que de todas formas me hubiera acogido con dulzura.

“Bueno, ahora ha puesto el turbo. Nunca se sabe con ella. Me sorprende que haya llegado tan lejos en su vida, siendo así de pura.” Henrik retiró su pie y se volvió a Sebastiana.

“Puede pasar. Han aumentado tanto con la presión sobre el humano, que ya no percibe los peligros. Los teme directamente y cierra sus ojos ante ellos. En algún momento de su juventud tuvo que luchar con su vida por algo o alguien, y en el primer golpe se encontró en un campo de batalla con millones de batallas descargando a la vez. Yo también cerraría los ojos, si con esto puedo sobrevivir.” Sebastiana cambió de postura.

“Si quieres descansar, yo me quedo. Van a ser varias horas, por muy rapida que vaya.”

Henrik asintió, y se levantó. “Volveré sobre las ocho, y te reemplazo en la guardia.”

Sebastiana negó con la cabeza. “No niño, lo que tienes que hacer es traerme mi cojín y las cosas de coser, que yo no voy a dejarla sola. Es especial, y ha llegado en el último minuto. Será mejor que esté yo cuando vuelva a despertar.”

Quince minutos más tarde tenía todo lo que precisaba, que era muy poco. Empezó a canturrear una canción de navidad. Una de las pocas que sabía que permitían soñar.

***

La tercera oleada me llevó a conocer una historia que me contestó todas las preguntas, al menos referente al agua.

Me mostró el pasado de esa agua, y los pasados que estaban ligados a quienes la habían tomado. Me mostró que en el mundo había mucha gente que estaba unida por esa agua, que siempre los hubo, y que siempre los habría. Teníamos la misma frecuencia, aunque no nos reconocíamos hasta haber vuelto a la fuente, o a alguna de las fuentes.

Nuestras vidas no se diferenciaban mucho, si tomábamos nuestra inconsciencia como regla de medir. Eran totalmente diferentes, una vez que medía la visión del mundo enfermo. Ocupábamos casi todos los estamentos, roles y clases sociales, que de hecho eran las brechas entre nosotros, y entre todos.

El agua de estos pozos limpiaba a quien tenía su misma frecuencia. Esa agua que llamaba al agua que circulaba en nosotros, y que intentaba nuestro organismo mantener a esa frecuencia, con destreza, pero siempre bajo las más terribles mutaciones, dolores y rechazos de un sistema que funcionaba en nuestro contra, o en contra de todos, pero especialmente nosotros.

No es que esa agua no debería ser distribuida. No iba a servir de nada, porque hasta que no alcanzábamos la frecuencia adecuada, ni cinco litros diarios de ese líquido hubieran funcionado. Quienes llegaban, llegaban porque volvían a la fuente de la Vida. Los demás, deambulaban intentando sobrevivir.

***

De vez en cuando, Sebastiana levantaba la mirada de su regazo, sobre el que pasaron camisas y pantalones, chaquetas y trapos que remendaba con infinita paciencia. Karma seguía profundamente dormida. La veía así de encogida sobre la hierba como a una gatita chica, aquellas que se las salvaba en el último momento.

Pensó en Henrik, que había llegado ya hacía más de 40 años. Un alemán en medio de payeses montunos, con sus botas de montaña y una tendencia al sobrepeso que asustaba hasta a aquellas que defendían niños ‘con chicha’, como decían las viejas y no tan viejas.

Llegó un día caluroso de verano, a bordo de su coche imponente. “Verrá señorra, viengo prara comprarrme una prropietate en su linda vaie.” Nadie sabía muy bien lo que quería, pero ella le llevó a los pozos y eso puso fin al balbuceo.

Henrik tardó un día y una noche en despertar, y en cuanto lo hizo se levantó, abrazó a Sebastiana y se fue sin medir más palabras. Volvió diez años más tarde, con una amiga que compró, junta a el y el marido de esta, una de las fincas más bonitas, aunque muy mal comunicadas. Transformaron el lugar en un hotel de lujo, y dejaron que las tierras las explotaran los antiguos dueños, sin exigirles ni el diezmo.

Fue Henrik quien avisó a Sebastiana del peligro del inversor sureño, que en el país vecino ya tenía fama de especulador sin el más mínimo escrúpulo. A ella, y a las dos familias que podían ofrecer algo de resistencia. Una les hizo caso, y conservó una gran parte de sus tierras, aunque constantemente agredida por todo tipo de actuaciones municipales en su contra. La otra vendió, cuando vió que futuro les esperaba. Madona Sebastiana en cambio hizo otra cosa.

***

Tan seguro se sintió de alcanzar un acuerdo, que el magnate no esperó a los postres para acercarse a la abuela, que se había despertado de su siesta y ahora trabajaba afanosamente remendando unas camisas que debieron de ser del personal. Se presentó y ella le regaló enseguida esa alegre mirada de quienes veían en el lo que también solían usar los monarcas, esa capacidad de resolver cualquier problema.

No hablaba su idioma, pero para esto se había traído un traductor de la ciudad más cercana, que había comido junto a los chóferes en una mesa aparte. A medida que avanzaban sus piropos y reconocimiento de lo que podía ver del edificio, la abuela se mostraba cada vez más encantada, hasta llegar a levantarse para ofrecerle, con paso inseguro, un vistazo a lo que no podía ver.

Se volvió triunfalmente a los que estaban a veinte metros, mirando todos en tensión. Todos ellos habían intentado saber algo más del edificio, y lo único que pudieron traerle eran fotos áereas, “porque la vieja no deja entrar a nadie que no sea de su confianza.”

Cuando la cogió del brazo y se inclinaba para simular estar pendiente de ella, y los dos desaparecieron en la cocina seguido por el traductor, los directores no daban crédito a lo que habían visto. Ni siquiera parecía tener importancia, porque el restaurante siguió con su ritmo infernal habitual, y el jefe, como siempre, había arrasado a la primera. “¿Cómo lo hace?”, era la pregunta que algunos pronunciaban en voz alta, y otros calladamente intentaban digerir. No tenía explicación para nadie de los ahí presentes, que tímidamente comenzaron a probar los exquisitos postres que los camareros acababan de presentar en la mesa.

El jefe en cambio, partiéndose por dentro de la risa al ver que el edificio era una verdadera joya, y que sólo los jardines botánicos que ni siquiera las fotos áereas habían revelado en su verdadero esplendor y extensión, ya valían para su proyecto, que no era otro que un exclusivo lugar de reuniones, dónde seguridad y placer habrían que combinar con modernidad y antigüedad para hacer del lugar una experiencia única en los futuros clientes, todos verdaderas bestias que no se dejaban impresionar por cualquier cosa. Pero aquí, y eso lo sabía el especulador, iban a querer quedarse a vivir.

Lo que no le gustó fue comprobar que no estaba nada hecho, y que habría que remodelar todo a un coste bastante alto. Parte del jardín tendría que desaparecer, así como un buen trozo del granito de la montaña, para tener parkings y bungalows privados, administración y salas aisladas de congreso, de poca cabida, pero exclusivos y sobre todo absolutamente seguros contra espionaje industrial. El restaurante dejaría de existir para el público, y sería en todo caso mucho más pequeño. La mayoría de los clientes no se iba a dejar ver, comiendo en zonas reservadas para asegurar que dos o tres delegaciones no pudieran interferir ni por asomo. Pero bueno, se dijo, todo se andará y luego es mucho menos de lo que parece.

La abuela ya había llegado al último lugar que le podía enseñar, una especie de gruta en la que había “unos pozos milagrosos, de agua bendita, de agua de la vida”, lo que hizo sonreír hasta al traductor. Estas viejas con sus historias. No tenía más tiempo, y le pidió a la anciana que le perdonara, pero le parecía mejor idea dejar lo mejor para otro día, y que desgraciadamente tenía que llegar al heliopuerto del pueblo. Que por qué no se volvieran a ver dentro de una semana, que el dedicaría todo el día a conocer la historia de la casa y de la familia.

La anciana asintió con la cabeza, un poco triste por no poderle enseñar su fuentecilla milagrosa, pero al magnate le encantó ver como se le encendieron los ojos al oir que iba a volver. “Algo quiere esta de mi, y esa es casi mejor señal que enseñarme la casa a la primera.”, fue lo que dijo media hora más tarde a su hombre de confianza por teléfono móvil, un aparato como una maleta, uno de los primeros que se estaban fabricando para los más pudientes.  “Preparad unos documentos en el sentido de una compra, con planos y lo que podéis obtener de los registros. Esta finca nos la agenciaremos en menos de dos meses. A los próximos viajes me envías un abogado o dos en paralelo, que los quiero tener en el pueblo por si hay que cerrar un trato en pocas horas.” Su hombre de confianza confirmó que pondría el asunto inmediatamente en marcha. Cuando el helicóptero despegó, el último vistazo a las montañas frente al mar estaba intencionado a  revelarle algo más que podía serle útil en los próximos cincuenta años. Pero las copas de los árboles y picos de granito no colaboraban más que en devolverle el reflejo de naturaleza que parecía indomable.

Le quedaría poco de indomable, pensó el especulador. Se felicitó por ser uno de los primeros en Europa de haber dado con el rincón seguro, y con decenas de años por delante para preparar su pequeño país.

Ya crecería, en cuanto los demás habrían dejado de existir. ‘Cuando tengas setenta años, más o menos’, le volvió a sonar en sus pensamientos la voz del científico. ‘Se inundará todo el planeta, pero antes, y por si acaso, matarán a los pocos que no se hayan llevado los alienígenas.’

Sonrió al volver a pensar en la vieja del parador. Le sería útil mantenerla ligada al lugar. No porque sabía que esas viejas no duraban ni cinco meses en los pisos de las ciudades. No, eso ni siquiera se le pasó por la cabeza. Pero la vieja había sido superior a todos sus directivos de la zona. No es que estos fueran gran cosa nunca en nada, pero como de ama de llaves valía más que el presupuesto que estos descerebrados ganaron durante los meses de investigación.

Sí. Se acabó tener que remendar ropa para ahorrar para la anciana. Esa mirada de ver en el la luz que buscaba, siempre tenía premio, y más cuando se acompañaban con la ignorancia servil.

***

Karma comenzó a moverse en sueños. Ya estaba cayendo la tarde, pronto habría que buscarle protección contra la humedad del suelo y de la vegetación opulenta que con la entrada de la noche recogería todo el rocío posible.

Sebastiana descansó un momento de esas labores que la habían acompañado desde que podía recordar. Le encantaban, porque daban resultado inmediato, dejaban que los pensamientos se produjeran fuera de los círculos viciosos, y permitían meditar el 90 porcien del día.

Se acordó de la pregunta de la mujer a sus propios pies, aquella de querer comprender porque ella precisamente. Sonrió. Nadie de los que volvían a al fuente comprendían eso, pensando que no eran dignos en absoluto, y que sus vidas habían pasado sin más que participar en la destrucción de la misma.

Esos tragos… que primero abrían los ojos a lo que uno había sido, después a lo que realmente había sido, y más tarde a lo que todos siempre habían sido.

“¿Y porque yo?”, así también había preguntado ella cuando llegó a salir del túnel, aunque no se había sentado en la hierba, sino que caminó derecho al árbol más próximo y se acurrucó entre sus raíces, llorando todas las luchas que nunca había sido capaz de explicarse, y que ahora con la ilusión de un mundo irreal desaparecida, se volvieron tareas claras y concisas. Cumplidas, además, cumplidas a la perfección.

***

Sebastiana llegó al parador cuando este llevaba más de 200 años abandonado. Ella y sus tres hermanos. Fue lo que les dieron a cambio de sus viñedos, y menos mal que les dieron algo, que bien podían haberles matado y enterrados a todos en el bosque. En 1714 el que no estaba conectado con la monarquía no tenía derecho a vida siquiera. Al monarca se le había antojado esa parte de la selva de bosques y viñedos, básicamente los viñedos, porque tenían las vistas más espléndidas que había visto el rey jamás en su vida.

Los pueblos le recibieron con vitores y todos en la calle haciendo el tonto al rendirle ovación. Se convirtieron en pueblos oscuros en pocas semanas, cuando quedaba claro que el monarca había venido a saquear, a quedarse con lo mejor y a poner a hombres de su confianza a la cabeza de todo que tenía valor.

Las ruinas de la fortificación no le interesaban, porque en el saqueo no se busca la reconstrucción. Hubiera sido bueno.

La mayoría de los viñedos, especialmente aquellos cerca de los alcantilados y calas, acabaron en manos de los monárquicos o del propio monarca. Les dejaron tierras a cinco horas de camino, metidos entre lomas y montañas, prácticamente inaccesibles, salvajes y nada dados a producir más que serpientes y cardos.

La fortificación, a la que había que llegar escalando los últimos ciento cincuenta metros porque el camino se lo llevó por delante un desprendimiento de rocas siglos atrás, no interesó en absoluto al saqueador, demasiado lejos del botín, que la realeza no iba a soltar durante los siguientes 180 años. Hasta que los echaron del país en medio de la guerra, los expropiaron y devolvieron las tierras a sus dueños legítimos, el pueblo.

Cuando los echaron de su propiedad, aquella tarde calurosa en verano del 1714, Sebastiana no contaba con más que 11 años. Mataron a su padre, que se estaba negando a abandonar el hogar, luego a su madre que se sacrificó para darles a ellos el tiempo necesario de poder escapar por los caminos al bosque y desde ellos, a las montañas. Sebastiana quiso quedarse, y luchar contra los asesinos reales, pero sus hermanos la arrastraron hasta que dejó de oponerse.

Los gritos de su madre, gritos de dolor y desesperación no la dejaron hasta que tomó del agua del pozo. Habían pasado 25 años, y la niña parecía una anciana, después de incontables esfuerzos titánicos en hacer del lugar una mínima posibilidad de refugio y lugar de supervivencia.

Sus hermanos se habían casado, y ya corrían niños con esa edad que a ella le había cortado los sentimientos de cuajo. Un día uno de los pequeños se le acercó y le dijo ‘tía, ven, he encontrado una cueva’.

La noche anterior, un temblor de tierra se había encargado de caer el muro al norte de la propiedad, y ella estaba observando otros diez años de vida metidos entre escombros. Le siguió al pequeño, que corría delante de ella, volvía y salió de nuevo en dirección a su hallazgo, que no debería de ser otra cosa que una brecha, como tantas que en los últimos años habían abierto el edificio, los suelos y hasta piedras de granito del tamaño de cincuenta hombres como si nada.

Al llegar dónde su sobrino estaba tumbado boca abajo, mirando por la apertura que el temblor había dejado a la vista, se quedó estupefacta. Había algo más que piedras sueltas hacía las profundidades. Una escalera. Una escalera de piedra. Había encontrado el acceso a las termas romanas o baños árabes, que siempre había sospechado debajo del edificio.

***

Tardaron pocas horas en abrir hueco lo suficiente para que una persona pudiera bajar. Ya era de noche, pero ella insistió en que bajaran ahora, antes de que quizá otro temblor dejara el lugar nuevamente sepultado. Ninguno de sus hermanos quiso bajar primero, así que se metió por el agujero, quedó colgando durante unos segundos y se dejó caer. Enseguida sus pies tocaron el último escalón, y con la lámpara de aceite que le pasaron los de arriba, iluminó hacía las profundidades.

La escalera seguía bajando hasta dónde podía abarcar con la vista. No mostraba ningún signo de roturas, y salvo polvo y algo de tierra, era con creces la mejor escalera de todo el edificio. Informó a los demás que no había peligro, pero no logró que nadie tuviera el valor de acompañarla. Se encogió de hombros, y con paso firme y cauteloso comenzó a bajar. Desde que dejó atrás a sus padres, no había vuelto a sentir mucho más que ocasionales pinchazos de dolor o alegría, pero en esos momentos se encontraba pletórica. Todos esos años de tener que escuchar que era una loca con atreverse a buscar libros antiguos en el poblado, todas las noches de chistes a su costa, bromas incluso pesadas de la ‘loca de nuestra hermana’, que no paraba de decir que debajo del edificio estaba el tesoro más grande que se había conocido. Si querían quedarse sin ese primer momento, eso de ser la primera en pisar por lugares que desde hace 500 años o más no habían recibido visita… allá ellos con sus caras compungidas y mandando a los niños a alejarse.

***

Cuando había recorrido al menos cincuenta escalones, escuchó un ruido desde arriba. Ya no aguantaban más, era típico en sus hermanos. Ella delante, encarando el peligro y ellos detrás, pero con fuerza después de recuperar la propia autoestima viendo su ejemplo.

Miró hacía arriba, para ver si podía distinguir alguna luz, pero le saludó una lluvia de tierra y piedras que anunciaba un desprendimiento. Corrío escalera abajo, tan rápida como podía, mientras que los chinos le golpeaban la cabeza y espalda o se clavaban en sus pantorillas. Gritaba de miedo, porque no quería acabar sepultada.

En uno de sus saltos de cuatro o cinco escalones a la vez una piedra golpeo a la lámpara, pero ella siguió corriendo, hasta que erró un escalón y comenzó a volar cabeza abajo hacía lo que iba a ser su tumba.

Pero no lo fue. Había llegado al final de la escalera y el impulso la envió dentro de una sala, mientras que el desprendimiento llenó la escalera hasta arriba, sellando la entrada o salida definitivamente.

***

(Parte añadida el día 2 de agosto del 2011, por solicitudes de lectoras histéricas, cuatro mineros y el Dr. Sigmund Wattenschieler Braus, que cree que esta novela esconde algo más que sólo palabras.) Al Admin del blog.

***

Todo eso no lo supo Sebastiana hasta mucho después de despertar en un silencio absoluto, que sólo lo superaba la oscuridad. En un primer momento pensó que había muerto, y que su rebeldía le dejó en la antesala del infierno. Pero al intentar moverse, sintió un dolor terrible en la pantorilla derecha, que estaba húmeda al tacto hasta que descubrió la esquirla de piedra que se le había clavado hasta en el músculo, y la humedad se convertiera en sangre. No podía estar muerta, y se alegró de ello. Por alguna razón a Sebastiana le hubiera parecido extraño morir así, como si siempre hubiera sabido cuando le llegaría su momento.

Extrajo la piedra en forma de cuña con violentos gritos de dolor y náuseas, taponó la herida con un poco de tela de su delantal y luego le aplicó a la pierna un bendaje experto y fuerte. con el resto de la tela. Habia aprendido mucho de la lectura de esos libros prohibidos por el rey.

Se arrastró despacio, tanteando con una mano por delante suya, a ras del suelo como una lagarta sobre bloqdues de piedra, hasta llegar a una pared, en la que se apoyó sentada para recuperar el aliento y un poco la calma. Cuando cesaron sus movimientos propios, el lugar volvió a ese silencio que parecía miel negra espesa, de lo aplastante que era. Apenas dejaba respirar.

Tanteó con la mano hacía arriba y al no encontrar resistencia, comenzó a levantarse, siempre empujando con la espalda contra esa pared. Entonces paró. Era una pared de ladrillos, ladrillos más pequeños que las que se usaban en su época. Además, olían a ladrillos de barro, no a esa mezcla de piedra y cal que le solía causar estornudos y dolor de cabeza. Así que seguía dentro de alguna construcción, y no en un espacio que el desprendimiento habia dejado para enterrarla con honores de consciencia. ¡Había llegado a una sala de los baños!

En su euforía comenzó a tantear pegada a la pared, primero en una dirección, y luego en otra. Era difícil, porque la sala estaba lleno de piedras, y en algunas ocasiones tenía que perder el contacto con la pared para rodear algún bloque más grande que no dejaba espacio para ella. Esos momentos fueron terribles, porque temía que no iba a volver a encontrar la pared de ladrillos.

A las dos horas se quedó sentada en el mismo sitio que había explorado primero. Estaba atrapada, no había otra salida. “Has ganado rey, te has librado de tu verdugo. Te maldigo, a ti y a tus vástagos bastardos, a tu corte y a tus asesinos, mientras me quede aliento. Te maldigo para todos los tiempos y que mueras mil veces peor que yo.”

Sebastiana abrió los ojos a medida que expulsaba su odio en esos últimos instantes de su vida. Los había mantenido cerrados, para evitar que el polvo que levantaba en sus tanteos le entrara, y porque no sabía ser ciega, pero sí ser niña ciega de ojos cerrados jugando a algún juego.

Cogío una piedra que le estaba pinchando cerca de la herida de la pierna que ya no pulsaba, y la tiró con todas sus fuerzas hacía el techo, imaginándose como traspasaría decenas de metros de granito y tierra hasta salir por el jardín, subirse hasta los cielos y luego caer sobre el rey, aplastándole la corona en el cerebro.

“Muere, tirano. Hoy y mil veces. Muere en cada vida aplastado por el pueblo hasta que no vuelvas a nacer nunca más, o hasta que tu plebe salga de los vientres de tus silfides como babeantes idiotas, monstruos que no engañan a nadie llevando escrita la maldición en sus semblantes deformes.”

Fue cuando vio algo más que oscuridad en la oscuridad. No lo vio, pero al tener todos los sentidos puestos en esa maldición, el que quedó libre, el olfato, le mostró al rey en una cocina cuando la piedra como meteoro le partío literalmente en dos.

Tardó minutos en comprender porque había matado al patriarca del clan genocida de esa manera.

Estaba oliendo una pizca del olor que reinaba en la cocina del edificio, decenas de metros sobre ella. Estaba debajo de la cocina, y si le llegaba ese olor, ¡tenía que haber un conducto que conectaba esta sala con la cocina de alguna manera!

***

No volvió a recorrer el lugar. Pensó y pensó, hasta que parecía haber iluminado la sala con unas lámparas que crecían de sus manos. Las mismas que habían recorrido palmo a palmo, palmos que ahora recordaba con cada vez mayor exactitud.

Empezó a mover piedras de tamaño considerable hacía el centro de la sala, y sobre estas puso piedras algo más pequeñas, hasta lograr una especie de cono accidentado, siendo las piedras la base, y ella la punta que con manos extendidas al techo buscaban precisamente eso, un techo.

Por poco se rompió los dedos, porque el techo estaba a medio brazo de su cabeza. Tanteó y había errado el hueco por medio metro. Tuvo que bajar de nuevo, y ampliar su pedestal. En el segundo intento fue capaz de sacar ambos brazos por el agujero y probaba izarse fuera de la cámara. Volvió a bajar al darse cuenta que eso iba a ser imposible con lo débil que se encontraba ya. De nuevo amontonó más piedras, ampliando la base. Tenía las manos, los brazos, rodillas y pies llenos de moratones y heridas. Se cayó varias veces al tantear por piedras de tamaño adecuado para la construcción de la base, y creía que se había roto una costilla por el intenso dolor que sentía en la parte derecha, justo debajo del pecho.

***

Ese tercer intento fue el que la llevo fuera de la cámara, y se quedó tendida sobre el suelo, un suelo frío de piedra dura y pulida, sin poder hacer más que caer inconsciente del esfuerzo, tanto el de salir, como el de aguantar los dolores y la desesperación cada vez mayor.

Antes de perder el contacto con el entorno, percibió que el olor a cocina se había intensificado, y cuando despertó, molida y casi incapaz de moverse sin tener que gemir o gritar, siguió al olor arrastrándose sobre esa superficie lisa que le parecía un paraíso comparado con lo que había dejado atrás.

No comprendió como era esta sala, porque ofrecía recovecos que tuvo que recorrer uno tras otro. Parecía que la sala estaba llena de pequeñas habitaciones, irregulares en su tamaño y forma. No había paredes rectas, eran curvas y abovedadas. Hasta que dio con una escalera.

Subió a gatas por ella y escuchó algo más que sus propios sonidos. Era el goteo de agua, al que siguió cuando la escalera terminó. Era más fácil seguirle el rastro al sonido, porque le indicaba por dónde rebotaba. Avanzó deprisa, y a la media hora sabía que había llegado. El goteo se había convertido en el sonido del agua que cae de un manantial hacía las profundidades.Tanteó a distintas alturas, hasta que dio con el chorro. Se asustó, pegó un grito, pero enseguida olisqueó el agua un momento y luego puso su cabeza bajo el chorro, con la boca abierta para apagar la sed y el hambre que sentía.

Después de no poder tomar ni un trago más se dejo deslizar hacía el suelo, preguntándose que hacía esta agua que le entraban mareos mientras que todo su cuerpo había empezado a dejar de dolerle. Empezó a ver cosas que no comprendía, su mente le mostraba imágenes que no relacionaba con nada que conocía, y finalmente quedó dormida.

***

Los hermanos intentaron abrirse paso durante varios días, hasta que uno tras otro reconoció que ya no quedaban esperanzas para Sebastiana. Un temblor había abierto la brecha aún más, y las paredes se habían caído hacía abajo, sepultando la escalera aunque ahora los primeros veinte escalones habían quedado a la vista. Pero ya habían pasado cuatro días, y los esfuerzos eran en vano.

Fue un golpe terrible para las familias, porque Sebastiana había sido con creces lo que habían dejado atrás. Ella se encargó de aprender a curarles de heridas y enfermedades, se inventó platos con lo que la naturaleza ofreció tan parcamente, enseñaba a los sobrinos, arreglaba los desperfectos de los arados, o supervisaba los planos que ella misma había dibujado mientras ponía piedra sobre piedra en las obras. No se fue solo la que más sabía, sino también la que más hacía.

“Sebastiana, hermana mía, has sido la más valiente de todas las personas que he conocido jamás en estos lares.” dijo su hermano mayor, echando simbólicamente unas flores escaleras abajo. Improvisaron el funeral de esa manera, y días después llenaron incluso el hueco porque las escaleras les parecían invitar a volver a escarbar.

Iba a ser un otoño duro y un invierno posiblemente el último en el lugar. Sin Sebastiana no tenían apenas posibilidades y tendrían que huir hacia otro lugar dónde la mano del monarca no llegara. Quedaban pocos, según los pocos intrépidos que habían llegado en estos años hasta el fuerte, que salvo la entrada, seguía derruido a la vista.

“Es mejor que vean que seguimos viviendo entre escombros. Así nos dejarán en paz.” Sebastiana y sus ideas. No, no iban a seguir más que unos meses en el lugar, ya que no estaban preparados para sobrevivir en el sin esa mujer que ahora descansaba en paz en una tumba propia de reyes, de lo profunda que debió de ser.

***

Sebastiana despertó a las dos semanas de tomar el último trago. No abrió los ojos, porque sabía que no le iban a servir de nada en la oscuridad. Pero ya no le importaba no poder usarlos, porque conocía el lugar como si lo hubiera construido. De hecho, compartía los recuerdos de quien sí lo hizo.

Se levantó con total tranquilidad, dando los primeros pasos de quien ha vuelto a la fuente. Escaló en un rincón la pared, se subió por entre un conducto de aire y una salida de agua hasta el siguiente nivel, y tanteando en la oscuridad dio con la piedra, la base de madera. En una especie de cajón metálico que abrió como si lo hubiera hecho miles de veces, encontró las esponjas, las desmenuzó y después de unos minutos de esfuerzos con el palo sobre la madera agujereada, comenzó a oler a chamusquina. Añadió las volutas casi de polvo de las esponjas como yesca, y encendió con las incipientes llamitas la antorcha de cera, que le había esperado 200 años.

No examinó el lugar. Había sido el último en dejarlo hace dos siglos, y era la primera en volver a verlo ahora. No importaba de quien eran los recuerdos, ahora eran tan suyos como de los demás, aquellas y aquellos que con toda seguridad estaban volviendo a las fuentes en todo el mundo.

Abrió las puertas de acceso a la escalera que desembocaba en el jardín más grande, y subió con la antorcha hasta vislumbrar la tapa que cerraba el acceso, perforada por raíces de un árbol.

***

Karma vió como Sebastiana escarbó un tunel auxiliar desde el final de la escalera durante dos días más. La vió salir, darse la vuelta y arrucarse debajo del árbol centenario que protegió la entrada, y que en 1980 seguia en el lugar. Ella misma había salido por esa escalera, ahora perfectamente acabada en ese último tramo añadido.

***

Cuando Sebastiana despertó, fue en busca de sus hermanos, pero no los encontró. No le sorprendió, porque ninguno de ellos era capaz de liderar al grupo en condiciones tan adversas como las que ofrecia este lugar. Los quería, y los iba a echar de menos, pero las fuentes no eran lugar para quienes creían en los lazos de sangre. Los únicos lazos que podían con estas alturas eran las del agua, y esos no se heredaban, ni estaban presentes en familia.

Era  hora de que el agua volviera a llamar a sus hijos. Durante los siguientes seis meses se dedicó a abrir todas las esclusos de los baños y lagos subterráneos, para que el agua encontrara su camino hasta quienes habían nacido de el, y no de vientres como la ilusión mandaba.

A los dos años llegó el primero. En 1780 dieron por terminada la restauración, pensando que a medio hacer no atraería la gula del monarca, de otro monarca. Desde entonces más de 800 hijos habían vuelto a la fuente, a esta que era una de miles.

Fuentes que luego los enviaban a hacer de lo mismo en la sociedad. Sociedades que estaban amenazadas como siempre por reyes y quienes se sentían como tales en el poder.

Fuentes de inspiración para aquellos que no sabían nada del pasado, que no vivían en el presente, y cuyo futuro si fuese por los gobernantes en la sombra o a plena vista, no existía.

Luchas, que ningún monarca había visto nunca, pero que a cada uno le quitaba siempre la posibilidad de extender sus reinos más allá de los límites de la naturaleza.

***

Karma despertó cuando aún era de noche. Se sentó sobre la alfombra, hecha de cuerda de cañamo, un perfecto aislante. El cañamo, la planta de la abundancia. Sonrió dejando escapar un poquito más de aire de su nariz para alertar a Sebastiana de que ya eran hermanas.

Esta murmuró algo en sueños, pero abrió los ojos.

“¿Somos del agua?”

Sebastiana afirmó con la cabeza. “Sí, hermana, somos del agua, y en tus noches de recuerdos llegarás hasta las primeras células.”

“¿Por ellos?”

Nuevamente, Sebastiana afirmó con la cabeza.

“¿Millones de años de evolución para evitar que nos destruyan?”

Sebastiana miró a Karma, con la mirada esperando las siguientes preguntas, todas ellas simple bálsamo para hacer más fácil la verdad, cuestionándola.

“¿De agua indefenso ante sus naves de extracción a razas capaces de detectarlos y derribarlos?”

“Y de eso a seres entre hermanos abducidos y reimplantados. Cuando vieron que no nos podían combatir, mezclaron nuestra agua con su mundo y lo volvieron a inyectar en este mundo de agua.” Sebastiana miró hacía arriba, al cielo estrellado.

“Por eso cerramos las fuentes. Para que se mantuvieran puras, pasara lo que pasara. Por esa las abrimos durante cada época de opresor derrocado, para lograr que volviera el máxmo posible de hermanos a las fuentes.” Karma estaba hablando desde sus nuevos, viejos recuerdos.

“Por eso luchamos contra molinos de viento, cuando no hemos vuelto a la fuente. Porque no podemos comprender porque nos toca a nosotros.”

Sebastiana asintió por dentro, estirando los brazos. Karma había vuelto de la fuente. Lo que hiciera a partir de ahora, ya no era cuestión de preocupación para nadie más que cualquier opresor, ya fuese de este planeta, infectado con las aguas alienígenas, o los propios reptiles responsables de haber convertido el Edén en su coto particular de caza y experimentos.

“¿Por qué no tenemos poderes psíquicos, hermana?” Karma parecía sorprendida al descubrirlo.

Sebastiana miró al árbol que le había servido tantos años atrás de abrigo y abrazo. “Verás, si tuviéramos poderes psíquicos, los mataríamos a todos en su propio planeta desde aquí, y ahora mismo.”

“¿Y por qué no?” Karma seguía sin comprender.

“El agua no está en el universo para dar muerte, ni siquiera cuando su presencia física mata con facilidad si no se es cauta. El agua es la fuente de toda la vida, y dónde se produce, manda la vida.

Si tuvieramos poderes psíquicos los mataríamos, y después mataríamos a nuestros propios hermanos infectados. Aún así, volvería a brotar una y otra vez, porque la sangre derramada no desaparece, sino que se mezcla con el aire, la tierra, el agua.

No hay otra oportunidad que resistir hasta que sus genes se hayan cansado, porque el agua no mata, el agua sólo puede dar vida.”

“¿Aguantar? ¿Con todo lo que sabemos, aguantar?”

“Si, hermana. El agua busca siempre el camino más fácil, créeme. Cambia más un solo río con su constante fluir de un día, que miles de gobiernos en milenios, por muy poderosos que lleguen a ser. Nunca lograrán lo que se proponen, y así, un buen día sus genes decidirán que no tienen lugar en el universo, y se extinguirán para siempe, sin dejar rastro, sin infectar a nada, ni nadie más.”

Karma asintió. La rabía que había sentido,  no había sido más que el miedo a la última respuesta. Iban a tener que vivir con ella. No, el agua no mataba. El agua exterminaba a largo plazo a cualquiera que se le oponía.

“¿Cómo casa esto con la vida?” Karma sonrió a su hermana, que se afanaba en recoger los pocos elementos de la espera, mientras pensaba que las vueltas a las fuentes tenían intervalos de comprensión cada vez más cortos.

“No casa con la vida. Los reptiles no son seres vivos. Son máquinas. Precisan el agua para sus clones, pero millones de años hace ya que perdieron toda parte de vida en ese proceso en las que las máquinas tomaron el control. Si no hubieran infectado el planeta, o si tuviéramos un antídoto inmediato, ya serían historia. Son máquinas que creen que son seres vivos, y que combaten a la vida dónde la encuentran, sin darse cuenta que eso no lo haría ningún ser vivo, salvo locura completa.”

¡Máquinas! Karma comprendió. Ese conocimiento no lo podía transmitir la fuente, porque no había sitio para el. Sólo la transmisión oral, entre hermanos, permitía mantenerlo actualizado.

“Me vuelvo a mi ciudad. Tengo algunas cosillas que hacer, y como el agua, comenzar a mover un poco por aquí, y un poco por el otro lado hasta que se derrumbe alguna pared en el momento menos esperado para el tirano. No es que me divierta, me quedaría aquí, pero ahora ya sabemos porque nosotros, así que, es hora de que sepan porque ellos.”

Sebastiana se río con ganas. “¿No quieres que te cuente lo que hice con el especulador, que por cierto es tu jefe?”.

“No gracias. Prefiero que le pase otra cosa, algo que tampoco tenía previsto. Ya te contaré en cuanto vuelva.” Karma abrazó a Sebastiana, que no pudo reprimir unas lagrimitas.

“¿Oh, son de cocodrilo? No me esperaba tanta farsa, abuelita.”, le dijo Karma cuando salió del abrazo. Sebastiana se secó las mejillas con el delantal, pero no dijo nada.

“Eh, que el tiempo ahora poco importa. Lo que se tiene que hacer, se tiene que hacer, tu lo sabes mejor que nadie.”

Sebastiana asintió con la cabeza hundida entre sus hombros. “Sí,”, dijo hablando al suelo a sus pies, “pero no tardes otros 34 años en llegar, y no te dejes descubrir por ellos. El tiempo ya no importa, pero a quienes no les pasa nada, el tiempo puede llegar a resultar pesado sin compañía. Anda ves, que soy una tonta, una vieja muy vieja y muy tonta.”

Cuando Karma ya había alcanzado el edificio, escuchó la voz de Sebastiana. “Henrik te ama, te llevaba esperando muchos años. Daros un tiempo, que para eso también está ese tiempo tan viejo como tonto que nos trajeron.”

Karma estaba segura de que así iba a ser. Entonó un sonido gutural que recibió la debida contestación en forma de risas.

***

Se veían aparatosos los primeros frascos que salieron de la cadena de producción. El doctor Yang tenía dos en las manos y los sospesaba.

“¿Y la selladora?”

El operario, enfundado en guantes, mascarilla y traje higienizado y desinfacto apuntó con el brazo en dirección a una máquina pequeña junto a la pared. “Aún no hemos podido desempaquetar las cintas y cestas. Es que no nos iba a dar tiempo lo demás, lo siento doctor.”

Yang negó con la cabeza. Su sonrisa debajo de la mascarilla era suficientemente amplia para tranquilizar al operario. Habían hecho un trabajo estupendo, muchísimo mejor de lo que había soñado.

“No se preocupe. Pónganla en marcha mañana y en cuanto hayan terminado con los primeros mil sellados de prueba, hágame llegar el informe. Ahora, y si no hay más que yo deba ver, quisiera dirigirme a los operarios y trabajadores en el patio. ¿Ustedes yan han terminado por hoy, no?.”

El operario asintió y comenzó a reunir al personal, mientras que Yang dio una última vuelta al pequeño centro de producción que en tan solo tres meses habían levantado como nuevo ala del hospital.

Era sorprendente, porque una vez que los nativos tuvieran un buen maestro y herramientas como materiales en condiciones, realizaban obras que competían con las mejores en su país. ‘Si alguna vez me tenga que construir una casa, me los traigo a todos.’, pensó divertido.

No era para menos. El nuevo ala contaba con tres plantas. La superior, destinada a la investigación y los controles de calidad, la inferior al almacenaje, empaquetado y distribución, y la planta entre las dos, dedicada a la producción. Un total de 1200 metros cuadrados, eso sí en tres plantas y en tres meses. Hubieran tardado el doble en su país, y eso que China ostentaba los records en velocidad de construcción.

Cuando le habían llegado los avisos de envío de todo el material para el nuevo ala, se puso las manos a la cabeza pensando en que estas obras iban a ser la puntilla final a un lugar fuera de control, lento y siempre saturado. Al menos 40.000 enfermos se turnaban durante el mes en acudir a las consultas, urgencias o intervenciones programadas, aparte de las campañas de prevención y formación. Si eran pocos que llegaban en un día, no sumaban más de 500.

Pero en cuanto le saludó el capataz y maestro de obra de Chenzhou, con su sonrisa permanente y unos brazos que no sabían hacer otra cosa que rotar mientras hablaba, comenzó a verle una luz de esperanza al asunto.

Ahora tocaba las paredes perfectamente alicatadas, las terminaciones selladas de baldosas y azulejos, incluso acercándose para poder averiguar por el olor si las paredes estaban secas. Lo estaban. Más tarde, uno de los trabajadores de la obra le explicó que habían levantado primero los tabiques orientados al norte y en contra del viento, y a las cuatro semanas las otras. Así se secó la obra mucho antes. Un truco de su poblado, cuyo nombre ni entendió, ni sería capaz de repetir nunca.

Luego la instalación de la maquinaría, que hubiera dejado a cualquier ingeniero chino con la boca abierta. Aunque 400 metros cuadrados parecían muchos metros, una vez que llegaron las máquinas en los trailers enviados por mar y carretera desde Hong Kong, todos pensaban que no iba a caber ni la mitad.

No se explicaba ahora, mientras volvió a repasar la cadena, como se las habían arreglado para no solo ubicar la cadena, sino también dejar más que suficiente espacio para la movilidad, transporte o acceso para ajustes o mantenimiento. También más tarde, esta vez al mes, encontró a dos máquinas en el almacen. “No servían para gran cosa así. Las desmontamos y añadimos sus salidas y entradas a los bloques principales.”

Eso sin más herramientas que las que enviaban las fábricas para el mantenimiento mínimo, sin más conocimientos que los de los estudiantes de la universidad de la capital, que habían acudido todos los días para o bien echar una mano con la obra, o intentando averiguar como hacer funcionar el conjunto.

“Le comunicamos que no podemos enviarle los dos técnicos que nos solicita. Le recomendamos que haga construir un almacén para guardar el equipo en lugar seco, climatizado y seguro.” Cuando leyó aquella nota, mandó varios telex enfadados a sus superiores, pero sin resultado. Esperaba ahora, que no mandaran a nadie para montar lo que esa gente había dispuesto sin más que el manual básico de instrucciones y los esquemas.

La mezcla china-africana comenzaba a revolucionar el hospital. Con esta línea de producción, iban a sacar entre 1.000 a 4.000 frascos diarios con los remedios naturales más poderosos del vademecum chino. En poco más de un mes de producción, cada hogar de este país olvidado en medio de intereses nunca dejados de lado, iba a tener al menos cuatro frascos para empezar a combatir a las enfermedades a lo ancho.

En el segundo mes iban a producir las primeras adaptaciones, con mezclas de plantas autóctonas y de China. Los estudiantes a ingeniería agraria estaban con un proyecto financiado por su país que introducía las plantas medicinales chinas en diferentes lugares de la nación, constantemente amenazada en su integridad y funcionamiento. Al mismo tiempo, comenzaron con la clasificación y salvaguarda de los conocimientos y plantas autóctonas. El mismo proyecto se amplió el año pasado con la integración de casi 700 estudiantes de todo el país que se dedicaban a la recogida de información oral, relacionada con el poder curativo de las plantas autóctonas.

Yang se dirigió a los que habían hecho posible esta obra, para agradecerles sus esfuerzos y felicitarles por el resultado. Añadió que después de un parón de tres meses, en los que todos podían reciclarse para trabajos de mejora en las plantas antíguas, volverían a la carga con un proyecto nuevo, que ya contaba con el visto bueno de las autoridades de su país. Le vitorearon, porque no solo habian estado trabajando en condiciones por primera vez en sus vidas, sino porque su esfuerzo no acabó, como solía ser costumbre, en más que una patada. Comenzaron a sentir ganas de futuro, y ganas de construirlo porque comprendieron que podían.

***

“¿Cómo va el camarada Yang, asesor?”

El máximo responsable de la operación Chaf miró por la ventana, con las manos enlazadas a la espalda. La avenida atestada a casi 200 metros más abajo parecía un camino de hormigas que habían descubierto el petróleo cambiando sus locas carreras a pie por carreras aún más locas en vehículos variopintos. Sheingen odiaba el tráfico rodado y agradeció al partido que atendiera su solicitud de un despacho en el tercer edificio más alto de la capital. Desde aquí arriba la ciudad le era soportable.

El asesor no habló, apostando a que la pregunta era en realidad retórica. El formato propio del militar de alto rango que desde unos años depositaba cada vez mayor confianza en su labor.

“¿Y si sin su amiga se cree más vulnerable?”

Nuevamente el asesor no hizo ademán de abrir la boca. El general no daba instrucciones, sino que hacía preguntas que eliminaban dudas y sombras. Había que pensar con, no por el.

“¿Cuándo le llegarán los materiales para el segundo ala?”

“Dentro de exactamente cuatro días, señor.” El asesor contestó por primera vez en esa media hora de reunión, sin que ninguno se hubiera movido de su lugar. Saber cuando se acabó la retórica también debió de inclinar cada vez más la balanza a su favor.

“¿Cuándo van a atacar los rebeldes?”

“A mediados de mes.” El asesor vio que un dedo del general comenzó a masajear ligeramente a otro. “No lo sabremos con exactitud hasta unas 48hs antes. Están desorganizados y no actúan bajo un mismo mando y plan.”

El general inspiró. “Mande a dos de nuestros hombres con la carga de materiales y máquinas. No, mejor mande solo a uno. Asegúrese de que tenga conocimientos técnicos suficientes para no quedar por lo que es. Sólo si se produce el ataque ha de revelarle a Yang su misión de protegerle.”

El asesor asintió, se inclinó y después del saludo reverencial salió por la puerta de madera gruesa del despacho, con la mirada fija en el suelo de piedra de las montañas de Sheingen.

El general no se giró. Deseaba estar con Yang, deseaba enviarle mil hombres. Puso la palma de la mano contra el cristal frío. “Poco falta, muy poco. Paciencia.”

***

(Sigue en Parte II)